viernes, 17 de febrero de 2017

EL MANUSCRITO 3




                                        "Luis Duqueville sentía que su psique era un gran hotel y que todos sus habitantes, permanentes o pasajeros, formaban parte de su multitudinaria personalidad, eran él mismo. Y él solía abordarlos en sus sueños diurnos o nocturnos, cuando andaba despierto por la nueva casa a la que su madre lo había conducido, pero, preferentemente, mientras dormía. Le gustaba conversar con ellos o con ellas. Sentía curiosidad y también verdadero afecto por sus historias. No es de extrañar ya que todos eran él mismo. . . . "
- Perdón, interrumpo - dijo Clarita y apartó el libro sobre sus rodillas - lo conversé con una amiga que estudia psicología a la que le conté algo de la novela de Tito, ¿No te parece que él estaba un poco esquizofrénico?
- Seguramente tu amiga te habrá dicho que todos los artistas tienen una personalidad esquizoide.
- Sí, sí, eso mismo me dijo.
- Bueno, él nos confió, en nuestras reuniones en "La Perla" que esos múltiples "alter egos" se le escapaban como niños en una procesión o en una manifestación. También que los reencontraba en sueños sucesivos. Sospechaba la existencia de varias dimensiones. Hasta había llegado al extremo de refutar a Freud y a sostener que las pulsiones de las ideas latentes no provenían del inconsciente sino de vidas en que se desenvolvían nuestros "alter egos" en esas otras dimensiones  . . .
- Y vos qué pensas de esas teorías - interrumpió Clarita.
- Locuras, todas locuras del viejo. Producto de su soledad de viudo. Pensar es para mi avanzar o ascender hacia lo desconocido sobre los peldaños de lo conocido, y eso de ascender es un decir. También podemos descender constantemente en estado de incertidumbre hacia lo desconocido sin pisar peldaños. Pienso, como pensó Pascal, que nos situamos en el doble abismo de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño pero, además, hacia todas las direcciones posibles y ese ser que Tito sentía descompuesto en múltiples "alter egos" se reduce a uno solo que nos comprende a todos.
- O sea, según vos, todos nosotros somos un solo ser . . .
- Somos la especie humana propagada en tiempo y espacio.
- ¿Qué misterio?
- Sí, un puro misterio, exactamente eso somos. No sabemos, supimos, ni sabremos nunca quién nos puso en la vida o en el mundo, ni por qué o para qué nos puso. Quién es responsable, no biológico, que obviamente son los padres, sino metafísico de nuestras vidas. Y lo peor de todo es que debemos asumir mientras vivimos ese sin sentido, ese absurdo; el azaroso misterio que es la vida.
- Pero, ¿ no podría pensarse acaso que ese ser es Dios?
- Desde luego, muchos piensan en Dios o, mejor dicho, sienten a Dios como la explicación de todo. No es mi caso.
- ¿Sos ateo?
- Sí ¿Y vos?
- No sé. Siempre he dudado.
- El que duda o la que duda, en tu caso, no cree.
- Soy agnóstica.
- No, sos atea, igual que yo. El agnosticismo es para mi un sofisma.
- ¿Qué es un sofisma?
- Un juicio con apariencia de verdad. Una mentira disfrazada de certeza. Porque crees o no crees. Si dudás no crees, punto.
- Pero, siguiendo las ideas de Tito, puede haber, dentro de mí, una Clara que creé y otra que no creé.
- Pero, cuál prevalece, la que cada domingo va a misa o la que nunca lo hace.
- Bueno, yo voy a misa cada muerte de obispo, como se dice.
- Entonces, en tu personalidad, domina la atea. Además, estoy seguro, cuando vas a misa vas por compromiso, o no?
Clarita apoyó la cabeza entre sus rodillas levantadas, dejó el libro sobre la mesa de luz, miró a Oscar a los ojos y le sonrió. Dos hoyuelos se formaron en sus mejillas y arrugas alrededor de sus ojos oscuros que se volvieron pantanosos antes de recibir la  boca de Oscar en su boca.

