martes, 4 de noviembre de 2014

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO OCTAVO DE "LAS WALKYRIAS"



                                                             48
                                                  - ¿No tenés acá tus juguetes eróticos? – quiso saber Elena. Se había sentado ya sobre el diván cama, reposando su abundante cola y sus anchas caderas sobre los talones, estiraba el cuello y movía la cabeza, estaba en bombacha y corpiño y Malva, completamente desnuda y arrodillada detrás de ella, la miraba con deseo, la había besado en la espalda y se disponía a seguir. Habían tenido la precaución de encerrarse con llave. Era la hora de la siesta.
- ¿Qué necesitás hermosa?
- Un falo envaselinado, ¿y vos?
- Lo propio
-¿Tenés o no tenés?
- No te impacientes, tengo, por supuesto, pero me da fiaca ir a buscarlo.
- Andá que yo te espero, no seas mala.
Malva se bajó del diván y caminó descalza hasta un rincón de la pieza, corrió una puerta y tomó un cofre que estaba en el fondo de un anaquel, del interior de un tomo encuadernado que sacó de la biblioteca extrajo después un pequeñísima llave con la que abrió el cofre y por fin, envuelto en celofán, apareció en la palma de su mano un pene ejecutado en lo que parecía ser una especie de plástico o caucho negro.
- ¡Cuánto misterio! – exclamó Elena.
Malva regresó triunfante al diván sosteniendo el juguete con dos dedos y balanceándolo para que su amiga pudiera verlo y tocarlo. Elena lo apretó entre sus labios cuando Malva se lo acercó, enseguida lo mordió ligeramente y lo envolvió después con su lengua.
- ¡Qué bárbaro! Parece el de un macho joven, tiene gusto a ananá rancio – sentenció después de fingir una breve felación y rechazarlo con asco.
- Dame que lo lavo – Malva se lo arrancó de la mano, fue hasta el baño y abrió la canilla del lavatorio, enjabonó y fregó el artefacto, después lo enjuagó, volvió con él y lo depositó nuevamente en la mano de su amiga, que lo recibió saludándola con una mano en el pecho y una breve reverencia.
- ¿Sabés lo que es esto? Una joya – afirmó Malva
- ¡Entonces usémoslo! ¿Qué esperamos? – invitó Elena.
- Tengo algo todavía mejor – dijo Malva.
- ¿Qué puede resultarnos mejor que uno de estos?
- Dos de estos – Malva lo dijo y volvió al cofre abierto y apareció con otro pene de color rosado, lo agitó y fue hasta el baño y lo lavó como había hecho con el otro. Los consoladores tenían ambos el mismo y respetable tamaño.
- Son de treinta centímetros, los dos – aseguró Malva.
- Sí, sí, es lo que les daba.
- Y mirá, todavía hay mas – dijo Malva. Tomó el negro de la mano de su amiga y lo unió por su base con la base del rosado.
- Quedan unidos, ¿ves?
- ¡Bárbaro! Pasemos a la acción- exhortó Elena. Se había quitado la ropa interior. Malva la enfrentó, se sentó de nalgas sobre las caras anteriores de los muslos de Elena, y después de envaselinar el artefacto de dos puntas lo fueron maniobrando, bajándolo y subiéndolo de manera que rozara la hendidura, labios y clítoris de ambas, mientras se besaban, hasta que por fin se lo hundieron de modo que cada una quedó penetrada y a su gusto. Se besaron, acariciaron, copularon y gozaron hasta obtener el primer orgasmo, bastante volcánico, y, enseguida volvieron a cambiar su postura para emprender más lentamente las caricias y los besos y toqueteos. Trataban de no agitarse para prolongar las sensaciones. Llegaron a tener otros dos orgasmos pero quedaron exhaustas.
- El amor físico es maravilloso –alcanzó a murmurar Malva, dio un profundo suspiro y comenzó a adormecerse. En eso estaban las dos cuando escucharon que golpeaban la puerta suavemente.
- Malva, Malvita, ¿estás ahí?
- Sí, papá, acá estoy ¿Cómo estás?
- Bien, bien, dejá, no abrás ¿Te habías dormido?
- Un poquito.
- Dormí, dormí, hija, nos vemos en la cena, hasta lueguito.
- Hasta luego.
Elena escuchó el diálogo de Malva con su padre pero no quiso preguntarle nada. Mantuvo los ojos cerrados porque el sueño se había apoderado de su voluntad y las imágenes y los pensamientos se le iban mezclando en un curso de acción disparatado pero firme.
Toribio y Elena estaban con ella misma sentados a la mesa y su madre le pasaba el mate. De pronto descubrió que Dolores Lacerba, la mamá de Malva, los acompañaba. Su padre elogiaba la acción de Pepe en el campo.
- Pepe – decía con cierto entusiasmo dirigiéndose a Dolores Lacerba – ha conseguido lo que yo no he podido en años. Que las vacas den mas leche. Así, como lo escucha.
- Sí, viejo, ¿y qué hace? – preguntaba intrigada Elena Koniatowska.
- Muy sencillo, se los pide, habla con ellas, las persuade y ellas comprenden – respondía don Toribio.
- ¡Claro, claro! – asentía Dolores Lacerba como si aquéllo cayera por su propio peso.
- ¿Pero, entonces, las vacas hablan? – se sorprendía la Koniatowska mirándola a ella, su hija.
- Mamá ¿Cómo podés creerle a este viejo llamado Toribio Disparate?
Su padre la miraba con desdén y sacudía las hojas sábana del diario La Nación.
- Vos seguí nomás cogiendo con la negrita Edelmira y cuando quieras acordar se me va a subir a los anteojos – decía.
Entonces ella, su hija, se ponía a observar los anteojos de carey de su padre mientras él se sumergía en la lectura del diario. Traspasaba los colores amarillos y marrones y se encontraba en el campo entre la cola levantada de una vaca y otra que mugía sonoramente, de modo un poco apremiante. Elena pensaba “en este mugido si escucho bien, con atención, podré descubrir las palabras de la vaca” Así que, como quien dice, paraba la oreja y miraba a los ojos a la bóvida. De pronto descifraba los vocablos en una voz que se escuchaba pastosa, como una queja densa.
- Quiero decirte que sufrimos como nadie – decía la vaca – Las muelas me duelen con un dolor grande, del tamaño de este campo, y nadie nos lleva al dentista.
Elena se despertó y tocó con el pie a Malva que respiraba sonoramente y dormía reciamente, con un sueño pesado. “Cómo un elefante, o mas” - , pensó Elena. Volvió a adormecerse. En el campo no había ya vacas. Ahora estaba en un campamento en África y, junto a ella, una especie de tribu bailaba alrededor de una fogata. Entre las mujeres negras vio a Edelmira meneando ostentosamente las caderas. Tenía aros y collares y a cada golpe de tambor se desplazaba, colocaba su cabeza de perfil y abría y arqueaba las piernas y los pies. Parecía la figura de un friso egipcio.

