jueves, 30 de enero de 2014

CALEIDOSCOPIOS (Obra en Tres actos)




Personajes:

Madre

Hijo (Alberto)

Juan


                                                           Primer acto


                                                           Escena Primera (Madre, Hijo)


(Es el living de una casa de clase media, arreglado y amueblado con sencillez y decoro.- En un costado de la escena hay un piano, en el otro un perchero vienés.- Pendiente del centro de la escena hay una araña con caireles y cuentas de cristal facetadas, sobre el mismo caerán rayos de luz cenital de distintos colores a medida que las escenas se desarrollan.-Sobre las tablas, a la vista de todos, un foco de luz cenital ilumina a un muchacho sentado sobre una alfombra que mueve lentamente un muñeco y que deja en claro su desvalimiento físico.- Entra a la escena la madre, se detiene frente al muchacho.-)


Madre.- ¡Hijo!, ¡por Dios!, ¿qué hacés?, ¿cuánto tiempo has estado aquí? -

Hijo.- (Encogiéndose de hombros con un gesto desproporcionado) No importa má, no importa, estoy bien.

Madre.- Pero tenés que levantarte y quedarte en tu habitación. Hoy espero la visita de alguien muy especial

Hijo.- ¿De quién?

Madre.- ¡Ah! (suspiros, manos al pecho en un vestido plisado y liviano, color hueso, que deja ver las formas turgentes de la primera actriz que hace de madre), es un hombre providencial, alguien que el destino me envía, mejor dicho nos envía.-

Hijo.- ¿Nos? - (El hijo seguirá hablando con interrupciones, con cierta dificultad).- Este será un nuevo novio. Má, por qué, ma, tuviste otros ya y dejaron de venir, te abandonaron (parece sollozar y habla lamentándose) Si yo no fuera así ...

Madre.- ( La madre lo interrumpe se abalanza sobre el torso y la cabeza del hijo, visibles para todo el público, lo abraza) No, no digas éso, no digas nada. Hoy, todo va a ser distinto, no voy a fracasar ...

Hijo.- (Irguiéndose sobre sus rodillas, siempre con gestos que quieren ser precisos pero son desmañados. De todos modos corriéndose del abrazo de su madre. La mira fijamente.) No entiendo.- ¿Qué te proponés?

Madre.- Todo va a ser distinto. Te presentaré de entrada, como mi hijo ...

Hijo.- Es lo que soy mamá, tu hijo...

Madre.- Quiero decir que no te ocultaré como hice siempre. Es decir primero, antes de que te vean, necesito explicarle a mis pretendientes quién sos, cuáles son tus capacidades diferentes. (Decidida) Bueno, hoy no lo haré ...

Hijo.- (Casi gritándole y parándose del todo, con cierta dificultad) ¡ Basta de decirme eso! Yo no tengo capacidades diferentes. Cuántas veces te tengo que explicar que eso es un eufemismo. Lo que yo tengo son incapacidades, capacidades disminuidas, bastante disminuidas a veces. Tengo tics, hago gestos involuntarios, muevo mis piernas para caminar sin poder evitar zarandearlas (Se ríe con amargura) ¡Ja,ja,ja! Soy gracioso mamá ...

Madre.- (Arrepentida, cabizbaja) Perdonáme, no quise ofenderte.- (Tímidamente y acercándosele de nuevo) Quiero decir que esta vez no lo haré, no le explicaré primero, te presentaré directamente ...

Hijo.- (Ha quedado parado en el centro de la escena y eleva sus manos hacia la araña, comienza a hacerla girar y los colores se multiplican, él los observa arrobado, también ahora la madre) Esto irradia, comunica su energía, este es el espíritu vivo de la casa, de nosotros ...


Madre.- Un caleidoscopio. Siempre adoré esta araña. Me la regaló tu padre cuando nos fuimos a vivir juntos. Él me dijo algo antes de irse respecto de esta araña

Hijo.- ¿Qué te dijo?

Madre.- Que nunca la dejara ensombrecer, que era nuestra luz, tu luz y mi luz

Hijo.- (Desdeñoso y despectivo) ¡Qué absurdo y qué cursi también!

Madre.- No hablés así

Hijo.- Hablo como me da la gana . . .

                                                      Escena Segunda (Madre, Juan, Hijo)

                                                      (Se escuchan ruidos, pasos, alguien se acerca.- Los potentes reflejos de la araña se irán apagando, sólo una luz muy tenue seguirá iluminándola durante el resto de la escena)

Madre.- ¡Silencio! Ahí viene. Voy a abrirle.(Dirigiéndose al hijo con gesto cómplice) Se llama Juan (Se acerca al panel en que está la puerta de entrada al living, la abre.- Un hombre de mediana edad ingresa. La madre se arroja a sus brazos y lo abraza y lo besa) ¡Hola, mi amor, encontraste la casa, qué alegría!

Juan.- Sí, sí mujer. Estoy emocionado (Se quita el abrigo y lo coloca en el perchero con soltura)

Madre.- ¿ Emocionado?

Juan.- Emocionado sí ¿ Por qué no ? (Se dirige al hijo que ha quedado parado en el centro de la escena) Este es tu hijo, no? (Le extiende la mano) Mucho gusto, yo soy Juan.-

Hijo.-(Secamente) Yo soy el hijo, encantado. Me llamo Alberto.

(Juan mira a su alrededor, observa, suspira)

Juan.-(Exclamativo) ¡ Hermosa, confortable, saludable!

Madre.- Celebro que te guste mi casa. Dijiste que estabas emocionado ...

Juan.- Bueno, me emociona el amor donde lo veo, lo oigo, lo palpo, lo saboreo, en suma lo siento (Ahora se dirige al hijo) Me explico. Veo una perra con sus cachorros, una gata con sus críos, la vaca con su ternero, la oveja con su borreguito, etcétera, y me conmuevo. En un hogar se ve el amor de una madre. Aquí se ve el amor de su madre ...

Hijo.- Es cierto

Madre.- (Alborozada) ¡Ay, gracias Juan! Me encanta cómo hablás, todo lo que decís. Es verdad. Este es mi hijo y lo amo (Se acerca al hijo y lo abraza.- Este sonríe, descontractura su cuerpo y su gesto que hasta ese momento había tratado de mantener inmóvil, dominando sus movimientos reflejos, involuntarios). Él me decía recién, es un chico muy inteligente, que tiene incapacidades. Tiene tics, no camina ...

Hijo.- (Interrumpiéndola.- En voz lo suficientemente alta pero esta vez sin gritarle, a la madre) ¡Ma, Ma! No es necesario que le enumeres al señor mis incapacidades ...

Juan.- No, no, dejelá hijo

Hijo.-(Ensombreciéndose) Señor, yo no soy su hijo

Juan.- Ya lo sé querido, ya lo sé, no te enojes, no quise ofenderte. En adelante te llamaré por tu nombre, Alberto.

Hijo.- Está bien, está bien. De todos modos yo ya me iba, Tengo cosas que hacer. Hasta luego (Inclina el torso en una desmañada reverencia que dirige a Juan y desaparece por un costado de la escena. Camina tratando de dominar el temblor de sus piernas)


                                                Escena Tercera (Madre, Juan)

Madre.- (Le habla a Juan) Perdonálo, por favor. Está un poco contrariado ...

Juan.- Sí, sí, ya me di cuenta ¿ Y por qué?

Madre.- (Ha quedado un poco absorta, como en babia) ¿ Por qué, qué?

Juan.-¿ Por qué está contrariado, mujer?¿O de qué estamos hablando?

Madre.- Bueno, es una historia vieja.- No quiero aburrirte

Juan.- Contámela, la quiero saber.

Madre.- No sé, quizás el malestar de mi hijo está relacionado con el hecho de que su padre nos abandonó.

Juan.- ¿Cómo ocurrió, cuándo? (Pausa) . . .  El abandono digo.

Madre.- Bueno, al padre le fastidió bastante el retraso de nuestro hijo. El tuvo desde su nacimiento un retraso motor. Un mal de su sistema nervioso. Según nos dijo el neonatólogo después del parto esa enfermedad no afectaría su inteligencia sino sólo sus movimientos físicos, su capacidad motora, pero, en lo demás, todo sería perfecto

Juan.- ¿Y él los abandonó?

Madre.- Sí, debe haberse asustado.- Después de que nuestro hijo cumplió sus cinco años, apenas había mejorado y el padre, una tarde, dijo que iría a lo de unos amigos y no volvió nunca más. Hasta nos dejó su ropa.

Juan.- (Indignado) Pero qué hijo de puta, qué flor de hijo de puta. Lo que me parece increíble es que vos lo justifiques.-

Madre.- No lo justifico, trato de entenderlo

Juan.- (En tono severo, un tanto discurseado) Los seres humanos cometemos actos que, aunque los podamos entender, no los podemos justificar porque en cuanto lo hacemos nos transformamos en una mierda

Madre.- (Ofendida) Bueno, como dije, no lo justifico. Bien que me las arreglé yo sola con mi hijo, tuve que inventar muchas explicaciones. Pensé decirle que se había muerto pero después recapacité y consideré que eso sería mentirle, que quizás alguna vez podrían encontrarse los dos, entonces le dije que se había asustado porque era muy joven. Él de verdad era muy joven, Juan, muy joven

Juan.- Disculpá, no quise decirte que vos seas una mierda porque aunque lo hayas perdonado porque sos demasiado buena, no sos una persona que juzgue a los demás. Pero yo sí, juzgo a los demás y considero que si acepto las porquerías que cometen me convierto yo también en una porquería (Pausa en la que la madre mira a Juan un poco corrida y acongojada) ¿Supiste algo más de él, de su vida después de que los dejó a ustedes dos?

