lunes, 30 de abril de 2018

LO QUE UNO ESCRIBE



                                                                         Lo que uno escribe, lo que yo escribo, lo más probable es que no tenga ningún valor o, en todo caso,  un valor muy relativo. Acotado a mis circunstancias y deseos, ceñido a mis memorias y a mis imposiciones que siempre parecen demasiado pesadas para levantar. Que me hacen sentir postrado en un bosque o una ciudad donde todo se me viene encima aunque soy consciente de que este sentimiento es una metáfora, una composición del lenguaje, de una estructura heredada a partir de la cual nací y sigo constituyéndome, sigo siendo a partir de este lenguaje conquistado día a día, noche a noche, palabra a palabra y no sólo en mis momentos de reflexión, que los tengo y muchos, sino también en mis contemplaciones, en mis idas en blanco de la realidad por caminos que no son los que veo, oigo, palpo, huelo y saboreo, también son los de mi imaginación, los de mi construir castillos en el aire.
                                                                          Después de haber leído a Jacques Lacan concluyo que caigo (o me levanto, camino, corro, vuelo, nado o lo que sea) por el peso (o liviandad) de las metáforas que imagino. Claro, las que puedo imaginar. Los deseos que puedo escenificar. Me reduzco o agrando a partir de mi capacidad para combinar palabras más o menos poéticas. Encuentro mis caminos o los pierdo a partir y en el curso de esa inventiva. Puedo renovarme, repetirme o fenecer si mis obsesiones o mis olvidos interrumpen o discontinúan esa potestad de imaginar, única en la que puedo considerarme completamente libre. Es la energía de mi deseo la que alimenta esa capacidad que linda siempre con lo fantástico, con lo fantasmático inconsciente cuando viajo hacia dentro de mí mismo y procuro descifrar con el auxilio de los significantes de las palabras en el lenguaje las significaciones profundas que me constituyen o van constituyendo en continuidad de infinito.
Bien mirados, es decir tratando de observarnos en lo que hacemos y decimos, guardamos una necesidad o pretensión de infinito, de escapar a lo que intenta esclerosarnos, detenernos, relegarnos a estereotipo; o sea, degradarnos. Y lo hacemos por medio, con y a través del lenguaje, buscando las palabras que nos llevarán hasta el portal de un infinito incesante. Somos ese "rayo que no cesa" en el decir del gran poeta de Orihuela, Miguel Hernández, quien "para la libertad" dio su cuerpo "como un árbol cautivo". Su cuerpo quedó atrás, como quedó y quedará el de todos nosotros, pero su poesía vive. Está viva en todos los que lo hemos leído, sentido y entendido. Como la poesía de todos los poetas que han logrado trascender hacia quienes nos deleitamos leyéndolos.
                                                                    Y este es el lenguaje, el lacaniano de nuestra estructura inconsciente, a partir del cual hablamos, pensamos, escribimos. Así lo que uno escribe es lo que uno es o va siendo mientras vive y lo que seguiremos siendo después de que nuestro cuerpo se haya transformado en polvo. Es el "polvo enamorado" de Quevedo que quedó en el lenguaje..
Hablar, pensar, sentir a partir de lo imaginado y, por último, escribir aunque lo hagamos en el agua. Somos aquéllos cuyos nombres están escritos en el agua como afirmó Lord Byron. Pero los significantes que hemos buscado para significarnos seguirán en esta misteriosa creación, la del lenguaje mientras dure, nuestro único Dios en todos los idiomas.

Amílcar Luis Blanco

jueves, 26 de abril de 2018

CONIL DE LA FRONTERA y VEJER DE LA FRONTERA (IMPRESIONES)