Amílcar Luis Blanco  ("Desnudo", pintura de André Lhote)



domingo, 2 de noviembre de 2014

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SÉPTIMO DE "LAS WALKYRIAS"


                                                             47
                                                 Edelmira volvió a La Paz reclamada por Malena. Aquella amante ocasional pero caudalosa, de un ocaso inolvidable junto al río, la había salvado de las garras del comercio sexual de mujeres blancas y le estaba agradecida. Cuando la vió nuevamente, parada frente a la puerta de la casa de sus padres, paladeó su pequeño porte de morocha voluptuosa que sólo el litoral produce y sintió la adrenalina de la aventura apurándole los latidos.
Su estadía en “Las Walkyrias” entre otros sentimientos le había infundido el de una suave hipnosis, un encantamiento casi mágico; como si estando en el fondo de un pozo o una cima oscura pudiera avistarse siempre un lejano horizonte de luz que diera paso al milagro o la maravilla que habría de quitarla o arrancarla de la desdicha y la desgracia. Así había vivido ella su primer encuentro con Edelmira, vigente todavía su tenso y neurótico matrimonio con don Anselmo López y, también, ese sentimiento de liberación y despegue absoluto la había visitado en la persona de Daniel Silverstone, cuando lo había visto por primera vez en la barra del burdel paraguayo.
Se adelantó entonces a recibir a su salvadora y lo hizo con un abrazo y un beso tierno de labios cerrados sobre la boca de Edelmira que lo aceptó a su vez excitada y confiada, segura de que esa noche, apenas comenzada, sería hasta su finalización únicamente para ellas. Más besos hubo entonces sobre las mejillas, más caricias, palmadas y nalgadas, mientras caminaban, suspiraban, se apuraban, hacia el interior de la casa de los Monsivais, tocándose, observándose, reconociéndose, verdaderamente emocionadas con el reencuentro.
- ¡Amor mío, como estás, cómo te extrañé, cómo te quiero, negrita querida! – no paraba de piropearla Malena, dándole estocadas de azul profundo con sus miradas a veces rápidas y otras lentas, enloquecedoras “¿Quién podría ser fiel?”- pensó Edelmira imaginándola a Elena y los reproches que le había hecho y los celos que había sentido por la relación que ella le reveló con Malva.
- ¡Linda, hermosa, preciosa! ¿Cómo estás mi querida? ¡Por fin de nuevo juntas! – devolvía a su turno Edelmira. Esto de las palabras alabanciosas es muy litoraleño y se estaba metiendo empalagosamente con su cálido temperamento en el también tibio humor de su amiga y le cosquilleaba en el cuerpo.
Los padres Monsivais no estaban en casa y todas las efusiones fueron posibles cuando traspusieron el umbral.
- ¿No estás más en lo de don Anselmo, che? Te quedaste viuda de ese viejo, en buena hora querida.
- ¿Viste, qué me decís? No estoy más pendiente de ese mierda.
- ¡Me alegro, me alegro tanto querida! – Los ojos de Edelmira brillaban sobre los aguamarina de su amiga y también las sonrisas se enfrentaban como en una sinfonía de blancura y claridad, como si entre las dos iluminaran el living de aquella casa.
- ¿Y qué hiciste con la casa del viejo?
- La vendí y le saqué buena plata.
- Hiciste bien querida ¿Y el restaurante?
- Lo tengo trabajando con personal y te diré que trabaja bastante bien.
-¿No digás, contame?
- Creer o reventar. Desde mi rescate de “Las Walkyrias” que salió por televisión y todo, aquí se llenó de gente de los medios. Y bueno, también de clientes y clientas, vienen de todos lados con tal de chusmear.
- Me imagino
- ¿Y vos, cómo anda tu marido, Alejandro?
- Siempre igual, ganándonos la vida y viviendo como podemos.
- Seguro que mal
- Y, la casa la tenemos en una villa.
- ¿Por qué no te venís, con él, digo? Aquí en el restaurante te puedo dar trabajo, y a él también.
- ¿De qué?
- De lo que quieras y sepas hacer…bueno, y de lo que quiera y sepa hacer él también
- Lo voy a pensar. Lo vamos a pensar.
- Pensalo, piénsenlo, y después me decís.
- ¿Y vos, como estás? Te resultó un flor de hijo de puta tu novio, no?
- ¿Qué te parece? Era un tratante de blancas el guacho. Claro que tuve mis compensaciones.
- ¿Contame?
- ¡Conocí a otro, che, un tipazo! Estanciero él, hasta ayudó a mi rescate.
- ¿Lo seguís viendo?
- Eso espero. El no es de por acá, es paraguayo, de Encarnación, amigo del Comisario Neptalí, el que me rescató. Pero todavía deben pasar algunos meses para que pueda verlo. El comisario dijo que no convenía que nos viéramos pronto, para que la mafia de los tratantes de blancas no se le eche encima, ¿entendés?
- Sí, sí, claro- La temperatura en la piel de Edelmira ya casi ardía, en la de ambas. Por eso fue que Malena la miró y se mordió el labio superior, enarcó una ceja y le guiñó el ojo del mismo lado.
- Mientras tanto podemos divertirnos, ¿qué te parece? – le propuso después tomándola de las manos, estirando y haciéndole estirar los brazos de modo que las puntas de sus pechos se tocaron y también sus labios; se perdieron enseguida en un beso bastante pastoso y con mucha succión, de apasionamiento contenido que comenzaba a soltarse en las dos. Ni qué decir que sus partes íntimas estaban ya húmedas. Por sus venas corrían las sangres encendidas de dos hembras ardientes que se habían elegido, y cada una había también probado el gusto de la otra y ya, ahora, les resultaba demasiado difícil contenerse, como si en aquella incipiente luna del río crepuscular se hubieran elegido para bailar siempre juntas, como una pareja de bailarines profesionales. Eso, del mismo modo que si fueran una simple pareja de baile y el hacerse el amor hasta la cópula misma, que para ellas se cumplió con el auxilio de un consolador que Malena se había apropiado en “Las Walkyrias”, fuera nada más que adentrarse en un chamamé, un tango o una milonga. 
Con tanta liviandad procedían, sin escrúpulos, prejuicios, ni miedos, con esa pureza e inocencia propia de dos adolescentes vírgenes que se asoman al sexo como a un misterio todavía desconocido. Es que para gozar hay que sentirse inocente, es preciso internarse en las sensaciones puras, como hacen los niños cuando juegan, quizá como hacían las walkyrias cuando se internaban en la guerra. El manejo mismo del adminículo erótico debía llegar a transparentarse entre ellas, evaporarse, convertirse en algo cotidiano, corriente, natural, sin darles vergüenza. Edelmira lo había aprendido con Elena que tenía y usaba más de uno y Malena lo había aprovechado junto a Sonia en el lupanar de las tierras guaraníes, en las madrugadas melancólicas y vacías de su suite, cuando hartas de whisky y desconsuelo comenzaban a besarse, acariciarse y reclamar para sus cuerpos un espacio de libertad y amor para no morirse.
Los Monsivais habían viajado a Paraná. Hilda Punjab no respiraba bien, sus pulmones parecían detenerse y darle aire sólo hasta la mitad de lo que ella se proponía cuando aspiraba y le extrañaba que no tuvieran la capacidad de siempre. Primero le pareció raro y después comenzó a sentirse alarmada y por último el espanto le ganó el ánimo y la tranquilidad; perdió su compostura y le pidió por favor a su marido que no la dejara y que la acompañara donde fuera para sanarse. Por momentos no podía dominar el terror de sentir que podía morirse de un momento a otro. Le habían hecho una prueba llamada espirometría en La Paz y habían aconsejado que fuera a Paraná. La santa señora que cuidara el kiosco desde la madrugada hasta casi la puesta del sol en aquélla ciudad durante infinidad de días en su vida, deslumbrando a Monsivais, jamás había fumado y se sentía injustamente atacada por una enfermedad que no se merecía. Le hubiera gustado volver para visitar amistades, despreocupada y feliz como la conocieran y como se había ido de la mano de quien después fue su pareja, pero quiso el terrible destino que no fuera así, que tuviera que regresar enferma y temiendo por su vida.