Amilcar Luis Blanco ("Mujer leyendo en la playa", Oleo sobre lienzo de Fabio Hurtado)

jueves, 2 de febrero de 2017

EL MANUSCRITO 2




Pintura y Fotografía Artística : Cuadros de Damas Hermosas, Pinturas Al Óleo:


                                                                Como es de suponer para cualquiera que haya leído mi relato sobre el manuscrito, mi relación con Clarita siguió adelante, sobre todo después de que su madre me alquiló la habitación que había pertenecido a Tito y luego también de la publicación del manuscrito. Con ese título "El manuscrito" que, según Federico que lo había leído, desarrollándole incluso las anotaciones hechas con birome que había también descifrado, era el que mejor le quedaba porque, nos dijo, su texto era una mezcla de ensayo filosófico con novela y cuentos, o sea, un género literario que debía denominarse más por lo exterior, por, digamos, su ropaje, que por su contenido. Empleó las palabras "extrínseco" e "intrínseco". Lo que consiguió fue intrigarme más de lo que estaba y, aunque por una mezcla de pereza o fiaca y desconfianza hacia las dotes intelectuales de su  tío que siempre me había parecido algo enfático, demasiado entusiasta, en suma un poco chanta, aún después de su publicación, no me había puesto a leerlo. Pero Clarita sí. Era la otra persona que lo había leído y lo admiraba. Así que, como epílogos de nuestros encuentros eróticos, charlábamos muchas veces, semidesnudos o apenas cubiertos por las sábanas, sobre el manuscrito que, en su flamante primera edición ella llevaba en su cartera. A veces hasta me leía pasajes sueltos.
- "Estamos hechos a imagen y semejanza de las cosas que nos rodean, de las costumbres de las que procedemos, de los libros que reiteradamente leemos. Somos hijos de los asados, las pastas y los aburrimientos dominicales. Rara vez podemos trascenderlos e impedir que nos influyan. Nos ponemos románticos con las lluvias y los otoños. Nostálgicos con las navidades y los carnavales. Recordamos los juegos del agua a la hora de la siesta. Los versos del Martín Fierro. El capítulo seis de "Rayuela", etcétera."
Clarita cerraba el libro. Suspiraba y le brillaban los ojos y las mejillas.
- ¡Cómo me identifico con ésto, Oscar! Seme franco ¿No te pasa lo mismo?
- Honestamente. Me parecen pavadas lo que dice. Lugares comunes. Obviedades. Y, por supuesto que no me identifico.
                            Clarita se encogía de hombros y pasaba a no hablar más del libro en los instantes siguientes y hasta que nos despedíamos. Sin embargo me dejaba pensando. Porque no era que yo no pensara que lo que Tito había dejado escrito no fuera cierto, pero lo que de verdad me fastidiaba era la obviedad de sus afirmaciones ¿Qué podía extraerse que fuera útil, que sirviera para transformarnos, para cambiar nuestras necedades argentinas, que por cierto seguían siendo muchas, de esos pensamientos de café o de sillas en las puertas abiertas de los frentes de las casas en las noches de verano? Desde que era chiquito venía escuchando juicios de ese tipo, los argentinos, porteños o provincianos, éramos, generalmente, así o asá ¿De qué servía? Me sentía asintiendo en la marea oceánica de un discurso interminable que nos envolvía sin alcanzar nunca a mejorarnos.
                                       Y además estaban nuestros miedos, nuestras angustias, las constantes depresiones que nos aquejaban y, sobre todo las frivolidades. Lo superficiales que éramos viendo y escuchando los almuerzos de Mirtha Legrand, el bailando de Tinelli, las estupideces de Susana Giménez, etcétera ¿Cuánto lastre de descerebrados deberíamos perder todavía para dejar de ser preponderantemente estúpidos? 
                                                  Después de habernos despedido - Clarita se escabulló por el pasillo hacia su habitación y yo salí rumbo a la Avenida Santa Fe -, mientras caminaba quise perderme entre la gente a esa hora vespertina. Corría una brisa fresca, aliviadora, desde el sur, y barría esa humedad encendida y pesada tan propia de los veranos porteños. Las vidrieras de las pizzerías y los cafés parecían llamar a los transeúntes, invitarlos a sentarse a las mesitas dispuestas en sus veredas. Sitios de encuentros, citas de enamorados, reuniones de negocios, cervezas, copetines, picadas mediante, taciturnos pocillos de cafés solitarios. Chicas y muchachos regresando de las aulas universitarias o yendo hacia sus claustros, metidos sus oídos y atenciones en las músicas de sus celulares o, detenidos en las paradas de los colectivos con las miradas fijamente enclavadas en las pantallitas, cromáticamente plenas de colores y fotografías, de esos adminículos rectangulares cada vez más preponderantes y absorbentes a través de los cuales se comunican rapsódicamente entre ellos o con sus familiares en modos orales o escritos. Recordé el evangelio de Juan: " En el principio era el verbo y el verbo era Dios " Ojalá entonces nos sea favorable, no nos convierta en autómatas. El humilde manuscrito de Tito había quedado siendo simplemente un libro, como millones de tantos otros, sin ilustraciones, contenedor de antigüos pensamientos modestos, de bajo perfil, de conmovedora impotencia para frenar o intentar contener el movimiento y la profusión de tanta frivolidad mediática.

