jueves, 17 de octubre de 2013

EN EL PARQUE




Nada le gustaba más, por aquéllos días, que internarse en el parque. No le importaba que estuviese soleado y diáfano y sentir que caminaba dentro de una gema transparente y etérea o nublado y gris o incluso lluvioso y sentir todo lo contrario, que el frío y la humedad le roían las mejillas y ponían sus sienes y su frente expuestas de tal modo a las temperaturas que parecía que se les fuesen a derretir o a insensibilizar para siempre,  hiciera frío o calor. Su contemplación se solazaba en los verdes cambiantes, salvias, turquesas, esmeraldas, de las hojas de las diferentes especies de árboles y arbustos, muchas desconocidas aunque tuviesen prendidas a sus troncos o en cartelitos al pie las denominaciones científicas, explicaciones y descripciones de sus procedencias. Había magnolias, eucaliptos, abetos, araucarias, álamos, encinas, robles, nogales, pinos, aromos, limoneros, naranjeros, manzanos, acacias, jacarandaes, ceibos, higueras y muchas más provenientes de las selvas y bosques más remotos de la tierra. A cada tramo podían verse gatos de pelajes y colores diferentes y ojos como girasoles vivos desplazándose elásticamente por entre los troncos y las hojas de los arbustos. Una hojarasca permanente, a manera de alfombra, amortiguaba el peso de su cuerpo sobre sus pasos y le comunicaba a su andar la ilusión de ser él también un félido feliz, sólo conectado al instante y a los momentos cuya sucesión o hilo conductor pasaba por el centro de sí mismo. Hay por supuesto estatuas, conjuntos escultóricos, edificaciones, trazados geométricos y canteras que encierran macizos de flores en espacios abiertos entre los follajes. De vez en cuando él o yo abandonábamos el cuerpo sobre alguno de los bancos que hay a la vera de los senderos, los que también eran y son aprovechados por mujeres y hombres que salen de sus departamentos u oficinas a tomar, sobre todo los mediodías, el oxígeno del jardín botánico. Los más fastidiosos desenvuelven paquetes para extraer sandwiches o frutas que contienen sus almuerzos y tiran los papeles fuera de los cestos destinados a recogerlos y hacen lo mismo con las botellas plásticas de gaseosas. Pero suele haber un ejército de uniformados que van recogiendo lo que tantos desaprensivos visitantes desechan de modo que el parque se mantiene más o menos aseado. Está prohibido el ingreso de perros al parque. Habiendo tantos gatos se armarían persecusiones y batallas muy difíciles de dominar.
Nada mejor entonces, siempre por aquéllos días, sentía él, siento yo, que sentarse a contemplar, a suspirar, a pensar e imaginar, cuando la fatiga lo vence a uno. Hay un sendero cubierto por polvo de ladrillo, rojo, sobre el que trotan o caminan quienes van allí a practicar sus ejercicios aeróbicos. Calzados en zapatillas de colores vivos y diseños sofisticados de gruesas suelas plásticas o de goma, enfundados los cuerpos en joggins, corren o caminan raudos y presurosos, concentrados, abstraídos de todo lo que no sea sus cuerpos y el movimiento de sus músculos.
