viernes, 19 de junio de 2015

BUENOS AIRES Y SUS HABITANTES




                                            Lo que más me gusta de Buenos Aires son sus calles, plazas, paseos, parecidos a los de Madrid, París, Londres, Montevideo y hasta Nueva York, sobre todo en las zonas cercanas al puerto, como si Buenos Aires fuera el resultado, mezcla, conversión a nueva, de ciudades europeas y del mundo, descendiente urbanística y arquitectónica en linea directa de aquéllas ciudades; aquí en este sitio tan austral cuya latitud la ubica a la misma distancia del Ecuador que Ciudad del Cabo en Sudáfrica. Esta naturaleza tan occidental, cosmopolita, mundana, habitó y habita también las almas de las grandes personalidades del arte y la cultura argentina y bien porteña. Fueron europeos y europeizados, aún antes de transmigrar y aún vueltos a los cien barrios porteños, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Daniel Bareinbom, Marta Argerich, Witold Gombrowickz y hasta Roberto Arlt quien, en su no muy larga existencia biológica, no sólo estuvo en Brasil, sino que también llegó a lugares tan distantes y exóticos como España y Marruecos llevando su condición de porteño a esos lugares y esos lugares a sus cuentos, esa literatura de exóticos personajes y relatos extraídos de las mil y una noches a una literatura forjada en el periodismo de la creciente gran aldea.-
                                  ¿Por qué recuerdo este sesgo de extranjería, tan europeísta? Primero porque las restantes capitales de latinoamérica han sido siempre más hispanas e indígenas que hijas de un cosmopolitismo europeo y en esta peculiaridad Buenos Aires encuentra su perfil propio. Segundo porque esta composición étnica y cultural heterogénea, de una población originaria de aborígenes e inmigrantes - estos últimos en mayor cuantía que los primeros - ha caracterizado el alma y la idiosincracia de los habitantes de Buenos Aires, a tal punto que hasta en las preferencias políticas de sus gentes y en su folcklore propio se ha apartado y se aparta siempre del conglomerado humano que compone la población no porteña de la Argentina.
                                Los porteños suelen ser, en una no desdeñable cantidad, advenedizos, volubles, egocéntricos, frívolos en su enorme mayoría. Ensayan caminos de discordancia y desencuentro, exponen constantemente el desarraigo de sus egos lastimados comportándose muchas veces con excesiva petulancia, exagerada susceptibilidad.- Son autoreferenciales enfáticos que se comparan en todo momento con los ciudadanos de otras ciudades. En el fútbol si no obtienen el primer puesto en un certamen con otros países denigran al seleccionado con fiereza. No les basta con haber competido y haberlo hecho más o menos decorosamente, no, se sienten rebajados y humillados por haber quedado en un segundo o tercer puesto.- Suelen convergir con brillo en sus nostalgias de ciertos mitos como el de Carlos Gardel y pelearse con los uruguayos acerca del lugar de nacimiento del zorzal criollo. Discusión vana si las hay pero que alimenta porfiados y eruditos debates, de igual modo que con la composición del seleccionado de fútbol.