Amilcar Luis Blanco

sábado, 28 de enero de 2017

EL MANUSCRITO





librosyaguardientes

                                    Debíamos buscar el manuscrito. Aunque en realidad no era un manuscrito sino una resma de hojas A4, de computadora, tipeadas por el tío de Federico en el teclado del ordenador durante los últimos años de su soledad de viudo sin hijos anteriores a su deceso. El hombre había vivido desde los veinte años que lo distanciaban de la muerte de su esposa y la venta de su casa matrimonial en una habitación con una ventana a la calle, en una esquina, con entrada independiente y otra puerta que daba al pasillo de la antigua casa chorizo en la que se la alquilaban los integrantes de la familia que fueron sus vecinos y con los que se había hecho querer. Según nos había confiado Federico y por eso lo de "manuscrito", Tito, su tío, le había hecho tantas anotaciones con la birome que las hojas parecían más haber sido escritas a mano que tipeadas en el ordenador.
                                         Nosotros lo habíamos conocido a Tito y habíamos charlado con él momentos interminables. Nos reuníamos en "La Perla" del Once porque ahí Macedonio Fernández había mantenido larguísimas conversaciones con otros circunstantes ilustres como Borges, Fernández Moreno, Bioy, etcétera,cosa que a Tito le complacía  . Íbamos a ir a buscar los originales del manuscrito Ernesto y yo porque Federico estaba poseído por una depresión que - según nos dijo - le hubiera impedido tratar con los vecinos de Tito, siquiera saludarlos. Aunque intentamos disuadirlo y le dijimos que viniera con nosotros, que quizás le haría bien, no logramos convencerlo. Él nos daría la llave y deberíamos ir de noche, a la hora de cenar, según él para no molestar a la familia. Hallaríamos el manuscrito en la mesa de trabajo de su tío, junto a la computadora. Estaba dentro de una carpeta que Tito nos había mostrado a todos varias veces. En las reuniones que teníamos en "La Perla" solía levantarla sobre los pocillos de café o los chops de cerveza, apretándola, como extremo de sus énfasis gesticulantes y de vez en cuando ponía como ejemplos ilustrativos de sus pensamientos pasajes que nos leía de su manuscrito que alguna vez publicaría.
                                        Pero como el ataque cardíaco se lo llevó sin avisarle al otro mundo, como suele suceder, Federico consideraba una deuda moral con su tío publicarlo. Respetamos su decisión. Así que una noche, giramos en el cerrojo la llave que nos había dado e ingresamos a la habitación de Tito y enseguida nos apoderamos de la carpeta. Pero tuvimos que desprendernos de ella y dejarla en algún lugar porque alguien nos intimó desde el pasillo detrás de la otra puerta y a los gritos: " - Ladrones, ladrones. Ya viene la policía" . Nos asustamos tanto que dejamos la carpeta con el manuscrito y salimos corriendo.
                                       Después pasaron los días. Federico seguía con su depresión y Ernesto y yo, que le habíamos contado lo que ocurrió, creímos prudente no volver a mencionarle el asunto hasta que él no lo hiciera. Pasaron meses sin que él regresara al asunto hasta que la dueña de casa que le alquilaba a Tito lo llamó y le dijo que debía entregarle las cosas de su tío. Entre las cosas, obviamente, estaría el manuscrito.
                                         Sin embargo no. Estaban las dos sillas, la cama con almohada y colchón, la mesa de trabajo, la computadora, con su cepeu, su pantalla, el teclado del ordenador, la biblioteca con sus libros, el ropero con la ropa de Tito, sus trajes, dos, camisas, camisetas y hasta calzoncillos lavados y planchados, todo, pero el manuscrito no, el manuscrito brillaba por su ausencia. Ernesto y yo habíamos acompañado a Federico para la ocasión y escuchábamos a la dueña de casa.
- Mire, no sé, fijensé. A lo mejor la nena sabe. 
                                   La nena, Clarita, era una veinteañera de cuerpo atractivo, de esos que llaman "pulposo" pero de rostro inocente y cuando le mencionamos a Tito sus ojos desbordaron de lágrimas sinceras y su boca se contrajo, esbozó un puchero propio de una bebé. Me pareció adivinar o intuír lo que había pasado. Le pregunté a la nena dónde estaba su habitación. Me miró rogándome discreción. Me tomó de la mano, la apretó y sin soltármela me condujo hasta su dormitorio. Una vez desprendido de ese contacto manual que me había encendido un poco me agaché, apoyé las manos sobre el suelo y miré bajo su cama. Allí estaba la carpeta con el manuscrito.