Pero él o yo pensábamos o sentíamos el afuera, es decir, el rumoroso clamoreo de la ciudad de Buenos Aires; una abeja o moscardón incesante que, lejos de interesarse en los diferentes  tipos  de polen de las innumerables flores que hay en el jardín, teniendo sus apogeos en diferentes estaciones bajo la regencia de climas correspondientes a sus linajes más o menos exóticos, se encendía e intensificaba, pugnaba por ingresar al ámbito casi de invernadero protegido por la irradiación de su valencia salvaje, selvática y boscosa. Era como si la reserva, el ecosistema del lugar, se defendiese del pulular de lo urbano. Nunca había estado en Nueva York, por ejemplo, pero consideraba que el Central Park de aquella urbe debería sostener un contencioso más o menos parecido con la poderosa ciudad.
Mientras veía cómo una señora setentona progresaba en el tejido de una colorida pieza de lana, sentada en el banco que tenía frente a él o a mí, estimaba que esa pequeña bola de materia suspendida en el espacio interestelar y galáctico de color celeste intenso que es la tierra, el planeta en el que se hallaban él, yo, el jardín y la ciudad, fabricaba aguijones que eran o son como esas agujas en manos de la abuela que tejía y que esos aguijones picaban sobre la vida verde no para extraerle el polen y transportarlo a sitios en los que pudiera gestarse y renovarse una fértil fecundidad, sino para inocular el veneno negro de la polución y la destrucción, para paralizar y secar la vida.-
Había y hay, en efecto, sentidos divergentes, contrarios.- Los aerobistas, amantes del atletismo, que recorren kilómetros sobre el sendero rojo que como un cinturón rodea el parque, circunscriptos al itinerario fijo y a las cantidades o cualidades que sus deseos se proponen, están tan sumidos en sí mismos y sus programas solipsistas como los gatos. La diferencia sería que los gatos, como él mismo, o yo mismo disfrutan su alrededor, gozan lo extraordinario de la vida y el paisaje y lo sienten como un milagro del que forman parte. Se mantienen en contacto asiduo e ininterrumpido con las sensaciones y sentimientos que van de los vivos a lo vivo, de los árboles y arbustos a los gatos y a él y a mí y de él y los felinos y de mí a la vegetación. Pero ¿quién podría saber o asegurar que los deportistas de lo pedestre no gocen igualmente, como él o yo mismo y los gatos, del milagro de esa naturaleza? ¿Qué podíamos saber él o yo, lo qué esa gente verdaderamente sentía? Incluso la anciana que tejía, perdidos sus pensamientos, tal vez, no en las plantas y las flores que la circundaban sino en algún hombre que en su mocedad la enamoró, en algún nieto radicado en una ciudad lejana, pero pendientes sus evocaciones de ese paisaje inmediato al que volvería cada vez que, en el ejercicio mecánico que cumplían sus manos afanosas sobre el hilo de lana, regresara de su ensimismamiento y ajustara la montura de sus anteojos sobre la nariz. Cosa que ahora hizo y él y yo vimos.
¡Ay, ay! ¡Cuánta soberbia hay en nosotros! ¡Cómo nos desconocemos y vivimos en ese estado de incomunicación permanente, qué difícil nos resulta preguntarnos unos a otros por nosotros, intercambiar impresiones, experiencias, salir de los lugares comunes, intentar esa apertura primigenia, descontracturar nuestros intelectos para vernos y oírnos por fin!
Vivimos suponiendo, conjeturando acerca de los otros, desconociéndonos de modo sublime mientras el horizonte de la ciudad o la naturaleza en estado salvaje crece a nuestro alrededor y los gatos merodean, observan y se abstienen, cautos, de entregarnos toda su confianza. Aunque algunos se acercan y lo rozan y me rozan y maúllan y  buscan comida.-
Aquéllos días en el parque vuelven y él se entrega y yo me entrego a ellos, ingresa e ingreso en su calma y en el sigilo de los gatos. Nadie ni nada lo espera o me espera fuera del parque.