                                    La melancolía tanguera la llevan muy adentro y también la afición por un nomadismo de café que los conmina a tener paradas en bares y confiterías del centro. Aún ahora, en medio de una debacle de compromisos y citas cada vez más veloces, tratan de conservar hábitos que son como los pulsos de un reloj que les marcan los tiempos. Los porteños viven un tiempo dividido entre el mate, el café, con o sin leche, de las mañanas, los almuerzos de minutas - el bife o la milanesa a caballo con fritas, la pasta, el vacío al horno con papas o la parrillada con ensalada de lechuga y tomate - y una tarde con mate y facturas, de ser posible.-
                                      Nada hay que los distraiga de ser ellos mismos aunque esa mismidad se caracterice muchas veces por querer mirar y ver más allá del atlántico y hacia el hemisferio boreal.- Adquirir cultura para los porteños ha sido siempre hasta ahora en creciente medida saber cada vez más acerca de Europa y los europeos y establecer y mantener un estándar o rango de comparación incesante, hasta agotador, porque cuando vuelven los ojos hacia el este, hacia el profundo y vasto interior, hacia la pampa y las montañas de esa latitud inabarcable que es la Argentina, las retinas de sus ojos y las percepciones de sus conciencias parecen cerrarse.-
                               En esa mismidad que apunto la subjetividad enflaquece, adelgaza, pierde consistencia, volumen y profundidad; empobrece las personalidades, en general las saquea de vida interior. Pareciera que los porteños no se vieran entre sí y, por supuesto, manteniendo esa ceguera, invisibilizaran a los demás argentinos, del interior, que no habitan la gran capital. Por eso sus elecciones y decisiones en política, economía y sociabilidad suelen ser mezquinas, carentes de solidaridad, sólo ocupadas en destacar lo superficial, la frivolidad, lo banal.- Así, políticos o pseudopolíticos como Mauricio Macri se venden y son comprados masivamente a través del voto como productos de mercadotecnia, como una marca de dentífrico o de fideos, aconsejados por asesores de imagen como Durán Barba. 
                                        Los diarios y revistas de mayor circulación en Buenos Aires suelen banalizarlo todo o casi todo. Eso paga, tiene aceptación, se consume en grandes cantidades. El diario "Clarín" y sus publicaciones adyacentes son buen ejemplo de lo que digo. Otros medios destacan y enaltecen lo puramente ornamental,  las bruñidas opulencias de ricos y famosos. Principalmente revistas como "Caras" u otras por el estilo. Algunos diarios son desdeñosos y despectivos con lo popular y masivo. Por caso "La Nación", otros como "Diario popular" o "Crónica" hacen un culto a lo populachero y ensayan una demagogia sin atenuantes. Los medios audiovisuales monopolizados y hegemónicos operan del mismo modo. Se autolegitiman invocando la libertad de expresión, rasgándose las vestiduras cada vez que desde otros medios, no complacientes con tanta mediocridad al uso y honestamente críticos pero minoritarios, se les reprochan sus mentiras, sesgamientos de los hechos o interpretaciones capciosas e interesadas de lo que sucede.
                                           Quizás, poco a poco, paulatinamente, estas realidades vayan cambiando, metamorfoseándose y los habitantes de la ciudad se hagan más líquidos, indiferenciados e insignificantes o, en un giro insólito, fructifiquen en una descendencia de porteños inteligentes, solidarios y se integren  con los habitantes del interior.- Ojalá suceda esto último y no lo primero. Es el deseo de un hombre nacido en Buenos Aires pero formado en el interior de la Argentina que siente un verdadero y profundo amor por su ciudad de origen y que vengo a ser yo mismo para lo que gusten mandar.



Amílcar Luis Blanco ("Estampas de Buenos Aires", pinturas extraídas del Blog de Carlos Szwarcer)