Amílcar Luis Blanco  (Fotografías y afiche de desmotivaciones.es)   




viernes, 31 de octubre de 2014

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SEXTO DE "LAS WALKYRIAS"



                                                                 46
                                                            Dolores Lacerba había cambiado, se había transformado en una devota chupacirios que concurría dominical y puntualmente a las misas, había aprendido el catecismo y los rituales y este cambio de índole se le había dado a partir de sus sesenta y dos años, cuando comenzó a aceptar que todas las marcas de crema, máscaras y masajes faciales, gimnasias modeladores y liftings practicados no pudieron ni podrían detener ya el avance del tiempo sobre su cuerpo y su rostro. Las arrugas eran tan inexorables como la caída de los glúteos y los pechos, los rollos fláccidos en la cintura y la injustificable pecaminosidad de su pasado que la tiranizó en forma ostensible por lo menos con dos de las pasiones prohibidas, la lujuria y la pereza.
José María Chávez en cambio, apodado por los amigos Pepe y por la chusma del pueblo el “ciervo”, como ya viéramos, era un hombre admirado y respetado entre sus pares; lo habían compadecido siempre pensando que no se merecía su cornamenta; simpático, buen amigo, en realidad ahora había extraviado el enamoramiento que siempre lo suspendiera frente a su esposa como si ella fuera una reina y él un paje, y, con el paso del tiempo, lo que había antes estribado en el deseo de su belleza física, constantemente insatisfecho y sólo esporádicamente retribuido, había mutado a compasión – cuando se hubo desengañado – y se había convertido finalmente en lástima. Podría decirse que mientras Dolores Lacerba declinaba José Maria Chávez esplendía.
Había sin embargo dos pecados mas que en Dolores Lacerba todavía destellaban y eran la ira y la envidia que le despertaban la juventud, la inteligencia y la belleza de su hija, Malva, y que brillaron como carbones encendidos en sus ojos cuando la vio en el umbral con su amiga y las valijas que anticipaban una estadía sin preaviso, en su casa de Trenque Lauquen.
- Las presento, mi mamá, llamada Dolores y amiga de hacer favores, ju, ju, y mi amiga, Elena Marchanta.
- Mucho gusto Señora.
- ¡Qué solemne! – Malva desgranó el comentario obviamente para su mamá.
- ¡Encantada, querida! – Dolores Lacerba, hizo como si no la hubiera oído, le extendió su mano, le sonrió y pareció enroscarse a su alrededor observándola. Lo que la intrigó como un relámpago en un día despejado fue el apellido que escuchó.
- Marchanta, dijo ¿Algo que ver con Toribio Marchanta?
- Soy la hija ¿Lo conoció?
Un escalofrío recorrió la espalda de la esposa de Chávez. Era también su antiguo gusto por la concupiscencia.
- Bueno, lo conocí, sí. El vino aquí, a Trenque Lauquen, para contratar un arrendamiento, no hará un año. Yo lo había conocido hace mucho, cuando vino por primera vez para cancelar una hipoteca y yo estaba por casualidad en el restaurante del Hotel Majestic y me lo presentaron.  Cuando vino la última vez para contratar el arrendamiento también nos vimos y nos saludamos, después, lamentablemente, todos supimos lo del micro. Le doy mi pésame, señorita.
- Gracias.
Malva se quedó mirando alternativamente a Elena y a su madre.
- La vida no acaba nunca de sorprenderme. Conociéndola a mi vieja no me extrañaría que fuéramos hermanas.
- ¡Estás loca, Malva, qué decís!- Doña Dolores acompañó sus palabras con una expresión de rabia y espanto, alzando sus brazos como en un “arriba las manos”.
- ¿Ves? Te lo dije, somos hermanas. Es una broma, vieja, no te calentés. Mas tarde regresa don Pepe, mi viejo, y te lo presento, ese sí vale la pena.-