Madre.- Nada, como si se lo hubiese tragado la tierra. El habló alguna vez conmigo de la posibilidad de que nos fuéramos a vivir a España porque ahí tenía parientes. Pero después, nada, nunca ...


Juan.- ¿Y cómo se las arreglaron, de qué vivían?

Madre.- De mi profesorado de piano. Antes de que José, - el padre de Alberto se llamaba José -, bueno, antes de que nos abandonara yo había ingresado al Conservatorio como profesora y fui tomando cada vez más y más horas y ahora gano una buena suma por mes (Señala el piano). Tengo este piano que heredé de mi padre y también alumnos particulares. Hasta puedo ahorrar.-

Juan.- Lo tuyo ha sido una lucha.

Madre.- Ya lo creo, todavía es y será siempre una lucha.-

                                                           Telón del primer acto
                                                           

                                                           Segundo acto.
                                                           

                                                           Escena Primera(Hijo, Juan)

                                                           (Alberto, el hijo, está sentado leyendo en el sillón del living. La escena, es la mañana, se verá iluminada a giorno. Entra Juan)

Juan.- ¡Ah, estabas acá!

Hijo.- (Serio) Así es ¿Usted ya se instaló, ya se mudó y vivirá con mi madre, viviremos juntos?

Juan.-(Algo consternado) Por lo que veo ella no te dijo, pero sí, decidimos que así sea ( Amable) A propósito, ¿dormiste bien?

Hijo.- (Sigue serio) Más o menos.

Juan.- (Parece sorprenderse)¿ Estuviste descompuesto?

Hijo.- En absoluto.

Juan.- ¿Qué te impidió dormir bien entonces?

Hijo.- Ruidos.

Juan.- (Intrigado) ¿Ruidos?

Hijo.- Sí, ruidos.

Juan.- (Todavía intrigado) ¿Qué clase de ruidos?

Hijo.- (Con cierto desdén o suficiencia) De todo tipo: golpes en la pared, eso sí, rítmicos, regulares, como si una cama se hamacara y su respaldo tocase y tocase; después bufidos, gemidos, exclamaciones ¿Me explico?

Juan.- (Recuperando su aplomo pero con el rostro ahora algo ensombrecido) Está bien, está bien, no hace falta que sigas explicándome ... (Se hace una prolongada pausa en la que Juan parece que seguirá hablándole a Alberto que lo mira fijamente, pero no llegará a hacerlo porque la madre entra en escena y los interrumpe)

Madre.- (Sonriente, radiante) ¿Cómo están mis dos hombres?

Hijo.- (Cínicamente y sin responder a la pregunta de la madre) Le hablaba a Juan sobre la percusión

Madre.- (Intrigada) ¿Sobre la percusión?

Hijo.- Sí, sí, el ritmo, los tiempos entre golpe y golpe, todo eso. No tuve tiempo de decirle que me hubiera encantado que además de los ayes de las cuerdas en lo que escuché anoche hubiera un piano . . .

Madre.- (Inocente, ajena todavía al sarcasmo de su hijo) ¿Escuchaste música anoche?

HIJO.- (Regodeándose un poco en sus palabras) Música del infierno.

Madre.- Del infierno, pero, ¿qué clase de música era esa?

Hijo.- Dejémoslo, no importa. Voy a desayunar (Se marcha por un lateral hacia lo que se supone es la cocina.-)

                                                          Escena Segunda (Madre, Juan)

Madre.- (Algo desconcertada, dirigiéndose a Juan) ¿Pasó algo de lo que deba enterarme?

Juan.- (Apesadumbrado) Alberto, tu hijo, nos escuchó anoche mientras hacíamos el amor y me lo hizo notar

Madre.- ¿Qué te dijo?

Juan.- Me describió los ruidos que no lo dejaron pegar el ojo. El golpe rítmico del respaldo de la cama contra la pared, mis bufidos, tus gemidos, en fin, todo ...

Madre.- (Abochornada) ¡Qué vergüenza! Tenemos que correr la cama y tratar de no hacer exclamaciones

Juan.- Como mínimo

Madre.- Te preguntó si te habías mudado a casa

Juan.- Sí, me preguntó ¿Y vos, por qué no le dijiste?

Madre.- Se me adelantó. Se lo iba a decir esta mañana.

Juan.- ¿Acaso es la primera vez que alguien se queda a vivir con los dos?

Madre.- Sabés bien que no es así. De mi pasado no te he ocultado nada. Pero esta vez es distinto.

Juan.- ¿Por qué, cómo hacías las veces anteriores?

Madre.- La última que estuve en pareja fue cuando él tenía quince años, ahora ya tiene dieciocho. Antes bastaba con ir explicándole de a poco la nueva situación. El se conformaba, en silencio, callado, pero se conformaba. Cierto que en muchas oportunidades se lo veía un poco taciturno, leyendo, murmurando, hablándome sólo de lo que leía y hablándole muy poco al hombre que estaba conmigo. Pero antes de este último era todavía más fácil. Bastaba con comprarle juguetes, figuritas, bolitas, en fin, era más fácil. Ahora me cuestiona, me pregunta.

Juan.- Seguramente porque te ha visto sufrir y llorar y no quiere que sufras.

Madre.- Puede ser

(Se escuchan pasos.- Alberto regresa)

Madre.- Ahí está de nuevo

Juan.- Me voy para que hablen.

                                                          Escena Tercera (Madre, Hijo)

Madre.- (Al hijo que parece pasar sin verla) ¿A dónde vas?

Hijo.- (Afectando sorpresa) No se todavía. A la plaza, a esperar el colectivo para ir al centro de la ciudad.

Madre.- Algo te pasa, te veo contrariado

Hijo.- No lo voy a disimular má, estoy contrariado

Madre.- (Solícita, tierna, se acerca y lo abraza) Pero, ¿por qué hijo, por qué?

Hijo.- No lo sé, quizá porque tenés tu vida y yo la mía y porque ha llegado el momento de que nos alejemos, de que separemos nuestros caminos

Madre.- (Se ríe forzadamente, un poco histérica) Jajaja! No me hagas reír hijito, pero, ¿qué podrías hacer vos solo?

Hijo.- (Gravemente) Mucho, mamá, mucho, por mí y por vos.

Madre.- ¿Qué, por ejemplo?

Hijo.- Por ejemplo crecer, mamá, crecer, ser otro y que vos seas otra.

Madre.- (Desconcertada, insegura, llorosa) ¿Y para eso es necesario que nos separemos?

Hijo.- (Terminante) Es imprescindible.

Madre.- (En el mismo tono anímico) ¿Tenés acaso con qué irte?

Hijo.- Sí má, conseguí un empleo, ayer justamente, cuando me retiré y los dejé solos.

Madre.- ¿Puedo preguntarte de qué?

Hijo.- Comentarista de libros,  de teatro, y de cine en la radio del Municipio, cinco minutos todos los días. Empleo que me consiguió la Liga de Personas con Capacidades Diferentes. LIPECADI, asociación cuya denominación, desde luego, siempre te pareció excelente y a la que me inscribiste.

Madre.- (Fastidiada dentro de su contrariedad) No seas irónico

Hijo.- Me preguntaron qué me gustaría hacer. Les dije comentarista de cine, teatro y literatura. Me dieron con el director. El hombre dialogó como una hora conmigo, me llenó de preguntas, las respondí todas y ¡Voila!, como dicen los franceses, el puesto es mío.

(Se va el hijo y la madre queda en escena, sola, llorando)

                                                       Telón del segundo acto

                                                        Tercer acto

                                                       (El escenario permanecerá a oscuras y las luces cenitales se irán encendiendo en cada una de las escenas sobre rostros y cuerpos de los monologuistas)


                                                         Escena Primera (Hijo)

                                                         
                                                         Monólogo del Hijo
(Está sólo en la habitación, en el centro de la escena, iluminado con una luz azulada, bajo la araña que irá destellando también con el mismo tono de luz azulado.- Puede visualizarse su rostro de expresión aguda e inteligente.- Se dirige obviamente a la platea, su interlocutor invisible. Mientras habla se incorpora y remarca el sentido de sus palabras con gestos desmañados. Tendrá en sus manos el muñeco de la Escena Primera del Primer Acto y lo arrojará a un costado luego de las primeras palabras de su parlamento)