viernes, 15 de mayo de 2015

LA DAMA DEL SUEÑO



Pese a mis setenta años bien cumplidos en mis sueños soy siempre o casi siempre un hombre joven. Nunca paso, en mis interacciones oníricas, los cincuenta años y a veces me muevo en esos escenarios virtuales como un muchacho o un niño. Las mujeres se dirigen entonces  a mi considerada y respetuosamente y me tratan como si fuera un galán. En uno de mis últimos sueños, que me  produjo la necesidad de contarlo, una mujer mayor, pero de no más de cincuenta años, que bien podría haber sido mi madre joven, me hizo un regalo. Se trató de una billetera en cuero lustrado y rojizo que no llegué a abrir porque cuando me disponía a hacerlo me desperté. En lo reciente de mi vuelta a la vigilia pude recordar que, al parecer, vivía en la misma casa, con ella, y que éramos algo así como la dueña y el pensionista en esa propiedad bastante extensa y de muchas habitaciones. Recordé que la casa estaba en una ciudad de la provincia de Buenos Aires medianamente importante. Pudo ser Trenque Lauquen, Pehuajo, Bolivar, cualquiera de ellas, porque la sensación que me había dejado ese breve transcurso por los reinos de Morfeo era que estaba rodeada de campo, de una vasta llanura con montes y ganados bovinos y equinos.- En el transcurso onírico jugaba con una ramita con forma de horqueta que la dueña de casa había encontrado en mi habitación sobre mi cama y que me devolvió dentro de su regalo.- Era pequeña y roja con sus tres puntas, como arrancada de una adelfa cuyas flores, aún en su previo estado de pimpollos, son venenosas y echan un olor áspero.
Semejante sueño me llevó también a perderme en asociaciones y recuerdos de mi infancia en América. Esa ciudad emblemática para mí porque contuvo y contiene todavía en mi memoria a todas las otras ciudades que después conocí. A todas las comparé y las comparo constantemente con la América de mi niñez. Sus calles anchas, que primero fueron de tierra y se asfaltaron más tarde durante mi pubertad y en los meses inmediatamente anteriores a la mudanza que me llevó a vivir ya para siempre en el Gran Buenos Aires y en la ciudad Capital, alternativamente; sus veredas también dilatadas y bañadas por copiosas sombras de copiosas copas de añosos árboles; su plaza central, llamada Colón, de una arborescencia que subía profusa y abundante, como el agua de una fuente, en variadísimos verdes desde la tierra, cuando llegaba la primavera y mostraba amarillas flores de retamas y aromos y rojas de adelfas y ceibos y azules y lilas de los jacarandaes, sus palmeras como chorros de agua vegetal y blanda que se abrían en la altura, sus pinos y cipreses que daban la ilusión constante de navidades y nochebuenas aguardándonos.
Rodeando la plaza se podía admirar el edificio de la intendencia o municipalidad diseñado por el arquitecto Reyes Oribe, la parroquia dedicada a San Bernardo, la comisaría y los bancos de la Nación y de la Provincia, el Club Independiente, del que mi padre fue presidente y dio la oportunidad de que pudiese vestir siendo niño la roja camiseta de su equipo de fútbol cuando ingresé al campo de juego de la mano de un jugador a mis escasos seis años de vida, experiencia que me enorgulleció. La escuela primaria Bernardino Rivadavia, la número uno, en la misma manzana en la que estaban mi casa y la intendencia. En fin, el vivero municipal enorme con sus senderos y variedad de especies.-
Pero entonces estaba, en el sueño, en una ciudad como América, salvo que un poco más grande,equilibrando en mi trayectoria de hombre joven siderales distancias, como si convergieran en mí y aquélla mujer, consideradamente, me hacía un regalo por algún motivo que se me escapaba. Al parecer era yo su pensionista preferido por alguna razón que desconocía pero que me otorgaba el lujo de su atención preferente. Pude suponer que ambos vendríamos de una experiencia común y que la misma sería muy gratificante para los dos pero no acertaba a saber cuál había sido, en qué había consistido.
Después de mucho pensar me pareció acceder a una pista. Una pollera estrecha, tipo tubo, que le pertenecía descansaba prolijamente doblada sobre el respaldo de una silla en un comedor iluminada por un rayo de sol proveniente de una claraboya. Su vista me produjo una sensación placentera y la mantuve un tiempo en mi imaginación. Antes de que la visión de esa prenda femenina que pertenecía a la dueña de mis aposentos se apagara pude añadirle o sumarle el aroma de su perfume. Una exhalación que excitó mi olfato y se parecía a ella porque mezclaba el olor de los pinos en el viento con el de un cítrico limón al que se unía un leve toque, muy leve, de jamón crudo y era le mismo olor que ella desparramaba cuando pasaba de la cocina al comedor hiperactiva y complaciente para servir sobre la mesa los exquisitos platos que preparaba. Sin embargo este mínimo hedor a jamón, limón y pino, algo salvaje, trajo a mi memoria la contemplación a través de un espejo del cuerpo desnudo de mi dueña. En algún momento y lugar de la casa lo había tenido al alcance de mis ojos y también de mis manos y de mi deseo. Sin embargo entre nosotros, que nos tratábamos de usted, había campeado siempre un respeto tan grande que se hacía imposible seguir avanzando en una evocación que pudiese transportarme a la comprobación de que hubiese ocurrido  algún intercambio erótico entre ambos. No porque no me hubiese gustado que ocurriera. Dios sabe lo mucho que deseaba su cuerpo todavía joven, la soltura de sus maneras graciosas, activas y de una coquetería sutil.
Algunas veces me imaginaba deteniéndola de manos a manos, sonriéndonos los dos, porque siempre nos sonreíamos, y finalmente besándonos, primero levemente, rozándonos los labios, pero enseguida de un modo apasionado para culminar por último en el lecho, desnudos y enamorados, deslizándonos el uno contra el otro, el uno sobre el otro, acariciándonos, penetrándonos, absorbiéndonos ¡Ay, uyyyy!
Ella sabría como un azúcar cítrico, como ese perfume que emanaba de sus partes íntimas, esa fina capa de sudor que mezclaba en sus humores las emanaciones de su personalidad, tan seductora siempre para mí.
De pronto, en ese esfuerzo por recordar, por ahondar en el sueño, evoqué su pubis que seguramente había contemplado cuando la vi desnuda en el espejo. Un suave relieve, redondeado, mórbido y cubierto por el ralo vello negro bajo su vientre que le daba la apariencia de una flecha dirigida a su cálido interior. Una especie de cofre conteniendo un tesoro.
Entonces vi que ella se sentó en el extremo de la cama, observó su pelvis, algo la inflamaba por dentro porque posó la punta de sus dedos en ese también llamado monte de Venus y movió y removió sus carnes encendidas, movió y removió su pubis hasta que su vientre se contrajo y sus piernas temblaron. Había contemplado secretamente su desahogo de mujer solitaria.
Al evocar la escena supe que había llegado a descifrar el fondo de mi sueño y la razón de la billetera o estuche rojizo de cuero que ella me regaló. Seguramente, en el sueño, me había visto contemplarla y su regalo contenía el instrumento de su placer. Abrí la billetera y dentro de ella encontré un pequeño tallo rojo con dos raíces. La dama del sueño me lo regalaba como prenda de un placer compartido, momentáneo, fugaz, casi inexistente.