Después, como si hubiera dejado de ver a su madre y saber que estaba allí, Malva le hizo una seña a Elena para que la siguiera. Se internaron por un pasillo hacia el que daban otras habitaciones iluminadas hasta que la anfitriona se detuvo frente a la puerta de una que era su dormitorio - dijo - desde que fuera una niña. Estaba limpio y ordenado como si ella jamás se hubiera ido. Malva le explicó a Elena que la señora que hacía regularmente la limpieza, llamada doña Zulema, la amaba casi hasta la devoción, prácticamente la había criado desde que Malva era una niña. Y como conservaba siempre la ilusión de su regreso y cada vez que ella volvía a la ciudad para la mujer era una fiesta, mantenía su habitación constantemente preparada.
- ¿Ves el diván? – señaló Malva. Era por lo menos de cuatro cuerpos y estaba bajo una ventana que daba al exterior luminoso – Bueno, es de dos plazas, será nuestro nido de amor las noches que pasemos aquí.
Elena le extendió los brazos a su amiga y se abrazaron. Se apretaron efusivamente y se besaron como en un reencuentro largamente esperado. Había en las dos, en sus gargantas, una arena de angustia y congoja. Abrazadas, se quebraron en un sollozo. Eran conscientes de su vulnerabilidad y de la fuerza que el amarse les daba. La fragilidad quizá provenía de las dificultades y la fuerza de sus corazones que latían emocionados cada vez que sus cuerpos se tocaban.
Se separaron, Malva abrió el diván. En su interior el colchón estaba vestido, o sea, la cama hecha. Las sábanas tenían, la celeste de arriba, una guarda con motivos escoceses, rojos, azules y verdes, un poco estridentes, la de abajo, ajustable, era azul petróleo. La funda de la almohada repetía idénticos vivos escoceses. El conjunto le pareció a Elena acogedor. En la habitación había una biblioteca empotrada con anaqueles de maderas claras y espacios en los que, además de libros tamaño enciclopedia, había objetos extraños. Entre ellos automóviles de colección que seguramente habrían pertenecido en otras épocas a su hermano, Tomás, también animalitos ejecutados en cristales de colores y muñecas de estopa y trapo que habrían alimentado las fantasías de Malva.
- Mirá, ésta es Petrona, me había olvidado de ella – dijo Malva mostrándole una bastante ennegrecida que parecía una marioneta, seguramente víctima de antiguos y abundantes manoseos, ¿o no? – quiso saber Elena.
- Sí, es cierto, era mi preferida. La llevaba a todos lados. Me acompañaba. A la noche la acostaba a mi lado sobre la almohada. Todavía la quiero mucho – Malva apretó a Petrona contra su mejilla.
- No la lavabas nunca, pobrecita.
- Sí, la lavaba y la gastaba ¿No ves cómo está la pobre?
- Bueno, todo esto es muy hermoso y me levanta el ánimo – dijo Elena y se tiró bocarriba sobre la cama. Malva se acostó a su lado en posición inversa, apoyada sobre un codo, sosteniéndose la cabeza, permaneció un rato escudriñándole los ojos color aceituna y finalmente la besó en la boca. Después se desprendió y estiró el cuerpo, las extremidades, desperezándose, bostezó. Afirmó enseguida:
- Acá no nos vamos a aburrir aunque esté lejos de mi taller. Sabés que en mis estadías en Trenque Lauquen junto ganas para volver al trabajo.
- Además ves a tu padre que para vos debe ser un placer.
- Sí, es cierto, al viejo lo extraño y también a mi hermano, Tomás.
- ¿Vive aquí?
- Sí. Tiene un negocio de venta de repuestos para maquinarias agrícolas. Está unido a la economía del pueblo y, sobre todo, del campo.
- Y vos estás unida a la bohemia. Ya no pertenecés a este Pueblo.
- Es cierto, ya no, por suerte. Soy lo que se dice libre.
- Pero cada tanto volvés.
- Sí, cada tanto, quizá para ver a mi padre, joder un poco a mi madre y ver y recordar cómo quiero que jamás vuelva a ser mi vida, cómo quiero que nunca sea mi vida. Por eso te digo que estando acá junto ganas para volver a Buenos Aires.
- Parece que sintieras cierto rencor por este Pueblo.
- Sí, lo siento, por este Pueblo y por mi infancia. Aquí fui muy infeliz cuando era muy chica y no podía defenderme. Después, poco a poco, me fui independizando, fui buscando mi propia vida. Mi guía fueron las cosas o las actividades que me daban placer. Todavía esas actividades, las que me dan placer, son mi guía.
- Contame.
- Ya te irás enterando. Algunas cosas te adelanté. Por ejemplo mi primera vez y cómo llegué a mi primer orgasmo con mi amiguito Lucas.
- Sí, sí, eso me lo contaste. Pero sabés qué me pareció siempre muy importante de lo que me dijiste.
- Qué, decime.
- Eso en lo que las dos coincidimos, no perder el deseo, no perder las ganas.
- Fundamental. La vida es eso, ganas, deseo. Ojo, no necesidades, deseos, o sea lo que elegimos y da sentido a nuestra libertad. Pero lo que elegimos libres por completo de necesidades. Necesitar no es lo mismo que desear. Desear está más allá. Es querer alcanzar algo que nos parece bello y suficiente…
- Por ejemplo cuando te enamorás de alguien.
- Por ejemplo, puede ser, pero no sólo eso. Cuando deseas vivamente ver un cuadro famoso, tal vez tenerlo para poder mirarlo a gusto todos los días. Cuando me embalo con una escultura y me siento inspirada y primero la dibujo pero ya se cómo y con qué hacerla y me pongo a conseguir los materiales. Cuando deseo viajar a Europa, visitar una ciudad, ir a un café, comprarme un libro, una ropa que me gusta, comer algo en un restaurante determinado, etcétera ¿A vos no te pasa?
- Por ráfagas, me pasa también. Pero hace un tiempo estoy como neutralizada, eclipsada, colapsada. A veces no se qué hacer con mi tiempo, como si no tuviera deseos
- Eso es por la muerte de tus viejos. Por lo que me contaste vos con ellos vivías un estado de acompañamiento constante.
- Sí, y lo mejor, lo peor ahora que me faltan, es que no nos jorobábamos entre nosotros. Y esto es raro porque conozco o conocí infinidad de personas, mujeres, hombres en mi situación que se quejan por lo general de sus compañías. Cuando Toribio y Elena, mi mamá, estaban todavía vivos, yo, entre otras actividades, iba a aprender natación y allí tenía un círculo de amigos, muchos me preguntaban si no me jodía vivir con mis viejos. Se extrañaban cuando les decía que no, para nada, que jamás me había jodido.
- Eso está bien y te deja un muy buen recuerdo. Pero cuando yo te decía que no nos íbamos a aburrir aquí me refería a ver, observar, mirar, ejercer la actitud contemplativa, nutrir y robustecer la capacidad crítica.
- ¿A qué te referís?
- Este Pueblo chico es un espejo del mundo, toda comunidad pequeña es un reflejo del mundo. Una especie de aleph urbano por el que podés caminar y observar, meterte en todas sus actividades y costumbres, dar rienda suelta a tu curiosidad. Mirá, lo único que aquí hubiera hecho con cierto placer hubiera sido sacar un periódico y comentar en sus columnas todas las actividades del pueblo.