Hijo.-  Como ya se habrán dado cuenta no soy únicamente el jugar con este muñeco, ni mis tics, ni mis muecas, ni mi caminar defectuoso. Dedico tiempo a la lectura, mis salidas al teatro , a ver cine en casa y a la reflexión soy, sobre todo, el espectador único de la verdadera vida de mi madre. Ella no es una puta. Está muy lejos de serlo. Puta es la que vende su cuerpo por dinero. Ella, al contrario, les ha pagado siempre a sus amantes, los ha mantenido, les ha comprado ropa, libros, viajes, lo que hubieron necesitado, les consiguió trabajos, les lavó, planchó, cocinó, por supuesto les dió su cuerpo en la cama y se convirtió para ellos en la amante más lasciva, más licenciosa que puedan imaginarse. Ella es ingenua, cándida, ilusa, crédula. Pero también es apasionada, imaginativa, dulce y lujuriosa cuando se enamora, a veces una romántica demodé, un poco cursi, pero empedernida, celosa, un poco obsesiva. También cuando se sienta frente al piano y comienza a abrir las partituras y se inspira y sus manos recorren el teclado y titilan y vibran melodías sublimes paridas por sus dígitos,  los latidos de su espíritu potente pueblan el aire.- Parecen un despertar, una vigilia trémula en el interior de esta casa. Y prefiere a Chopin como se darán cuenta.
Desde que tengo uso de razón, cuando mi padre nos dejó a los dos, momento terrible que no se borra de mi mente, aunque apenas tenía cinco años, le he contado a mi madre diez amantes. Todos buenos, excelentes, perfectos para ella. Pero, claro, se cansaban de tanto asedio romántico.
Todos la abandonaron. Cuando se iban para siempre ella tardaba en dejarlos ir de su corazón y de su mente. Guardaba durante mucho tiempo el recuerdo de ellos, de sus presencias, sus maneras y costumbres, gustos y preferencias, una especie de culto al ausente. Encima les dedicaba melodías y volvía a ejecutar en el piano las que a ellos les gustaban. Una romántica un poco cursi, como dije.- Alguna vez llegué a pensar que los sentía como dioses que la abandonaran.- En fin, desde mi punto de vista, sigue siendo una adolescente inmadura que en los interregnos de sus amores se concentraba, con gran culpa, en su amor por mí
Por fin los olvidaba a sus amantes ¿ Cuándo? Cuando se hechizaba, esta es la palabra, se dejaba hipnotizar por el siguiente, por otro amante nuevo.
Eso sí, tiene una virtud y es que a su nuevo amor no le habla de los anteriores. Quizás puedan pensar que hace esto por picardía, para engancharlos. Pero no, silencia su pasado para no molestarlos, para no fastidiarlos.
Muchas veces he pensado que la vida es un caleidoscopio. La luz interior que uno pueda emitir, exteriorizar, irradiar sería la palabra justa, una vez que sale de nosotros choca contra el cristal del mundo, un diamante de infinitas, incontables caras o facetas, es decir, un prisma que nos va descomponiendo y nos deja fijados a un color.-
El mio es el azul celeste como el color del planeta, de la tierra que gira sobre sí  misma y se desplaza en el espacio infinito. Siento que no me detengo, giro alrededor de mi mismo y no me detengo y girando me desplazo y avanzo, a mucha mayor velocidad de la que me permiten mis piernas.
Ahora por ejemplo siento que debo irme, debo abandonar esta casa y a mi madre. Debo impedir que ella me siga  tratando como un desvalido, debo alejarla de mí, que me abandone ¿Por qué? Porque mi madre es la esperanza adolescente inacabable. Irradia una luz que tropieza con todos y se estanca en el verde. Pero tropieza principalmente conmigo. Su compadecerme constante, su querer protegerme, su culpa en una palabra por mi invalidez la tiene estancada y detenida. Como una eterna adolescente que espera su oportunidad. Como una eterna hija de su infortunio.-
A veces me pregunto si soy un nuevo Hamlet, si el fantasma de mi padre sigue vivo en mí. Yo no quiero juzgar a mi madre, no quiero ni condenarla, ni absolverla. No tiene ella culpa alguna. Ella no ha provocado que mi padre se fuese y si ha sido así, en todo caso, la culpa habrá sido de ambos o habrá sido sólo de él porque por más que ella diga que era muy joven y se asustó transcurrieron trece años, trece, y a lo largo de todos estos años no se acercó a nosotros jamás, ni una sola puta vez.
Es decir mi padre, a menos que haya muerto, no tiene perdón.

                                                    Se apaga la luz cenital y la escena quedará a oscuras 

                                                    Escena Segunda (Madre)

                                                    Monólogo de la madre

                                                 (Ocupa el lateral de la escena, a la izquierda del espectador. Una luz cenital en verde la envuelve y sobre todo le baña el rostro, de modo que su plácida y dulce expresión pueda ser vista por todos)

Madre.- ¿No se qué pensará mi hijo de mí? Siempre tuve la duda ¿Me verá como una mujer ligera, sin moral? ¿La que echó a su padre de nuestra vida? En realidad no fue así. Él me dejó como me dejan todos.
¿No es, acaso, inexplicable la vida, el destino? ¿Por qué la gente se aleja de la gente? ¿Por qué nadie se queda con el otro y acompaña al otro?
Yo siempre acompañé a mi hijo porque él lo necesitaba, lo necesita. Él siempre me necesitará, gracias a Dios, aunque se vaya, aunque ahora, inexplicablemente, haya decidido irse.
¿Cómo son los seres que abandonan a otros seres que los necesitan, de qué están hechos? Juan me dice que él sí se siente con derecho a juzgarlos. Yo más que juzgarlos quisiera entenderlos.
¿Los seres que abandonan a otros seres lo hacen por miedo? Y si es así ¿Miedo a qué, miedo de qué?
Puedo explicarme que un marido traicionado abandone a su mujer. Si su mujer le fue infiel, desleal, bueno, tiene derecho, está, como diría Juan, justificado. Ahora, yo jamás le he sido infiel a ningún hombre, jamás. Todos los que han pasado por mi vida, -  han sido diez incluyendo al padre de mi hijo y a Juan - , hubieran podido enorgullecerse de mi lealtad y fidelidad. Nunca le falté a ninguno. Y no es que me hayan faltado oportunidades. Una mujer sabe que vive en medio de un berenjenal de deseos masculinos y que hay que ir esquivándolos como quien evita pisar huevos en un campo sembrado de huevos.
Tampoco he sido indiferente o fría con los hombres que amé. Al contrario soy fogosa, los hombres que he amado me han gustado, entusiasmado en todo sentido y siempre fui solícita y atenta con ellos, en todos los sentidos. A veces me parece que he sido demasiado amorosa, demasiado apasionada con ellos.
A mi hijo le enseñé el alfabeto del amor. Mas que palabras, gestos, acciones, como los que tuvo mi padre conmigo cuando una vez me defendió, jugándose la vida, con una valentía amorosa absoluta. Se peleó mano a mano con otro hombre, como de dos metros, que me tocó el traste y quiso insolentarse conmigo sin medir las consecuencias. Incluso lo derribó dándole un terrible golpe en la cabeza con un madero. Siempre lo consideré un verdadero acto de amor.
Amar es quedarnos al lado del que amamos cuando nos necesita.- El que abandona al que dice amar por miedo, el que no enfrenta al miedo por amor en realidad no ama. En realidad no se hace dueño de su amor. Retrocede, afloja, arruga, como se dice en la jerga de la calle y entonces aquél a quien decimos amar se aleja de nosotros o nosotros nos alejamos de quien decimos amar. Esto lo he pensado mucho, varias veces y es así
A mi hijo le enseñé el alfabeto del amor. Le enseñé a estar, a quedarse, a no abandonar.
Sin embargo ahora se ha ido, se ha ido, me ha dejado y me he quedado sola sin él aunque lo tenga a Juan (Hace una larga pausa durante la cual permanecerá con la cabeza gacha.- De pronto la alzará)
Pero, basta de autocompadecerme, debo reaccionar, debo levantarme como siempre lo hice, debo seguir viviendo con lo que tengo.

                                                        Telón

                                                         Escena Tercera

                                                         Monólogo de Juan
                                                  (En el costado del escenario a la derecha del espectador, bañado en luz cenital roja.- Está parado tiene una silla a su lado, a lo largo del monólogo gesticulará, se moverá, se sentará y pondrá de pie alternativamente, según los énfasis de su discurso)