Amílcar Luis Blanco (Oleo sobre tela de Tamara de Lempicka)

domingo, 8 de marzo de 2015

EL TERCER HOMBRE


                                 De cómo la partitura de Antón Karás que acompañara el comienzo, los carteles, y los fotogramas posteriores de la película de Carol Reed con Orson Welles y Joseph Cotten, basada en la novela de Graham Greene, llamada del mismo modo, "El tercer hombre", llegó a revelarle sino la exacta identidad por lo menos la existencia del desliz en la vida de su madre cuando estuvieron de paso por aquélla ciudad, Juanjo, de apenas ocho, su amigo ocasional Marcelo, su madre y su padre, tenía algo así como un confuso sentimiento, una inexplicable sensación de duplicidad o mentira mezclada con añoranza y melancolía, cada vez que escuchaba los compases de aquélla melodía.-
                                        Era muy niño y en compañía de su madre y su amigo habían asistido a la exhibición de la película en aquel pueblito de paso, llamado Argelia, al que su padre había sido trasladado para desempeñarse como tesorero de la sucursal del Banco de la Nación Argentina.- Año 1954, más o menos.- Gobierno en sus postrimerías de Perón.- Clase media rebelada contra lo que denominaban régimen. El padre había viajado por algún asunto del Banco a la cercana ciudad de Trenque Lauquen y su mamá, Dalia, quedó a su cuidado en la pieza de hotel en la que vivían y esa noche los invitó al cine, a Juanjo y a su amiguito.-
                                         La sala se oscureció y de pronto se oyó la cítara que después evocó y escuchó en distintos momentos de su vida sabiendo ya que se trataba de ese instrumento y comenzaron las imágenes en blanco y negro. Alguien iba a buscar a su amigo en una remota ciudad europea que después supo era la Viena de la segunda postguerra. Era Joseph Cotten que recorría calles grises, empedradas, y de fachadas ennegrecidas. Había también alguien que lo seguía a él, lo espiaba de modo sospechoso. Pero también en aquélla sala de pueblo durante la exhibición hubo otro hombre que lo miró de reojo y se sentó en la butaca vecina y vacía al lado de su mamá. Hubo otro hombre que no era su padre y miró a su madre con una mirada penetrante y segura.
                              Ese tercer hombre en algún momento retiró apresuradamente su mano de sobre la de su madre cuando ella le pareció que lo codeaba porque Juanjo los miró.-
                                   Cada vez que escuchaba la melodía recordaba la escena dentro de la sala que, en la pantalla, coincidió con el momento en que la cámara toma, iluminándolo, el rostro de Orson Welles que por fin se revela como el perseguidor y amigo del personaje desempeñado por Joseph Cotten. En esos momentos la memoria de Juanjo, hoy todavía, a sus 68 años con su mamá de 95, su padre fallecido, se esfuerza buscando el rostro del hombre sentado junto a su madre, su fisonomía, sin encontrarlo; pero la repetición suave sobre el encordado de la cítara desarrollando la melodía lo consuela, le hace pensar que esa melodía que transcurre y pasa de su ayer a su ahora los envuelve y transporta hacia una caudalosa recepción de todos los misterios y sus razonamientos se vacían y en punto de infinito solo queda la melodía. Tan tarán, tarán, tan tarán, tarán, tan tarán tarán, tarán tarán, tarán. . .