                                  Clarita me miró con unos enormes ojos culpables una vez que me incorporé. 
- Él me había pedido que la guardara. Quiero decir Tito, el tío de su amigo. Me dijo que ni mi familia debía enterarse. Él era mi amigo. Yo iba con el inalámbrico o mi celular a su habitación cuando tenía que hablar con mis clientes. Sé que Tito no les habrá contado, era muy discreto, pero yo había tenido que empezar a trabajar, sabe?
- Y Tito era uno de tus clientes?
- No, Tito era un gran amigo. A él le hubiera hecho todo gratis. Lo que él quisiera - sonrió - entiende?
- Sí, sí, claro ¿Y él, quería?
- Bueno, no, nunca quiso, él me veía como una hija. Me decía, "- Querida, vos estás inmersa en el absurdo. Respeto tu libertad porque sos muy joven, pero, ya comprenderás -". Algunas veces me dejaba leer la carpeta y ahora que él se fue terminé de leerla y me pareció maravillosa, deslumbrante. Pero, no lo distraigo más. Acuérdese o acordate, si te puedo tutear, de que yo trabajo - me guiñó un ojo. -  Te dejo mi número.
No fue una pregunta. Se dirigió hacia un escritorio pequeño y sacó un papelito cuadrangular de color turquesa, fluorescente, y anotó el número y me lo alargó con un destello de abismal picardía en su mirada y su boca. Su habitación, empapelada con tenues dibujos de cigüeñas rosáceas, con osos de peluche y muñecas, parecía el de una niña.
- Llamáme - me dijo y nos despedimos.
                                        Cuando terminamos de bajar hasta el último mueble de su tío en la casa de Federico, lo vimos, nuevamente abatido, sentarse en el sofá de su living, abierto a la noche de verano y, después de ofrecernos un te helado y algo azucarado, pero riquísimo luego de tanta transpiración, nos confesó:
- Muchachos, no tengo un mango.
Lo miramos interrogativamente.
- Ustedes no entienden ¿ Cómo pago la publicación del manuscrito?
Lo respetábamos como amigo y optamos por darle la callada por respuesta.
                                         La tarde siguiente a ese día llamé a Clarita. Usé el whatsapp y la vídeo llamada, alentado por una audacia con cierto morbo que la chica me había inspirado. Yo ya había cumplido cuarenta y ella era una veinteañera apetecible y, aunque se tratara de una trabajadora del sexo y sobre todo por éso, me excitaba la idea de poder echarle un buen polvo.
                                                Y suerte o verdad, la vídeo llamada me mostró en pantalla su cuerpo desnudo y moreno tratando de cubrirse con un toallón blanco y saliendo de la bañera cuando advirtió mi admirativa y libidinosa mirada en el cuadrante de su celular. Enseguida se repuso y sonrió, algo procaz y divertida, profesionalmente, recibiéndome como un nuevo cliente.
- ¡Hola curioso!
- ¡Hola hermosa!
- ¿Me querés ver entera o algo en especial?
- Prefiero en vivo y en directo y que me dejés elegir en la misma forma.
- Dale ¿Te queda bien mañana, tipo veinte, en "La Perla"? Allí se encontraban con Tito, verdad?
- Verdad.
El encuentro, gaseosas por medio, fue casi una cita de novios. Antes de los hechos quise calmar un poco mi curiosidad.
- Bueno,Tito, como te conté, era un amigo de los buenos. Yo podía hablarle a mis clientes desde el inalámbrico o desde mi celular y hacerles exhibiciones. Visitaba a mis clientes a domicilio en general, pero también con la compu de Tito les daba sexo virtual.
- ¡Ah, bueno!
- ¿Te sorprende?
- Un poco
- Gané mucho dinero así y le quería pagar una comisión por esos chats pero nunca aceptó.
De pronto me iluminé y pregunté:
- ¿Trabajaste mucho tiempo así?
- Desde mis dieciocho y tengo veinticinco, o sea siete años.
- Y ahora, cómo hacés? Digo, con lo del sexo virtual.
- Y . . . alquilo. Pero los hijos de puta me llevan casi todo, el sesenta por ciento.
- Tengo una idea ¿Tus padres me alquilarían a mí la habitación de Tito?
- Y sí, por qué no?
- Listo, te propongo seguir con tu negocio. Te presto mi compu y . . 
- ¿A cambio?
- Vos bancás la publicación del manuscrito de Tito.
Clarita sonrió y una lágrima agradecida descendió por su mejilla.
                                     Nunca supe bien de qué trataba el manuscrito pero logramos verlo publicado y en vidrieras y hasta en la feria del libro ¿Qué tal?