Juan.- Ganoso, me decía mi padre, vos sos un tipo ganoso ¿Qué quiere decir, papá? le preguntaba. Voluntarioso - me explicaba él -, voluntarioso, significa que ponés voluntad, ganas. Mi madre le decía a sus amigas: - Este chico es sanguíneo, impulsivo, tengo miedo que sufra. Pero yo me pregunto ¿Quién puede no sufrir, vivir y no sufrir? No sé, un Dios, alguien que no sea de este mundo.-
Yo encontré a esta preciosa mujer, delicada, fina, una pianista, pero, sobre todo, una madre y me enamoré sí, me enamoré perdidamente de ella y amo todo lo que la rodea. Amo también y mucho a Alberto, a su hijo, no porque sea desvalido sino precisamente porque supera constantemente su invalidez. Me declaro su admirador ¡Qué diría mi padre o mi madre! Ahí sí que hay que poner voluntad para vivir.-
¿Acaso el sufrimiento no fecunda? La derrota, el fracaso, nos enseña caminos, nos señala los errores que cometimos para que podamos corregirlos. Alguien lo dijo, crecemos a partir de nuestros errores. Y en eso consiste la vida. En esa lucha, en esa advertencia constante de los errores que genera humildad, aprender a escuchar a los otros y a corregir, con mucha voluntad, el rumbo. Porque torcer el timón del barco que somos, en cuerpo y alma, y cambiar el norte de la deriva no es nada fácil. Arrastramos mucho peso y avanzamos contra toneladas de mareas. El peso de nuestro pasado en nosotros y el peso de las cosas y de todos los demás que conviven con nosotros y nos compadecemos, nos oscurecemos, nos volvemos egoístas y los demás parece que no existieran, que se volvieran invisibles
Pero hay un momento y es el del renacer de tanto egoísmo en el que los otros dejan de ser invisibles. Es algo que sucede despacio. Primero se comienzan a ver las transparencias, los espacios o palabras del otro que atravesamos sin comprenderlo, sin entenderlo. Poco a poco, esos espacios se nos vuelven delineados con colores, con sentidos y significados. Entramos en la historia del otro, nos zambullimos en él, en su historia. Nos hacemos de agua y el otro se hace de agua y nos entremezclamos, alteramos nuestras líquidas existencias. Entonces el otro deja de ser un extraño. Comienza a conquistarnos, a subyugarnos y ¡zás! ahí nos enamoramos y nuestros negros egoísmos se van a la misma mierda. Descienden al fondo del océano común.
A mí lo que me sirve es tratar de vivir la vida como una lucha, llorar, reír, amar, escribir, leer, comer, saborear, cagar, coger, ganar, perder, prodigarme. - Estar siempre en el lado rojo de la vida, procurar llegar al placer siempre, al gozo siempre, a la felicidad siempre. Solidarizarme con el que no lo consigue, ayudarlo a que lo consiga. El lado rojo de la vida es el de la deuda, el débito que cargamos sobre nosotros mismos, lo que siempre nos falta hacer y sentimos que debemos hacer por el otro y por nosotros que es como si fuéramos - y en realidad somos - el otro. No pasar de uno mismo significa no pasar tampoco del que amamos. No ser indiferentes, desdeñosos, porque así nos vaciamos de ser. Vivir la vida con pasión verdadera. La pasión es tan roja como la deuda, como la sangre.
Ustedes comprenderán, éstas son metáforas. También podríamos decir que mezclamos nuestros colores, que en el dilatado espectro de la luz a cada quien nos corresponde un color pero que cuando nos atravesamos, nos herimos de luz por amor unos a otros, el color que somos adquiere nuevas, tornasoladas y diferentes tonalidades. Cada uno de nosotros es espejo para el otro, si tres de nosotros nos ponemos en frente uno de otros, otros de uno, formamos un caleidoscopio y mutamos, cambiamos, nos transformamos, nosotros y los otros que también son nosotros.

                                                                  Telón (Final de la obra)

Amilcar Luis Blanco

martes, 14 de enero de 2014

ADONIS





- Las noticias envejecen segundo a segundo, Lucho, hay que agarrarlas y no dejarlas escapar.
Eso me dijo mi socio porque agarré el periodico después de que él lo desvencijó y separó en todos los suplementos. Mi único placer era, además de mirar por la vidriera la gente que pasaba, leer las noticias. 
Tal cual. Era sábado, de mañana, algo fresquita. Estábamos aburridos, sin clientes. Nada que hacer. Entonces entró la fulana, la Beba. Le digo así porque ese es su nombre y porque viene siempre a la librería y le recomiendo libros. Pero ella ni me vio, fue directamente hasta donde estaba Juanjo, acomodando unos libros, de espaldas al pequeño mostrador con la caja registradora que es como nuestro púlpito. Si, porque nuestro Dios es el dinero, casi siempre poco, escaso. Lo que nos queda de ganancia después de nuestros compromisos con las editoriales es paupérrimo, lamentablemente. Como dije, la recién llegada se plantó sigilosamente ante la parte trasera de mi socio y lo llamó en un susurro por su nombre de pila, le dijo: "Te lo voy a aceptar". Por toda respuesta, Juanjo abrió la caja, o sea, el tabernáculo de nuestro culto, sacó un sobre abultado y se lo entregó. Ella lo beso en las dos mejillas, a la manera francesa y sin saludarme, sin verme, se fue. Juanjo suspiró y dejó escapar un "pobrecita" y como me vio con la boca abierta, mirándolo, me dijo:
- Ando sin un mango. Si me invitás a almorzar te lo cuento.
- Hecho.
Lo que más lo distinguía a Juanjo y lo que lo había hecho mi amigo, además de mi socio, era su bondad de corazón, la sonrisa ancha, la camisa abierta, el escudriñar constante de sus ojos negros inquietos que parecían adquirir intensidad y brillo cuando algo lo afectaba. Entramos en el bodegón al que él mismo me había invitado a comer infinidad de veces. Pese al mediodía la iluminación interior eléctrica del salón, a giorno, hacía parecer que ya se había hecho de noche y nos habíamos salteado la siesta. Como estaba fresquito pedimos vacío al horno con papas, plato del día, y dos vasos altos llenos de tinto de la casa puro casi hasta el borde. Brindamos, bebimos los primeros tragos y Juanjo  clavó su mirada de que algo lo afectaba en la mía que destellaría un poco reclamándole la historia de esa señora llamada Beba que lo había tuteado y de la que él comentó, alzándose de hombros, "pobrecita" cuando la mujer traspuso la puerta de la librería hacia la calle.
- Te dije que ando sin un mango y no me preguntaste por qué.
Lo seguía mirando pero ahora le destiné mi sonrisa más sobradora.
- Nos  quedamos sin caja, te comunico, porque le di toda la recaudación de la quincena a esta señora que vos sabés que se llama Beba porque muchas veces conversaste con ella cuando se encontraron en el kiosco. Incluso le recomendaste libros, o no?
Luego de que las comisuras de mi boca decayeran sin remedio por lo amargo de la noticia, asentí como si me declarara culpable de algo sin saber de qué, claro.
- Bueno, - siguió diciéndome Juanjo -  vos le recomendaste libros, películas, la trataste con respeto y simpatía, todo lo que quieras, pero, te observé y escuché, no pasaste de ahí. Digamos que el cariz o vertiente chismosa de tu personalidad sólo la ejercés conmigo, con los demás sos muy discreto.
- ¿Es un reproche?
- Tomalo como una observación. Te conozco y me doy cuenta de que sentís terror ante la mínima perspectiva de adquirir compromisos con la gente. Te comprendo porque yo soy igual de egoísta y no dudo que por eso nos hemos hecho tan amigos, además de socios.
- ¿Vos creés?
- Estoy seguro.
- Pero vos con esa mujer, Beba, no has sido nada egoísta ...
- Precisamente, a éso iba, ahí está la historia. Si le entregué toda la recaudación de la quincena fue porque,  entre otras cosas, aunque nunca te lo conté y te parecerá mentira, esa mujer es prima hermana mía.
- ¡Cómo y por qué nunca me lo contaste!
- Debo confesarte que fue por vergüenza, porque pese a ser mi prima hace algunos años fuimos amantes, vivimos una relación bastante apasionada. Ella casada, yo solterón pero siempre bien recibido en su casa, por su marido incluso y sus hijos ...
- Tus sobrinos segundos ...
- Exactamente. Te lo digo y se me pone la piel de gallina. No sólo por mi obvia falta de respeto a la familia sino también porque de mi relación con la Beba nació mi cuarto sobrino segundo ...
Juanjo hizo un silencio que se encadenó con el de la llegada del vacío al horno con papas y se prolongó un poco más todavía mientras la mesera nos ponía los platos bajo los torsos y nuestras manos se apoderaban de los cubiertos en un movimiento reflejo. Yo sentía haber recibido algo así  como una descarga eléctrica. La confesión de Juanjo me había dejado como debe quedar un boxeador después de la primera trompada importante recibida en un match por el título. Así que me puse en guardia. Más que dolido por el dinero que habíamos perdido sentí un vago temor a lo que podría seguirse de la historia recién comenzada.
- Pero, ¿el marido de tu prima no sospecha que su último hijo podría no ser suyo?
- No sólo sospechó, tiempo pasado, sino que Beba, mi prima, le confirmó que el hijo no era de él.
Había introducido el primer bocado de vacío recién cortado con un trozo de papa entre mi paladar y mi lengua y lo tragué de un  golpe sin masticarlo y sin atragantarme. Me apresuré a tomar el vaso de tinto y bebí un grueso y largo torrente del borgoña para tratar de digerir el pedazo de cosa que había despachado hacia mi estómago. Después respiré y quedé con la boca y los ojos abiertos durante unos segundos. Juanjo siguió:
- De ésto hace seis años. Ante la inminencia del nacimiento decidimos poner fin a la relación. Pero hace un mes más o menos se presentó la novedad de la separación de mi prima Beba con su marido. Aunque ella no dijo quién era el padre, el marido la intimó a que abandonara el hogar conyugal con el hijo y ella aceptó enseguida porque además era lo que quería. Resultado: viene a mi departamento a vivir conmigo y con nuestro hijo, algo que me pidió y a lo que no pude negarme. También lo va a inscribir en un colegio privado porque no consiguió vacante en una escuela pública para que empiece su primer grado. Demás está decir que tampoco pude negarme a  tomar a mi cargo los gastos que eso significa, para empezar la matrícula y la primera cuota por adelantado ...
No paré de masticar el vacío y la papa y, curiosamente, recordé que la noche anterior había soñado que era una joven núbil, rica, grácil y codiciada, que vivía en una gran mansión y que me había recibido de profesora de Tenis. Tal vez en la parte que no recordaba Juanjo era mi padre. Ese sueño no tenía nada que ver con lo que me estaba contando mi socio pero me había dejado una sensación rara de bienestar. Deducía que otra vida, completamente diferente para mí, incluso con otro sexo, era posible más allá de la que en realidad vivía; hombre de mediana edad con socio tonto que trabaja todos los días en su propio establecimiento de venta de libros sin sacar siquiera para poder tomarse unas vacaciones. Creo que más que masticar rumiaba mi mala suerte mientras lo escuchaba a Juanjo explicarme su estado de nuevo padre a sus cincuenta y cinco años. Con la esperanza puesta en mi sueño de otra vida que me daba paciencia para soportar ésta le pregunté a Juanjo a cuánto había ascendido la recaudación que ahora serviría para la educación de su hijo.-
- Seis mil quinientos pesos exactos ...
- ¡Ah, qué bien!
- Ahora te pregunto yo: ¿ es un reproche, hay alguna ironía en tu exclamación?
Nos habíamos acostumbrado a emplear el humor en nuestro trato cotidiano. Pero, ese mediodía, mi socio había conseguido quebrarme el humor; lo estaba masticando junto a la carne y al tubérculo y empiné otra porción de líquido tinto para ayudarme a tragarlo. Para darme tiempo dije:
- ¿Cómo se llama tu hijo?
- Adonis. Su padre aparente le puso ese nombre de recién nacido porque lo vio demasiado hermoso ... 
- Vos sabés que Adonis nació de una relación adúltera e incestuosa.- La versión mítica más comunmente aceptada es que Afrodita instó a Mirra a cometer incesto con su padre, Ciniras o Tías, rey de Esmirna o Siria.- 
- Bueno, yo no soy rey pero, sin duda, soy el padre.- Además Beba no es mi hija sino mi prima ...
La cuestión mitológica vino como anillo al dedo a partir del nombre de la criatura porque me permitió apaciguar el enojo por el dinero perdido y mostrarme compresivo con mi socio.- Comencé a pensar que son pocas las ocasiones que uno tiene en la vida para demostrar o ejercer una verdadera comprensión por el otro evitando juzgarlo.- Seguí suponiendo y fantaseando con mi sueño. No sólo ahora era una joven rica, núbil, grácil, profesora de tenis, también era la hija de un rey y un secreto inconfesable se escondía puertas adentro. El joven Adonis ya casi con seis años cumplidos había venido a confirmarlo.