 Amílcar Luis Blanco ("Fenme fatale", pintura de Kees Van Dongen; "Retrato de mujer" de Auguste Macke; "Hijas de Lilith" de Alma Tadema)


miércoles, 29 de octubre de 2014

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO QUINTO DE "LAS WALKYRIAS"



                                                           45
                                              “Viste que yo te decía el otro día, en éstas conversaciones que mantengo con vos a solas, aunque las hable sólo conmigo, que todos llevamos adentro de nosotros un lobo, lo que tenemos guardado, que todas las personas usamos máscaras, nos ponemos disfraces, bueno, te lo vuelvo a recordar por aquello que te decía también de las bellezas buenas y las bellezas malas. Los mariquitas y las marimachos, para mí, Edelmira, que soy un laburante, que soy un tipo que no ha vivido muchos carnavales de placer, todos mis carnavales fueron de pobre, de murga, de corso, como te decía, las mariquitas y las marimachos son mascaritas, máscaras, disfraces, en algunos casos logran parecer bellos, hermosos, pero son malos, Edelmira, ojo, son malos. Te pregunté alguna vez si no te parecía sospechosa por cómo actuaba la señora Elena Marchanta, con todos esos piropos que le escucho que te dice, acá en la villa, cuando venía más seguido a la sociedad de fomento, y también las veces que he ido circunstancialmente a lo de los Marchanta a buscarte. Exagerados, Edelmira, exagerados, son piropos de marimacho. Ella trata de tener sobre vos un ascendiente y lo peor es que lo consigue. Logra que estés detrás de ella, atenta a todas sus pelotudeces, porque cuando perdió a los viejos en el accidente, vaya y pase, todos nos compadecíamos y la entendíamos, pero ahora, que pretenda siempre que estés con ella porque se siente sola y que vos le des toda la bola del mundo ¡Es el colmo! Es el colmo y estoy podrido, y te lo digo serenamente, es decir, lo pienso y no te lo digo, como tantas veces. Me callo, te respeto, pero ¿Hasta cuándo, Negra, hasta cuando le vas a hacer el tren a esa paspada? Muchas sonrisas de aquí y de allá, mucha coquetería y buenos vestidos, muchos regalos e invitaciones a los cines y los teatros pero ¿Vos sabés la loba que debe tener oculta esa mina? Porque, que yo sepa, no se le conocen novios, no hay un macho que le arrastre el ala ¿No te parece raro? Toda mina bonita y que está buena ¡Y la marchanta está buena! Cómo estará que aquí, en la villa, en la sociedad de fomento, hay varios que me preguntan por ella y se la quieren apuntar, sin embargo, ella, más fría que un témpano, no le da bola a nadie ¿No te despierta sospechas? A mí sí. Hay disfraces Edelmira, lobos con piel de cordero y lobas que parecen ovejas”


 Amilcar Luis Blanco

lunes, 27 de octubre de 2014

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO CUARTO DE "LAS WALKYRIAS"

      
Safo, vida, obra y amores (Megapost)

                                                              44
                                                         Su hija no se consideraba sin embargo tan hermética e inexpugnable, aunque también sintiera que avanzaba en la niebla. Sobre todo en ese momento, cuando, después de algunos cabildeos, quizá tratando de averiguar para quien habría de vivir conforme la recomendación paterna, había aceptado la invitación de Malva para viajar a Trenque Lauquen y conocer algo de la infancia de su amiga. Y, al contrario de su progenitor, se sentía frágil y vulnerable porque su corazón oscilaba y se repartía entre Edelmira y Malva. No alcanzaba a decidirse por ninguna. Tampoco podía confesar a ninguna sus vacilaciones. Su relación con Malva había perdido espontaneidad e inocencia, estaba ahora saturada por la cautela y la reticencia que se imponía para no meter la pata y minada también por la intuitiva desconfianza de Malva que tampoco se atrevía a traspasar con preguntas directas el mutismo de su amiga.
Así que viajaban en micro juntas como lo habían hecho la primera vez a Mar del Plata, una al lado de la otra, pero casi sin hablarse, mirando el campo y sin poder pegar un ojo. Como todavía se amaban se observaban de vez en cuando con las pupilas húmedas y se sonreían, se tomaban las manos. Elena sentía que la interminable extensión de la llanura la ahogaba. Malva preparó en silencio el mate y se lo alcanzó a Elena.
- Tomá, te va a hacer bien.
- Gracias.
- ¿Qué te pasa, estás incómoda?
- No, no, estoy…no se, tensa, preocupada…
- Contame
- Mirá, Malva, yo te amo, me enamoré de vos como vos de mí, pero, ahora, no me resulta fácil conciliarte con mi pasado y seguir.
- ¿Conciliarme con Edelmira?
- Sí, vos sabés que tuve una relación intensa con ella, jamás te lo oculté.
- Es cierto, y… ¿qué fue lo que me ocultaste?
- Bueno, tuve un nuevo encuentro de cama con ella…
- Lo sabía, no me sorprendés.- Malva recibió de nuevo el mate que Elena le devolvió después de haberlo chupado hasta que chasqueó
- Podríamos probar las tres juntas – agregó de pronto.
Literatura griega
- ¿Lo decís en serio?

