domingo, 7 de enero de 2018

La bomba de silencio








- Hola vecino. Hoy le tocó.
Braulio se seca la transpiración, deja la cortadora de césped y se sienta sobre el pilar que separa el jardín de los canteros municipales del frente de su casa, un chalet de dos plantas.
- Sí, hoy me tocó y cada diez o quince días me toca.
- Usted vive solo, no?
- Sí, desde que nos separamos con mi mujer, hace ya tres años. Fue la última despedida. A ella, a la vejez viruela, después de treinta años de matrimonio, le agarró la pendejada de vivir sola. Antes se me fueron también los dos hijos, cada uno a su departamento y quedé yo aquí.
- Pero se vé con ellos.
- Sí, sí, cada tanto nos visitamos. Ellos vienen o voy yo.
- También con su ex.
- También.
- Y, seré curioso ¿Se siente muy solo?
- Mire, por momentos, no sé. Estamos desperdigados,  cada uno por su lado. Es como si sobre la familia que fuimos, que éramos, se hubiera detonado una bomba de silencio.
- ¿No se comunican?
- Sí, pero muy superficialmente. Tengo sueños que se repiten en los que volvemos a estar todos juntos y en el sueño aparecen otras personas, algunas conocidas y ya fallecidas y se plantean problemas de convivencia difíciles de resolver y, al final, despertarme es un alivio.
- ¿Por ejemplo?
-Mire, por ejemplo, soñé que recibí en la casa a un amigo que hace añares no veo y su familia que por alguna razón escapaban y debían esconderse y habían venido a la casa, y también había venido mi madre, una mujer muy anciana y con achaques que vive con una hermana mía. En el sueño estaba joven y flexible. Se había encaramado sobre una mesa atestada de objetos de todo tipo y buscaba un tocadiscos antiguo. A la casa vendría también mi padre, muy anciano y que vive en Uruguay, calcúle! Los dos son divorciados hace mucho y la segunda esposa de mi padre ya había llegado también a la casa. Pero ya mi casa, en la que estaba también yo con mi mujer y mis hijos no era ésta que usted vé ahora, no, era un departamentito de sólo tres ambientes y yo tenía que explicarles a todos que mi amigo y su familia deberían convivir con nosotros. Mi amigo, a esta altura del sueño, era un famoso y cínico gangster, un despiadado asesino además, al que debía preguntarle por cuánto tiempo más se quedaría en mi casa para poder darle una explicación a mi madre...
- ¿Y?
- Y bueno. Desperté transpirado y agradecido de que sólo fuera un sueño. Pero casi enseguida, mientras me preparaba el mate pensé qué solos estábamos todos y también pensé que no estábamos separados porque estuviésemos en guerra o porque hubiésemos enfrentado las consecuencias de un cataclismo de la naturaleza sino por nuestras propias voluntades. Cada uno de nosotros aislado, diseminado, entre la muchedumbre anónima de personas que vivimos solos. Diga que después me organicé y me puse a cortar el pasto.
- ¿Y después?
- Y después hay tanto que hacer en esta casa que no tendré mucho tiempo como para andar pensando macanas.

Amílcar Luis Blanco

sábado, 6 de enero de 2018

EL CIELO INTRATABLE



                                   Hoy nadie lee. Muy pocos lo hacemos y cuando nos sucede, cuando nos sentimos inmersos en el inmenso piélago de blancas páginas y negras letras, flotando sobre ellas, solemos distraernos de nuestras navegaciones con cualquier pretexto. Contar las carillas que nos faltan hasta el capítulo o relato siguiente, si hace calor acomodar el ventilador o el aire acondicionado, si la radio o la televisión quedaron encendidas apagarlas, sentir un súbito estertor intestinal que nos obligará a abandonar el libro colocándolo abierto con las páginas hacia abajo dejándolo como un objeto abandonado, etcétera, etcétera. Pero de todas las coartadas para no seguir leyendo la preferida es acudir a la computadora, abrirla, encender su pantalla y conectarnos con facebook o instagran o lo que fuere. Es como si nos costase demasiado mantener el vigilante piloto de nuestra atención sobre el universo que la escritura nos propone y que debemos abordar y mantener con nuestra imaginación encendida. Es más cómodo ver una película. Imágenes, sonidos, colores, diálogos con los que casi siempre nos identificamos y que fueron pensados y realizados por otros. Un pequeño ejército de hombres y mujeres puestos en movimiento por el guión, plan o proyecto o diseño que un  director guía con mano más o menos experta. Recostados comodamente en un sillón, la cabeza vacía, los ojos absortos y un apetito de vida dispuesto a consumir otras vidas, otras historias, desde la pasividad nos hacen  abordar un viaje, una navegación en la que no necesitamos participar siquiera como grumetes. A lo sumo inmiscuirnos como pasajeros de lujo, como dioses privados de poder que pueden observarlo todo. Y verdaderamente así nos sentimos, poderosos y prescindentes, potentes para ver, oír y sentir, pero absolutamente impotentes para intervenir. O sea imposibilitados y frustrados en cuanto a nuestros deseos. Los personajes sufren, disfrutan, mienten, se arriesgan, corren, vuelan, caminan, buscan, huyen, regresan, se enamoran, aman, odian, matan y mueren en un universo que a pesar de entretenernos nos deja radicalmente al margen de su desarrollo.