Amilcar Luis Blanco (Una reproducción del siglo XIX de un bronce griego de Adonis encontrado en Pompeya)

martes, 31 de diciembre de 2013

Cuerpos y reflexiones.


Hoy estuve contemplando cuerpos que iban y venían. Llevé a mi hija, de muy buen ver a sus treinta, al centro de la ciudad a hacer una diligencia y la esperé en una esquina dentro de mi automóvil. Hacía todavía calor después de catorce días de temperaturas agobiantes que rozaron y sobrepasaron los cuarenta grados. Todos los cuerpos llevaban ropas ligeras y dejaban ver porciones desnudas de sus anatomías. Lo que más se notaba en ellos eran las historias personales, los cansancios, las ansiedades, las angustias, las pequeñas felicidades encarnadas en piernas flacas o robustas, con y sin várices, en cuellos tersos o arrugados, gibas o jorobas lumbares o cervicales, panzas más o menos cadentes o caídas y sobre todo los rostros contraídos y relajados. Increíble ver cómo lo que nos ha pasado en nuestras vidas queda en nuestros cuerpos.Que ellos sean, por decir así, los depósitos o receptáculos de las vivencias, incluso a partir de las cuales se pueden suponer o desarrollar historias más o menos verosímiles asomándonos al mundo de los otros, de lo ajeno, de lo que late a corta distancia de nuestro propio corazón.
En realidad los cuerpos nos desnudan, amalgama de cuerpos y de rostros. Caminamos, nos detenemos, esperamos, expectantes, distraídos, confundidos, aturdidos, difusos. El cielo, algo plomizo, presagia tormenta y comienzo a impacientarme. Me digo que puede granizar y la carrocería de mi coche quedar abollada y eso me costará mis buenos pesos. Ruego para que mi hija se apure y vuelva pronto. Pero también me digo que esperar y contemplar es agradable. Así que sigo mirando sin detenerme a mis congéneres como cuerpos. Trato de no ligar deseos sexuales a la contemplación de las mujeres de todas las edades. Los deseos suelen distorsionar las visiones y sobre todo la vertiente puramente estética de los objetos observados de la que parten todas las demás. Como meras hipótesis es cierto, pero como tales abiertas a la imaginación y los juegos de la fantasía.
Sigo pensando en las uniones azarosas de los cuerpos que dan vida a otros cuerpos y recuerdo el enorme poema de Miguel Hernández "Sino sangriento" que me trae las angustiantes experiencias en algunos de sus versos: " . . . y cada cuerpo que tropiezo y trato es otro borbotón de sangre, otra cadena . . . " o " . . . y nado contra todas (corrientes de las sangres), desesperadamente, como contra un fatal torrente de puñales . . . ". Cuerpos que se unen para dar vida a otros cuerpos. Hombres membrudos, fornidos, altos que se encaman con hembras algo rechonchas pero ilusionadas y después satisfechas que dan paso a hijos e hijas que salen a él o a ella o que consiguen una feliz o no amalgama de ambos progenitores. Azares de la genética, de la inmensa e inacabable arborosidad de la especie propagándose vegetativa y ciega en el tiempo, atravesándolo, haciéndome regresar de nuevo a la poética de Hernández: " . . . Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos, se besan los primeros pobladores del mundo . . . "
Las agujas de mi reloj pulsera marcan las once y mi hija aparece, jovial, suelta de cuerpo, de muy buen ver, como dije y se sube al auto y doy arranque y pongo primera y regresamos a casa.