- Sí, lo digo en serio. La unión se da a partir del deseo. Nosotras nos deseamos. Si yo conozco a Edelmira  

la deseo y si a ella le ocurre otro tanto conmigo las uniones sexuales juntas o separadas entre nosotras
serán posibles y ya no tendremos nada que nos separe, nada para reprocharnos. Mirá, sobre el “ménage a trois” tengo una inquietante escultura que todavía no te descubrí, tengo los esbozos, los dibujos. Parte de una composición de piernas y rodillas que emergen en cuclillas de un pubis circular y forman una flor volumétrica, en la cuarta cara hay unos glúteos que forman un culo perfecto, las formas crecen o suben después hacia el cuello con un solo torso, distorsionado, con espalda y hombros del que surgen, en el pectoral, tres pares de senos, tres ombligos y sobre el cono del cuello tres rostros. Incluso podríamos tomarnos fotos desnudas, las tres juntas, y las podría usar como modelo.
- ¿Cuándo se te ocurrió el diseño?
- Después de este cruce de tres mujeres de las que vos sos el centro ¿Y qué te parece, nos podríamos usar como modelos?
- No creo que pueda convencer a Edelmira para semejante empresa. Es muy pasional y celosa, muy posesiva.
- Pero primero le podemos hacer pisar el palito a ella.
- ¿Cómo?
- Un encuentro a solas conmigo, sin que ella sepa quién soy. Yo la seduzco.
- Tenés razón, podría ser, pero ella debería saber quien sos porque si no consideraría que la traicioné y sería peor ¿Cómo haríamos?
- De acuerdo. Ya se me ocurrirá algo, o a vos, no es tan difícil.
El rostro de Elena cambió. Una sonrisa lo distendió. Hasta en sentimientos tan inconfesables Malva la comprendía, se acercaba a ella. Sintió que se aflojaba y que sus ojos corrían sobre la llanura. La distancia ya no la ahogaba. Allí estaba su amiga para sacarla de cualquier asfixia. Las sombras que Edelmira portaba como color predominante en el pelo, las cejas, las pupilas, teñía también sus celos y posesividad que se habían sentido primero detenidas por una pesadilla premonitoria y luego ultrajadas por la infidelidad de ella. Pero volverían a su cauce, se convertirían únicamente en encanto para desertar del egoísmo de la exclusividad, pretensión tan absurda como la de la eternidad ¿Qué eran ellas como mujeres amantes en un mundo que jamás las comprendería? ¿Estaba, acaso, mal que se defendieran entre sí, que crearan un espacio sólo para las tres? ¿La exclusividad no se transformaría así en un valor compartido por tres y no las haría sentirse fortalecidas?

Amilcar Luis Blanco  ("Safo y Eranna en un jardín de Mitilene" por Simeon Solomón y "Safo y su novia" pintura de Edouard Henry Avril)

sábado, 25 de octubre de 2014

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO TERCERO DE "LAS WALKYRIAS"