                                 Todo esto es pensado y sentido por Juan cuando está con Blanca mirando una película de Netflix en la pantalla del Led de muchas pulgadas que tienen en su living desde hace ya más de un año. Hace treinta y cinco que están casados y dos que están jubilados. Suelen leer sentados a la mesa del jardín a la tarde cuando toman mate pero esas lecturas son lentas e interrumpidas. Por lo general suenan los celulares o el teléfono de línea con llamadas, mensajes escritos o de voz y fotos o videos que les envían hijos, en número de cuatro, dos mujeres, dos varones y parientes o amigos, en número incontable.
No sucedían así las cosas cuando se conocieron. Juan corría y se agitaba para llegar a los asegurados y a los posibles clientes y Blanca mantenía con escrupulosa atención la agenda de su jefe. Por supuesto, ambos fingían. Y cuando ella le aceptó un café y se  encontraron, excitados y ansiosos porque se gustaban y estaban muy pendientes de lo que fuera a suceder, ni bien se sentaron, enfrentados y sonrientes junto al amplio ventanal del bar a Blanca se le escapó el "¡Ufa!", interjección de fastidio que dio el pie para la primera conversación confesional entre ellos. Había comenzado a llover y Juan dijo:
- Sí, sí, ¡Ufa! con este cielo intratable.
Blanca mostró su primera risa frente a Juan que se quedó mirándola y admirándola.
- No, no, si no lo dije por la lluvia.
- ¡Ah, ah, perdón!
- No, lo dije porque por fin me veo libre de la oficina y de mi jefe y de seguir mostrándome simpática.
- Dejar de fingir, no? - dijo Juan.
- Exactamente.
Blanca acentuó la sonrisa y apoyó su mirada en la de Juan y desde ese momento se abrieron mutua y recíprocamente la catarata de confesiones que habría de llevarlos al cabo de los cinco meses siguientes al altar.
Y no hubo fingimientos entre ellos en lo sucesivo pese a que la realidad se les ocultara varias veces bajo cielos intratables, la fortuna  los olvidara durante largos períodos, los embarazos, los dos primeros, fueran difíciles y los chicos se pelearan hasta la desesperación, etcétera, etcétera.
Sin embargo, al cabo de diez años y con los cuatro hijos todavía pequeños, Juan consiguió tener su propia cartera de asegurados, comprar una enorme casa, llegar al último modelo de automóvil y poder contratar dos muchachas para asistir a los chicos y la casa.
En ese punto de sus vidas, Blanca, con sólo treinta y cinco años, comenzó a sentirse sola y abandonada. Conoció a un muchacho de veintiocho años, alto, atlético, de enormes ojos negros y pestañas largas y sedosas que con sólo mirarla le produjo el efecto de excitarla y hacer incluso, en una charla de oficina que mantuvieron desde un escritorio a otro, que su clítoris se erizara y comenzara a latir con una súbita y acelerada pulsación que le produjo un orgasmo que ella disimuló como descompostura y la hizo huír, floja y desconcertada, como si fuera a desmayarse, al baño unisex, el único del piso. Él la siguió y la recogió temblorosa en sus brazos. Pero al estrecharla, no pudo dejar de advertir o sospechar la causa de su excitación y la besó en la boca. Blanca entonces lo aferró de la nuca, del cuello, ambos se arrancaron la ropa y parados, como estaban, se cogieron freneticamente. Se habían quedado a hacer horas extras. En el edificio no había nadie, sólo la gente de vigilancia y de limpieza, así que volvieron al despacho del jefe y se acostaron en el amplio sillón que allí había y copularon durante casi dos horas hasta quedar extenuados. Se despidieron al salir del edificio, cada uno abordó su taxi. Él ni se ofreció para acompañarla y Blanca, avergonzada, horrorizada por su deschave erótico, completamente desproporcionado y sorprendente para su pudor recuperado luego de su exaltación venérea, no se atrevía ni a mirarse en  el efecto espejo de la ventanilla. La culpa la atrapó y atravesó su cuerpo con sus garras, sobre todo las sentía en la cabeza y entre su pecho y espalda, agobiados, como las de un ave de presa que la llevara veloz y voladora hacia el nido de la desgracia, según sentía ahora a su hogar, a su casa. Volvió entonces a su memoria aquélla tímida frase introductoria de Juan cuando comenzó su relación con ella. La del cielo intratable. En aquella ocasión ella había contemplado el rostro y los ademanes de Juan con esperanza y amor y lo del cielo tratable, sin el prefijo, por contraposición conjetural, le había prefigurado un posible paraíso a su lado. Además se habían reído de la mentira, del tener que fingir, se habían sentido como seres que superaban la hipocresía, los disimulos, las imposturas y que las superarían siempre. Habían sentido la soberbia y el coraje de dos seres que inauguran una nueva vida.
Durante los días que siguieron a su aventura Blanca no pudo quitarse de encima la sensación de agobio. Mientras cocinaba, cuando miraban películas o series, Juan se le acercaba, la besaba en el cuello como solía, le acariciaba suavemente los senos, los brazos. Ella se le entregaba de a poco, como siempre lo había hecho, devolviéndole, tierna y solícita, caricias y besos, pero, interiormente, se retraía. No podía evitarlo y, aunque espaciaba los suspiros, gemía y fingía los orgasmos para que él no advirtiera su insensibilidad, su desinterés, no podía lograr que ésas no fueran sus sensaciones. Lo eran. Un espacio sin nada ni nadie, un vacío sin meta, había comenzado a crecer entre los dos y aunque ella no había vuelto a tener relaciones con el joven y tan seductor compañero de trabajo no podía dejar de mirarlo furtivamente y contener las palpitaciones de su cuerpo. Él la trataba con cortesía y distancia y no dejaba de coquetear con las jovencitas, también compañeras de trabajo, que se le acercaban. Blanca apenas podía dominar sus celos.
Una tarde estalló en llanto con rabia incontenible cuando la compañera jovencita puso sus manos sobre el cuello del joven y le acercó los labios a los suyos y lo besó suavemente. Blanca disimuló la causa de su congoja como cuando le sobrevino el orgasmo refugiándose en el baño, pero esta vez sola y rodeada de la gente de la oficina lo que le provocó una muda desesperación y ahogo respiratorio de modo que terminaron llevándola al hospital más cercano adonde Juan y sus hijos acudieron alarmados y asustados.
Fue mientras esperaba en el ancho pasillo del hospital, cuando los ojos enormes y asustados de sus cuatro hijos lo observaban cuando Juan sintió que estaba dentro de una película en la que él no era un mero observador. Fue como si despertara de un sueño, de un sopor que lo hubiera tenido obnubilado. Viviendo pero, a la vez, contemplando pasivamente a Blanca, a sus hijos, a sus clientes, a los ambientes dentro de los cuales se movía ¿Por qué? Acaso porque con Blanca habían contraído esa peligrosa costumbre de sentarse a ver en una pantalla inaccesible, tan distante como ese cielo, tan intratable como él,  otras vidas. A identificarse tanto con ellas, sus argumentos y guiones, como para sentir que ellos eran más los espectadores que los actores¿Qué sabía él de Blanca, su mujer, la madre de sus cuatro hijos? ¿Sólo que era una secretaria con antigüedad,  y bien pagada? Le había regalado flores trás los partos, la había llevado de vacaciones a Río, a Europa, solían ir a cenar a restaurantes caros, etcétera, pero, realmente, ¿ qué sabía de ella?
Las preguntas lo apremiaban. Se incorporó, dejó la compañía de sus hijos que lo siguieron como bandada por el pasillo y cumplió la necesidad de ir a sentarse junto al cuerpo de Blanca yaciente. Ella dormía, sedada, y él se sintió a su vera, amargamente, de nuevo y como antes, un simple espectador.