Amílcar Luis Blanco

viernes, 20 de febrero de 2015

LA CASA HUMANA




                                       Soy el habitante, así me considero. Me gustan los ruidos de la casa. Los intestinales de las cañerías del agua, sobre todo los concernientes a sus desagotes porque los que proveen el agua suelen estar tensos o vacíos pero circulan con destinos precisos, beber o lavarnos; iguales a las venas o arterias llevando la sangre a los tejidos de órganos y vísceras. Después están los cables de energía eléctrica que son los nervios y nervan las luces, parecidos a un sistema nervioso central. Los caños que insuflan gas a las hornallas para encender cocinas y estufas y se mezclan con el oxígeno ambiental y producen la combustión, el desgaste, los desechos. Nosotros nos movemos dentro de sus interiores, somos células neurotransmisoras y portadoras constantes de acción y consumidoras de todo lo que por la puerta cancel ingresa, que es como decir la boca de la casa.
                                         Pero lo que mas sorprende durante el sueño dentro del dormitorio, sobre la cama, son los fantasmas. Uno puede verlos en el súbito despertar y no es verdad que carezcan de sexo, son masculinos o femeninos, varones y mujeres y personifican deseos. Ellos dirigen lo que ocurre en nuestros delirios, en nuestros universos oníricos y cuando advierten que hemos despertado la vigilia se los lleva, los arrebata de un modo ligero y veloz. Algunos los llaman ángeles. Puede ser que lo sean, no digo que no ¿Quién podría explicar la diferencia entre ángeles y fantasmas?
                                    De todos modos quienes la habitamos llevamos la casa a cuestas, como los caracoles. Nos lanzamos con ella sobre nuestras cabezas a todas las batallas. Además siempre nos estamos yendo o regresando a su materialidad, para refugiarnos en sus espacios interiores o para sacar las reposeras a la galería que la rodea o caminar por el inmenso patio jardín, cerrado a ojos ajenos por una alta y espesa ligustrina que le sirve de cerco.
                                          El que la construyó, hace ya muchísimos años, fue un bisabuelo nuestro. No puso él personalmente ladrillo por ladrillo. Trajo un plano de un estudiante de arquitectura y habló con el único vecino del pueblo que era albañil, muy formado, con grado de oficial. Y este hombre fue el que puso ladrillo sobre ladrillo a partir de los cimientos y siguiendo, centímetro a centímetro, metro a metro, el diseño trazado por el aspirante a urbanista.
                                 Dentro de su espacioso living se desenvolvieron fiestas y en la cocina comedor, poco modesta para la época de mi bisabuelo, se prepararon platos para muchos paladares, algunos exquisitos, otros más modestos y cotidianos.-
                                             Sin duda lo que más centra su ser edificio, su concha de caracol, su condición de carcasa, son las tormentas, las lluvias, los vientos, los granizos ruidosos y enfurecidos que golpean los techos como una muchedumbre de puños enfebrecidos. Entonces nos sentimos dentro de su ámbito protegidos y seguros. En mi caso siento el deseo de convertirla en una embarcación fabulosa como el arca de Noé y salir a navegar a su bordo sobre los lomos de un cielo caído y hecho mar.
                                                      Cuando la niebla se apodera de calles y veredas y su vaporoso volumen pone nuestras percepciones fuera del tiempo y del espacio, si hemos avanzado algunos pasos fuera de la cancel, basta volver, cruzar el umbral, ingresar nuevamente al living, para recuperar la ubicuidad vital momentáneamente distraída por el fenómeno.
                                                            En algunas ocasiones la tierra tiembla bajo sus plantas de cemento y metal ferroso, sus cimientos y zapatas de concreto , como si lejanos sismos, aquelarres telúricos, la sacudiesen desde el centro. Un oscuro sentimiento de peligro nos inspira entonces ser sus habitantes, pero sabemos que si descendiese a una falla profunda abierta hacia el centro mismo del planeta y se aplastase o fundiese o de pronto un asteroide, Dios no lo permita, se precipitase sobre su estructura y la destruyese, gustosos moriríamos con ella.-

Amilcar Luis Blanco

lunes, 26 de enero de 2015

Un encuentro (Cuento)