  
                                                           43
                                                 Toribio Marchanta, el que había sido padre de Elena, se hubiera apellidado correctamente Marchand, si el inmigrante que fue su padre, y abuelo de Elena, hubiese sido escuchado por un oído habituado al francés. En cambio, el empleado que escuchó su apellido en la Dirección de Inmigraciones en el puerto de Buenos Aires, allá por el año 1928, después de su desembarco, y se encargó de volcarlo en ortografía vernácula, sobre la planilla que serviría de base a su documentación personal y a la de su prole, tenía acostumbrados sus pabellones auditivos a las letras picantes del lunfardo de los tangos, y “marchanta” fue lo que quiso entender, le sonó familiar. Si hasta juzgó que al hombre le iría mejor llevando ese apellido que denotaba algo porteño, canchero, escurridizo, aunque si le hubieran preguntado qué era ese algo no lo habría podido definir.- De todas maneras Toribio Marchanta, padre de Elena Marchanta e hijo del inmigrante Vicente Marchand, se crió en el barrio de Barracas y frecuentó La Boca y las orillas del Riachuelo. Aspiró la atmósfera con olor a deshecho de frigorífico y curtiembre, conoció a Quinquela Martín y a Juan de Dios Filiberto cuando era un pibe. Escuchó sirenas y campanas de tranvía, corrió hasta la escuela en las mañanas neblinosas de los otoños e inviernos sobre los adoquines de la avenida Pedro de Mendoza, vio películas de Chaplin, Harold LLoyd, Búster Keaton, Laurel y Hardy, escuchó a Gardel, admiró a Sandrini, la Bozán y la Merello y contempló la carga y descarga de las bodegas de las embarcaciones con hombres que, como después él haría con su propia corpulencia durante los últimos veinte años de su vida, cargaron sus espaldas con bolsas pesadísimas sobre tablas temblequeantes, tendidas sobre la tinta china del riachuelo, y llenaron un tiempo que podía cubicarse en toneladas. La pobreza propia y la miseria ajena y amenazante que llegaba en las barcazas cargadas de gente menesterosa de la Isla Maciel y de Avellaneda, luego de cruzar el espejo azabache de las aguas, algo así como su leteo personal en la imaginación de su hija literata, le enseñaron que sin dinero, “vento”, plata o “viyuya” nadie era nada, aún en ese tolerante arrabal del universo.
Por eso se dedicó con ahínco después de terminado su sexto grado en el colegio secundario, Escuela Nacional de Comercio Joaquín V. González, que funcionaba sobre la Avenida Montes de Oca, a recibirse de Perito Mercantil. Obtenida su graduación en la escuela media consiguió que un judío que tenía carnicería para la comunidad sobre la Avenida Patricios, Moisés Zilmantov, lo empleara para llevar la caja, controlar las compras y pagar al proveedor bien temprano, recibir los pagos de los compradores, dar los vueltos, hacer los arqueos diarios y los respectivos asientos comerciales y pagarle a dos empleados que hacían el despiece de las medias reses y atendían al público.
Como se casó bien grande, casi de cuarenta años, después de que sus padres murieron, hizo ahorros. Comenzó dando pequeños préstamos a trabajadores portuarios a los que cobraba suculentos intereses. Pudo colocar después su dinero en hipoteca y tuvo suerte de ligar en dos ejecuciones no sólo capital e intereses sino mucho más de lo que había puesto. Fue cuando se unió a un matarife que prestó a un ganadero al que le remataron el campo por falta de pago y cobró también, además de lo suyo, lo del matarife fallecido y sin herederos que lo había designado su apoderado. Oportunidad aquélla en la que, ya casado y con hija de quince años recién cumplidos, viajó a Trenque Lauquen y conoció a una dama obsequiosa y simpática, casada, discreta y amiga de hacer favores por compensaciones dinerarias módicas, llamada Dolores Lacerba. El marido, al que ya se hiciera referencia, era mecánico, lo apodaban Pepe, se llamaba José María Chávez y le decían el “ciervo”, por razones obvias. La cuestión fue que Toribio embarazó, sin proponérselo ni haberlo sabido hasta la víspera de su muerte, a Lacerba. Su paternidad le fue revelada a sus ochenta y cuatro años por su antigua amante la noche que abordó junto a su esposa Elena el micro que lo devolvería a Buenos Aires pero que, horas después, al chocar frontalmente con un camión, lo dejó junto a su esposa en una estación sin regreso.
Toribio había decidido llevar aquélla fatídica vez con él a Elena Koniatowska, su mujer, porque había invertido en arrendar cinco mil hectáreas para siembra, junto a otros, a Trenque Lauquen. Estando allí, haciendo tiempo para volverse a Palermo después del negocio concluido, antes de ir del hotel a la terminal, se hizo una escapadita a lo de su antigua y fugaz amante. Ella se alegró de verlo. Se preguntaron por sus vidas después de tantos años. El le contó que tenía una hija. Entonces ella le hizo la revelación de que en realidad tenía dos, pero sin darle importancia, ninguna, ya que lo probable y cierto era y fue que no se vieron nunca mas.
Malva, la de esta historia, es la hermana de Elena. Ninguna de las dos lo sabe hasta ahora. Pero podrían, no obstante, llegar a enterarse.
La gran afinidad que se descubrieron mutua y recíprocamente las amantes lésbicas e incestuosas no sería entonces, podría conjeturarse, meramente casual sino genética. Ambas vocaciones, que las singularizan y comprometen, podrían ser la consecuencia de la actitud contemplativa de don Toribio frente a los mismos paisajes que básicamente inspiraran a Quinquela. De este modo, don Toribio, a pesar de haber sabido después crecer en su negocio llegando a instalar en el Barrio del Once, calle Paso, un local de negocios inmobiliarios, siguió extrayendo su principal ingreso de los préstamos. Don Marchanta adquirió departamentos y locales para alquilarlos y legó a su hija un importante patrimonio. Él le decía a la que había considerado siempre su unigénita: “Tu madre jamás ha vivido para ella misma, siempre vivió para nosotros dos, aprendé hija a vivir el día de mañana vos también para alguien que quieras”. Elena Koniatowska sonreía. Le gustaba abrigarlo por las noches cuando se quedaba profundamente dormido con los anteojos de carey puestos, los brazos y manos derrumbados sobre las páginas sábana de “La Nación” y el suave ronquido de su contundente cansancio. Adoraba también por las mañanas levantarse para prepararle el desayuno, mate con galletas, antes de que abordara su colectivo a Once, hacia la pequeña inmobiliaria para atender a los preocupados y tensos comerciantes judíos, siempre al borde de la ruina, quejándose, protestando, llorando miserias.

Toribio Marchanta se escudaba en Elena Koniatowska y se sentía escudo de su hija. Nada lo tocaba, todo le resbalaba. Él se pensaba a sí mismo como un tanque de guerra avanzando en la niebla.

Amilcar Luis Blanco (Pinturas de Benito Quinquela Martín y Felix Vallotton)

jueves, 23 de octubre de 2014

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SEGUNDO DE "LAS WALKYRIAS"




