martes, 6 de junio de 2017

LOS PLÁTANOS





                                                           Vamos por la calle Los plátanos. En la calle, a lo largo de todo su recorrido entre San Antonio de Padua e Ituzaingó no hay un solo plátano. Hay acacias, álamos, paraisos, fresnos, tilos, olmos, desde algún patio asoman limoneros, naranjos, durazneros, membrillos, granadas y hasta ceibos y  aromos, pero nunca han habido plátanos. El nombre de las calles es puesto así nomás, sin sujeción a razones, tradiciones, leyendas o historias antecedentes que los expliquen. Todos suelen ser reflejos, ecos, caprichos, resultados de decisiones tomadas al azar, a las apuradas. Además que el plátano no es una banana como siempre creí. Tiene la forma de una banana pero es verde y de mucho mayor tamaño. Lo descubrí en la verdulería, yendo con mi mujer, mientras hacía la consabida cola y esperaba que nos atendieran. Alguien compró plátanos y entonces los ví por primera vez y supe que toda mi vida había estado equivocado con relación a lo que imaginaba que esos frutos eran y cómo eran y de qué modo se preparaban para comerlos. Por lo que escuché se deben freir.
                                                                No se si fue esa misma noche, luego de haberlos descubierto, la que soñé con un vasto campo de vainas verdes enormes ligeramente apaisadas o si fue la noche siguiente, pero lo cierto es que me vi solo y caminando, intentando que mis pies no quedaran atrapados en ese sorprendente vergel en el que los frutos estaban extendidos a ras del suelo como si se tratara de tubérculos al descubierto.
                                                                   Me impacienté y comencé a caminar a cierta velocidad y a pisar con fuerza, aplastándolos, cuando advertí que estaba en el medio de un océano de plátanos y que, en cualquier dirección hacia la que mirara, no avistaría una costa o márgen o playa de arena salvadora que pusiera fin a tanto dislate y profusión de duras cáscaras elásticas que también se partían y al despanzurrarse hacían que resbalara sobre su materia gomosa. Varias veces caí y di de lleno sobre la cremosa sustancia.-

                                                                      Pero, ¿importan realmente los plátanos, los que se muestran y los que se esconden, los ostensibles o los clandestinos, o son meramente un pretexto? Una excusa para las preguntas que se abren tras ellos, una miríada de preguntas que se propagan, como si a partir del cajón que vi y que los contenía todo el barrio, toda la ciudad creciera, con sus edificios  y su gente, sus horarios y costumbres y su vida multiforme y polifacética a partir de los plátanos. Pero, insisto, por qué a partir de los plátanos y no de las simples frutillas, bananas, naranjas, duraznos u otras frutas conocidas de toda la vida, familiares, incorporadas a nuestros platos e ingestas habituales. En primer lugar porque el rito o las costumbres borran a los seres y a las cosas, tienden a hacerlas desaparecer, a invisibilizarnos e invisibilizarlas, es así.

                                                                            De pronto una realidad cualquiera, como la de los  plátanos recientemente descubiertos, nos revela cuánto hay de oculto en nuestro vivir cotidiano, en lo que naturalizamos y encubrimos sin darnos cuenta. Nuestras percepciones y estados de conciencia nos mantienen concentrados y veloces detrás de nuestras necesidades y deseos que jamás se completan del todo y nos mantienen siempre en carrera.

                                                                                La sorpresa frente al descubrimiento de los plátanos es el accidente que interrumpe nuestra loca carrera, hermética a ambos costados del sendero o camino recorrido, como si lleváramos anteojeras mientras lo recorremos o cómo, si nos imagináramos dentro de un tren,  su velocidad disolviese formas y contornos y transformase en el líquido de un torrente los paisajes que el convoy va abandonando y de pronto ese tren descarrilase y las anteojeras que llevamos puestas saltasen de nuestras cabezas.