Amílcar Luis Blanco

lunes, 20 de noviembre de 2017

LA COMPASIÓN Y EL DESEO




                                        Todo lo que no nos animamos a decir porque nos falta coraje. Todo lo que no nos animamos a hacer por igual razón. Lo que desechamos por costumbres mal aprendidas y peor enseñadas. Lo que no nos atrevemos a revelar de nuestros sueños y también de nuestros deseos, apasionados o no, confesables o inconfesables. Y además el azar que nos rodea y el firmamento que cae sobre nosotros con sus estrellas y planetas distantes o próximos. Eso que no somos y a la vez somos. Todos sabemos que desde que venimos al mundo, de una u otra forma, somos usados. Vivimos después usándonos los unos a los otros con muy breves interregnos, los de la amistad y el amor desinteresados, siempre escasos, siempre cercados por esa enorme necesidad de usarnos y ningunearnos. Así, jamás damos ni obtenemos respuestas a nuestras preocupaciones más profundas, las que tienen que ver con nuestros miedos y con la muerte y con el verdadero amor por ejemplos.                                                 
                                        Nuestra vida es la del protagonista del tango "Yira, yira" de Discépolo. Todo esto pensaba Ezequiel aquélla noche, ¡qué noche! Casi fatídica. Porque el auto lo esquivó casi sobre el cuerpo, que  hubiera quedado tendido sobre el asfalto, destrozado. El automovilista habrá visto por su espejo retrovisor que él había quedado indemne porque no se detuvo y seguramente, impresionado por la inminencia de un accidente que le hubiese complicado la vida, siguió rodando calle abajo mientras Ezequiel lo miraba con ojos absortos. 
                                   Ezequiel ahora, acodado sobre el estaño, movía lentamente su vaso, repleto de whisky hasta la mitad, ya con el calor de lo ingerido ascendiendo desde su estómago a su esófago.
Quién podría verlo y ocuparse de él, en esa inhóspita, elefantiásica y repartida Buenos Aires, siempre faltante o sobrante. Nadie. Porque a nadie le interesa un hombre de más de cincuenta, vestido de impermeable para guarecerse de una llovizna impía que, a comienzos de septiembre, lustraba con sus brillos de intemperie los asfaltos, veredas y escaparates, la mayoría oscurecidos a esa hora, una de la madrugada, las esquinas, palieres de edificios, recepciones de hoteles, cines y teatros de la calle Corrientes en la Ciudad. Canturreó para sí las primeras notas y sílabas del tango Garúa y bebió enseguida un largo sorbo de la ardiente y alcohólica bebida contenida en el ancho vaso. Todavía sentía en su estómago el dolor de la contractura súbita que había tenido que ejercitar reflejamente cuando la adrenalina regó como desde un sifón que la expeliera, en una suerte de corso sorpresa, casi trágico, los recorridos invisibles de su sangre dentro del cuerpo para poder esquivar el automóvil que se le venía encima y tuvo que eludir ¡Mamita! Casi era ya el cadáver que habían recogido de la esquina y, cerrado en una funda plástica, luego del reconocimiento del forense hacia la morgue de tribunales.
                                 Sacudió su cabeza en gesto de negación y sonrió en la media luz ambiente y se vio fugazmente reflejado en el espejo del bar, tras los anaqueles de las botellas. Esa imagen del cadáver al que subían a una ambulancia para transportar a la morgue mientras una atractiva pareja de oficiales inspectores o detectives de la policía iniciaban un telegráfico intercambio de monosílabos y frases cortas encaminadas a averiguar si se trató de un accidente o un homicidio provenía de las películas y series norteamericanas que asolaban todas las pantallas de los televisores de Argentina y ocupaban el imaginario colectivo de su población. Él formaba parte de esa masa dócil y estupidizada y respondía a los mismos estímulos. Los ojos y la mente puestos en ese siempre inalcanzable y lejano primer mundo de los países europeos y  del gigante del norte americano. Desde que era un pibe y soñaba con llegar a ser un cowboy y pedía y rezaba para reyes que estos príncipes, disfrazados de un tiempo y un espacio remotos, con sus túnicas y turbantes de coloridas sedas, le trajeran un cinto con cartucheras para dos revólveres con cachas blancas que fingieran lo amarillento del marfil en sus materiales plásticos, desde entonces, su imaginación había sido ocupada por los norteamericanos, sus historias y sus vidas. En su adolescencia y su juventud ellos habían sido los héroes que, junto a sus aliados ingleses y franceses, habían luchado por la libertad y liberado al mundo de Hitler y sus secuaces.
                                    Ensimismado como estaba no vio la mujer rubia que se le acercaba. Cuando la tuvo a su costado, al alcance de sus ojos, pudo verle los labios pintados de fucsia en la sombra, el largo pelo lacio de un exagerado gris acero, un platinado que había parecido rubio, pero sobre todo los ojos enmarcados por el rimel y de un azul profundo bastante expresivo y descollante. Delgada muy!! Pero apetecible, porque el amplio escote dejaba ver el declive triunfal de dos senos erguidos, y la cortísima falda, unas piernas largas y robustas que sobre el banco al que se había encaramado apuntaban en redondas rodillas blancas y turgentes contra la sombra y contra el centro de su cuerpo. Ahora la adrenalina era otra, no la del accidente sino la de la libido agitada y turbulenta que desde su soledad lo excitaba sin piedad sólo por mirarla. Él no era un lobo. Él no era un sátiro. El no era un fauno. Pero era, como le había dicho su amiga madrileña, un rijoso, es decir calentón, putañero, mujeriego. Le costaba no obstante romper el hielo. Ella le acercó el rostro con el cigarrillo en los labios y la cascada platinada de su pelo rozándole el brazo y el hombro y sintió como si el impermeable, la tela del saco, la de la camisa, no se interpusieran entre sus pieles y las temperaturas de sus cuerpos. Respiró también una porción de su aliento mentolado y tabáquico. Se preguntó si habría en ella, en su profesionalismo de puta, porque no otra actividad podía adjudicársele a esa hora y en ese lugar, aunque más no fuera un rastro de deseo. Le acercó la llama de su encendedor y aprovechó para mirarla más acabadamente. Las prostitutas rara vez sentirían deseo a no ser que un hombre verdaderamente les gustara. Pero cómo, por cuáles razones elegían a sus clientes. Miró alrededor buscando otros hombres que hubieran podido ser elegidos. Vio bastante población masculina dentro del bar. No estaba solo.
- ¿Estás solo?
- Sí, pero rodeado de otros hombres, como podés ver ¿Puedo preguntarte algo?
- Por supuesto mi amor, preguntá.
- ¿Por qué me elegiste a mí?
- Me pareció que fumabas y además te vi muy solo, necesitado de una compañía . . .
- ¿Femenina?
- Ajá
- No te equivocaste.
- ¿No?
- No, acabo de pasar por una experiencia bastante fulera y necesitaba contársela a alguien y si ese alguien es una mujer hermosa como vos mejor.
- ¡Gracias por el piropo! ¿Qué te pasó?
- Casi me atropella un auto y quedo finado, tirado en la calle.
La recién llegada se rió, no demostró sorpresa.
- Yo estuve a punto de suicidarme tirándome al riachuelo. Si en ese momento me hubiese atropellado un coche, hubiese muerto agradecida.
La confesión le pareció entonces a Ezequiel un modo exagerado de entrar en conversación. No supo si creerle.
- ¿ Y por qué querías morir?
Ella sopló o inhaló el humo sin mirarlo y cuando le devolvió los ojos hubo en ellos un destello de grandeza. Él sintió que esa mirada lo atravesaba y a la vez le provocaba ternura.
- Muchas razones. Desencanto absoluto. Desesperanza total y mucha rabia y - recuerdo - un deseo de irme del planeta y de la vida que, en ese momento, sentí como un alivio.
También en ese momento Ezequiel sintió el impulso irrefrenable de besarla y la besó. Como un enorme jet que levanta la trompa después de su carrera sobre el perfil de la ciudad y cuyo pasaje en un estadio de angustia compartida traga saliva, para después apoyarse en la solidez del aire provocada por su velocidad creciente, Ezequiel levantó su boca a escasos centímetros de la de ella y ambos, con los labios un poco tensos, apenas abiertos y ateridos, se buscaron como para emprender un nuevo vuelo a partir de ese beso como si levantaran los pesos de sus cuerpos sobre la solidez de un incierto nuevo destino provocado por la acelaración de sus sangres. Algo en los dos en ese punto se quebraba. Algo en los dos partía la barra de hielo de una imposibilidad intuida al unísono. Ezequiel la atrajo todavía más hacia su boca tomándola de la cintura sin que ella resistiese la presión y de modo que le hizo apoyar la turgente consistencia de sus senos sobre el pecho. El vago aroma a tabaco y menta se había intensificado, provenía de la hondura de su garganta, de su lengua, de su paladar, pero, a la vez la tibieza, blandura y humedad en la que su lengua penetraba excitaron su deseo y una suerte de creciente compasión.
Pagaron y huyeron del bar. Fueron hasta la habitación de un hotel cercano. Ella se llamaba Carolina. Se lo dijo mientras se desvestían, apurados y voraces, como si quisieran devorarse. Y se fueron uno contra el otro, uno sobre el otro y comenzaron a cogerse ferozmente y mientras copulaban se siguieron besando.
- Carolina - dijo Ezequiel cuando concluyó el combate erótico separando y acentuando las sílabas - Ca- ro - li - na - repitió. La miraba a los ojos y le había puesto los suyos y su rostro muy cerca y su cuerpo se volcaba en un costado sobre el de ella. - Ahora, sé sincera, seguís pensando en el suicidio.
- No, lo siento muy lejos, muy lejos - dijo ella y aferró entre sus dedos los dedos de una de las manos de Ezequiel.
Después se confundieron sus cuerpos nuevamente y viajaron toda la noche compadeciéndose y deseándose.