                                                                Hace muchísimo calor, un calor de Sahara, africano. Anónimos paseamos, mi hijo Guillermo y yo, por callejuelas de piedra entre paredes anchas y encaladas levantadas hace mucho tiempo para proteger a los pobladores del levante; un viento que llega del norte de África cargado de sequedad y arena instalando una atmósfera insoportable para los ojos y las narices. Esto último me lo contaron, pero aunque no lo haya padecido puedo imaginarlo. Mientras camino, casi siempre en ascenso, a veces, las menos, en bajada, pienso, pienso tratando de evocar a los lejanos musulmanes que durante siete siglos fueron dueños de la cuenca del mediterráneo. En Vejer de la frontera, una población cercana cuyas calles y edificios se implantaron, también hace siglos, en las alturas de la sierra, he visto mujeres celosamente cubiertas por túnicas y hasta con burkas. He visto y veo, también aquí en Conil, fuentes enmarcadas por coloridas mayólicas,  una, ya en Vejer, la más lucida, en el centro de una plazoleta, alrededor macizos con flores rojas, azules, amarillas, turquesas. El mar asoma por las esquinas y los rincones y el cielo, puro y azul, cae sin piedad recortando sombras para que en esas porciones de fresca oscuridad podamos sentarnos en algunos bancos o detenernos. Me siento, algo agitado, junto a mi hijo, nada agitado, sobre un banco de la plazoleta que da a la fuente y comienzo a disfrutar de lentas observaciones. La gente de diferentes edades y tamaños disfruta, animada, de pie, sentada, tomando fotos, mirando como yo, del panorama y de las alternativas que el espacio ofrece. Estamos en Vejer y Guillermo me explica que las brumas que se ven en el confín del horizonte, en la línea imprecisa que el mar dibuja con el cielo, se esconde la orilla norte de África. Me impresiona, como lejano habitante de una ciudad cercana a Buenos Aires que sólo ha visto en los mapas esas geografías, estar en la realidad contante y sonante de ese lugar. En un pequeño punto del sur de España frente a África. Casi no puedo creerlo. Todo me mantiene excitado y atento. Todo me gusta y me complace. El pasado y el futuro se funden, en mi percepción y en mi memoria, en ese instante que parece de sueño. Un momento onírico y de vigilia a la vez. Un sentirme vivo en experiencias que me atraviesan. Como si mi yo se disolviese o dilatase adquiriendo infinitud; la del paisaje que me rodea y la de una extensión inagotable. La vista, el oído, la conciencia, moviéndose con ligereza e informalidad, adhiriéndose a lo que me rodea y, a la vez, me penetra.
                                        Y el suelo que pisé, calles onduladas, en ascenso, en bajada, en Conil es más suave, llano junto a la costa de arena, al lado del mar. Por la noche recorro solo una callejuela poblada de comercios, restoranes que ofrecen atunes en todas sus formas, langostinos, camarones, mariscos, aceitunas verdes, cervezas, tiendas de prendas femeninas, collares, pendientes, anillos. Desfilan turistas de todas las nacionalidades yendo y viniendo. Los contemplo después de haberme sentado a una mesita para saborear un plato de excelente jamón proveniente de cerdos alimentados con bellotas y un queso montañés de cabra y un vino blanco ajerezado, helado. Vuelvo a pensar en los musulmanes, persas, comerciantes, mercaderes, fenicios, cartagineses, distribuyendo desde milenios exóticos artículos de consumo, excitando la atención y el interés de campesinos o montañeses que llegaban a la costa del mar desde un interior continental hirsuto.
                                            Pienso que esta "modernidad líquida", que tan pormenorizadamente ha descrito Bauman en su libro que lleva ese título y que caracteriza nuestra actualidad occidental judeo cristiana, comenzó a nutrirse en estas prácticas de atracción, seducción y diversidad de una humanidad heterogénea y multiforme porque despertó los pecaminosos deseos y avivó el costado promiscuo que a todos concierne. Y, de paso, evoco esa divergente y asimétrica relación entre los sexos que mantuvo sojuzgado al femenino y al homosexual frente a una masculinidad dominante, paternalista y machista.
                                                 Todo y mucho más desde este punto del planeta, el sur de España, lugar de encuentro de las historias y las orografías e hidrografías imaginadas y reales, dibujadas y vividas; parte de un texto escrito por infinidad de seres humanos, famosos y anónimos, rutinarios y deslumbrados.

Amílcar Luis Blanco

domingo, 11 de febrero de 2018

BELLA, SOLA Y DESTERRADA.