                                                                               Así, de ese modo, la realidad nos asalta en todos sus latidos de fenómeno y, en ese momento, la carrera se detiene y nos sumergimos en su densidad, en la quietud vital envolvente cuyo movimiento, lento y pausado, desnuda la artificialidad, lo relativo y frágil de nuestras maneras aprendidas, de nuestras enloquecidas carreras, inspiradas en ambiciones y competividades. La angustia y la expectativa que crea convertida en ansiedad nos hace ver, ya inmersos en el miedo, incluso en el terror, lo fútil, lo frágil y efímero de nuestra condición humana.

                                                                                  Y menos mal que no fue un descarrilamiento en el que podríamos haber muerto sino tan sólo el descubrimiento de los plátanos, de sus verdores y tamaños en el cajón de una verdulería los que nos indujo a pensar. A veces es un cuadro, un poema, una partitura como si la escucháramos por primera vez. Hay un golpe de lucidez.

                                                            A la vez menos mal también que desperté del sueño en el que me sentí caer sobre la pringosa materia blanca, porque si hubiese seguido habría perecido ahogado, sin aire en una oscura pesadilla sin fondo. La vigilia recuperada, el despertar, llenó de nuevo mis pulmones con el oxígeno de la conciencia y los plátanos volvieron a su insignificancia domeñable pero desocultaron su potencialidad simbólica, su significación relativa entre mí y mi entorno.

                                                              Después de levantarme de ese sueño salí de casa, me puse a caminar y mientras lo hacía contemplaba los árboles, además de los frentes de las casas. Me metí en el anonimato de un paseo a la deriva, sin destino fijo, que es como más se goza el caminar. La mirada perdida en las copas, ligustrinas y enramadas. El recuerdo de otros sueños. El misterio implícito en ellos, tanto como en las percepciones de esa caminata. Hay que andar imbuido de la pasión del descubrimiento. Sólo de ese modo, con esa actitud, consigo acercarme lo más posible a la vida. Quizás porque me alejo de mi destino, de mi historia personal, de mi protagonismo narcisista, yoico. Ya no soy enteramente yo, dejo de serlo, trato de fluir entre las cosas y los seres y mi propia nada, una nada perceptible y que puede tocarse, tangible casi, dispuesta, desprevenida y preparada para mis cinco sentidos, que se apodera entonces de la existencia,  me hace sentir ese desasirme de lo prescindible: los negocios, el dinero,  lo que materialmente suele reclamarnos y, de modo primordial, de mis necesidades y deseos; los apetitos tiránicos que suelen colapsar la visión del mundo.

                                                Caminar resulta ser entonces como navegar al garete en un mar sereno pero plagado de encuentros. Hay esquinas, rincones, puertas prometedoras, idénticas a párpados cerrados, balcones como labios entreabiertos, sospechas de ojos que nos espían detrás de persianas apenas entornadas, ventanas que son espejos reflectores, autos roncadores, rugientes, que  tienen vidrios polarizados para  defenderse de miradas curiosas. Hay hombres y mujeres que caminan como yo o esperan el paso del colectivo que los llevará a destinos momentáneos y olvidables. Nubes viajando en el cielo celeste, dilapidando caprichosos volúmenes. Y todo eso se ve, se oye y se siente.

                                                   Sin embargo, pese a la despersonalización lograda al haberme distraído y entregado a lo exterior a mí, compruebo que sigo, más que antes quizás, metido dentro de mí mismo, de mi mismidad para decirlo con la palabra de Unamuno. Con la leve diferencia de que no es una mismidad yoica sino enajenada, llena de otros, repleta de mundo.

                                                                       Tocado por el mundo, manipulado por su estrambótico y ditirámbico diseño como en esos cuadros de Dalí en los que los volúmenes se estiran y distorsionan hasta parecerse a nuestras subjetividades pobladas por ese flujo semiconsciente que mezcla recuerdos, sofismas, razonamientos, percepciones fugaces o detenidas, obsesiones, sensaciones y sentimientos que parecen moldearnos desde adentro hacia fuera cuando intentamos incorporarlos a una experiencia de vida que discurre incesantemente como las aguas de un río del que no conocemos ni las vertientes que le dan su caudal ni la desembocadura en las que habrán de perderse.