Caligrafía hecha a mano Fina de la Pared Obras de Arte Pintado A Mano de Pintura Abstracta de Acrílico de Una Pareja Abrazada Pareja Pintura Al Óleo Desnuda(China (Mainland))


Amílcar Luis Blanco (Pinturas y esculturas de Rafael S.G.)

viernes, 14 de julio de 2017

Quinto capítulo de "El manuscrito". Historia en dos ciudades.


Cafe Cortázar Buenos Aires

                                               - "Uno tiene ideas absolutamente imaginarias sobre los lugares en los que nunca ha estado, sobre las personas que jamás hemos conocido y tratado personalmente. Uno entonces imagina, imagina a veces con cortedad y otras veces sin demasiado freno a las fantasías, mezclando lo que contacta y vive cotidianamente con lo que ha vivido y recuerda. Los sitios y las personas se vuelven así lugares y seres de perfil y fisonomía vacilante, fantasmas, imágenes que viajan y oscilan con uno que también viaja y vacila continuamente."
                                       Aprieto el interruptor y la voz que me dijo todo esto se apaga. Hasta hace un instante era la rica en timbres, algo disfónica, del doctor Duqueville, en un castellano aceptable aunque con su acento parisino. Me quedo pensando. Soy el vivo ejemplo de por lo menos una doble vida. La de París, esta ciudad extraña, completamente extraña para mí y aquélla Buenos Aires, no sé bien si reciente o lejana o tal vez leída en esa extraña novela "El manuscrito" de la que, evidentemente, formo parte.
                                A continuación me asalta la idea, rocambolesca y muy infantil, de haber ingresado al libro, tal como Alicia se escabulló hacia el país del espejo o hacia el país de las maravillas. Tal vez de un modo más sutil. Esa manera de andar y de ser de Horacio Oliveira que se metía en las Galerías Guemes, hoy creo que Galerías Pacífico en Buenos Aires y desembocaba en París, sin recordar muy bien si era Horacio Oliveira el que lo hacía como habitante de "Rayuela" o el personaje de un cuento o el propio Julio Cortázar. No se si ambas ciudades, París y Buenos Aires, son imaginarias o reales o una es real y la otra imaginaria. Creo que estoy completamente loco, insano, demente, y que el doctor Duqueville me consuela. Encuentra la forma de que contenga el pánico que me produce el haber caido en el abismo sin fondo de la locura sugiriéndome que la vida que llamamos cuerda es relativamente cuerda y la que llamamos enajenada también está siempre relativamente enajenada. Que todo razonamiento es un sofisma y las experiencias ilusiones actuadas en una vigilia poco confiable como tal.
                                   En fin, me pongo de pie, camino hasta el perchero ubicado en el ángulo vecino a la puerta de acceso y salida de mi departamento, descuelgo el perramus que pende de uno de sus cortos brazos de algarrobo y me lo pongo, no se si se trata de mi departamento en Paris o en Buenos Aires, no estoy seguro, pero sí de que es lo suficientemente antiguo y con ascensor tipo jaula como para que pueda pertenecer a las dos ciudades. Camino hasta esa pequeña jaula móvil que he llamado y ha descendido con estrépito portando a una señora mayor con un perrito, la saludo y me meto en su interior y sigo bajando en su estrecha compañía, de modo que puedo olerle los cosméticos y evocar polvos y cremas rosáceas, hasta que arribamos por fin a la planta baja y dejo cortesmente que ella salga primero al palier acompañada de su perrito. La luz que viene de la calle es pálida y puede corresponder a cualquier ciudad cosmopolita, no sólo a Buenos Aires o a París, también a Madrid o a Barcelona o a cualquiera otra. Soy enseguida un transeunte más sumado a una barahunda que me hace sospechar que estoy en el barrio del Once en Buenos Aires y que camino sobre una de las veredas de la Avenida Jujuy en dirección a La Perla con el propósito de tomar un café. Me siento feliz porque si los tiempos retrocediesen o variasen podría reencontrarme con Ernesto, con su tío fallecido y sobre todo con Clarita a la que jamás olvido.
                         Y efectivamente llego a la misma esquina de Rivadavia y Avenida Jujuy, donde nace Pueyrredón y está el hotel "La Perla", pero sobre mí se desploma una pesada desazón; el café es ahora una pizzería y se llama "La americana" y no tiene las mismas mesitas y las mismas sillas en las que solíamos sentarnos a tomarnos un café express o un cortado y hasta un capuchino acompañado de medialunas. Las mesas que veo son coloridas, de fórmica o plástico y hay una profusión de mozos que llevan pizzas y cervezas, en botellas o shops, y es el mediodía y un griterío de gallinero ocupa el espacio audible que antes era casi de confidencia o secreto y se destinaba al humor y los diálogos entre amigos, del que se escapaba cada tanto una risa inteligente. No quiero mirar hacia la plaza de Once, la Plaza de Miserere. Me da miedo. Ignoro lo que pueda ofrecerse a mis ojos y aumentar todavía más este sentimiento de desazón que me hiere y desilusiona.
                                        Abro los ojos no obstante y descubro que más allá de la esquina en la que estoy parado una cobertura de verdes rectángulos, geométricamente interrumpidos, filas de árboles de copiosas copas en sus laterales, superponen los campos eliseos a los bosques de Palermo en los que alguna vez la figura del restaurador de las leyes, Juan Manuel de Rosas, montada sobre un brioso caballo overo trotaba sobre los pantanos. Pero en el vértice de esa convergencia de rectángulos y segmentos urbanos creo descubrir la silueta de la torre Eiffel. Me dispongo entonces a cruzar la calle para ingresar en ese nuevo horizonte y a caminar, caminar y respirar y mientras doy un paso y otro y otro voy distrayéndome y olvidándome de todo.