                                 Estaban la mañana, el mate y él. La mañana o claridad de cielo despejado o nublado entraba por la estrecha ventana horizontal a la estrecha cocina y se reflejaba sobre la fórmica estrecha de la estrecha mesa. El mate, ventrudo y abombado, revestido exteriormente de cuero colorado, se bruñía, barnizado por esa luz y él, despeinado pero despejado después de haberse lavado la cara, pensaba en cebárselo y en la húngara, su mujer, que seguiría durmiendo despatarrada y maternal en el otro ambiente hasta las diez. Ernesto había escrito el artículo y había recibido elogios, lo había titulado: "Bella, sola y desterrada" y lo había encabezado con la fotografía de ella, la que ella traía para trabajar de lo que fuese, y hasta de modelo si no había otro remedio, porque no le gustaba. "Hago modelo", había dicho, "pero no quiero acostar con nadie", había agregado enseguida, enrojeciendo, cuando él creyó que iba a decir "Hago puta". Eran las siete y él no la molestaría pidiéndole sexo a su desnudez irresistible como otras veces para que ella le respondiera con un acendrado fastidio, de modo cortante y seco: "Ahora madre yo, ahora madre". Entonces él aprovecharía para leer los diarios y tenían que ser todos. El pequeño departamento de dos ambientes en el que vivían desde que estaban juntos, atestado de los libros de él, dejaba poco espacio y, a esa hora, las diez, el bebé despertaría pidiendo teta.
                                Era demasiado pero era lo que había a esa altura de su vida. Lo que había conseguido después de su tormentosa separación, a sus cuarenta años, y después de haber sido sorprendido con la húngara por su anterior pareja en una escena de cama. Había embarazado a la húngara y había tenido que separarse de su anterior compañera con dos hijos. No sólo ahora debía mantener a la húngara y al crio de ambos sino que también debía pasar alimentos a sus dos hijos anteriores.
                                  Se cebó por fin su mate. Vertió el agua humosa sobre el verde tranquilo de la yerba y comenzó a chupar el sabor a polvorosa calma que le evocaba el silencioso sentarse a contemplar las melenas de los álamos y eucaliptos, el camino que se proyectaba desde la tranquera hasta el monte arbolado y después hasta la ruta. Ernesto había disfrutado muchos mates contemplativos y sabrosos en compañía de sus abuelos y hasta que ellos vivieron no tuvo contacto con el pueblo cercano a la chacra, con Villaflor. No tuvo contacto asiduo. Había ido sí algunas veces, montado en la caja de la camioneta, a llevar zanahorias, plantas de lechuga, tomates, limones y calabazas al mercado, junto a Darío que era el encargado de transportar los productos  y cobrar y pagar el dinero de vuelta a sus abuelos, porque de esos viajes, de ese dinero escaso que volvía, sus abuelos y Ernesto sustentaban sus vidas, pero nada más. Nunca había ido al cine y teatro "Grand Splendid" de Villaflor o a alguna de sus dos confiterías. Tampoco a caminar por la plaza o la calle principal a levantar mujeres. Toño, su vecino de la granja, de su edad, lo había invitado, le había ofrecido llevarlo en el auto de su padre, pero Ernesto no tenía qué ponerse. "Qué voy a levantar mujeres yo", decía, riéndose un poco de sí mismo. "Pero hermano, qué te pasa - decía Toño - o  vas a andar haciéndote la paja toda tu vida". 
                            Junto a la laguna, él y Toño, cuando regresaban una tarde de la escuelita rural, se habían tirado a la cabra del Toño. Lo habían hecho a sus once años después de algunas clases explicativas y muy didacticas que la maestra, con gráficos y luego de muchos cabildeos con su directora en Villaflor y la inspectora que venía de La Plata, habían decidido impartirles a los niños y niñas de la escuelita rural Manuel Belgrano.También habían menudeado las miradas entre los compañeritos y las compañeritas y Ernesto espiaba a Marta Oyaharbide cuando acomodaba su pollera debajo del guardapolvo y sus pechos bien parados y, ahora, mientras chupaba el mate y miraba sin leerlos los titulares del diario "La Nación", pensaba en lo buena que estaba ese comienzo de mujer de sus doce años de entonces.
                               Luchaba contra la nube en la estrecha cocina ¿Su vida, dudaba, se habría estrechado también? Desde Villaflor hasta Buenos Aires le habían pasado, había vivido, infinidad de experiencias. Su matrimonio a los veinte con Selena Gómez, la hija del dueño del cine y teatro "Grand Splendid" había sido la principal. La había conocido en el primer baile al que asistió en Villaflor en la pista del "Unione e Benevolenza". Habían bailado un rock furioso, sensual y seductor. Ernesto se había soltado, estrenaba unos pantalones apretaditos, una camisa suelta blanca con florones alveolados sobre el pecho, a lo Sandro, y su pelo renegrido y lacio, también a lo Sandro, y los labios gruesos de su boca y sus enormes ojos negros, terminaron por rendir, a lo fan del gitano también, a Selena, la hija de don Cacho Gómez, poseedora de unas piernas torneadas que remataban y todavía rematan, pero él no ve ni toca, en poderosos y parados gluteos y una cintura pequeña y unos senos de maravilla. Se casaron, se embarazaron y se recibieron de padres de uno y dos varoncitos a los uno y dos años de matrimonio respectívamente. Selena quiso y también él que hiciera la carrera de periodismo para emplearse en el periodico local y Ernesto la hizo y leyó infinidad de libros y terminó aficionado al periodismo y a la literatura y se empleó. Pero el apasionamiento, alveolado de rosas rojas a lo Sandro, se fue apagando poco a poco en los atareados quehaceres de madre de Selena que paulatinamente de fan del rock y desmelenada y atractiva adolescente, madre a los diecinueve, se fue convirtiendo en mujer responsable, seria y de deseos genitales morigerados, a los veintiseis y ya a sus cuarenta en indiferente matrona.
                           Y entonces llegó la húngara, Morgana. El nombre se anticipó, inquietándolo, a su cuerpo, a su rostro, a su piel cetrina, a sus ojos sorprendente y seductóramente tan azules como el mar cuando atardece. Ernesto la conoció cuando viajó a Buenos Aires para explorar la posibilidad de entrar a trabajar como redactor de notas del interior del país en el diario "El país". Después de aceptarlo, como debut, le encargaron una nota a alguno de los emigrantes de la Europa central que se sabía llegaban a Ezeiza para radicarse en Argentina ese día. Era sábado sin gloria y con mucha ansiedad. Ernesto esperó en el aeropuerto y después de dos cafés se ubicó junto a la puerta de arribos y Morgana apareció vistiendo una desusada túnica entre acelestada y violeta que acompañaba el color y la luz de su mirada, portando su enorme valija con rueditas. Él le sonrió y ella le devolvió la sonrisa con un sesgo que le pareció implorante. Ella no sabía qué iba a hacer una vez que se agotaran los euros que traía, pero hablaba un español cuadrado que le permitiría desenvolverse creía, dijo. Él le preguntó qué sabía hacer. Ella, sin saber que él la reporteaba, le dijo: "Lo que tu mandes, estoy dispuesta. Hago cocina. Hago camarera. Hago para niños". Si no la paro - pensó él - va a decir "Hago puta". No lo dijo, pero Ernesto, malicioso y arrepentido, sintiéndose a la vez culpable y compasivo, lo estaba pensando.
                      Por éso, por ese mal pensamiento, por ese perverso deseo, dándole una nueva chupada al mate, seguía recordándoselo, por eso habrá sido que la invité a que trabajara de empleada doméstica en nuestra casa en Villaflor ayudándola a Selena. Habrá sido por eso, la puta madre. Por esa mezcla de deseo y compasión. Desde que la ví me la quise cojer, seamos honestos. Pero también me dió lástima. Sentí pena por esa mujer bella, sola y desterrada que me inspiró el título del artículo. Mi primer beso, largo, cosquilleante, hondo, húmedo, se perdió en ese relato que Morgana me hizo de su vida en Hungría. Una vida vigilada que mató a sus padres, que alejó a su hermano trás las rejas de una prisión injusta nada menos que hasta las tundras de Rusia y que me trajo hasta aquí, donde estoy ahora. Y después una vida asediada por la belleza de Morgana desde que hiciera esa fotografía, asediada por los deseos de los jerarcas del régimen para rematar en su arribo a Ezeiza. Por lo menos mi deseo no es ni ha sido como el de ellos, se dijo.
                              Y al llegar a esta conclusión Ernesto se incorporó. Fue hasta la otra habitación. Ella dormía con el bebé a su lado, risueño y satisfecho después de su tetada. Los besó a los dos y sintió que el sol de la mañana era de una amplitud dilatada y que él y ella y el bebé y la habitación se ensanchaban y abrían al ritmo de sus respiraciones. Y que eran ellos, ellos contra el mundo, ellos contra el destino.