                                                                Y todo por el descubrimiento de los plátanos abandonados en un cajón para cumplir necesidades y deseos. Y somos también entonces esa embarcación, ese contenedor límite que impide que nos dilapidemos, es decir, nosotros mismos como subjetividades arrastradas por las aguas, somos parte del tiempo, formamos, ya ingresados a la heterogenea corriente, al torrente que habrá de verternos en el océano final de la absoluta inconsciencia, el cuerpo colectivo de ese transcurso fatal. 

Amílcar Luis Blanco ("Naturaleza muerta con granadas y bananas", oleo sobre tela, pintura de Alfred Henry Maurer)

jueves, 2 de marzo de 2017

EL MANUSCRITO





-Usted, doctor, cree que debo contarlo todo.
- Debe hacerlo y debe empezar cuanto antes Pierre.Ni bien llegué a su departamento. Y, en su próxima visita, traerme el escrito.
                                            Sonreí. Hoy es fácil, más que hace años. Una columna transparente se yergue de pronto sobre mi mesada de cristal y sólo debo hablar y contar lo que pasó y lo que otrora fuera un manuscrito se graba diréctamente en el pequeño rollo y mi doctor sólo debe escuchar ¡Cómo ha progresado la cibernética desde entonces!                                
                            Y comienzo entonces. Debíamos buscar el manuscrito. Aunque en realidad no era un manuscrito sino una resma de hojas A4, de computadora, tipeadas por el tío de Federico en el teclado del ordenador durante los últimos años de su soledad de viudo sin hijos anteriores a su deceso. El hombre había vivido desde los veinte años que lo distanciaban de la muerte de su esposa y la venta de su casa matrimonial en una habitación con una ventana a la calle, en una esquina, con entrada independiente y otra puerta que daba al pasillo de la antigua casa chorizo en la que se la alquilaban los integrantes de la familia que fueron sus vecinos y con los que se había hecho querer. Según nos había confiado Federico y por eso lo de "manuscrito", Tito, su tío, le había hecho tantas anotaciones con la birome que las hojas parecían más haber sido escritas a mano que tipeadas en el ordenador.
                                         Nosotros lo habíamos conocido a Tito y habíamos charlado con él momentos interminables. Nos reuníamos en "La Perla" del Once porque ahí Macedonio Fernández había mantenido larguísimas conversaciones con otros circunstantes ilustres como Borges, Fernández Moreno, Bioy, etcétera,cosa que a Tito le complacía  . Íbamos a ir a buscar los originales del manuscrito Ernesto y yo porque Federico estaba poseído por una depresión que - según nos dijo - le hubiera impedido tratar con los vecinos de Tito, siquiera saludarlos. Aunque intentamos disuadirlo y le dijimos que viniera con nosotros, que quizás le haría bien, no logramos convencerlo. Él nos daría la llave y deberíamos ir de noche, a la hora de cenar, según él para no molestar a la familia. Hallaríamos el manuscrito en la mesa de trabajo de su tío, junto a la computadora. Estaba dentro de una carpeta que Tito nos había mostrado a todos varias veces. En las reuniones que teníamos en "La Perla" solía levantarla sobre los pocillos de café o los chops de cerveza, apretándola, como extremo de sus énfasis gesticulantes y de vez en cuando ponía como ejemplos ilustrativos de sus pensamientos pasajes que nos leía de su manuscrito que alguna vez publicaría.
