viernes, 3 de agosto de 2012

Aprender a morir




- El hombre sabio debe aprender a disfrutar hasta de su propia muerte - sentenció Antonio
- ¡La miercoles! ¿Quién lo dijo? - preguntó Aldo
- Si no fue Epicuro, debe andar por ahí. - contestó Antonio
- Vos sabés que la frase me gusta porque es lo opuesto a la cruz y a los cristianos. A la cuestión terrible del sacrificio, el dolor, el martirio, etcétera. - comentó Bevilaqua
Afuera llovía, ventarrón y diluvio, derrumbamientos de cielo como de infinito sonando y armonizando en trepidaciones y truenos de montañas, de cordilleras, cayéndose. Y Fito circulando con la bandeja sobre los cinco dedos de su mano izquierda. Lo mirábamos.
- Es un artista - dijo Aldo. Bevilaqua alzó las cejas, Antonio hizo un gesto vago con su mano derecha como para dar a entender que pensaba en otras cosas. A mi me asaltó la idea de que a Borges le hubiese gustado eso de aprender a morir, entonces, rompí el silencio, dije:
- Seguro que a Borges le hubiese gustado esa frase de Epicuro o de quien sea que la dijo. Fijensé si no. Él falleció en Ginebra, lejos de Buenos Aires ...
- Sí, sí, una ciudad que amaba y despreciaba - dijo Antonio
- ¿Por qué despreciaba ? - preguntó Aldo
- Porque él escribió un verso sobre Buenos Aires diciendo: "No nos une el amor sino el espanto..." - aclaró Antonio, enseguida se dirigió a mí:
- ¿Vos lo decís por eso, no flaco?
- No, lo digo porque creo que en cualquier ciudad que hubiese muerto, Buenos Aires o Ginebra, era reacio y perezoso para sufrir como lo somos todos. Porque a quién le puede gustar sufrir - respondí.
- No, no se crea, amigo Puentes. La gente que forma parte de las sectas religiosas ama sufrir, son masoquistas convictos y confesos - observó Bevilaqua.
Bevilaqua era un hombre agudo y dueño de un humor fino. Recuerdo que, ante una pregunta asombrada de Aldo, que lo había visto con su esposa y había escuchado una conversación entre ellos en la que Bevilaqua la trataba de usted, acerca de por qué no la tuteaba, Bevilaqua había contestado que era porque no se tenían mucha confianza.
En realidad era así a pesar del chiste y ocurría también, según me confesó una tarde parecida a aquélla mañana de lluvia gris y de perfiles tenebrosos, que cuando su mujer, un poco más joven que él y bastante deliciosa, se acostaba a su lado, él se daba vuelta y rehuía su contacto.
- Pero, Bevilaqua, no le da miedo que ella se busque un amante.
- Y Puentes, qué quiere que le diga, si tiene un amante hace bien, yo no podría reprochárselo.
No, decididamente el "leit motiv" en la vida de Bevilaqua no era la satisfacción de su libido. Ahora, con este tema, surgido accidentalmente, algunas cosas parecían aclararse.
- Vivir es, en gran parte, aprender a morir - exclamé
Bevilaqua me miró sonriente, mostrando todos sus dientes y sus ojos destellaron.
- Es el triunfo del hombre sobre su naturaleza, sobre la condición mortal de su naturaleza - remarcó
Una sucesión de montañas de transparencias, que no eran otra cosa que las nubes precipitándose, enormes volúmenes perlados de varios kilómetros de alto por ancho por largo cargadas de electricidad y que cubrían de horizonte a horizonte visible y parecían partir el espectro sonoro con sus estridencias, nos anunciaba a los cuatro que orillábamos en los bordes de la mesa del bar "Los billares de Fito", que la tormenta seguiría rodeándonos y alargando nuestras ganas de no irnos todavía a nuestros respectivos hogares. En algunos de ellos el aburrimiento se cerñía como una bandada de pequeñas sombras. Cada uno de nosotros tocaba en ese momento con su imaginación esa porción de privacidad, esa tajada de luz quitada al interés, al deseo y vibraba con su cuerda de tedio en el violín de la memoria. Debíamos aprender a morir, es decir a perder. Con el avance de la edad perdíamos sobre todo y además de nuestros bríos e ilusiones juveniles, ganas, deseos. Para poder encontrarlos nuevamente debíamos motivarnos, hallar la importancia filosófica, ontológica, metafísica de cada cosa. Por esa razón nos poníamos tan reflexivos, tan poéticos. Ya éramos una caterva de estimables viejos poetas que pulíamos y exprimíamos hasta el detalle los temas, los sucedidos, las anécdotas, los cognacs que solíamos pedir, hasta extraerles las últimas gotas buscando que rindieran en sus todavía húmedas densidades las sensaciones de placer que antes se obtenían tan sencillamente y sin esfuerzo, cuando éramos jóvenes.
- ¿Qué placer puede hallar uno en morirse? - preguntó, de pronto, Aldo. Su voz se había vuelto seca, algo ardorosa, con un ronquido que la afonizaba, le quitaba timbre, pero le confería espantosa realidad.
Nos miramos atreviéndonos a sonreír pero con un dejo de hipocresía indisimulable.- Bevilaqua dijo:
- Los únicos verdaderos camaradas de los epicureistas, y quienes además los comprendían, fueron los cínicos.

Amílcar Luis Blanco

6 comentarios:

  1. AMILCAR.Tu estilo único de poner las letras me encanta
    Fue un placer charlar con vos
    un abrazo

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  2. PARA SILABAS CONTADAS (NO PUEDO ENTRAR ALLI)
    Hola Amílcar, hoy siento la melancolía entre tus letras, y quizás sea el sonido de una tarde llena de nostalgia y horas perdidas, claro que a lo mejor es una apreciacion mía ya camino de septiembre que a mi tan “floja” me deja.
    Son bellas tus entradas. Un abrazo amigo.

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  3. Gracias, Mucha, para mí fue también un placer hablar contigo. Otro abrazo.

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  4. Gracias Lola. En "Las sílabas contadas" he decidido por ahora no permitir comentarios porque la poca gente que ingresa puede, si lo desea, enviarme un mail. No es mucha la gente que me comenta, menos de la que me lee. Un abrazo amiga.

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  5. Gracias Roberto. Sabés que he ido más de una vez a tu blog y he querido saber si conocés a alguien y no me has contestado. A lo mejor se trata de un amigo común. Si fuera así podríamos comunicarnos con él y hacerle saber que nos conocimos. Tu también escribes bien. Un abrazo

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