La pintura que inicia librosyaguardientes es del pintor argentino Fabián Pérez







Amílcar Luis Blanco (Pinturas de Fabián Pérez)

jueves, 22 de septiembre de 2016

LÁGRIMAS EN EL CAFÉ DOMÍNGUEZ.







                                                Lágrimas en el Café Dominguez de Paraná y Corrientes donde Paquita Bernardo ejerciera como bandoneonista. Circunstantes porteños y porteñas esperando escuchar a las orquestas, café por medio y, promediando las tardes, cuando el sol comenzaba a ocultarse al fondo de Corrientes angosta, algún vino noble, un cognac en el invierno y un brillante champagne. Ella lloraba, compungida, triste, dolorida, maravillosamente enamorada de su Eduardo que, frente a ella, el semblante contracturado, le anunciaba su partida definitiva hacia el otro lado del Océano. París era su destino. Corría el año 1922 y Eduardo Arolas se embarcaba hacia Francia. 
- No llorés Alice, vuelvo pronto. Será como un viaje a Montevideo.
- Uno más.
- Uno más ¡Mozo! Traiga otra caña.
- Ya tomaste bastante Eduardo.
- No te procupés.
- Me dejás a mí y lo dejás a Rafael.
- ¿A quién, a Iriarte? No, él me impulsa tanto como yo a él
- Verdad, no? Desde que salían a caminar la provincia.
- Sí, desde entonces, desde mis tiempos de guitarra con mi hermano José en los bodegones de Barracas. Pero después que me puse a estudiar bandoneón con "Muchila", Ricardo González, vos no lo conociste, después estudié tres años con José Bombig y lo perdí . . .
- Me das miedo
- ¿Por qué?
- Te apurás demasiado, sobre todo con la música.
- Otros se han apurado con mi vida.
-¿Qué querés decirme Eduardo?
- Vos lo sabés. Me fui a Montevideo para olvidar.
- Bueno, tenés que olvidarte de verdad.
- Es fácil decirlo pero muy difícil conseguirlo. José Enrique era, fue, ya no es, mi hermano. Él me enseñó a rasgar la viola y desde entonces creo que sólo la música me ayuda ¿Sabés? Yo lloro, como vos ahora, pero mucho más, lloro a través de mi música. No lloré con "Una noche de garufa" ni con "La guitarrita" o "Nariz" o "Retintín". Pero sí a partir de "La cachila" o, propiamente "Lágrimas" o "Comme ill faut".
- Vos te enredás con todos Eduardo, sos un caso, yo te amo ¿Qué vas a hacer allá, en París, solo?
- Actuar en cabarets querida, soy el tigre del bandoneón, no te olvidés
- Sí, y como tigre rompiste unos cuantos 
- Exactamente tres, contando los que se me deshicieron entre las manos, bah, zarpas, jajaja!!!
Arolas partió para nunca regresar, a sus 32 años, el 29 de septiembre de 1924 murió en París de una grave afección pulmonar,  había nacido el 24 de febrero de 1892, dejaba más de cien títulos.