Amílcar Luis Blanco

sábado, 23 de noviembre de 2013

PROSAS SALVAJES























Algunas parecían caballos y jinetes, otras estaban tiradas y semejaban glifos, jeroglíficos, componían un suelo de trabajosos insectos desmontados que iban del negro al azulado, el marrón y el verde translúcido como las alas de las moscas; eran palabras estilizadas y proponían juegos. Entretenimientos de llanura pensábamos porque conmigo había otros recién llegados absortos que seguramente venían como yo de planicies blancas, limpias. Habíamos atravesado las montañas y sus estribaciones. En algún momento de nuestro recorrido los infinitos matices del verde, el verdinegro, los ocres, marrones y pardos que lucían en la vegetación que movía el viento en las faldas de la inacabable cordillera se habían extraviado y las nubes blancas que viajaban por el azul intenso y profundo habían descendido con todo su peso y dimensión a aquella plana superficie de letras caídas. Muchos contaban haberse precipitado desde enormes ventanales o haber entrado caminando a través de ellos; aberturas que, según dijeron, correspondían a una vasta biblioteca interminable, cuyos anaqueles, contenedores de filas de libros dejaban caer de sus páginas a borbotones letras, palabras, párrafos enteros que desbordaban y se derramaban y parecían desplazarse iguales a mareas de lavas incandescentes o a líquidos oleosos y lentos.
De pronto un sonido de tropel, estrepitoso, que hizo temblar el suelo  que pisábamos, compuesto como dije de grafías más o menos sólidas,  turgentes o esponjosas, que producían en las plantas de nuestros pies sensaciones de estar pisando raíces sueltas, lianas, cuerdas de diferentes grosores, nos sacudió y comenzó a abrirse a grandes tajadas profundas, mostrándonos que  ese vasto terreno podía sumergirse como la masa inerte de un flan. Algunos cayeron en las hondas cimas y otros nos tomamos de las manos y nos abrazamos para resistir la voracidad telúrica y blanda que parecía querer tragarnos.
Monté sobre letras que componían una palabra y trazaban la silueta de un caballo. Me senté encima de una línea recta, un segmento, seguramente correspondiente a una letra "d" invertida, porque me pareció que el símil equino tenía una panza redonda. No me lastimó como supuse porque  yo mismo conformaba con mis piernas hacia abajo una "V" corta invertida, mayúscula.
Escapé a todo galope. Al principio sin mirar atrás. Cuando estuve seguro de haberme alejado de aquél tembladeral me volví y pude advertir que, a escasa distancia, otros jinetes me seguían. Todos igual que yo se habían convertido en un conglomerado literal, por decir así. Podíamos encontrar Helvética, Georgia, Arial, Mensajero,Trebuchet, Verdana, etcétera. Es decir, todos los estilos estaban representados en aquéllos dibujos que antes habíamos sido cuerpos. Yo mismo era Algerian, es decir como si me hubieran crecido pelos y barbas.
Lo peor fue que el caballo que había montado no respondió en ningún momento a mis indicaciones cuando quise volver la cabalgadura hacia las estribaciones montañosas pensando que recuperaría mi identidad física, que aquéllo sería una suerte de fenómeno onírico provocado por mis ansiedades diurnas, el nutrido estrés de la vigilia pensé. El cuadrúpedo se dirigía a todo galope hacia un destino desconocido. A poco correr estuvimos sobre las dunas arenosas de un desierto que parecía interminable y me hallé entre dos jorobas inmensas. Ahora mi montura se había transformado en un inmenso camello, en un camello de verdad y yo mismo había recuperado mi cuerpo y además estaba vestido con una  chilaba, es decir una capucha con túnica que me cubría hasta los pies  y a éstos los sentía calzados en sandalias.
El camello se desplazaba lentamente, a paso de camello como correspondía a su especie. Al cabo de mucho andar ingresamos a una fortaleza alzada en medio del desierto con sus torres almenadas por la abertura de un arco de piedra. Una muchedumbre ruidosa y vocinglera se agitaba en torno al paso garboso y ahora mucho más lento de mi cabalgadura. Por fin el animal se detuvo, su cuello y su cabeza rumiante y sus enormes ojos y las montañas peludas sobre su lomo bajaron porque se había echado. Comprendí que debía desmontar y mezclarme entre ese gentío completamente desconocido que parloteaba en una lengua que no entendía. Lo hice sobre un suelo de arena ya no floja sino endurecida por las pisadas de tanta gente. Me encontré en medio de una feria plagada de tiendas, algunas de mejor aspecto que otras, en las que se vendían todo tipo de artículos, desde tapices y mantas, jarrones, ánforas, pebeteros, cortinas de mimbre, tules, baúles, cajas, y mobiliario de todo tipo, hasta harinas, granos de cereales, legumbres, especias, golosinas, recortes de carnes, embutidos, etcétera. Aquéllo era sin duda una feria persa, me dije.
Estaba absorto contemplando ese nuevo mundo sin preguntarme todavía por mi libertad o creyendo que esta era azarosa y me tomaba en medio de un sueño para no devolverme jamás a la realidad cuando una mano de piel de seda, extremadamente suave, se deslizó sobre la epidermis vellosa de mi antebrazo casi desnudo en la holgada manga de la chilaba. Me volví y descubrí los ojos dulces y negros como una noche estrellada de una muchacha espigada y completamente cubierta desde el nacimiento de su nariz hasta los pies. Vestía el consabido hábito de la mujer musulmana que no mostraba mas que sus ojos pero el desliz de su mano que no había soltado mi muñeca, el leve estrabismo y la fijeza de su mirada, me hicieron sentir que tanto recato, por lo menos en el caso de la creyente de Alá que me había tocado en cuerpo y suerte, era sólo una apariencia. La misteriosa aparición femenina tironeó de mi y la seguí serpenteando en medio de la muchedumbre huidiza e indiferente en la que sin embargo no confiaba porque varios ojos, desde distintos puntos, me dio la impresión de que nos observaban.
La mujer me llevó a una sala abovedada cuyo suelo y paredes era de mayólicas que componían rombos y rectángulos con incrustaciones en sus centros circulares de lapislázuli, ágata, ámbarzafiro y rubíes que destellaban. Semejaban pupilas latientes y escudriñadoras y provocaban inquietud, escozor y hasta escalofríos. Alineadas, en los laterales de aquélla espaciosa estancia, se veían ánforas con formas de botellas de largos y anchos cuellos. De algunas de ellas emergían algo así como cuerdas tensadas por una musculatura propia. El espanto se apoderó de mi ánimo cuando descubrí que en realidad eran serpientes y desde sus pequeñas y angulares cabezas con forma de flechas, a cada costado, como faros de un ser de las tinieblas, los ojos de los reptiles despedían una luz verdosa azulada y parecían mirarnos fijamente.
La mujer soltó por fin mi muñeca y con la misma mano que la había sostenido alzó por la capucha la chilaba que la cubría y la dejó caer en torno de ella para descubrirme su magnifico cuerpo desnudo que, no obstante la semipenumbra que reinaba en el lugar, pareció iluminarse como si una claridad cenital cayera sobre sus bien proporcionados volúmenes. Se había transformado en una desenfadada hurí dispuesta a entregarse a su sultán, así que avanzó hacia mí y pude ver sus párpados cerrándose sobre el encuentro de nuestras cuatro labios, dentaduras, lenguas, cabezas. Hubo algo así, a partir de ese beso atribulado y acuoso, como un amalgamiento mutuo de nuestros cuerpos sobre las mayólicas primero y luego corrimos hacia una recámara en la que había un lecho guarnecido por almohadones para zambullirnos y revolcarnos a gusto.
Ella parecía gotear y asperjar , llover sobre mí como un agua que refrescara toda la sequedad que traía por el itinerario cumplido sobre el desierto a lomos del camello. Era un oasis emergiendo desde la arena y alguien que parecía fluir desde fuera hacia dentro de mi, como si me estuviera hidratando, como si yo fuera un vegetal seco que apenas conservaba la savia de la existencia y ella viniera a vivificarla con el rocío mismo de todo su ser. Ella se derramaba sobre mí regándome casi con un abundante sudor que caía de su frente, de sus senos, de sus axilas, sus brazos y sus manos y que me empapaba con una mojadura tibia y aromatizada que se mezclaba con mi propio sudor y que la brisa que soplaba desde algún rincón o ventana abierta de aquélla estancia refrescaba.
No lo podía entender pese a estar sintiendo en mi sexo la jugosidad y aspersión de su deliciosa vulva que encabalgada sobre mi pubis no cesaba de copular, subir,  caer y contonearse, engulléndose la dureza enhiesta de mi vástago venéreo y disfrutrándolo hasta el delirio porque mientras tanto sus ojos giraban, alzaban sus pupilas y se ponían en blanco denotando, también por sus leves gemidos, que gozaba intensamente del ejercicio. Pero ella sostenía la tensión y se esforzaba y su propósito de gozar se manifestaba en ese exudado. Las sábanas que cubrían el lecho bajo mi cuerpo estaban empapadas y entonces noté que el colchón o lo que fuere que estuviese debajo, la elástica y turgente materia que soportaba nuestro peso, absorbía el agua y la drenaba.
Lo cierto fue que comenzamos literalmente a derretirnos hasta quedar convertidos en trazos, en lineas, en dibujos y garabatos, para finalmente llegar a ser letras y palabras y frases, oraciones, párrafos, capítulos, prosas salvajes.




Amilcar Luis Blanco (Rob Gonzalvez "Arte y Pintura 1) ("Mujer árabe"Pintor: Rudolf Lehnert)

viernes, 1 de noviembre de 2013

CALEIDOSCOPIOS.