Amílcar Luis Blanco (Fotografía de Tara Lynn)

domingo, 7 de enero de 2018

La bomba de silencio








- Hola vecino. Hoy le tocó.
Braulio se seca la transpiración, deja la cortadora de césped y se sienta sobre el pilar que separa el jardín de los canteros municipales del frente de su casa, un chalet de dos plantas.
- Sí, hoy me tocó y cada diez o quince días me toca.
- Usted vive solo, no?
- Sí, desde que nos separamos con mi mujer, hace ya tres años. Fue la última despedida. A ella, a la vejez viruela, después de treinta años de matrimonio, le agarró la pendejada de vivir sola. Antes se me fueron también los dos hijos, cada uno a su departamento y quedé yo aquí.
- Pero se vé con ellos.
- Sí, sí, cada tanto nos visitamos. Ellos vienen o voy yo.
- También con su ex.
- También.
- Y, seré curioso ¿Se siente muy solo?
- Mire, por momentos, no sé. Estamos desperdigados,  cada uno por su lado. Es como si sobre la familia que fuimos, que éramos, se hubiera detonado una bomba de silencio.
- ¿No se comunican?
- Sí, pero muy superficialmente. Tengo sueños que se repiten en los que volvemos a estar todos juntos y en el sueño aparecen otras personas, algunas conocidas y ya fallecidas y se plantean problemas de convivencia difíciles de resolver y, al final, despertarme es un alivio.
- ¿Por ejemplo?
-Mire, por ejemplo, soñé que recibí en la casa a un amigo que hace añares no veo y su familia que por alguna razón escapaban y debían esconderse y habían venido a la casa, y también había venido mi madre, una mujer muy anciana y con achaques que vive con una hermana mía. En el sueño estaba joven y flexible. Se había encaramado sobre una mesa atestada de objetos de todo tipo y buscaba un tocadiscos antiguo. A la casa vendría también mi padre, muy anciano y que vive en Uruguay, calcúle! Los dos son divorciados hace mucho y la segunda esposa de mi padre ya había llegado también a la casa. Pero ya mi casa, en la que estaba también yo con mi mujer y mis hijos no era ésta que usted vé ahora, no, era un departamentito de sólo tres ambientes y yo tenía que explicarles a todos que mi amigo y su familia deberían convivir con nosotros. Mi amigo, a esta altura del sueño, era un famoso y cínico gangster, un despiadado asesino además, al que debía preguntarle por cuánto tiempo más se quedaría en mi casa para poder darle una explicación a mi madre...
- ¿Y?
- Y bueno. Desperté transpirado y agradecido de que sólo fuera un sueño. Pero casi enseguida, mientras me preparaba el mate pensé qué solos estábamos todos y también pensé que no estábamos separados porque estuviésemos en guerra o porque hubiésemos enfrentado las consecuencias de un cataclismo de la naturaleza sino por nuestras propias voluntades. Cada uno de nosotros aislado, diseminado, entre la muchedumbre anónima de personas que vivimos solos. Diga que después me organicé y me puse a cortar el pasto.
- ¿Y después?
- Y después hay tanto que hacer en esta casa que no tendré mucho tiempo como para andar pensando macanas.

Amílcar Luis Blanco

sábado, 6 de enero de 2018

EL CIELO INTRATABLE



                                   Hoy nadie lee. Muy pocos lo hacemos y cuando nos sucede, cuando nos sentimos inmersos en el inmenso piélago de blancas páginas y negras letras, flotando sobre ellas, solemos distraernos de nuestras navegaciones con cualquier pretexto. Contar las carillas que nos faltan hasta el capítulo o relato siguiente, si hace calor acomodar el ventilador o el aire acondicionado, si la radio o la televisión quedaron encendidas apagarlas, sentir un súbito estertor intestinal que nos obligará a abandonar el libro colocándolo abierto con las páginas hacia abajo dejándolo como un objeto abandonado, etcétera, etcétera. Pero de todas las coartadas para no seguir leyendo la preferida es acudir a la computadora, abrirla, encender su pantalla y conectarnos con facebook o instagran o lo que fuere. Es como si nos costase demasiado mantener el vigilante piloto de nuestra atención sobre el universo que la escritura nos propone y que debemos abordar y mantener con nuestra imaginación encendida. Es más cómodo ver una película. Imágenes, sonidos, colores, diálogos con los que casi siempre nos identificamos y que fueron pensados y realizados por otros. Un pequeño ejército de hombres y mujeres puestos en movimiento por el guión, plan o proyecto o diseño que un  director guía con mano más o menos experta. Recostados comodamente en un sillón, la cabeza vacía, los ojos absortos y un apetito de vida dispuesto a consumir otras vidas, otras historias, desde la pasividad nos hacen  abordar un viaje, una navegación en la que no necesitamos participar siquiera como grumetes. A lo sumo inmiscuirnos como pasajeros de lujo, como dioses privados de poder que pueden observarlo todo. Y verdaderamente así nos sentimos, poderosos y prescindentes, potentes para ver, oír y sentir, pero absolutamente impotentes para intervenir. O sea imposibilitados y frustrados en cuanto a nuestros deseos. Los personajes sufren, disfrutan, mienten, se arriesgan, corren, vuelan, caminan, buscan, huyen, regresan, se enamoran, aman, odian, matan y mueren en un universo que a pesar de entretenernos nos deja radicalmente al margen de su desarrollo.