                                        Pero como el ataque cardíaco se lo llevó sin avisarle al otro mundo, como suele suceder, Federico consideraba una deuda moral con su tío publicarlo. Respetamos su decisión. Así que una noche, giramos en el cerrojo la llave que nos había dado e ingresamos a la habitación de Tito y enseguida nos apoderamos de la carpeta. Pero tuvimos que desprendernos de ella y dejarla en algún lugar porque alguien nos intimó desde el pasillo detrás de la otra puerta y a los gritos: " - Ladrones, ladrones. Ya viene la policía" . Nos asustamos tanto que dejamos la carpeta con el manuscrito y salimos corriendo.
                                       Después pasaron los días. Federico seguía con su depresión y Ernesto y yo, que le habíamos contado lo que ocurrió, creímos prudente no volver a mencionarle el asunto hasta que él no lo hiciera. Pasaron meses sin que él regresara al asunto hasta que la dueña de casa que le alquilaba a Tito lo llamó y le dijo que debía entregarle las cosas de su tío. Entre las cosas, obviamente, estaría el manuscrito.
                                         Sin embargo no. Estaban las dos sillas, la cama con almohada y colchón, la mesa de trabajo, la computadora, con su cepeu, su pantalla, el teclado del ordenador, la biblioteca con sus libros, el ropero con la ropa de Tito, sus trajes, dos, camisas, camisetas y hasta calzoncillos lavados y planchados, todo, pero el manuscrito no, el manuscrito brillaba por su ausencia. Ernesto y yo habíamos acompañado a Federico para la ocasión y escuchábamos a la dueña de casa.
- Mire, no sé, fijensé. A lo mejor la nena sabe. 
                                   La nena, Clarita, era una veinteañera de cuerpo atractivo, de esos que llaman "pulposo" pero de rostro inocente y cuando le mencionamos a Tito sus ojos desbordaron de lágrimas sinceras y su boca se contrajo, esbozó un puchero propio de una bebé. Me pareció adivinar o intuír lo que había pasado. Le pregunté a la nena dónde estaba su habitación. Me miró rogándome discreción. Me tomó de la mano, la apretó y sin soltármela me condujo hasta su dormitorio. Una vez desprendido de ese contacto manual que me había encendido un poco me agaché, apoyé las manos sobre el suelo y miré bajo su cama. Allí estaba la carpeta con el manuscrito.
                                  Clarita me miró con unos enormes ojos culpables una vez que me incorporé. 
- Él me había pedido que la guardara. Quiero decir Tito, el tío de su amigo. Me dijo que ni mi familia debía enterarse. Él era mi amigo. Yo iba con el inalámbrico o mi celular a su habitación cuando tenía que hablar con mis clientes. Sé que Tito no les habrá contado, era muy discreto, pero yo había tenido que empezar a trabajar, sabe?
- Y Tito era uno de tus clientes?
- No, Tito era un gran amigo. A él le hubiera hecho todo gratis. Lo que él quisiera - sonrió - entiende?
- Sí, sí, claro ¿Y él, quería?
- Bueno, no, nunca quiso, él me veía como una hija. Me decía, "- Querida, vos estás inmersa en el absurdo. Respeto tu libertad porque sos muy joven, pero, ya comprenderás -". Algunas veces me dejaba leer la carpeta y ahora que él se fue terminé de leerla y me pareció maravillosa, deslumbrante. Pero, no lo distraigo más. Acuérdese o acordate, si te puedo tutear, de que yo trabajo - me guiñó un ojo. -  Te dejo mi número.