Amílcar Luis Blanco

martes, 6 de junio de 2017

LOS PLÁTANOS





                                                           Vamos por la calle Los plátanos. En la calle, a lo largo de todo su recorrido entre San Antonio de Padua e Ituzaingó no hay un solo plátano. Hay acacias, álamos, paraisos, fresnos, tilos, olmos, desde algún patio asoman limoneros, naranjos, durazneros, membrillos, granadas y hasta ceibos y  aromos, pero nunca han habido plátanos. El nombre de las calles es puesto así nomás, sin sujeción a razones, tradiciones, leyendas o historias antecedentes que los expliquen. Todos suelen ser reflejos, ecos, caprichos, resultados de decisiones tomadas al azar, a las apuradas. Además que el plátano no es una banana como siempre creí. Tiene la forma de una banana pero es verde y de mucho mayor tamaño. Lo descubrí en la verdulería, yendo con mi mujer, mientras hacía la consabida cola y esperaba que nos atendieran. Alguien compró plátanos y entonces los ví por primera vez y supe que toda mi vida había estado equivocado con relación a lo que imaginaba que esos frutos eran y cómo eran y de qué modo se preparaban para comerlos. Por lo que escuché se deben freir.
                                                                No se si fue esa misma noche, luego de haberlos descubierto, la que soñé con un vasto campo de vainas verdes enormes ligeramente apaisadas o si fue la noche siguiente, pero lo cierto es que me vi solo y caminando, intentando que mis pies no quedaran atrapados en ese sorprendente vergel en el que los frutos estaban extendidos a ras del suelo como si se tratara de tubérculos al descubierto.
                                                                   Me impacienté y comencé a caminar a cierta velocidad y a pisar con fuerza, aplastándolos, cuando advertí que estaba en el medio de un océano de plátanos y que, en cualquier dirección hacia la que mirara, no avistaría una costa o márgen o playa de arena salvadora que pusiera fin a tanto dislate y profusión de duras cáscaras elásticas que también se partían y al despanzurrarse hacían que resbalara sobre su materia gomosa. Varias veces caí y di de lleno sobre la cremosa sustancia.-

                                                                      Pero, ¿importan realmente los plátanos, los que se muestran y los que se esconden, los ostensibles o los clandestinos, o son meramente un pretexto? Una excusa para las preguntas que se abren tras ellos, una miríada de preguntas que se propagan, como si a partir del cajón que vi y que los contenía todo el barrio, toda la ciudad creciera, con sus edificios  y su gente, sus horarios y costumbres y su vida multiforme y polifacética a partir de los plátanos. Pero, insisto, por qué a partir de los plátanos y no de las simples frutillas, bananas, naranjas, duraznos u otras frutas conocidas de toda la vida, familiares, incorporadas a nuestros platos e ingestas habituales. En primer lugar porque el rito o las costumbres borran a los seres y a las cosas, tienden a hacerlas desaparecer, a invisibilizarnos e invisibilizarlas, es así.

                                                                            De pronto una realidad cualquiera, como la de los  plátanos recientemente descubiertos, nos revela cuánto hay de oculto en nuestro vivir cotidiano, en lo que naturalizamos y encubrimos sin darnos cuenta. Nuestras percepciones y estados de conciencia nos mantienen concentrados y veloces detrás de nuestras necesidades y deseos que jamás se completan del todo y nos mantienen siempre en carrera.

                                                                                La sorpresa frente al descubrimiento de los plátanos es el accidente que interrumpe nuestra loca carrera, hermética a ambos costados del sendero o camino recorrido, como si lleváramos anteojeras mientras lo recorremos o cómo, si nos imagináramos dentro de un tren,  su velocidad disolviese formas y contornos y transformase en el líquido de un torrente los paisajes que el convoy va abandonando y de pronto ese tren descarrilase y las anteojeras que llevamos puestas saltasen de nuestras cabezas.