                                 Todo esto es pensado y sentido por Juan cuando está con Blanca mirando una película de Netflix en la pantalla del Led de muchas pulgadas que tienen en su living desde hace ya más de un año. Hace treinta y cinco que están casados y dos que están jubilados. Suelen leer sentados a la mesa del jardín a la tarde cuando toman mate pero esas lecturas son lentas e interrumpidas. Por lo general suenan los celulares o el teléfono de línea con llamadas, mensajes escritos o de voz y fotos o videos que les envían hijos, en número de cuatro, dos mujeres, dos varones y parientes o amigos, en número incontable.
No sucedían así las cosas cuando se conocieron. Juan corría y se agitaba para llegar a los asegurados y a los posibles clientes y Blanca mantenía con escrupulosa atención la agenda de su jefe. Por supuesto, ambos fingían. Y cuando ella le aceptó un café y se  encontraron, excitados y ansiosos porque se gustaban y estaban muy pendientes de lo que fuera a suceder, ni bien se sentaron, enfrentados y sonrientes junto al amplio ventanal del bar a Blanca se le escapó el "¡Ufa!", interjección de fastidio que dio el pie para la primera conversación confesional entre ellos. Había comenzado a llover y Juan dijo:
- Sí, sí, ¡Ufa! con este cielo intratable.
Blanca mostró su primera risa frente a Juan que se quedó mirándola y admirándola.
- No, no, si no lo dije por la lluvia.
- ¡Ah, ah, perdón!
- No, lo dije porque por fin me veo libre de la oficina y de mi jefe y de seguir mostrándome simpática.
- Dejar de fingir, no? - dijo Juan.
- Exactamente.
Blanca acentuó la sonrisa y apoyó su mirada en la de Juan y desde ese momento se abrieron mutua y recíprocamente la catarata de confesiones que habría de llevarlos al cabo de los cinco meses siguientes al altar.
Y no hubo fingimientos entre ellos en lo sucesivo pese a que la realidad se les ocultara varias veces bajo cielos intratables, la fortuna  los olvidara durante largos períodos, los embarazos, los dos primeros, fueran difíciles y los chicos se pelearan hasta la desesperación, etcétera, etcétera.
Sin embargo, al cabo de diez años y con los cuatro hijos todavía pequeños, Juan consiguió tener su propia cartera de asegurados, comprar una enorme casa, llegar al último modelo de automóvil y poder contratar dos muchachas para asistir a los chicos y la casa.
En ese punto de sus vidas, Blanca, con sólo treinta y cinco años, comenzó a sentirse sola y abandonada. Conoció a un muchacho de veintiocho años, alto, atlético, de enormes ojos negros y pestañas largas y sedosas que con sólo mirarla le produjo el efecto de excitarla y hacer incluso, en una charla de oficina que mantuvieron desde un escritorio a otro, que su clítoris se erizara y comenzara a latir con una súbita y acelerada pulsación que le produjo un orgasmo que ella disimuló como descompostura y la hizo huír, floja y desconcertada, como si fuera a desmayarse, al baño unisex, el único del piso. Él la siguió y la recogió temblorosa en sus brazos. Pero al estrecharla, no pudo dejar de advertir o sospechar la causa de su excitación y la besó en la boca. Blanca entonces lo aferró de la nuca, del cuello, ambos se arrancaron la ropa y parados, como estaban, se cogieron freneticamente. Se habían quedado a hacer horas extras. En el edificio no había nadie, sólo la gente de vigilancia y de limpieza, así que volvieron al despacho del jefe y se acostaron en el amplio sillón que allí había y copularon durante casi dos horas hasta quedar extenuados. Se despidieron al salir del edificio, cada uno abordó su taxi. Él ni se ofreció para acompañarla y Blanca, avergonzada, horrorizada por su deschave erótico, completamente desproporcionado y sorprendente para su pudor recuperado luego de su exaltación venérea, no se atrevía ni a mirarse en  el efecto espejo de la ventanilla. La culpa la atrapó y atravesó su cuerpo con sus garras, sobre todo las sentía en la cabeza y entre su pecho y espalda, agobiados, como las de un ave de presa que la llevara veloz y voladora hacia el nido de la desgracia, según sentía ahora a su hogar, a su casa. Volvió entonces a su memoria aquélla tímida frase introductoria de Juan cuando comenzó su relación con ella. La del cielo intratable. En aquella ocasión ella había contemplado el rostro y los ademanes de Juan con esperanza y amor y lo del cielo tratable, sin el prefijo, por contraposición conjetural, le había prefigurado un posible paraíso a su lado. Además se habían reído de la mentira, del tener que fingir, se habían sentido como seres que superaban la hipocresía, los disimulos, las imposturas y que las superarían siempre. Habían sentido la soberbia y el coraje de dos seres que inauguran una nueva vida.
Durante los días que siguieron a su aventura Blanca no pudo quitarse de encima la sensación de agobio. Mientras cocinaba, cuando miraban películas o series, Juan se le acercaba, la besaba en el cuello como solía, le acariciaba suavemente los senos, los brazos. Ella se le entregaba de a poco, como siempre lo había hecho, devolviéndole, tierna y solícita, caricias y besos, pero, interiormente, se retraía. No podía evitarlo y, aunque espaciaba los suspiros, gemía y fingía los orgasmos para que él no advirtiera su insensibilidad, su desinterés, no podía lograr que ésas no fueran sus sensaciones. Lo eran. Un espacio sin nada ni nadie, un vacío sin meta, había comenzado a crecer entre los dos y aunque ella no había vuelto a tener relaciones con el joven y tan seductor compañero de trabajo no podía dejar de mirarlo furtivamente y contener las palpitaciones de su cuerpo. Él la trataba con cortesía y distancia y no dejaba de coquetear con las jovencitas, también compañeras de trabajo, que se le acercaban. Blanca apenas podía dominar sus celos.
Una tarde estalló en llanto con rabia incontenible cuando la compañera jovencita puso sus manos sobre el cuello del joven y le acercó los labios a los suyos y lo besó suavemente. Blanca disimuló la causa de su congoja como cuando le sobrevino el orgasmo refugiándose en el baño, pero esta vez sola y rodeada de la gente de la oficina lo que le provocó una muda desesperación y ahogo respiratorio de modo que terminaron llevándola al hospital más cercano adonde Juan y sus hijos acudieron alarmados y asustados.
Fue mientras esperaba en el ancho pasillo del hospital, cuando los ojos enormes y asustados de sus cuatro hijos lo observaban cuando Juan sintió que estaba dentro de una película en la que él no era un mero observador. Fue como si despertara de un sueño, de un sopor que lo hubiera tenido obnubilado. Viviendo pero, a la vez, contemplando pasivamente a Blanca, a sus hijos, a sus clientes, a los ambientes dentro de los cuales se movía ¿Por qué? Acaso porque con Blanca habían contraído esa peligrosa costumbre de sentarse a ver en una pantalla inaccesible, tan distante como ese cielo, tan intratable como él,  otras vidas. A identificarse tanto con ellas, sus argumentos y guiones, como para sentir que ellos eran más los espectadores que los actores¿Qué sabía él de Blanca, su mujer, la madre de sus cuatro hijos? ¿Sólo que era una secretaria con antigüedad,  y bien pagada? Le había regalado flores trás los partos, la había llevado de vacaciones a Río, a Europa, solían ir a cenar a restaurantes caros, etcétera, pero, realmente, ¿ qué sabía de ella?
Las preguntas lo apremiaban. Se incorporó, dejó la compañía de sus hijos que lo siguieron como bandada por el pasillo y cumplió la necesidad de ir a sentarse junto al cuerpo de Blanca yaciente. Ella dormía, sedada, y él se sintió a su vera, amargamente, de nuevo y como antes, un simple espectador.