- Si se trata de que nos acostemos juntos nada más y yo te pago es una cosa. Ahora si tengo que decirte que te amo es otra, totalmente diferente.
Gisella mantenía los ojos sobre sus zapatillas, no lo miraba. Tampoco Adolfo pretendía que lo hiciera. Se conformaba con verla de perfil masticando su chicle. La noche anterior habían compartido la cama de Adolfo en su departamento ubicado en el décimo piso de un edificio de la Avenida Cramer en Villa Crespo. La ciudad de Buenos Aires tenía ojos negro azulados como los insectos. Letreros de neón, luces, bocinas, ruido de motores y de gente hasta las primeras horas de la madrugada y Gisella que había vivido hasta sus veinte años en Generál Pico, Provincia de La Pampa, no se acostumbraba o se acostumbraba mal, con lagunas, distracciones, torpezas, a su nueva vida en la gran capital desde hacía nueve meses.-
- Okey, okey - dijo y se incorporó.
- ¿Okey qué?
- Que está bien lo que decís, lo acepto, no soy ninguna histérica.
Adolfo, que no dejaba de mirarla, se llevó la punta de un cigarrillo a los labios, lo encendió y se lo pasó a Gisella. Ella lo tomó entre el índice y el mayor de su mano derecha maquinalmente, escupió el chicle y también  puso el cigarrillo entre sus labios y aspiró. El sabor a frutilla se le mezcló con el gusto acre y áspero del humo del tabaco y le provocó una leve arcada, una sensación de asco que contuvo y se le transformó en tos. El perfume de las lavandas del jardín de su casa en Generál Pico, cuyas flores y hojarascas secas se acumulaban bajo la frondosa melena rastrera del arbusto y producían un fermento viejo, fuerte y dulzón, ocupó por un instante su memoria olfativa. Era un hedor a cansancio y podredumbre ¡Qué mal, qué mal!
Algo la impulsó a querer irse del departamento y de la  compañía de Adolfo. Pensó en una excusa porque él era orgulloso y desconfiado y ni debía intuir el fuerte sentimiento de rechazo que comenzaba a inspirarle.-
- Sabés que me vino
- ¿Qué cosa?
- La menstruación, estoy toda enchastrada ¿Te muestro?
Gisella amagó con bajarse la calza. La mano de Adolfo la detuvo. Le había pedido que se bañara antes de tener relaciones y se había bañado él. Era extremadamente pulcro y ella supo que su excusa funcionaría. Aplastó el cigarrillo casi entero contra el cenicero. La ciudad comenzaba a encenderse como las cigarras y las luciérnagas en los patios y jardines de su pueblo de infancia al comienzo de las noches en los veranos. Iría al teatro, si señor, al teatro. Adolfo no sólo la había aburrido con su pulcritud y su mezquindad tan evidentes, le había también producido un deseo súbito de marcharse, viajar en un colectivo y abordar finalmente la calle Corrientes y sus inmediaciones. El deseo de andar sola, de caminar a la deriva entre el gentío ahora se le estaba cumpliendo. Era cuestión de ver caras y cuerpos, hombros y miradas. Ella también era mirada por el gentío. Ataviada con sus calzas negras y su camisola larga de colores vivos y carnavalescos en los que predominaban los rojos, verdes esmeralda, turquesas, fucsias, amarillos y ocres. Era un andar con un poco de contoneo que le había visto a Brigitte Bardot en una vieja película y que ahora imitaba, era también una garganta y unas mejillas bruñidas y cobres, unos labios gruesos pintados en lacre y unos ojos verdes enormes destacados por el delineador y el rimmel, enmarcados en pelo lacio renegrido, corto, pegado al cráneo. Se enfocaba como la milonguita del tango, la francesita. A ella también la miraban, la veían, la consideraban y necesitaba ser vista, mirada, considerada, aunque quisiese que la dejaran sola. Necesitaba sentirse un poco la estercita, la mezcla rara de museta y de mimí. La fantasía de la gran capital se desplegaba ante ella y dentro de ella. Pero, sí, iría al teatro. Ella, mientras deambulaba, necesitaba sentirse un no ser, un no lugar, la figura inidentificable, anónima. Entró en una librería. En la mesa delantera desbordaban los best seller. Compró "La pasión desnuda", una novela erótica y cursi, después de leerla un poco de ojito e interesarse en un relato de seducción pensó que ella se autoseducía, se conquistaba a sí misma en muchos momentos. Cuando elegía estar sola y perderse y volver a su propio departamento. Un grupo de tres muchachos se había desprendido de la muchedumbre y había ingresado al salón siguiéndola. Sus integrantes, alternativa y estúpidamente, habían dejado caer sobre los oídos de Gisella exclamaciones y piropos y propuestas. La última había sido la más atrevida.
- Los tres, juntos o por separado, como lo prefieras, nos ofrecemos para hacerte feliz.
Gisella ni siquiera los miró. La impertinencia de esos chicos la empujó a pensar en ese momento que las soledades no eran todas iguales, incluso las suyas. La soledad en Generál Pico cuando llovía o los domingos por la tarde, aún la promiscua en compañía de compañeras y compañeros previsibles de su primaria y secundaria, la soledad con sus padres y hermanos y tíos y tías y primos y primas, la soledad con Adolfo que lo único que quería era acostarse con ella como esos tres fantoches que ahora la perseguían. La estupidez de suponer que con sólo el sexo bastaba y que el sexo podía separarse de todo lo demás. Si ella quería masturbarse a solas tampoco los necesitaba ¿Acaso no se daban cuenta? Ahora contaba esta nueva soledad poblada, saturada por ella misma, por sus deseos y preferencias, intenciones y elecciones, compuesta por libros, películas, vídeos, permanentemente en tensión, vibrante. Horas de ensimismamiento mirando películas de temáticas profundas, intimistas, leyendo a los filósofos, a los grandes y pequeños y a todos los escritores que la conmovían y acompañaban y, como lo había decidido recién, yendo al teatro. A ese ámbito mucho más sagrado todavía que el de las iglesias, al que se ingresaba en cuerpo y alma, en la oscuridad y el silencio, a ocupar una butaca y esperar que las luces de escena se encendieran. Mientras tanto poner los ojos sobre la escenografía y dejar que los oídos se sumergieran en el murmullo y siseo de las voces y conversaciones en la sala. En esta obra, dos paneles que simulaban paredes pintadas en color lila, con haces de luz que los resaltaban, en su mayor extensión ocupadas por largos ventanales que daban a un jardín muy iluminado, frondoso y florecido, conformaban un living con cómodos sillones de un tenue amarillo limón. Era un confort inducido, tranquilizador, calmo, invitaba a observar y escuchar y sedarse y concentrarse en los parlamentos, cuerpos, rostros, que ingresarían al ámbito de atención de los espectadores.
Y así fue y la luz explotó y se irradió de pronto a giorno y en toda su potencia en la escena cuando los últimos párpados luminiscentes de la platea y los palcos se apagaron por completo y también los murmullos y las voces se sumieron en el silencio. Entonces entró la primera actriz y todos aplaudieron. Sobre las tablas, a la vista de todos, un foco de luz cenital iluminó a un muchacho sobre una alfombra que movía lentamente un muñeco y que dejaba en claro su desvalimiento físico y mental.-
- Hijo, por Dios, qué haces, cuánto tiempo has estado aquí - dijo la primera actriz
El muchacho se encogió de hombros.
- No importa má, no importa, estoy bien.
- Pero tenés que levantarte y quedarte en tu habitación. Hoy espero la visita de alguien muy especial
- ¿De quién?
- ¡Ah! (suspiros, manos al pecho en un vestido plisado y liviano, color hueso, que deja ver las formas turgentes de la primera actriz), es un hombre providencial, alguien que el destino me envía, mejor dicho nos envía.-
- ¿Nos? - dice el actor que hace de hijo que seguirá hablando con interrupciones, con cierta dificultad.- Este será un nuevo novio. Má, por qué, ma, tuviste otros ya y dejaron de venir, te abandonaron (parece sollozar y habla lamentándose) Si yo no fuera así ...
- ( La madre lo interrumpe se abalanza sobre el torso y la cabeza del hijo, visibles para todo el público, lo abraza) No, no digas éso, no digas nada.
La madre y el hijo están solos en la obra y en la vida que propone la obra, en el drama que comienza a desatarse. El primer actor que personifica al hombre novio entrará a la escena y demostrará lo enamorado que está de la madre. Ella le hablará del hijo desvalido y él lo aceptará como una parte de ella. Poco a poco en los dos actos siguientes el hijo se resentirá de tanta compasión y se irá una mañana tras una noche de apasionado encuentro erótico que su madre pasa con su flamante novio. Las tres vidas quedarán cambiadas para siempre, cada una habrá pasado por la otra como una luz y el último acto, en tres escenas, mostrará tres monólogos, cada uno de los cuales reflejará a los otros dos pasando por el del que lo diga; ellos se convertirán en los caleidoscopios vivientes que dan título a la obra llamada precisamente "Caleidoscopios".
Las transformaciones en los parlamentos y gestualidades de los protagonistas se irán insinuando con la predominancia de un color para cada uno de ellos. La madre será el verde, el hijo el azul celeste y el novio de la madre el rojo. Todos los colores se van intercambiando y el trabajo del iluminador es descollante.
Cuando Gisella regresa a la calle Corrientes, a la brisa que le cruza el rostro y le seca los ojos que se le humedecieron comprende que ha sido traspasada por la obra y los personajes y que los rostros que la observan desde el gentío nuevamente creciente no son indiferentes, en realidad aunque de modo tímido y solapado, siente que la interrogan.

Amílcar Luis Blanco (Pintura: "Amor infinito" por Alfred Gocker)

jueves, 17 de octubre de 2013

EN EL PARQUE




Nada le gustaba más, por aquéllos días, que internarse en el parque. No le importaba que estuviese soleado y diáfano y sentir que caminaba dentro de una gema transparente y etérea o nublado y gris o incluso lluvioso y sentir todo lo contrario, que el frío y la humedad le roían las mejillas y ponían sus sienes y su frente expuestas de tal modo a las temperaturas que parecía que se les fuesen a derretir o a insensibilizar para siempre,  hiciera frío o calor. Su contemplación se solazaba en los verdes cambiantes, salvias, turquesas, esmeraldas, de las hojas de las diferentes especies de árboles y arbustos, muchas desconocidas aunque tuviesen prendidas a sus troncos o en cartelitos al pie las denominaciones científicas, explicaciones y descripciones de sus procedencias. Había magnolias, eucaliptos, abetos, araucarias, álamos, encinas, robles, nogales, pinos, aromos, limoneros, naranjeros, manzanos, acacias, jacarandaes, ceibos, higueras y muchas más provenientes de las selvas y bosques más remotos de la tierra. A cada tramo podían verse gatos de pelajes y colores diferentes y ojos como girasoles vivos desplazándose elásticamente por entre los troncos y las hojas de los arbustos. Una hojarasca permanente, a manera de alfombra, amortiguaba el peso de su cuerpo sobre sus pasos y le comunicaba a su andar la ilusión de ser él también un félido feliz, sólo conectado al instante y a los momentos cuya sucesión o hilo conductor pasaba por el centro de sí mismo. Hay por supuesto estatuas, conjuntos escultóricos, edificaciones, trazados geométricos y canteras que encierran macizos de flores en espacios abiertos entre los follajes. De vez en cuando él o yo abandonábamos el cuerpo sobre alguno de los bancos que hay a la vera de los senderos, los que también eran y son aprovechados por mujeres y hombres que salen de sus departamentos u oficinas a tomar, sobre todo los mediodías, el oxígeno del jardín botánico. Los más fastidiosos desenvuelven paquetes para extraer sandwiches o frutas que contienen sus almuerzos y tiran los papeles fuera de los cestos destinados a recogerlos y hacen lo mismo con las botellas plásticas de gaseosas. Pero suele haber un ejército de uniformados que van recogiendo lo que tantos desaprensivos visitantes desechan de modo que el parque se mantiene más o menos aseado. Está prohibido el ingreso de perros al parque. Habiendo tantos gatos se armarían persecusiones y batallas muy difíciles de dominar.
Nada mejor entonces, siempre por aquéllos días, sentía él, siento yo, que sentarse a contemplar, a suspirar, a pensar e imaginar, cuando la fatiga lo vence a uno. Hay un sendero cubierto por polvo de ladrillo, rojo, sobre el que trotan o caminan quienes van allí a practicar sus ejercicios aeróbicos. Calzados en zapatillas de colores vivos y diseños sofisticados de gruesas suelas plásticas o de goma, enfundados los cuerpos en joggins, corren o caminan raudos y presurosos, concentrados, abstraídos de todo lo que no sea sus cuerpos y el movimiento de sus músculos.
Pero él o yo pensábamos o sentíamos el afuera, es decir, el rumoroso clamoreo de la ciudad de Buenos Aires; una abeja o moscardón incesante que, lejos de interesarse en los diferentes  tipos  de polen de las innumerables flores que hay en el jardín, teniendo sus apogeos en diferentes estaciones bajo la regencia de climas correspondientes a sus linajes más o menos exóticos, se encendía e intensificaba, pugnaba por ingresar al ámbito casi de invernadero protegido por la irradiación de su valencia salvaje, selvática y boscosa. Era como si la reserva, el ecosistema del lugar, se defendiese del pulular de lo urbano. Nunca había estado en Nueva York, por ejemplo, pero consideraba que el Central Park de aquella urbe debería sostener un contencioso más o menos parecido con la poderosa ciudad.
Mientras veía cómo una señora setentona progresaba en el tejido de una colorida pieza de lana, sentada en el banco que tenía frente a él o a mí, estimaba que esa pequeña bola de materia suspendida en el espacio interestelar y galáctico de color celeste intenso que es la tierra, el planeta en el que se hallaban él, yo, el jardín y la ciudad, fabricaba aguijones que eran o son como esas agujas en manos de la abuela que tejía y que esos aguijones picaban sobre la vida verde no para extraerle el polen y transportarlo a sitios en los que pudiera gestarse y renovarse una fértil fecundidad, sino para inocular el veneno negro de la polución y la destrucción, para paralizar y secar la vida.-
Había y hay, en efecto, sentidos divergentes, contrarios.- Los aerobistas, amantes del atletismo, que recorren kilómetros sobre el sendero rojo que como un cinturón rodea el parque, circunscriptos al itinerario fijo y a las cantidades o cualidades que sus deseos se proponen, están tan sumidos en sí mismos y sus programas solipsistas como los gatos. La diferencia sería que los gatos, como él mismo, o yo mismo disfrutan su alrededor, gozan lo extraordinario de la vida y el paisaje y lo sienten como un milagro del que forman parte. Se mantienen en contacto asiduo e ininterrumpido con las sensaciones y sentimientos que van de los vivos a lo vivo, de los árboles y arbustos a los gatos y a él y a mí y de él y los felinos y de mí a la vegetación. Pero ¿quién podría saber o asegurar que los deportistas de lo pedestre no gocen igualmente, como él o yo mismo y los gatos, del milagro de esa naturaleza? ¿Qué podíamos saber él o yo, lo qué esa gente verdaderamente sentía? Incluso la anciana que tejía, perdidos sus pensamientos, tal vez, no en las plantas y las flores que la circundaban sino en algún hombre que en su mocedad la enamoró, en algún nieto radicado en una ciudad lejana, pero pendientes sus evocaciones de ese paisaje inmediato al que volvería cada vez que, en el ejercicio mecánico que cumplían sus manos afanosas sobre el hilo de lana, regresara de su ensimismamiento y ajustara la montura de sus anteojos sobre la nariz. Cosa que ahora hizo y él y yo vimos.
¡Ay, ay! ¡Cuánta soberbia hay en nosotros! ¡Cómo nos desconocemos y vivimos en ese estado de incomunicación permanente, qué difícil nos resulta preguntarnos unos a otros por nosotros, intercambiar impresiones, experiencias, salir de los lugares comunes, intentar esa apertura primigenia, descontracturar nuestros intelectos para vernos y oírnos por fin!
Vivimos suponiendo, conjeturando acerca de los otros, desconociéndonos de modo sublime mientras el horizonte de la ciudad o la naturaleza en estado salvaje crece a nuestro alrededor y los gatos merodean, observan y se abstienen, cautos, de entregarnos toda su confianza. Aunque algunos se acercan y lo rozan y me rozan y maúllan y  buscan comida.-
Aquéllos días en el parque vuelven y él se entrega y yo me entrego a ellos, ingresa e ingreso en su calma y en el sigilo de los gatos. Nadie ni nada lo espera o me espera fuera del parque.