El negro tomaba mate, tomaba mate y fumaba y escuchaba la radio. Nada en particular. Las boludeces de siempre. El tiempo, las propagandas, las canciones estúpidas que se les ocurrirían a los publicitarios que ganaban carretillas de guita, mientras que él, bueno no sólo él, tantos como él… En fin, dio una honda pitada y exhaló. Debía pensar en ella, se lo estaba como prohibiendo pero debía pensar en ella. En los detalles. En cómo la había enganchado, así, de improviso. Nada menos que en el bondi, sentados los dos uno al lado del otro, sin hablar. Al principio sin hablar, claro. Después la sarta de cosas de las que habló sin tener la menor idea lo llenaban de vergüenza y perplejidad. Todo había comenzado con el roce de los muslos y el tocarse de las pantorrillas. Tanto salto y traqueteo, fingir que dormían y, poco a poco, esa excitación que, seguramente ella también, sintieron y que sentirían muchos en situaciones parecidas cuando se viajaba atestado en los colectivos y en los trenes de todo Buenos Aires y del Gran Buenos Aires, con los cuerpos apretándose entre sí. El negro se había enterado, escuchando la radio, de que Buenos Aires ocupaba el undécimo, once, undécimo lugar entre las ciudades más pobladas del mundo. La primera, el primer lugar, le correspondía a Tokio, qué tal, los japonesitos y las japonesitas apiñados, viviendo en gigantescos edificios como colmenas, y muchos durmiento en tubos como los de los torpedos en las películas americanas. Qué tal si dos se metían en el mismo torpedo. En fin, volviendo a la viuda que había conocido la tarde anterior en el bondi. Se llamaba Beatriz y cuando por fín habían llegado a Lanús, ella forcejeó con la ventanilla, el Negro le dijo: - Me permite – y la abrió él y ella le sonrió y ahí comenzaron el cambio de palabras y comentarios. Que vio lo que son las cosas, le digo que me faltaba el aire y no estoy acostumbrada.-Claro, seguramente usted vive más alejada de la Capital.-arriesgó él. En Glew, le dijo ella.- Ah conozco, le dijo el Negro. Donde Soldi pintó los frescos en la capilla.-Claro, usted los vió.- No, la verdad que no, me enteré por los diarios, la tele, la radio, vio.- Sí, sí, y, seré curiosa, nunca pensó en ir a conocerlos.- Tardó un segundo, dos, no lo sabía. En el entretanto se les enfrentaron los ojos y los de ella, negros, casi suplicantes y un poco salvajes, tal vez con una soledad gigantesca, se metieron tanto en los de él, y la mujer no era fea y algo se había calentado él con el roce de las piernas, que por fín le dijo.- Bueno, alguna vez o muchas quizá sí, pensé en que podría ir a la Capilla.- Bueno, si quiere, lo cortó ella, yo estoy a dos cuadras y vivo sola, así que podemos ir, está abierto hasta las ocho y si quiere podemos ir a mi casa también, lo invito con algo.- Bueno, como no, le agradezco.- Ella le sonrió agradecida y él la miró fijamente y se afirmaron los muslos en el asiento ahora ya distendidos, relajados en el apretarse el uno contra el otro, ya sintiéndose, ambos quizás, dueños de los instantes siguientes, perspectiva que les aceleró el pulso. El negro lo sentía particularmente en la garganta que se le secaba, lo mismo que el paladar y le hacía sentir el deseo de fumar. Por fin cuando bajaron del bondi sacó el paquete y extrajo un cigarrillo y lo encendió y sintió que volvía en sí casi. Caminaron más en silencio que otra cosa porque las palabras que se dijeron fueron de compromiso.- Pase Usted.- Faltaba más.- Bueno, si le parece, etcétera. Finalmente él aceptó ir antes a la casa de ella, a refrescarnos un poco le había dicho ella y a tomar algunos mates si le parece. Bueno, usted manda dijo el negro y fueron. Pero, claro, ni bien entraron, sin encender la luz ni nada, él la arrebató, la tomó de la cintura, la atrajo hacia su cuerpo y su boca y la besó, con un beso bien, bien pastoso, de lengua. Y después comenzaron a quitarse la ropa, con lentitud, ya más tranquilos, pero el cuerpo de ella temblaba y su piel estaba tibia, como afiebrada. El tenía una erección de padre y señor nuestro y cuando sus dedos llegaron a la vulva de Beatriz sintió la mojadura como si hubiera partido una fruta, pero tibia. Así que la penetró salvajemente, ahí nomás, de parado, ella comenzó a gemir y caminaron entre la sombra, tropezándose con los muebles, hacia una cama que ella le fue indicando, guiándole la cabeza y la vista con una mano. Sobre la cama sin destapar, con la colcha puesta, se libró de medias y zapatos y terminó de quitarle a ella la bombacha y las medias que habían quedado a la altura de los tobillos y se trenzaron y revolcaron. El negro le tomaba la nuca y la cara con las dos manos, la besaba y la penetraba, sentía su nuca y su cara livianas y suaves y las tomaba con delicadeza, le acarició la espalda, el flanco, la grupa. La piel de Beatriz era de seda, besaba muy bien.Besaba bien y también cogía como una diosa y él, ahí, en ese lugar completamente desconocido. En el centro de esa soledad, a dos o tres cuadras de la capilla decorada por Soldi. Terminaron. El negro se sentó. Cerca, en la silla, estaba su campera y en el bolsillo el paquete de cigarrillos. Lo sacó de la envoltura del forro porque el bolsillo estaba descosido y llaves, monedas, documentos, papeles y hasta los cigarrillos se le sumergían en las intimidades de telas de la chaqueta.- ¿Querés?- No, no fumo.- Qué bien.- Beatriz recostó la espalda contra la pared porosa, pintada de un verde indeciso, entre manzana y gris cemento, de superficie percudida.- ¿Cuánto hace que vivís acá? .- Casi un año, alquilé.- - ¿Siempre sola? .- Desde que murió mi marido,Julian, ni bien vinimos.- Beatriz se levantó y él pudo verle el cuerpo. Piernas largas, bien formadas. Al trasluz apreció que tenía la cola redonda y bien parada, la cintura fina. Joven la viuda.La comparó con una mariposa, y de colores.- Se metió en lo que sería el baño.- Si querés podés bañarte, hay agua caliente.- El negro salió de la cama y caminó desnudo hacia ella, hacia la mariposa. Se bañó bajo el chorro de una ducha que no habría imaginado.Ella lo enjabonó y se besaron de nuevo y de nuevo lo hicieron. Nunca le había pasado. El mariposón para la mariposa, pensó. Qué tonto soy.
Había vuelto a la pieza de su pensión, escuchaba la radio sin escuchar, pensaba en ella, fumaba y pensaba en ella. Ahora no podría dejar de hacerlo ¿Que haría con ese encuentro? Una mariposa entró por la ventana abierta y se le posó en el dorso de la mano desocupada sobre la mesa. Sus alas, parpadeantes, daban un caleidoscópico matiz entre el celeste, el salmón, el verde jade y el amarillo. Le hicieron recordar a Beatriz como una crisálida convertida en mariposa, salida de aquélla unión ocasional y salvaje y los colores de los frescos de Soldi que fueron a ver con ella después del erótico encuentro, como para cumplir con ese débil convencionalismo de lo pactado que comenzaba a gestarse entre ellos. Espantó la mariposa con un movimiento de su mano y la contemplo alejándose, batiendo sus alas. Tomó el teléfono, marcó el número de Beatriz. Él también había estado solo demasiado tiempo, también había sido una crisálida.-

Amílcar Luis Blanco.

jueves, 22 de enero de 2015

LOS MOTIVOS DEL LOBO



















La noticia estaba en el diario, en la sección policiales, el titular, en cuerpo catástrofe, "Los motivos del lobo" ¿Cómo explicarla? Si llego a decir que Rodriguez pega, que es un castigador nato sólo porque lo he visto levantar su mano al tiempo que en su rostro se dibujaba una expresión indescifrable para mí, como de amargura, bronca, salvaje desesperación, la vez que colgó un teléfono, sería injusto con él.