Amílcar Luis Blanco

lunes, 20 de noviembre de 2017

LA COMPASIÓN Y EL DESEO




                                        Todo lo que no nos animamos a decir porque nos falta coraje. Todo lo que no nos animamos a hacer por igual razón. Lo que desechamos por costumbres mal aprendidas y peor enseñadas. Lo que no nos atrevemos a revelar de nuestros sueños y también de nuestros deseos, apasionados o no, confesables o inconfesables. Y además el azar que nos rodea y el firmamento que cae sobre nosotros con sus estrellas y planetas distantes o próximos. Eso que no somos y a la vez somos. Todos sabemos que desde que venimos al mundo, de una u otra forma, somos usados. Vivimos después usándonos los unos a los otros con muy breves interregnos, los de la amistad y el amor desinteresados, siempre escasos, siempre cercados por esa enorme necesidad de usarnos y ningunearnos. Así, jamás damos ni obtenemos respuestas a nuestras preocupaciones más profundas, las que tienen que ver con nuestros miedos y con la muerte y con el verdadero amor por ejemplos.                                                 
                                        Nuestra vida es la del protagonista del tango "Yira, yira" de Discépolo. Todo esto pensaba Ezequiel aquélla noche, ¡qué noche! Casi fatídica. Porque el auto lo esquivó casi sobre el cuerpo, que  hubiera quedado tendido sobre el asfalto, destrozado. El automovilista habrá visto por su espejo retrovisor que él había quedado indemne porque no se detuvo y seguramente, impresionado por la inminencia de un accidente que le hubiese complicado la vida, siguió rodando calle abajo mientras Ezequiel lo miraba con ojos absortos. 
                                   Ezequiel ahora, acodado sobre el estaño, movía lentamente su vaso, repleto de whisky hasta la mitad, ya con el calor de lo ingerido ascendiendo desde su estómago a su esófago.
Quién podría verlo y ocuparse de él, en esa inhóspita, elefantiásica y repartida Buenos Aires, siempre faltante o sobrante. Nadie. Porque a nadie le interesa un hombre de más de cincuenta, vestido de impermeable para guarecerse de una llovizna impía que, a comienzos de septiembre, lustraba con sus brillos de intemperie los asfaltos, veredas y escaparates, la mayoría oscurecidos a esa hora, una de la madrugada, las esquinas, palieres de edificios, recepciones de hoteles, cines y teatros de la calle Corrientes en la Ciudad. Canturreó para sí las primeras notas y sílabas del tango Garúa y bebió enseguida un largo sorbo de la ardiente y alcohólica bebida contenida en el ancho vaso. Todavía sentía en su estómago el dolor de la contractura súbita que había tenido que ejercitar reflejamente cuando la adrenalina regó como desde un sifón que la expeliera, en una suerte de corso sorpresa, casi trágico, los recorridos invisibles de su sangre dentro del cuerpo para poder esquivar el automóvil que se le venía encima y tuvo que eludir ¡Mamita! Casi era ya el cadáver que habían recogido de la esquina y, cerrado en una funda plástica, luego del reconocimiento del forense hacia la morgue de tribunales.
                                 Sacudió su cabeza en gesto de negación y sonrió en la media luz ambiente y se vio fugazmente reflejado en el espejo del bar, tras los anaqueles de las botellas. Esa imagen del cadáver al que subían a una ambulancia para transportar a la morgue mientras una atractiva pareja de oficiales inspectores o detectives de la policía iniciaban un telegráfico intercambio de monosílabos y frases cortas encaminadas a averiguar si se trató de un accidente o un homicidio provenía de las películas y series norteamericanas que asolaban todas las pantallas de los televisores de Argentina y ocupaban el imaginario colectivo de su población. Él formaba parte de esa masa dócil y estupidizada y respondía a los mismos estímulos. Los ojos y la mente puestos en ese siempre inalcanzable y lejano primer mundo de los países europeos y  del gigante del norte americano. Desde que era un pibe y soñaba con llegar a ser un cowboy y pedía y rezaba para reyes que estos príncipes, disfrazados de un tiempo y un espacio remotos, con sus túnicas y turbantes de coloridas sedas, le trajeran un cinto con cartucheras para dos revólveres con cachas blancas que fingieran lo amarillento del marfil en sus materiales plásticos, desde entonces, su imaginación había sido ocupada por los norteamericanos, sus historias y sus vidas. En su adolescencia y su juventud ellos habían sido los héroes que, junto a sus aliados ingleses y franceses, habían luchado por la libertad y liberado al mundo de Hitler y sus secuaces.