No fue una pregunta. Se dirigió hacia un escritorio pequeño y sacó un papelito cuadrangular de color turquesa, fluorescente, y anotó el número y me lo alargó con un destello de abismal picardía en su mirada y su boca. Su habitación, empapelada con tenues dibujos de cigüeñas rosáceas, con osos de peluche y muñecas, parecía el de una niña.
- Llamáme - me dijo y nos despedimos.
                                        Cuando terminamos de bajar hasta el último mueble de su tío en la casa de Federico, lo vimos, nuevamente abatido, sentarse en el sofá de su living, abierto a la noche de verano y, después de ofrecernos un te helado y algo azucarado, pero riquísimo luego de tanta transpiración, nos confesó:
- Muchachos, no tengo un mango.
Lo miramos interrogativamente.
- Ustedes no entienden ¿ Cómo pago la publicación del manuscrito?
Lo respetábamos como amigo y optamos por darle la callada por respuesta.
                                         La tarde siguiente a ese día llamé a Clarita. Usé el whatsapp y la vídeo llamada, alentado por una audacia con cierto morbo que la chica me había inspirado. Yo ya había cumplido cuarenta y ella era una veinteañera apetecible y, aunque se tratara de una trabajadora del sexo y sobre todo por éso, me excitaba la idea de poder echarle un buen polvo.
                                                Y suerte o verdad, la vídeo llamada me mostró en pantalla su cuerpo desnudo y moreno tratando de cubrirse con un toallón blanco y saliendo de la bañera cuando advirtió mi admirativa y libidinosa mirada en el cuadrante de su celular. Enseguida se repuso y sonrió, algo procaz y divertida, profesionalmente, recibiéndome como un nuevo cliente.
- ¡Hola curioso!
- ¡Hola hermosa!
- ¿Me querés ver entera o algo en especial?
- Prefiero en vivo y en directo y que me dejés elegir en la misma forma.
- Dale ¿Te queda bien mañana, tipo veinte, en "La Perla"? Allí se encontraban con Tito, verdad?
- Verdad.
El encuentro, gaseosas por medio, fue casi una cita de novios. Antes de los hechos quise calmar un poco mi curiosidad.
- Bueno,Tito, como te conté, era un amigo de los buenos. Yo podía hablarle a mis clientes desde el inalámbrico o desde mi celular y hacerles exhibiciones. Visitaba a mis clientes a domicilio en general, pero también con la compu de Tito les daba sexo virtual.
- ¡Ah, bueno!
- ¿Te sorprende?
- Un poco
- Gané mucho dinero así y le quería pagar una comisión por esos chats pero nunca aceptó.
De pronto me iluminé y pregunté:
- ¿Trabajaste mucho tiempo así?
- Desde mis dieciocho y tengo veinticinco, o sea siete años.
- Y ahora, cómo hacés? Digo, con lo del sexo virtual.
- Y . . . alquilo. Pero los hijos de puta me llevan casi todo, el sesenta por ciento.
- Tengo una idea ¿Tus padres me alquilarían a mí la habitación de Tito?
- Y sí, por qué no?
- Listo, te propongo seguir con tu negocio. Te presto mi compu y . . 
- ¿A cambio?
- Vos bancás la publicación del manuscrito de Tito.
Clarita sonrió y una lágrima agradecida descendió por su mejilla.
                                     Nunca supe bien de qué trataba el manuscrito pero logramos verlo publicado y en vidrieras y hasta en la feria del libro ¿Qué tal?