Cuando lo conocí - regaba su jardín - me pareció un vecino decididamente pacífico. Después, la segunda vez que lo vi en el supermercado nos saludamos y me sonrió con amabilidad. Las otras veces, en compañía de su perro, bajaba hasta la plaza con el diario bajo el brazo y se detenía para complacer, frente a distintos troncos, las preferencias de micción de su pointer de orejas caidas, urbanamente abozalado. Lo recuerdo, eso sí, en aquél teléfono público de la rambla junto al océano en una mañana de viento que volaba carteles, chapas, etiquetas de cigarrillos y las orejas de su pointer abozalado, con ráfagas heladas, hablando acaloradamente. Aunque no lo podía escuchar veía sus gesticulaciones y la rojedad en la frente y en la incipiente calvicie. Habrá sido en la primera semana de julio y mi visión de Rodriguez en el interior de la cabina habrá durado cinco o siete minutos, no se. Seguramente mas de lo acostumbrado para una contemplación semejante. Y debió ocurrirme mas que nada por haberme llamado la atención el enojo que demostraba en ese momento un hombre al que conocía tan calmo. Pero la vida nos sorprende a diario.



Ahora que lo evoco no puedo dejar de sentir algo del horror que sería su vida. Si nos atenemos a la información deberíamos pensar respecto a su mascota en un verdadero calvario o en una vocación de faquir desconocida entre las de su especie.



Recordemos. Rodriguez se sentó en la explanada, extensión de césped y vereda que lo separaba todavía de la calzada, frente a lo que debe ser aún su casa, portando el extremo de la correa de su acollarada mascota que, sentada a su lado, aullaba algo lastimeramente siempre con el bozal puesto, de modo que el aullido escapaba de sus apretadas fauces en ondas de murmullo sibilante que la humanizaban un poco y otro poco la convertían en una suerte de monstruo ligeramente repugnante, aún cuando pudiera llegar a inspirar compasión.



Pero, allí se aposentaron los dos, perro y amo, indiferentes a todo, y esperaron. Eso es lo que vi. Lo demás está en el diario.



Refiere que, como a las once de la noche, la vieron a la que era, según supe después, la concubina de Rodriguez bajar de un taxi sola. Ella no pudo verlo hasta que la mano de él aferró la suya, que apretaba la llave recién sacada de la cerradura de la puerta, también recién abierta, y entonces se dio vuelta y lo reconoció. Su sorpresa fue mas lenta que la mano de él, con la que alcanzó a taparle la boca para ahogar su grito. Es fácil deducir lo que ocurrió después. La introducción de la mujer al interior de la casa, el degollamiento, el seccionamiento en trozos del cadáver y la, cómo calificarla, instintiva colaboración del pointer que, siempre llevado de su mano, fue por fin liberado de su bozal después de una semana de ayuno.





Amílcar Luis Blanco







lunes, 24 de noviembre de 2014

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO SEXTO Y FINAL DE "LAS WALKYRIAS"