                                    Ensimismado como estaba no vio la mujer rubia que se le acercaba. Cuando la tuvo a su costado, al alcance de sus ojos, pudo verle los labios pintados de fucsia en la sombra, el largo pelo lacio de un exagerado gris acero, un platinado que había parecido rubio, pero sobre todo los ojos enmarcados por el rimel y de un azul profundo bastante expresivo y descollante. Delgada muy!! Pero apetecible, porque el amplio escote dejaba ver el declive triunfal de dos senos erguidos, y la cortísima falda, unas piernas largas y robustas que sobre el banco al que se había encaramado apuntaban en redondas rodillas blancas y turgentes contra la sombra y contra el centro de su cuerpo. Ahora la adrenalina era otra, no la del accidente sino la de la libido agitada y turbulenta que desde su soledad lo excitaba sin piedad sólo por mirarla. Él no era un lobo. Él no era un sátiro. El no era un fauno. Pero era, como le había dicho su amiga madrileña, un rijoso, es decir calentón, putañero, mujeriego. Le costaba no obstante romper el hielo. Ella le acercó el rostro con el cigarrillo en los labios y la cascada platinada de su pelo rozándole el brazo y el hombro y sintió como si el impermeable, la tela del saco, la de la camisa, no se interpusieran entre sus pieles y las temperaturas de sus cuerpos. Respiró también una porción de su aliento mentolado y tabáquico. Se preguntó si habría en ella, en su profesionalismo de puta, porque no otra actividad podía adjudicársele a esa hora y en ese lugar, aunque más no fuera un rastro de deseo. Le acercó la llama de su encendedor y aprovechó para mirarla más acabadamente. Las prostitutas rara vez sentirían deseo a no ser que un hombre verdaderamente les gustara. Pero cómo, por cuáles razones elegían a sus clientes. Miró alrededor buscando otros hombres que hubieran podido ser elegidos. Vio bastante población masculina dentro del bar. No estaba solo.
- ¿Estás solo?
- Sí, pero rodeado de otros hombres, como podés ver ¿Puedo preguntarte algo?
- Por supuesto mi amor, preguntá.
- ¿Por qué me elegiste a mí?
- Me pareció que fumabas y además te vi muy solo, necesitado de una compañía . . .
- ¿Femenina?
- Ajá
- No te equivocaste.
- ¿No?
- No, acabo de pasar por una experiencia bastante fulera y necesitaba contársela a alguien y si ese alguien es una mujer hermosa como vos mejor.
- ¡Gracias por el piropo! ¿Qué te pasó?
- Casi me atropella un auto y quedo finado, tirado en la calle.
La recién llegada se rió, no demostró sorpresa.
- Yo estuve a punto de suicidarme tirándome al riachuelo. Si en ese momento me hubiese atropellado un coche, hubiese muerto agradecida.
La confesión le pareció entonces a Ezequiel un modo exagerado de entrar en conversación. No supo si creerle.
- ¿ Y por qué querías morir?
Ella sopló o inhaló el humo sin mirarlo y cuando le devolvió los ojos hubo en ellos un destello de grandeza. Él sintió que esa mirada lo atravesaba y a la vez le provocaba ternura.
- Muchas razones. Desencanto absoluto. Desesperanza total y mucha rabia y - recuerdo - un deseo de irme del planeta y de la vida que, en ese momento, sentí como un alivio.
También en ese momento Ezequiel sintió el impulso irrefrenable de besarla y la besó. Como un enorme jet que levanta la trompa después de su carrera sobre el perfil de la ciudad y cuyo pasaje en un estadio de angustia compartida traga saliva, para después apoyarse en la solidez del aire provocada por su velocidad creciente, Ezequiel levantó su boca a escasos centímetros de la de ella y ambos, con los labios un poco tensos, apenas abiertos y ateridos, se buscaron como para emprender un nuevo vuelo a partir de ese beso como si levantaran los pesos de sus cuerpos sobre la solidez de un incierto nuevo destino provocado por la acelaración de sus sangres. Algo en los dos en ese punto se quebraba. Algo en los dos partía la barra de hielo de una imposibilidad intuida al unísono. Ezequiel la atrajo todavía más hacia su boca tomándola de la cintura sin que ella resistiese la presión y de modo que le hizo apoyar la turgente consistencia de sus senos sobre el pecho. El vago aroma a tabaco y menta se había intensificado, provenía de la hondura de su garganta, de su lengua, de su paladar, pero, a la vez la tibieza, blandura y humedad en la que su lengua penetraba excitaron su deseo y una suerte de creciente compasión.
Pagaron y huyeron del bar. Fueron hasta la habitación de un hotel cercano. Ella se llamaba Carolina. Se lo dijo mientras se desvestían, apurados y voraces, como si quisieran devorarse. Y se fueron uno contra el otro, uno sobre el otro y comenzaron a cogerse ferozmente y mientras copulaban se siguieron besando.
- Carolina - dijo Ezequiel cuando concluyó el combate erótico separando y acentuando las sílabas - Ca- ro - li - na - repitió. La miraba a los ojos y le había puesto los suyos y su rostro muy cerca y su cuerpo se volcaba en un costado sobre el de ella. - Ahora, sé sincera, seguís pensando en el suicidio.
- No, lo siento muy lejos, muy lejos - dijo ella y aferró entre sus dedos los dedos de una de las manos de Ezequiel.
Después se confundieron sus cuerpos nuevamente y viajaron toda la noche compadeciéndose y deseándose.