La pintura que inicia librosyaguardientes es del pintor argentino Fabián Pérez







Amílcar Luis Blanco (Pinturas de Vladimir Volegov y Fabián Pérez)

EL MANUSCRITO 2

Pintura y Fotografía Artística : Cuadros de Damas Hermosas, Pinturas Al Óleo:


                                                                Como es de suponer para cualquiera que haya leído mi relato sobre el manuscrito, mi relación con Clarita siguió adelante, sobre todo después de que su madre me alquiló la habitación que había pertenecido a Tito y luego también de la publicación del manuscrito. Con ese título "El manuscrito" que, según Federico que lo había leído, desarrollándole incluso las anotaciones hechas con birome que había también descifrado, era el que mejor le quedaba porque, nos dijo, su texto era una mezcla de ensayo filosófico con novela y cuentos, o sea, un género literario que debía denominarse más por lo exterior, por, digamos, su ropaje, que por su contenido. Empleó las palabras "extrínseco" e "intrínseco". Lo que consiguió fue intrigarme más de lo que estaba y, aunque por una mezcla de pereza o fiaca y desconfianza hacia las dotes intelectuales de su  tío que siempre me había parecido algo enfático, demasiado entusiasta, en suma un poco chanta, aún después de su publicación, no me había puesto a leerlo. Pero Clarita sí. Era la otra persona que lo había leído y lo admiraba. Así que, como epílogos de nuestros encuentros eróticos, charlábamos muchas veces, semidesnudos o apenas cubiertos por las sábanas, sobre el manuscrito que, en su flamante primera edición ella llevaba en su cartera. A veces hasta me leía pasajes sueltos.
- "Estamos hechos a imagen y semejanza de las cosas que nos rodean, de las costumbres de las que procedemos, de los libros que reiteradamente leemos. Somos hijos de los asados, las pastas y los aburrimientos dominicales. Rara vez podemos trascenderlos e impedir que nos influyan. Nos ponemos románticos con las lluvias y los otoños. Nostálgicos con las navidades y los carnavales. Recordamos los juegos del agua a la hora de la siesta. Los versos del Martín Fierro. El capítulo seis de "Rayuela", etcétera."
Clarita cerraba el libro. Suspiraba y le brillaban los ojos y las mejillas.
- ¡Cómo me identifico con ésto, Oscar! Seme franco ¿No te pasa lo mismo?
- Honestamente. Me parecen pavadas lo que dice. Lugares comunes. Obviedades. Y, por supuesto que no me identifico.
                            Clarita se encogía de hombros y pasaba a no hablar más del libro en los instantes siguientes y hasta que nos despedíamos. Sin embargo me dejaba pensando. Porque no era que yo no pensara que lo que Tito había dejado escrito no fuera cierto, pero lo que de verdad me fastidiaba era la obviedad de sus afirmaciones ¿Qué podía extraerse que fuera útil, que sirviera para transformarnos, para cambiar nuestras necedades argentinas, que por cierto seguían siendo muchas, de esos pensamientos de café o de sillas en las puertas abiertas de los frentes de las casas en las noches de verano? Desde que era chiquito venía escuchando juicios de ese tipo, los argentinos, porteños o provincianos, éramos, generalmente, así o asá ¿De qué servía? Me sentía asintiendo en la marea oceánica de un discurso interminable que nos envolvía sin alcanzar nunca a mejorarnos.
                                       Y además estaban nuestros miedos, nuestras angustias, las constantes depresiones que nos aquejaban y, sobre todo las frivolidades. Lo superficiales que éramos viendo y escuchando los almuerzos de Mirtha Legrand, el bailando de Tinelli, las estupideces de Susana Giménez, etcétera ¿Cuánto lastre de descerebrados deberíamos perder todavía para dejar de ser preponderantemente estúpidos? 
                                                  Después de habernos despedido - Clarita se escabulló por el pasillo hacia su habitación y yo salí rumbo a la Avenida Santa Fe -, mientras caminaba quise perderme entre la gente a esa hora vespertina. Corría una brisa fresca, aliviadora, desde el sur, y barría esa humedad encendida y pesada tan propia de los veranos porteños. Las vidrieras de las pizzerías y los cafés parecían llamar a los transeúntes, invitarlos a sentarse a las mesitas dispuestas en sus veredas. Sitios de encuentros, citas de enamorados, reuniones de negocios, cervezas, copetines, picadas mediante, taciturnos pocillos de cafés solitarios. Chicas y muchachos regresando de las aulas universitarias o yendo hacia sus claustros, metidos sus oídos y atenciones en las músicas de sus celulares o, detenidos en las paradas de los colectivos con las miradas fijamente enclavadas en las pantallitas, cromáticamente plenas de colores y fotografías, de esos adminículos rectangulares cada vez más preponderantes y absorbentes a través de los cuales se comunican rapsódicamente entre ellos o con sus familiares en modos orales o escritos. Recordé el evangelio de Juan: " En el principio era el verbo y el verbo era Dios " Ojalá entonces nos sea favorable, no nos convierta en autómatas. El humilde manuscrito de Tito había quedado siendo simplemente un libro, como millones de tantos otros, sin ilustraciones, contenedor de antigüos pensamientos modestos, de bajo perfil, de conmovedora impotencia para frenar o intentar contener el movimiento y la profusión de tanta frivolidad mediática.