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                           Las vidas de todos ellos quedarían en fotografías hasta que también estas se destruyeran perdidas entre muebles viejos. Pero habría dos vidas que hallarían su final de un modo brusco, impensado. Primero, la de ella, después la de él.
Este final se produjo al cabo de la fiesta erótica que celebraron las cuatro amantes: Elena, Malva, Malena y Edelmira. Se habían reunido en el taller de escultura de Malva, quien había encendido sus cámaras a fin de captar las mejores tomas e inspirarse para la obra que tenía en mente. Después de la culminación del ágape hubo lentas y perspicaces insinuaciones que hubieran llevado a otros capítulos de no suceder lo que sucedió, sobre todo entre Malena y Malva que apenas se conocían y conversaron.
- Decime la verdad ¿Te gustó Daniel? – preguntó Malena.
- Decime la verdad vos ¿No querrías tenerlo acá, digamos, como un epílogo entre nosotras? – preguntó por su parte Malva.
- ¡Me moriría de vergüenza! Además, me daría miedo que me abandonara para siempre después de descubrirme.
- ¿Tu homosexualidad querés decir?
- ¡Claro!
- Sabés que tenés un prejuicio con eso.
- ¿Cómo?
- Claro ¿Vos no crees que las mujeres somos todas homosexuales?
- No lo se, no lo creo. Fuera de nosotras y, bueno, también en “Las Walkyrias”, yo hice amistad con una de ellas, Sonia, con la que curtimos un poco algunas veces, pero, fuera de eso…
- Me parece que todavía seguís siendo un poco ingenua. Te vuelvo a preguntar ¿Te gustaría tenerlo a Daniel aquí, con nosotras? – insistió Malva
- ¿Vos querés decir desde el punto de vista exclusivamente erótico?
- Por supuesto, no hay otro, Nena, dejá de lado el costado moral.
- Bueno, en ese caso, creo que sí, que me gustaría, aunque a lo mejor me moriría de celos cuando vos te le acercaras y él empezara a gozar con vos – contestó por fin Malena.
- Y bueno ¿Acaso vos te quedarías atrás, me cederías el lugar?
- No sé, me ofendería, me darían muchos celos.
- Serías una tonta.
- ¿Vos qué harías en mi lugar?
Malva se paró de pronto. Había estado saboreando un trago de whisky, caminó alrededor del lecho en el que las dos habían estado sentadas, desnudas, y se detuvo frente a Malena, la miró inquisitiva, clavándole la oscuridad de los suyos en los ojos celestes y también chispeantes de ella.
- ¿Y si te dijera que conozco a Daniel desde hace tiempo, desde antes que vos lo conocieras?
Malena sintió un leve mareo y algo de vacío en el estómago ¡Se había hecho estúpidas ilusiones con Daniel! Había creído la historia de la botita, el timo del zapatito como en la cenicienta. La realidad volvía por sus fueros. Pudo ver desde que la conoció que Malva era una artista, una mujer de mundo. No había querido entrar en la intuición que había tenido acerca de ella, alimentada por el vivo recuerdo que le quedó de aquélla conversación que habían tenido con Daniel en “Las Walkyrias”, cuando él le había contado acerca de aquélla amante suya que era una artista, imaginativa, que se aburría con él. Le pareció que ahora sería inevitable admitirlo, así que estuvo un rato callada sosteniéndole la mirada de sombra, esa mirada de sombra y sed que tenía Malva y de la que había recelado, pero que, al mismo tiempo, como a las demás, la enamoraba.
- Me imaginé que vos eras la mujer de la que Daniel me había hablado.
Malva se sentó ahora de nuevo a su lado en la cama y sus oscuras pupilas parecieron fulgurar sobre su sonrisa.
- ¿Te habló de mi? Contame – Se veía que la urgía la ansiedad y que el deseo de él se le había metido en el súbito colorado de sus mejillas.
- Vos sabés que me parece que mis sospechas son ciertas. La noche de la cena en mi casa en La Paz ¿Vos te volviste a acostar con él después de mucho tiempo que no se veían, o me equivoco?
- No te equivocás.
- Sos una desfachatada.
- Pero soy sincera y, además, estoy dispuesta a compartirlo.
- ¿Sólo conmigo?
- Sólo contigo. Mas sería demasiado.
Entretenidas como estaban repartiéndose a Daniel no prestaron atención a ruidos, movimientos y caídas de objetos que llegaban desde el sector destinado a cocina en el inmenso espacio repleto, como vimos, de objetos, enseres, herramientas de todo tipo. Cualquier ruido era imaginable y no despertaba sospechas. Pero hubo un chillido agudo, dos gritos desgarrados y la seca detonación de un estampida, así que ésta vez no pudieron ignorarlo y corrieron las dos, desesperadas y agitadas, perdida toda compostura, y encontraron que sobre los pequeños adoquines del piso yacía sin vida el cuerpo de Edelmira y, bajo su piel satinada y morena y su rostro detenido en una mueca, su sangre hacía crecer un pequeño charco rojo. Vieron a un hombre con los brazos caídos; en el extremo de uno de ellos, como si la mano que le correspondía lo sostuviera sin conciencia, pendía un revolver. Sólo Elena se acercó a él, el hombre tenía los ojos puestos en el vacío, la cara descolorida y las comisuras de los labios desencajadas, sin tono, las cejas alzadas. El hombre levantó su mano deteniéndola, llevó el revolver a la sien, la nueva estampida atronó como si les perforara los tímpanos a todas.
- ¿¡Alejandro, querido, qué hizo, pero qué hizo usted, hombre!? – gritaba ya Elena, despavorida. El volumen de su voz ascendía cada vez mas y repetía la misma pregunta asombrada, hasta que llegó a parecerse al ulular desesperado de una sirena en la noche y sólo Malva atinó a ir al teléfono y llamó a la policía mientras sus amigas – Elena se había callado en una rígida expresión de horror -, como autómatas, se vestían y se sentaban a esperar el destino.

  
   
                           FIN

                                                                                                     Amílcar Blanco (Pinturas de Karina Belkina y de Juan Francisco Casas)