                                                           42
                                                         Advirtió que no podía moverse cuando intentó estirar el brazo hacia la mesa de luz para acercarse el reloj y consultar qué hora era. Estaba completamente paralizada. Pensó, aterrorizada, que durante la noche le habría sobrevenido una paraplejia. Recordó la noche anterior en la que se habían quedado hasta tarde, conversando con Elena. La alegría desbordante por la reconciliación de ambas. El momento en que Elena se había marchado y también el momento en que ella se había desvestido, había ido al baño, se había acostado. Antes habían regresado de su atelier, Elena había amasado una pizza y ella había metido en el freezer dos botellas de cerveza. Habían comido y bebido bastante ¿Sería el efecto de la cerveza?
Intentó de nuevo incorporarse y una aguda punzada en uno de sus costados hizo que se quedara de nuevo tiesa. Quiso mirar hacia sus pechos. Lo hizo pero no vio nada. Aunque sus ojos parecieron responder, como para haberse enfocado hacia donde quiso mirar, no vio nada. Comenzó a dudar de la postura de su cuerpo, observó cautelosamente a uno y otro costado. En un lado estaban la puerta balcón y su mesa de trabajo, en el otro la biblioteca. Adelante, hacia sus pies, que tampoco logró distinguir, seguía estando la puerta de la habitación. Sin duda era su dormitorio en su departamento del piso veintidós de Palermo y la hora el mediodía porque podía escuchar el bochinche de motores, sirenas, frenos de aire de los colectivos, exclamaciones, voceos, gritos y porque, además, pudo distinguir las agujas del reloj, colgado de la pared de la sala, convertidas en una sola apuntando hacia arriba.  Descartó haber despertado en otro lugar “¿Entonces?” – se preguntó- “Calmate, Malva, calmate” – se aconsejó. Había tratado de hablarse en voz alta pero no se había escuchado. Sólo había escuchado su voz interior “¿Pero, qué le ocurría, qué significaba que no se hubiera visto los pies ni los senos, pudiendo ver todo lo demás? Porque podría ocurrir que ante un ataque de paraplejia o hemiplejia quedara paralizada y no pudiera moverse, eso sí, pero que no pudiera verse y que no pudiera escucharse. Se tranquilizó brevemente porque era lógico que si estaba paralizada no pudiera articular palabra, no pudiera hablar, ergo no podía escucharse. Le siguió pareciendo sin embargo extraño no poder verse. De pronto sonó el teléfono con estridencia ¿Podría, acaso, intentar rodar aunque más no fuera para golpear la mesa de luz, hacer caer el aparato, que el tubo se desprendiera y aunque fuera colgada o caída ella misma a su lado poder hablar por el auricular y pedir auxilio? Se concentró tratando de empujarse, de impulsarse. Nada, no consiguió nada. Seguía tiesa, escudriñándolo todo y oyéndolo todo, como si fuera transparente, como si fuera un objeto transparente. Continuó escuchando los timbrazos, encogida, hasta que el teléfono se calló. Se aterrorizó. Imaginó que dentro de su torrente sanguíneo afloraría la adrenalina y que quizá esta sustancia la sacaría de su estado inanimado, pero nada ocurrió tampoco. Hasta su momentáneo espanto se fue de a poco calmando mientras reconocía objetos en la habitación que le eran familiares. “Pero claro – se dijo – como no me di cuenta antes, esto es una simple y brutal pesadilla, ya se me pasará, ya despertaré. Lo mejor será que vuelva a dormirme para lo cual lo único que debo hacer es cerrar los ojos”. Quiso cerrar los ojos pero los párpados no le respondieron. Es decir ella consideró que los párpados no le respondían. “Bueno – pensó de nuevo – es lógico, si estoy parapléjica. Deberé esperar con paciencia la llegada de alguien. La señora que hace la limpieza, Elena. Tal vez mi padre, don Pepe, mi hermano Tomás, o quizá hasta mi propia madre que, como me odia, se pondrá contenta de verme así, imposibilitada, transformada en un objeto.” Este último pensamiento le heló la sangre pero no le impidió considerar que si se hubiera transformado en un objeto lo de “helársele la sangre” sería meramente una metáfora ¿Pero si fuera un objeto, sería un cubo, una esfera, qué poliedro sería? Además por más que llegara gente, incluso la que más y mejor la conocía, la que más la amaba, cómo iban a imaginar que ese poliedro, cubo, esfera, transparentes, lo que fuera, que estaba sobre su cama, fuera ella misma y no uno de los objetos que ella fabricaba para emplear en sus esculturas.
A esta altura de sus elucubraciones se le ocurrió otra idea siniestra. La de que, en realidad hubiera muerto; su cuerpo o cadáver estaría descansando en su féretro en alguna funeraria o ya en el cementerio mismo y que su alma, espíritu inmortal, se hubiese quedado allí, en el departamento, adherida a los objetos que había poseído y amado, porque quizá la muerte fuese así. Es decir, los muertos extraviarían o perderían los cuerpos, pero sus almas viajarían, volarían, se entretendrían en los lugares que habían amado y en los que habían sido felices. Desde luego que, al no disponer de los cuerpos, las almas nada podrían hacer para comunicarse con los demás cuerpos, los que pertenecían a aquéllos que todavía estaban vivos y andaban por el mundo, pero tal vez sí podrían viajar, trasladarse y, sin pausa, contemplar, escuchar. Pudiera ser entonces que lo que debiese tratar de intentar no fuera moverse físicamente porque ya no habría físico para mover, sino desplazarse espiritualmente para lo cual sin duda bastarían su imaginación y su voluntad. Es decir, el simple querer estar en el lugar que pudiera imaginar. Imaginó entonces que estaba en la cama de su dormitorio del departamento del piso veintidós y que se despertaba, y, efectivamente, se despertó por fin, contraída todavía por la angustia reciente, en posición fetal, y agradeciendo que tanto horror hubiese sido un sueño, una terrible pesadilla en realidad ¡Qué alivio!
Se incorporó y salió del lecho con las articulaciones suavemente adoloridas encantadísima de estar y sentirse viva y despierta y dueña de nuevo de su cuerpo y sus movimientos. Pensó que la fantasía se había inspirado claramente en sus esculturas y en su pensamiento filosófico fundamental acerca de la vida y los seres.
La vigilia estaba allí, intacta, como cada mañana, pero, además, fluía, mutaba, se transformaba, transcurría con ella, metida dentro del tiempo. Caminó desnuda como había salido de entre sus sábanas hasta la cocina y abrió la heladera. Se quedó apoyada sobre la puerta tratando de pesar lo menos posible para no desgoznarla, término que ella prefería cuando se trataba de elegir entre descuajeringar, descolocar, desquiciar y otros. Sus ojos vagaron sobre el interior frío, cuya atmósfera de aliento helado, ligeramente alitósico, reposaba con placer contra la tibieza de la panza, se detuvieron en el paquete de fiambres envueltos en esa especie de celofán que desnudaba el granito rojo y blanco del salame, la rodrocrosita de las fetas de jamón, el amarillo pajizo del queso, se posaron sobre el sachet de leche,  la mermelada,  un paquete de pan lactal rodajas finas, se regodearon en el ovoide episcopal de los huevos prolijamente embutidos en los perfectos hoyos cilíndricos de la puerta. Final e insólitamente se decidieron por un desayuno americano. Extrajo los fiambres y dos huevos para freírlos. Se prepararía además café y jugo de naranja.
Cuando los huevos estuvieron a punto puso dos fetas gruesas de jamón sobre el plato y les depositó encima, fritas y crocantes, las yemas y las claras. Sobre las cúpulas blandas y amarillas dejó caer, sobre cada una, dos gotas de aceite de oliva crudas. Armó tres rollitos con las fetas del queso y, su primera acometida sobre los manjares consistió en hundir el vértice de una rodaja de pan lactal sobre una yema. En pocos minutos había pasado del pánico al deleite. En adelante masticó, cortó jamón con clara y yema, saboreó y bebió el cítrico fresco y dulce. Pensó en Trenque Lauquen, en su hermano Tomás y en el patio cubierto, de piso de cerámicas rosa y verde agua, se acordó de su muñeca Petrona y de aquél episodio triste con su madre y otro hombre en el dormitorio lúgubre, de su huida y de sus vacaciones lejanísimas en el arroyo transparente y en las piedras chatas y blandas.


Amilcar Luis Blanco  (Ophelia por John Everett Millais)