Amilcar Luis Blanco

EL MANUSCRITO 3



                                        "Luis Duqueville sentía que su psique era un gran hotel y que todos sus habitantes, permanentes o pasajeros, formaban parte de su multitudinaria personalidad, eran él mismo. Y él solía abordarlos en sus sueños diurnos o nocturnos, cuando andaba despierto por la nueva casa a la que su madre lo había conducido, pero, preferentemente, mientras dormía. Le gustaba conversar con ellos o con ellas. Sentía curiosidad y también verdadero afecto por sus historias. No es de extrañar ya que todos eran él mismo. . . . "
- Perdón, interrumpo - dijo Clarita y apartó el libro sobre sus rodillas - lo conversé con una amiga que estudia psicología a la que le conté algo de la novela de Tito, ¿No te parece que él estaba un poco esquizofrénico?
- Seguramente tu amiga te habrá dicho que todos los artistas tienen una personalidad esquizoide.
- Sí, sí, eso mismo me dijo.
- Bueno, él nos confió, en nuestras reuniones en "La Perla" que esos múltiples "alter egos" se le escapaban como niños en una procesión o en una manifestación. También que los reencontraba en sueños sucesivos. Sospechaba la existencia de varias dimensiones. Hasta había llegado al extremo de refutar a Freud y a sostener que las pulsiones de las ideas latentes no provenían del inconsciente sino de vidas en que se desenvolvían nuestros "alter egos" en esas otras dimensiones  . . .
- Y vos qué pensas de esas teorías - interrumpió Clarita.
- Locuras, todas locuras del viejo. Producto de su soledad de viudo. Pensar es para mi avanzar o ascender hacia lo desconocido sobre los peldaños de lo conocido, y eso de ascender es un decir. También podemos descender constantemente en estado de incertidumbre hacia lo desconocido sin pisar peldaños. Pienso, como pensó Pascal, que nos situamos en el doble abismo de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño pero, además, hacia todas las direcciones posibles y ese ser que Tito sentía descompuesto en múltiples "alter egos" se reduce a uno solo que nos comprende a todos.
- O sea, según vos, todos nosotros somos un solo ser . . .
- Somos la especie humana propagada en tiempo y espacio.
- ¿Qué misterio?
- Sí, un puro misterio, exactamente eso somos. No sabemos, supimos, ni sabremos nunca quién nos puso en la vida o en el mundo, ni por qué o para qué nos puso. Quién es responsable, no biológico, que obviamente son los padres, sino metafísico de nuestras vidas. Y lo peor de todo es que debemos asumir mientras vivimos ese sin sentido, ese absurdo; el azaroso misterio que es la vida.
- Pero, ¿ no podría pensarse acaso que ese ser es Dios?
- Desde luego, muchos piensan en Dios o, mejor dicho, sienten a Dios como la explicación de todo. No es mi caso.
- ¿Sos ateo?
- Sí ¿Y vos?
- No sé. Siempre he dudado.
- El que duda o la que duda, en tu caso, no cree.
- Soy agnóstica.
- No, sos atea, igual que yo. El agnosticismo es para mi un sofisma.
- ¿Qué es un sofisma?
- Un juicio con apariencia de verdad. Una mentira disfrazada de certeza. Porque crees o no crees. Si dudás no crees, punto.
- Pero, siguiendo las ideas de Tito, puede haber, dentro de mí, una Clara que creé y otra que no creé.
- Pero, cuál prevalece, la que cada domingo va a misa o la que nunca lo hace.
- Bueno, yo voy a misa cada muerte de obispo, como se dice.
- Entonces, en tu personalidad, domina la atea. Además, estoy seguro, cuando vas a misa vas por compromiso, o no?
Clarita apoyó la cabeza entre sus rodillas levantadas, dejó el libro sobre la mesa de luz, miró a Oscar a los ojos y le sonrió. Dos hoyuelos se formaron en sus mejillas y arrugas alrededor de sus ojos oscuros que se volvieron pantanosos antes de recibir la  boca de Oscar en su boca.

Amilcar Luis Blanco ("Mujer leyendo en la playa", Oleo sobre lienzo de Fabio Hurtado)