                                                                               Así, de ese modo, la realidad nos asalta en todos sus latidos de fenómeno y, en ese momento, la carrera se detiene y nos sumergimos en su densidad, en la quietud vital envolvente cuyo movimiento, lento y pausado, desnuda la artificialidad, lo relativo y frágil de nuestras maneras aprendidas, de nuestras enloquecidas carreras, inspiradas en ambiciones y competividades. La angustia y la expectativa que crea convertida en ansiedad nos hace ver, ya inmersos en el miedo, incluso en el terror, lo fútil, lo frágil y efímero de nuestra condición humana.

                                                                                  Y menos mal que no fue un descarrilamiento en el que podríamos haber muerto sino tan sólo el descubrimiento de los plátanos, de sus verdores y tamaños en el cajón de una verdulería los que nos indujo a pensar. A veces es un cuadro, un poema, una partitura como si la escucháramos por primera vez. Hay un golpe de lucidez.

                                                            A la vez menos mal también que desperté del sueño en el que me sentí caer sobre la pringosa materia blanca, porque si hubiese seguido habría perecido ahogado, sin aire en una oscura pesadilla sin fondo. La vigilia recuperada, el despertar, llenó de nuevo mis pulmones con el oxígeno de la conciencia y los plátanos volvieron a su insignificancia domeñable pero desocultaron su potencialidad simbólica, su significación relativa entre mí y mi entorno.

                                                              Después de levantarme de ese sueño salí de casa, me puse a caminar y mientras lo hacía contemplaba los árboles, además de los frentes de las casas. Me metí en el anonimato de un paseo a la deriva, sin destino fijo, que es como más se goza el caminar. La mirada perdida en las copas, ligustrinas y enramadas. El recuerdo de otros sueños. El misterio implícito en ellos, tanto como en las percepciones de esa caminata. Hay que andar imbuido de la pasión del descubrimiento. Sólo de ese modo, con esa actitud, consigo acercarme lo más posible a la vida. Quizás porque me alejo de mi destino, de mi historia personal, de mi protagonismo narcisista, yoico. Ya no soy enteramente yo, dejo de serlo, trato de fluir entre las cosas y los seres y mi propia nada, una nada perceptible y que puede tocarse, tangible casi, dispuesta, desprevenida y preparada para mis cinco sentidos, que se apodera entonces de la existencia,  me hace sentir ese desasirme de lo prescindible: los negocios, el dinero,  lo que materialmente suele reclamarnos y, de modo primordial, de mis necesidades y deseos; los apetitos tiránicos que suelen colapsar la visión del mundo.

                                                Caminar resulta ser entonces como navegar al garete en un mar sereno pero plagado de encuentros. Hay esquinas, rincones, puertas prometedoras, idénticas a párpados cerrados, balcones como labios entreabiertos, sospechas de ojos que nos espían detrás de persianas apenas entornadas, ventanas que son espejos reflectores, autos roncadores, rugientes, que  tienen vidrios polarizados para  defenderse de miradas curiosas. Hay hombres y mujeres que caminan como yo o esperan el paso del colectivo que los llevará a destinos momentáneos y olvidables. Nubes viajando en el cielo celeste, dilapidando caprichosos volúmenes. Y todo eso se ve, se oye y se siente.

                                                   Sin embargo, pese a la despersonalización lograda al haberme distraído y entregado a lo exterior a mí, compruebo que sigo, más que antes quizás, metido dentro de mí mismo, de mi mismidad para decirlo con la palabra de Unamuno. Con la leve diferencia de que no es una mismidad yoica sino enajenada, llena de otros, repleta de mundo.

                                                                       Tocado por el mundo, manipulado por su estrambótico y ditirámbico diseño como en esos cuadros de Dalí en los que los volúmenes se estiran y distorsionan hasta parecerse a nuestras subjetividades pobladas por ese flujo semiconsciente que mezcla recuerdos, sofismas, razonamientos, percepciones fugaces o detenidas, obsesiones, sensaciones y sentimientos que parecen moldearnos desde adentro hacia fuera cuando intentamos incorporarlos a una experiencia de vida que discurre incesantemente como las aguas de un río del que no conocemos ni las vertientes que le dan su caudal ni la desembocadura en las que habrán de perderse.

                                                                Y todo por el descubrimiento de los plátanos abandonados en un cajón para cumplir necesidades y deseos. Y somos también entonces esa embarcación, ese contenedor límite que impide que nos dilapidemos, es decir, nosotros mismos como subjetividades arrastradas por las aguas, somos parte del tiempo, formamos, ya ingresados a la heterogenea corriente, al torrente que habrá de verternos en el océano final de la absoluta inconsciencia, el cuerpo colectivo de ese transcurso fatal. 

Amílcar Luis Blanco ("Naturaleza muerta con granadas y bananas", oleo sobre tela, pintura de Alfred Henry Maurer)