Amílcar Luis Blanco

domingo, 29 de septiembre de 2013

¿CASUALIDAD, MILAGRO?






Pisábamos el andén en la estación Once. No sólo pisábamos, caminábamos, crecíamos a partir de la pisada, nos erigíamos sobre nuestras piernas enfundadas en calzas, pantalones, medias de abrigo, en algunos casos transparentes, levemente amoratadas, amarronadas o negras; el caso de algunas mujeres que cubrían sus caudalosas o escasas formas con polleras. Las bocas en etapa oral a esa hora del mediodía; chupando gaseosas, masticando sandwiches o pebetes con salchichas o papas fritas. Hambre, ansiedad, paciencia, descontento, desazón, miedos, desesperaciones, arrobamientos enamorados ¿Cómo describir los estados de ánimo del gentío humano apostado, repartido, creciente, oliente, sudoroso o perfumado, sobre el largo andén, esperando al convoy, a la formación de vagones que habría de llevarnos a nuestros destinos al Oeste del Gran Buenos Aires?
Porque allí se produjo el encuentro, la primigenia interacción entre nosotros, dos seres mezclados, confundidos, en la muchedumbre urbana. Vernos, volver a mirarnos, detenernos en una ojeada compartida. Después, partiendo del habernos gustado, hablarnos. Mirándote te dije mientras sacudía el gesto de obviedad indignada:
- ¡No viene nunca!
Tu primera respuesta fue un bufido, algo como:
- ¡Ah!
- Vio, vio, después se quejan - insistí como para animarte. No fueras a ser alguna de esas tímidas patológicas y me dejaras con las ganas por lo menos, siquiera, de conocerte. Porque hay que decirlo, cuando llegara a casa y estuviera sentado a la mesa con mi madre septuagenaria, los dos comiendo solos, y pensara en vos, te evocara, regresarías convertida en los retazos de conversación que mantuvimos en el andén primero y luego dentro del tren donde nos sentamos uno al lado del otro ya no por casualidad sino porque nos habíamos aceptado, asumido, cada uno en la parte que habíamos alcanzado a conocer del otro. No era mucho pero las caras, los cuerpos, las manos, los ojos habían sido muy observados y aceptados, también los olores; curiosamente olías a lluvia y llevabas un piloto negro.-
- En realidad, hoy, van a caer piedras de agua - me dijiste.
- ¿Cómo?
- Granizo quiero decir
- ¡Ah!, bueno, sí, entiendo.-
En ese primer intercambio de palabras me di cuenta de que eras una mujer que volaba, vagaba, trascendía. Iba a necesitar mucha paciencia para traerte a la realidad. La realidad para vos era distinta o era más que nada lo que imaginabas. Lo que no imaginaras no estaba en el mundo. Lo más curioso fue que ni bien el tren anduvo unos pocos kilómetros, creo que fue en Flores, comenzó a diluviar. El cielo ya venía oscuro pero de pronto se puso negro y detrás del agua siguió el granizo. Hielos, trozos de escarcha blancos, del tamaño de huevos de paloma, comenzaron a golpear las chapas y los vidrios plastificados de las ventanillas. Tus ojos destellaron sobre los míos y sonreíste.
- ¿Vio?
Asentí y te sonreí también mientras los pedazos de la blanca materia helada caían y caían sobre las anfractuosidades, los grises, chapas, tejas, azoteas, ropas tendidas, céspedes hirsutos, botellitas de plásticos, envases de yogures, marquillas de paquetes de cigarrillos, puchos, piedrecillas pequeñas del balasto entre los durmientes de añoso quebracho y el tren avanzaba y avanzaba, indiferente al desplomarse del cielo.
"Restaba entre nosotros sólo aquéllo que el otoño deshace ..." pensé o recité en silencio evocando los versos de un poeta de mi preferencia mientras te miraba. Quizás ya, en ese momento tan fugaz y mágico, me había enamorado de tu ser creyente y afectuoso, dotado de una fe esplendorosa y tranquila, que fluía de la expresión de tu rostro, de la gestualidad de tu cuerpo, como una irradiación natural.
-¿ Creé en los milagros ?- me preguntaste acto seguido, aún sin tutearme.
- Más bien creo en lo que veo... pero, por favor, tutéame
- Está bien, ahora lo tuteo, me va a costar un poco, sabe, bueno, sabés
- Ahora está mejor
Una intimidad de sonrisa anclada, como si fuera la configuración muscularmente constante de tu rostro, emanaba de las comisuras de tu boca y tus ojos; algo así como el nido de una complacencia anímica en la que sentí que podría descansar, casi hasta desperezarme ¡¿De qué?! De la contractura que producen la ciudad, el trabajo, la competitividad, la responsabilidad de llevar el pan a casa todos los días, para mi madre viuda y anciana y todavía no jubilada y para mí mismo; postergado también en mis posibilidades de conocer una buena mujer para casarme, designio con el que mi vieja renegaba cotidianamente contra mi indiferencia de costumbres, mañas y manías a mis treinta y ocho años de soltería bien consolidados.
- Yo creo en los milagros - afirmaste, rotunda.
- Sos una mujer, además de bella y joven, un poco crédula, muy confiada, ¿o me equivoco?
- Gracias por lo de bella. La juventud la tenemos los dos en este momento, no dura para siempre, es una circunstancia. En cuanto a la confianza, únicamente se la doy a las personas que me demuestran lo mismo.
Me sentí por las nubes, más arriba que ese cielo oscuro y aguado que se derramaba sobre el tren que nos abrigaba y su carrera y traqueteo de fierros, chapones y contoneos. Me sentí corrido de mí mismo. Sin embargo, tal vez para probarte, te dije:
- La realidad da sorpresas.
- Son los milagros.
De ahí, de esa casualidad, de ese encuentro bautizado por vos como milagro nació mi nueva y última vida hasta aquí. No se si vivo en una realidad imaginaria, pensada por vos, ahora que hace ya diez años que nos casamos y tenemos tres hijos y mi madre es por fin abuela y jubilada.-

Amílcar Luis Blanco