domingo, 26 de febrero de 2017

EL MANUSCRITO 4




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                                      Y bien, he finalizado el relato. Debo añadir que estoy en París. He intentado regresar a Buenos Aires sin conseguirlo sin conseguirlo. He llegado desde mi departamento en el centro, manejando mi Peugeot a esta Villa un tanto ostentosa en las afueras de la Ciudad Luz. Sigo siendo Oscar, ese cuarentón porteño, amigo de Ernesto y de Federico, el que estuvo con Tito en la Perla del Once y sigo enamorado de Clarita. Han pasado sesenta años de aquéllo. Sigo teniendo cuarenta. Ahora mi nombre es Pierre y hablo francés. Acabo de estacionar mi auto y camino hacia la puerta de la mansión sobre un sendero pavimentado, flanqueado por pinos, tilos, abetos y un césped perfectamente cortado y alineado, estentóreamente verde. Me recibe un empleado y me conduce a la sala en la que un círculo de sillas marca el centro. Hay otras personas ocupando los asientos. Uno me está destinado y el empleado me lo señala. Todos lo esperamos doctor. Todos hemos leído sus libros: "El hombre multidimensional", "Vidas paralelas","Crítica y derrumbamiento del concepto freudiano del inconsciente"
Particularmente yo fui diagnosticado como su paciente. Padezco un grado raro de esquizofrenia y estoy siendo tratado por usted, autor de estos libros,  doctor Luis Duqueville. Usted me ha recomendado que escriba mi experiencia, que la relate. Pero yo quiero volver a mi pasado, a Buenos Aires y usted me ha dado serias esperanzas. He grabado ésto último en el rollo, mientras lo espero, con el ánimo de que mi sorpresa pueda servir.

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Xul Solar) 

jueves, 22 de septiembre de 2016

LÁGRIMAS EN EL CAFÉ DOMÍNGUEZ.







                                                Lágrimas en el Café Dominguez de Paraná y Corrientes donde Paquita Bernardo ejerciera como bandoneonista. Circunstantes porteños y porteñas esperando escuchar a las orquestas, café por medio y, promediando las tardes, cuando el sol comenzaba a ocultarse al fondo de Corrientes angosta, algún vino noble, un cognac en el invierno y un brillante champagne. Ella lloraba, compungida, triste, dolorida, maravillosamente enamorada de su Eduardo que, frente a ella, el semblante contracturado, le anunciaba su partida definitiva hacia el otro lado del Océano. París era su destino. Corría el año 1922 y Eduardo Arolas se embarcaba hacia Francia. 
- No llorés Alice, vuelvo pronto. Será como un viaje a Montevideo.
- Uno más.
- Uno más ¡Mozo! Traiga otra caña.
- Ya tomaste bastante Eduardo.
- No te procupés.
- Me dejás a mí y lo dejás a Rafael.
- ¿A quién, a Iriarte? No, él me impulsa tanto como yo a él
- Verdad, no? Desde que salían a caminar la provincia.
- Sí, desde entonces, desde mis tiempos de guitarra con mi hermano José en los bodegones de Barracas. Pero después que me puse a estudiar bandoneón con "Muchila", Ricardo González, vos no lo conociste, después estudié tres años con José Bombig y lo perdí . . .
- Me das miedo
- ¿Por qué?
- Te apurás demasiado, sobre todo con la música.
- Otros se han apurado con mi vida.
-¿Qué querés decirme Eduardo?
- Vos lo sabés. Me fui a Montevideo para olvidar.
- Bueno, tenés que olvidarte de verdad.
- Es fácil decirlo pero muy difícil conseguirlo. José Enrique era, fue, ya no es, mi hermano. Él me enseñó a rasgar la viola y desde entonces creo que sólo la música me ayuda ¿Sabés? Yo lloro, como vos ahora, pero mucho más, lloro a través de mi música. No lloré con "Una noche de garufa" ni con "La guitarrita" o "Nariz" o "Retintín". Pero sí a partir de "La cachila" o, propiamente "Lágrimas" o "Comme ill faut".
- Vos te enredás con todos Eduardo, sos un caso, yo te amo ¿Qué vas a hacer allá, en París, solo?
- Actuar en cabarets querida, soy el tigre del bandoneón, no te olvidés
- Sí, y como tigre rompiste unos cuantos 
- Exactamente tres, contando los que se me deshicieron entre las manos, bah, zarpas, jajaja!!!
Arolas partió para nunca regresar, a sus 32 años, el 29 de septiembre de 1924 murió en París de una grave afección pulmonar,  había nacido el 24 de febrero de 1892, dejaba más de cien títulos.

Amílcar Luis Blanco

Tango "Cafe Dominguez" by Osvaldo Zotto and Lorena Ermocida