jueves, 2 de marzo de 2017

EL MANUSCRITO





-Usted, doctor, cree que debo contarlo todo.
- Debe hacerlo y debe empezar cuanto antes Pierre.Ni bien llegué a su departamento. Y, en su próxima visita, traerme el escrito.
                                            Sonreí. Hoy es fácil, más que hace años. Una columna transparente se yergue de pronto sobre mi mesada de cristal y sólo debo hablar y contar lo que pasó y lo que otrora fuera un manuscrito se graba diréctamente en el pequeño rollo y mi doctor sólo debe escuchar ¡Cómo ha progresado la cibernética desde entonces!                                
                            Y comienzo entonces. Debíamos buscar el manuscrito. Aunque en realidad no era un manuscrito sino una resma de hojas A4, de computadora, tipeadas por el tío de Federico en el teclado del ordenador durante los últimos años de su soledad de viudo sin hijos anteriores a su deceso. El hombre había vivido desde los veinte años que lo distanciaban de la muerte de su esposa y la venta de su casa matrimonial en una habitación con una ventana a la calle, en una esquina, con entrada independiente y otra puerta que daba al pasillo de la antigua casa chorizo en la que se la alquilaban los integrantes de la familia que fueron sus vecinos y con los que se había hecho querer. Según nos había confiado Federico y por eso lo de "manuscrito", Tito, su tío, le había hecho tantas anotaciones con la birome que las hojas parecían más haber sido escritas a mano que tipeadas en el ordenador.
                                         Nosotros lo habíamos conocido a Tito y habíamos charlado con él momentos interminables. Nos reuníamos en "La Perla" del Once porque ahí Macedonio Fernández había mantenido larguísimas conversaciones con otros circunstantes ilustres como Borges, Fernández Moreno, Bioy, etcétera,cosa que a Tito le complacía  . Íbamos a ir a buscar los originales del manuscrito Ernesto y yo porque Federico estaba poseído por una depresión que - según nos dijo - le hubiera impedido tratar con los vecinos de Tito, siquiera saludarlos. Aunque intentamos disuadirlo y le dijimos que viniera con nosotros, que quizás le haría bien, no logramos convencerlo. Él nos daría la llave y deberíamos ir de noche, a la hora de cenar, según él para no molestar a la familia. Hallaríamos el manuscrito en la mesa de trabajo de su tío, junto a la computadora. Estaba dentro de una carpeta que Tito nos había mostrado a todos varias veces. En las reuniones que teníamos en "La Perla" solía levantarla sobre los pocillos de café o los chops de cerveza, apretándola, como extremo de sus énfasis gesticulantes y de vez en cuando ponía como ejemplos ilustrativos de sus pensamientos pasajes que nos leía de su manuscrito que alguna vez publicaría.
                                        Pero como el ataque cardíaco se lo llevó sin avisarle al otro mundo, como suele suceder, Federico consideraba una deuda moral con su tío publicarlo. Respetamos su decisión. Así que una noche, giramos en el cerrojo la llave que nos había dado e ingresamos a la habitación de Tito y enseguida nos apoderamos de la carpeta. Pero tuvimos que desprendernos de ella y dejarla en algún lugar porque alguien nos intimó desde el pasillo detrás de la otra puerta y a los gritos: " - Ladrones, ladrones. Ya viene la policía" . Nos asustamos tanto que dejamos la carpeta con el manuscrito y salimos corriendo.
                                       Después pasaron los días. Federico seguía con su depresión y Ernesto y yo, que le habíamos contado lo que ocurrió, creímos prudente no volver a mencionarle el asunto hasta que él no lo hiciera. Pasaron meses sin que él regresara al asunto hasta que la dueña de casa que le alquilaba a Tito lo llamó y le dijo que debía entregarle las cosas de su tío. Entre las cosas, obviamente, estaría el manuscrito.
                                         Sin embargo no. Estaban las dos sillas, la cama con almohada y colchón, la mesa de trabajo, la computadora, con su cepeu, su pantalla, el teclado del ordenador, la biblioteca con sus libros, el ropero con la ropa de Tito, sus trajes, dos, camisas, camisetas y hasta calzoncillos lavados y planchados, todo, pero el manuscrito no, el manuscrito brillaba por su ausencia. Ernesto y yo habíamos acompañado a Federico para la ocasión y escuchábamos a la dueña de casa.
- Mire, no sé, fijensé. A lo mejor la nena sabe. 
                                   La nena, Clarita, era una veinteañera de cuerpo atractivo, de esos que llaman "pulposo" pero de rostro inocente y cuando le mencionamos a Tito sus ojos desbordaron de lágrimas sinceras y su boca se contrajo, esbozó un puchero propio de una bebé. Me pareció adivinar o intuír lo que había pasado. Le pregunté a la nena dónde estaba su habitación. Me miró rogándome discreción. Me tomó de la mano, la apretó y sin soltármela me condujo hasta su dormitorio. Una vez desprendido de ese contacto manual que me había encendido un poco me agaché, apoyé las manos sobre el suelo y miré bajo su cama. Allí estaba la carpeta con el manuscrito.
                                  Clarita me miró con unos enormes ojos culpables una vez que me incorporé. 
- Él me había pedido que la guardara. Quiero decir Tito, el tío de su amigo. Me dijo que ni mi familia debía enterarse. Él era mi amigo. Yo iba con el inalámbrico o mi celular a su habitación cuando tenía que hablar con mis clientes. Sé que Tito no les habrá contado, era muy discreto, pero yo había tenido que empezar a trabajar, sabe?
- Y Tito era uno de tus clientes?
- No, Tito era un gran amigo. A él le hubiera hecho todo gratis. Lo que él quisiera - sonrió - entiende?
- Sí, sí, claro ¿Y él, quería?
- Bueno, no, nunca quiso, él me veía como una hija. Me decía, "- Querida, vos estás inmersa en el absurdo. Respeto tu libertad porque sos muy joven, pero, ya comprenderás -". Algunas veces me dejaba leer la carpeta y ahora que él se fue terminé de leerla y me pareció maravillosa, deslumbrante. Pero, no lo distraigo más. Acuérdese o acordate, si te puedo tutear, de que yo trabajo - me guiñó un ojo. -  Te dejo mi número.
No fue una pregunta. Se dirigió hacia un escritorio pequeño y sacó un papelito cuadrangular de color turquesa, fluorescente, y anotó el número y me lo alargó con un destello de abismal picardía en su mirada y su boca. Su habitación, empapelada con tenues dibujos de cigüeñas rosáceas, con osos de peluche y muñecas, parecía el de una niña.
- Llamáme - me dijo y nos despedimos.
                                        Cuando terminamos de bajar hasta el último mueble de su tío en la casa de Federico, lo vimos, nuevamente abatido, sentarse en el sofá de su living, abierto a la noche de verano y, después de ofrecernos un te helado y algo azucarado, pero riquísimo luego de tanta transpiración, nos confesó:
- Muchachos, no tengo un mango.
Lo miramos interrogativamente.
- Ustedes no entienden ¿ Cómo pago la publicación del manuscrito?
Lo respetábamos como amigo y optamos por darle la callada por respuesta.
                                         La tarde siguiente a ese día llamé a Clarita. Usé el whatsapp y la vídeo llamada, alentado por una audacia con cierto morbo que la chica me había inspirado. Yo ya había cumplido cuarenta y ella era una veinteañera apetecible y, aunque se tratara de una trabajadora del sexo y sobre todo por éso, me excitaba la idea de poder echarle un buen polvo.
                                                Y suerte o verdad, la vídeo llamada me mostró en pantalla su cuerpo desnudo y moreno tratando de cubrirse con un toallón blanco y saliendo de la bañera cuando advirtió mi admirativa y libidinosa mirada en el cuadrante de su celular. Enseguida se repuso y sonrió, algo procaz y divertida, profesionalmente, recibiéndome como un nuevo cliente.
- ¡Hola curioso!
- ¡Hola hermosa!
- ¿Me querés ver entera o algo en especial?
- Prefiero en vivo y en directo y que me dejés elegir en la misma forma.
- Dale ¿Te queda bien mañana, tipo veinte, en "La Perla"? Allí se encontraban con Tito, verdad?
- Verdad.
El encuentro, gaseosas por medio, fue casi una cita de novios. Antes de los hechos quise calmar un poco mi curiosidad.
- Bueno,Tito, como te conté, era un amigo de los buenos. Yo podía hablarle a mis clientes desde el inalámbrico o desde mi celular y hacerles exhibiciones. Visitaba a mis clientes a domicilio en general, pero también con la compu de Tito les daba sexo virtual.
- ¡Ah, bueno!
- ¿Te sorprende?
- Un poco
- Gané mucho dinero así y le quería pagar una comisión por esos chats pero nunca aceptó.
De pronto me iluminé y pregunté:
- ¿Trabajaste mucho tiempo así?
- Desde mis dieciocho y tengo veinticinco, o sea siete años.
- Y ahora, cómo hacés? Digo, con lo del sexo virtual.
- Y . . . alquilo. Pero los hijos de puta me llevan casi todo, el sesenta por ciento.
- Tengo una idea ¿Tus padres me alquilarían a mí la habitación de Tito?
- Y sí, por qué no?
- Listo, te propongo seguir con tu negocio. Te presto mi compu y . . 
- ¿A cambio?
- Vos bancás la publicación del manuscrito de Tito.
Clarita sonrió y una lágrima agradecida descendió por su mejilla.
                                     Nunca supe bien de qué trataba el manuscrito pero logramos verlo publicado y en vidrieras y hasta en la feria del libro ¿Qué tal?