Amílcar Luis Blanco

Tango "Cafe Dominguez" by Osvaldo Zotto and Lorena Ermocida

viernes, 26 de agosto de 2016

LAS ÁNFORAS DEL TIEMPO





                                                       ¿El tiempo tiene ánforas? Creo que sí. Y digo ánforas porque me gusta la palabra. Son recipientes. Contenedores. Digo ánforas para distinguirlos. Los contenedores contienen basuras, restos de una demolición, pedazos de mamposterias con ladrillos, de paredes pintadas y sucias, hierros oxidados, papeles húmedos y tiznados, excrementos caninos y felinos en bolsas de polietileno, asquerosidades mil. Las ánforas son en cambio guardadoras, como los cofres, en sus panzas de arcilla cocida, de recuerdos brillantes, momentos felices construidos con luces y colores para hacernos sentir joyeros de nuestras vidas. Guardan incluso incertidumbres, misterios augurales y prometedores, sentidos como en momentáneo desuso, como si se pudiese volver sobre ellos y abrirlos, y no como a cajas de Pándora, sino como a puertas comunicantes a otras vidas posibles, celando la vaga sospecha de que aún aquellas esperanzas no usadas podrán ser recorridas nuevamente como si el tiempo no les hubiese hecho mella.
                                                      Las vasijas en formas de jarrones o toneles, redondeadas, voluptuosas como esas mujeres de caderas anchas y cinturas pequeñas, traen el recuerdo de las bíblicas bodas de Canaán que albergaban el agua cristalina y transparente que Jesús transformó en vino. Hermanas de esos cofres repletos de pedrerías y metales preciosos que encontró Alibabá al ingresar a la cueva de los ladrones. El recinto cubierto de monedas de oro y piedras preciosas que recibió a Aladino al ir a buscar la lámpara de aceite y, conforme el cuento, Aladino casa con la princesa Halima gracias al genio de la lámpara, a los cuarenta caballos cargados de esmeraldas y zafiros y al palacio que éste último les construye. Halima se enamora de la generosidad de Aladino, de una riqueza que este poseé como actual a sus deseos y potencial y esperanzada a sus ojos, cuerpo y entendimiento.
                                                     Las ánforas del tiempo son portadoras de nuestros deseos y ambiciones y, cuando estos no se han conseguido pero están en el reino o la zona de lo que todavía puede ser, de nuestras esperanzas. Expectativas guardadas en memorias, en cofres, estuches y ánforas.
                                                     Y "mutatis mutandi" cuántas Halimas se enamoran de sus Aladinos por lo que estos muestran o exhiben de riqueza y lo que pueden llegar a tener. Y si por cualquier circunstancia pierden sus posesiones sus mujeres los seguirán amando igualmente por lo que tuvieron y lo que, azarosa y esperanzadamente, suponen secretamente podrían recuperar de lo que tuvieron. Porque la vida se vive siempre de modo expectante.
                                                     Tal fue el caso de una mujer que amó y fue amada. Se llamaba Nancy y se enamoró de la apostura varonil de Rubén, de su elegancia sobre todo y de sus silencios. Un hombre que hablaba poco y únicamente cuando lo juzgaba necesario. Nancy lo consideró rico, opulento en sabiduría y discreto en cuanto al patrimonio. Ella tenía nada más que veinticinco años cuando Rubén, de cuarenta, se cruzó en su existencia. Fue en la calle una mañana de lluvia, frente a la plaza del Parque Centenario. Nancy luchaba para enderezar las varillas de su paraguas que el viento había vuelto convexo y lo chocó contra el cuerpo atildado y longilineo de Rubén. Él se detuvo, sonrió. "Me permite" - le dijo. Tomó el paraguas en sus hábiles manos, en un segundo lo enderezó y se lo devolvió. "Me llamo Rubén" - volvió a decirle. "Soy Nancy" - dijo ella y en vez de alargarle la diestra a la que él le ofrecía se inclinó hacia delante poniéndole la mejilla a disposición de su beso. Él se lo dió un poco confundido y Nancy entonces se lo devolvió. Habían procedido instintivamente los dos, ella, inspirada por los ojos verdes y enormes de él y por la seda de sus pestañas copiosas y las alas blancas de sus sienes encanecidas que le parecieron las de un ángel, él por la frescura de su risa mucho más blanca todavía que la blancura de sus canas y porque enmarcada en un cutis de nacar su fisonomía, la frente, los pómulos y las comisuras de sus labios le hicieron creer que Circe venía a buscarlo en cuerpo y alma.
                                                          Aclaremos que Rubén, a partir de su licenciatura en letras, ejercía el profesorado en el mismo instituto secundario en el que, hacía escasos años, Nancy se había recibido de maestra. De ahí lo de Circe o Calipso. De ahí que la primera conversación que mantuvieron, esa misma mañana, versara sobre el mencionado establecimiento de enseñanza en el que ambos habían invertido, en parte, sus vidas y, en el caso de Rubén, todavía en el momento del encuentro la seguía aportando.
- De modo que, ¿usted se recibió? - quiso saber Rubén.
- En el 97 y, ¿usted empezó como profesor?
- Hace un año, en el 2006.