Caligrafía hecha a mano Fina de la Pared Obras de Arte Pintado A Mano de Pintura Abstracta de Acrílico de Una Pareja Abrazada Pareja Pintura Al Óleo Desnuda(China (Mainland))


Amílcar Luis Blanco (Pinturas y esculturas de Rafael S.G.)

viernes, 14 de julio de 2017

Quinto capítulo de "El manuscrito". Historia en dos ciudades.


Cafe Cortázar Buenos Aires

                                               - "Uno tiene ideas absolutamente imaginarias sobre los lugares en los que nunca ha estado, sobre las personas que jamás hemos conocido y tratado personalmente. Uno entonces imagina, imagina a veces con cortedad y otras veces sin demasiado freno a las fantasías, mezclando lo que contacta y vive cotidianamente con lo que ha vivido y recuerda. Los sitios y las personas se vuelven así lugares y seres de perfil y fisonomía vacilante, fantasmas, imágenes que viajan y oscilan con uno que también viaja y vacila continuamente."
                                       Aprieto el interruptor y la voz que me dijo todo esto se apaga. Hasta hace un instante era la rica en timbres, algo disfónica, del doctor Duqueville, en un castellano aceptable aunque con su acento parisino. Me quedo pensando. Soy el vivo ejemplo de por lo menos una doble vida. La de París, esta ciudad extraña, completamente extraña para mí y aquélla Buenos Aires, no sé bien si reciente o lejana o tal vez leída en esa extraña novela "El manuscrito" de la que, evidentemente, formo parte.
                                A continuación me asalta la idea, rocambolesca y muy infantil, de haber ingresado al libro, tal como Alicia se escabulló hacia el país del espejo o hacia el país de las maravillas. Tal vez de un modo más sutil. Esa manera de andar y de ser de Horacio Oliveira que se metía en las Galerías Guemes, hoy creo que Galerías Pacífico en Buenos Aires y desembocaba en París, sin recordar muy bien si era Horacio Oliveira el que lo hacía como habitante de "Rayuela" o el personaje de un cuento o el propio Julio Cortázar. No se si ambas ciudades, París y Buenos Aires, son imaginarias o reales o una es real y la otra imaginaria. Creo que estoy completamente loco, insano, demente, y que el doctor Duqueville me consuela. Encuentra la forma de que contenga el pánico que me produce el haber caido en el abismo sin fondo de la locura sugiriéndome que la vida que llamamos cuerda es relativamente cuerda y la que llamamos enajenada también está siempre relativamente enajenada. Que todo razonamiento es un sofisma y las experiencias ilusiones actuadas en una vigilia poco confiable como tal.
                                   En fin, me pongo de pie, camino hasta el perchero ubicado en el ángulo vecino a la puerta de acceso y salida de mi departamento, descuelgo el perramus que pende de uno de sus cortos brazos de algarrobo y me lo pongo, no se si se trata de mi departamento en Paris o en Buenos Aires, no estoy seguro, pero sí de que es lo suficientemente antiguo y con ascensor tipo jaula como para que pueda pertenecer a las dos ciudades. Camino hasta esa pequeña jaula móvil que he llamado y ha descendido con estrépito portando a una señora mayor con un perrito, la saludo y me meto en su interior y sigo bajando en su estrecha compañía, de modo que puedo olerle los cosméticos y evocar polvos y cremas rosáceas, hasta que arribamos por fin a la planta baja y dejo cortesmente que ella salga primero al palier acompañada de su perrito. La luz que viene de la calle es pálida y puede corresponder a cualquier ciudad cosmopolita, no sólo a Buenos Aires o a París, también a Madrid o a Barcelona o a cualquiera otra. Soy enseguida un transeunte más sumado a una barahunda que me hace sospechar que estoy en el barrio del Once en Buenos Aires y que camino sobre una de las veredas de la Avenida Jujuy en dirección a La Perla con el propósito de tomar un café. Me siento feliz porque si los tiempos retrocediesen o variasen podría reencontrarme con Ernesto, con su tío fallecido y sobre todo con Clarita a la que jamás olvido.
                         Y efectivamente llego a la misma esquina de Rivadavia y Avenida Jujuy, donde nace Pueyrredón y está el hotel "La Perla", pero sobre mí se desploma una pesada desazón; el café es ahora una pizzería y se llama "La americana" y no tiene las mismas mesitas y las mismas sillas en las que solíamos sentarnos a tomarnos un café express o un cortado y hasta un capuchino acompañado de medialunas. Las mesas que veo son coloridas, de fórmica o plástico y hay una profusión de mozos que llevan pizzas y cervezas, en botellas o shops, y es el mediodía y un griterío de gallinero ocupa el espacio audible que antes era casi de confidencia o secreto y se destinaba al humor y los diálogos entre amigos, del que se escapaba cada tanto una risa inteligente. No quiero mirar hacia la plaza de Once, la Plaza de Miserere. Me da miedo. Ignoro lo que pueda ofrecerse a mis ojos y aumentar todavía más este sentimiento de desazón que me hiere y desilusiona.
                                        Abro los ojos no obstante y descubro que más allá de la esquina en la que estoy parado una cobertura de verdes rectángulos, geométricamente interrumpidos, filas de árboles de copiosas copas en sus laterales, superponen los campos eliseos a los bosques de Palermo en los que alguna vez la figura del restaurador de las leyes, Juan Manuel de Rosas, montada sobre un brioso caballo overo trotaba sobre los pantanos. Pero en el vértice de esa convergencia de rectángulos y segmentos urbanos creo descubrir la silueta de la torre Eiffel. Me dispongo entonces a cruzar la calle para ingresar en ese nuevo horizonte y a caminar, caminar y respirar y mientras doy un paso y otro y otro voy distrayéndome y olvidándome de todo.

Amílcar Luis Blanco