La pintura que inicia librosyaguardientes es del pintor argentino Fabián Pérez







Amílcar Luis Blanco (Pinturas de Vladimir Volegov y Fabián Pérez)

EL MANUSCRITO 2

Pintura y Fotografía Artística : Cuadros de Damas Hermosas, Pinturas Al Óleo:


                                                                Como es de suponer para cualquiera que haya leído mi relato sobre el manuscrito, mi relación con Clarita siguió adelante, sobre todo después de que su madre me alquiló la habitación que había pertenecido a Tito y luego también de la publicación del manuscrito. Con ese título "El manuscrito" que, según Federico que lo había leído, desarrollándole incluso las anotaciones hechas con birome que había también descifrado, era el que mejor le quedaba porque, nos dijo, su texto era una mezcla de ensayo filosófico con novela y cuentos, o sea, un género literario que debía denominarse más por lo exterior, por, digamos, su ropaje, que por su contenido. Empleó las palabras "extrínseco" e "intrínseco". Lo que consiguió fue intrigarme más de lo que estaba y, aunque por una mezcla de pereza o fiaca y desconfianza hacia las dotes intelectuales de su  tío que siempre me había parecido algo enfático, demasiado entusiasta, en suma un poco chanta, aún después de su publicación, no me había puesto a leerlo. Pero Clarita sí. Era la otra persona que lo había leído y lo admiraba. Así que, como epílogos de nuestros encuentros eróticos, charlábamos muchas veces, semidesnudos o apenas cubiertos por las sábanas, sobre el manuscrito que, en su flamante primera edición ella llevaba en su cartera. A veces hasta me leía pasajes sueltos.
- "Estamos hechos a imagen y semejanza de las cosas que nos rodean, de las costumbres de las que procedemos, de los libros que reiteradamente leemos. Somos hijos de los asados, las pastas y los aburrimientos dominicales. Rara vez podemos trascenderlos e impedir que nos influyan. Nos ponemos románticos con las lluvias y los otoños. Nostálgicos con las navidades y los carnavales. Recordamos los juegos del agua a la hora de la siesta. Los versos del Martín Fierro. El capítulo seis de "Rayuela", etcétera."
Clarita cerraba el libro. Suspiraba y le brillaban los ojos y las mejillas.
- ¡Cómo me identifico con ésto, Oscar! Seme franco ¿No te pasa lo mismo?
- Honestamente. Me parecen pavadas lo que dice. Lugares comunes. Obviedades. Y, por supuesto que no me identifico.
                            Clarita se encogía de hombros y pasaba a no hablar más del libro en los instantes siguientes y hasta que nos despedíamos. Sin embargo me dejaba pensando. Porque no era que yo no pensara que lo que Tito había dejado escrito no fuera cierto, pero lo que de verdad me fastidiaba era la obviedad de sus afirmaciones ¿Qué podía extraerse que fuera útil, que sirviera para transformarnos, para cambiar nuestras necedades argentinas, que por cierto seguían siendo muchas, de esos pensamientos de café o de sillas en las puertas abiertas de los frentes de las casas en las noches de verano? Desde que era chiquito venía escuchando juicios de ese tipo, los argentinos, porteños o provincianos, éramos, generalmente, así o asá ¿De qué servía? Me sentía asintiendo en la marea oceánica de un discurso interminable que nos envolvía sin alcanzar nunca a mejorarnos.
                                       Y además estaban nuestros miedos, nuestras angustias, las constantes depresiones que nos aquejaban y, sobre todo las frivolidades. Lo superficiales que éramos viendo y escuchando los almuerzos de Mirtha Legrand, el bailando de Tinelli, las estupideces de Susana Giménez, etcétera ¿Cuánto lastre de descerebrados deberíamos perder todavía para dejar de ser preponderantemente estúpidos? 
                                                  Después de habernos despedido - Clarita se escabulló por el pasillo hacia su habitación y yo salí rumbo a la Avenida Santa Fe -, mientras caminaba quise perderme entre la gente a esa hora vespertina. Corría una brisa fresca, aliviadora, desde el sur, y barría esa humedad encendida y pesada tan propia de los veranos porteños. Las vidrieras de las pizzerías y los cafés parecían llamar a los transeúntes, invitarlos a sentarse a las mesitas dispuestas en sus veredas. Sitios de encuentros, citas de enamorados, reuniones de negocios, cervezas, copetines, picadas mediante, taciturnos pocillos de cafés solitarios. Chicas y muchachos regresando de las aulas universitarias o yendo hacia sus claustros, metidos sus oídos y atenciones en las músicas de sus celulares o, detenidos en las paradas de los colectivos con las miradas fijamente enclavadas en las pantallitas, cromáticamente plenas de colores y fotografías, de esos adminículos rectangulares cada vez más preponderantes y absorbentes a través de los cuales se comunican rapsódicamente entre ellos o con sus familiares en modos orales o escritos. Recordé el evangelio de Juan: " En el principio era el verbo y el verbo era Dios " Ojalá entonces nos sea favorable, no nos convierta en autómatas. El humilde manuscrito de Tito había quedado siendo simplemente un libro, como millones de tantos otros, sin ilustraciones, contenedor de antigüos pensamientos modestos, de bajo perfil, de conmovedora impotencia para frenar o intentar contener el movimiento y la profusión de tanta frivolidad mediática.

Amilcar Luis Blanco