- Estamos repasando las memorias de nosotros mismos - dijo de pronto Rubén y a Nancy le parecieron esas palabras las de un sabio
- ¿Por qué lo dice?
- Bueno, hay una historia en "Las mil y una noches" sobre el tema, la de una princesa que hablando de sí misma encubre mil y una otras historias que la mantienen con vida ¿Quiere aceptarme un café y que se la cuente? De paso nos protegemos de la lluvia, ¿o está muy apurada?
                                                Nancy no estaba demasiado apurada. Ya vivía sola en su departamento de soltera en Villa Crespo y era libre ¿Acaso Rubén sería casado y fingía poder demorarse?
- Acepto. Vamos a tomar el café. 
Fueron a un bar frente a la plaza. Rubén revolvió un rato el pocillo y le propinó varias miradas de sus ojos verdes antes de ir al grano. La historia es la de Scherezade - arrancó -, la hija de un Visir o ministro de un Rey, llamado Shariar, cuya primera esposa había sido sorprendida por el mismo rey cometiendo adulterio con un esclavo negro. La ira del rey  . . .
- Pare, pare - lo detuvo Nancy - Perdone pero conozco la historia. Scherezade le cuenta cuentos al rey para que no la mate como había hecho con sus anteriores esposas y le cuenta mil y una historias. Es literatura.Si le cuento mi propia historia real le digo que vuelco en ella muchas otras historias porque hago algo más sencillo y rendidor que Scherezade para no morirme de aburrimiento.
- !Ah sí! ¿Que hacés? ¿Puedo tutearte, no?
- Podés. Mirá lo que yo hago es inventar melodías que cuentan historias.
- ¿Cómo  es eso?
- Fácil, bah, fácil para mí. Descubro algún canto pegadizo, como esos que los hinchas de los equipos de fútbol corean en las tribunas. Después le invento una letra clara, repetitiva, un breve relato. Luego la canto con otros tres muchachos que me acompañan con sus instrumentos y ¡ Voilá! Como dicen los franceses.
- O sea, te escuchan?
- Me escuchan y me aplauden. Vamos a clubes, a bares ...
- ¡Qué bueno! A mí me hubiera encantado ser un juglar
- Y ¿Quién o qué te lo impide?
Rubén se llevó a los labios el borde del pocillo y bebió el primer trago amargo de su café mientras sus verdes pupilas se internaban en el negro misterioso y brillante de las de Nancy que también bebía su primer sorbo y no dejaba de mirarlo. Sintió que las mejillas se le encendían y coloreaban y también que nunca se había hecho a sí mismo la pregunta que ella había dejado suspendida y expectante entre esa mirada de a dos que ahora los unía, en esa mañana de lluvia y que era como un puente tendido entre ambos. Sintió la vaga intuición de que podrían recorrerlo juntos.
- No sé - dijo - realmente no sé.
Ella le sonrió como un hada buena. Como la Sherezade que su memoria había invocado entre ellos a manera de pretexto para entrar en  conversación.
- Podríamos recorrerlo juntos - dijo de pronto Rubén.
- ¡Perdón! ¿Recorrer qué?
- Disculpá, disculpá. Pensaba en voz alta.Me quedé pensando, si a vos no te parece mal, que yo podría también componer como vos. Me gustaría ¿Cómo hago?
- Y, si escribís, pasame algún relato tuyo y yo lo convierto en una letra y le pongo música.
- Dale. Tengo algunos. Te los paso.
- Dale.
Nancy abrió su cartera, sacó una libretita, una birome y le anotó la dirección. Cortó la hojita y se la dio. Trás la ventana, por sobre lo árboles de la plaza y los edificios, el viento se llevaba la lluvia y la tormenta.

Amilcar Luis Blanco