Amílcar Luis Blanco

domingo, 29 de septiembre de 2013

¿CASUALIDAD, MILAGRO?






Pisábamos el andén en la estación Once. No sólo pisábamos, caminábamos, crecíamos a partir de la pisada, nos erigíamos sobre nuestras piernas enfundadas en calzas, pantalones, medias de abrigo, en algunos casos transparentes, levemente amoratadas, amarronadas o negras; el caso de algunas mujeres que cubrían sus caudalosas o escasas formas con polleras. Las bocas en etapa oral a esa hora del mediodía; chupando gaseosas, masticando sandwiches o pebetes con salchichas o papas fritas. Hambre, ansiedad, paciencia, descontento, desazón, miedos, desesperaciones, arrobamientos enamorados ¿Cómo describir los estados de ánimo del gentío humano apostado, repartido, creciente, oliente, sudoroso o perfumado, sobre el largo andén, esperando al convoy, a la formación de vagones que habría de llevarnos a nuestros destinos al Oeste del Gran Buenos Aires?
Porque allí se produjo el encuentro, la primigenia interacción entre nosotros, dos seres mezclados, confundidos, en la muchedumbre urbana. Vernos, volver a mirarnos, detenernos en una ojeada compartida. Después, partiendo del habernos gustado, hablarnos. Mirándote te dije mientras sacudía el gesto de obviedad indignada:
- ¡No viene nunca!
Tu primera respuesta fue un bufido, algo como:
- ¡Ah!
- Vio, vio, después se quejan - insistí como para animarte. No fueras a ser alguna de esas tímidas patológicas y me dejaras con las ganas por lo menos, siquiera, de conocerte. Porque hay que decirlo, cuando llegara a casa y estuviera sentado a la mesa con mi madre septuagenaria, los dos comiendo solos, y pensara en vos, te evocara, regresarías convertida en los retazos de conversación que mantuvimos en el andén primero y luego dentro del tren donde nos sentamos uno al lado del otro ya no por casualidad sino porque nos habíamos aceptado, asumido, cada uno en la parte que habíamos alcanzado a conocer del otro. No era mucho pero las caras, los cuerpos, las manos, los ojos habían sido muy observados y aceptados, también los olores; curiosamente olías a lluvia y llevabas un piloto negro.-
- En realidad, hoy, van a caer piedras de agua - me dijiste.
- ¿Cómo?
- Granizo quiero decir
- ¡Ah!, bueno, sí, entiendo.-
En ese primer intercambio de palabras me di cuenta de que eras una mujer que volaba, vagaba, trascendía. Iba a necesitar mucha paciencia para traerte a la realidad. La realidad para vos era distinta o era más que nada lo que imaginabas. Lo que no imaginaras no estaba en el mundo. Lo más curioso fue que ni bien el tren anduvo unos pocos kilómetros, creo que fue en Flores, comenzó a diluviar. El cielo ya venía oscuro pero de pronto se puso negro y detrás del agua siguió el granizo. Hielos, trozos de escarcha blancos, del tamaño de huevos de paloma, comenzaron a golpear las chapas y los vidrios plastificados de las ventanillas. Tus ojos destellaron sobre los míos y sonreíste.
- ¿Vio?
Asentí y te sonreí también mientras los pedazos de la blanca materia helada caían y caían sobre las anfractuosidades, los grises, chapas, tejas, azoteas, ropas tendidas, céspedes hirsutos, botellitas de plásticos, envases de yogures, marquillas de paquetes de cigarrillos, puchos, piedrecillas pequeñas del balasto entre los durmientes de añoso quebracho y el tren avanzaba y avanzaba, indiferente al desplomarse del cielo.
"Restaba entre nosotros sólo aquéllo que el otoño deshace ..." pensé o recité en silencio evocando los versos de un poeta de mi preferencia mientras te miraba. Quizás ya, en ese momento tan fugaz y mágico, me había enamorado de tu ser creyente y afectuoso, dotado de una fe esplendorosa y tranquila, que fluía de la expresión de tu rostro, de la gestualidad de tu cuerpo, como una irradiación natural.
-¿ Creé en los milagros ?- me preguntaste acto seguido, aún sin tutearme.
- Más bien creo en lo que veo... pero, por favor, tutéame
- Está bien, ahora lo tuteo, me va a costar un poco, sabe, bueno, sabés
- Ahora está mejor
Una intimidad de sonrisa anclada, como si fuera la configuración muscularmente constante de tu rostro, emanaba de las comisuras de tu boca y tus ojos; algo así como el nido de una complacencia anímica en la que sentí que podría descansar, casi hasta desperezarme ¡¿De qué?! De la contractura que producen la ciudad, el trabajo, la competitividad, la responsabilidad de llevar el pan a casa todos los días, para mi madre viuda y anciana y todavía no jubilada y para mí mismo; postergado también en mis posibilidades de conocer una buena mujer para casarme, designio con el que mi vieja renegaba cotidianamente contra mi indiferencia de costumbres, mañas y manías a mis treinta y ocho años de soltería bien consolidados.
- Yo creo en los milagros - afirmaste, rotunda.
- Sos una mujer, además de bella y joven, un poco crédula, muy confiada, ¿o me equivoco?
- Gracias por lo de bella. La juventud la tenemos los dos en este momento, no dura para siempre, es una circunstancia. En cuanto a la confianza, únicamente se la doy a las personas que me demuestran lo mismo.
Me sentí por las nubes, más arriba que ese cielo oscuro y aguado que se derramaba sobre el tren que nos abrigaba y su carrera y traqueteo de fierros, chapones y contoneos. Me sentí corrido de mí mismo. Sin embargo, tal vez para probarte, te dije:
- La realidad da sorpresas.
- Son los milagros.
De ahí, de esa casualidad, de ese encuentro bautizado por vos como milagro nació mi nueva y última vida hasta aquí. No se si vivo en una realidad imaginaria, pensada por vos, ahora que hace ya diez años que nos casamos y tenemos tres hijos y mi madre es por fin abuela y jubilada.-

Amílcar Luis Blanco

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Las valvas abiertas




Los recuerdos estaban en el viento, en su movilidad, en el ágil manoseo transparente de las hojas incipientes de las copas de las acacias que comenzaban a poblarse de ese reverdecer y que decoraban la vereda y los frentes iluminados de los comercios en cuyas entradas y vidrieras pululaba el gentío como un enjambre. Le producía un ligero escozor ver cómo las mujeres subían las solapas de sus tapados de paño, pero ya dejaban ver lo ebúrneo y apetitoso de sus pantorrillas a través de las medibachas porque abandonaban las calzas y los pantalones. Acaso Guadalupe no había sido esa mujer misteriosa y apetecible, esa sirena que él había pescado; una Afrodita recién salida de las valvas de las olas. Ramón la había conocido en Villa Gessell hacia más de treinta años, se la había arrebatado al mar nadando vigorosamente y sacándola de una situación de ahogo. Entonces había sido un joven membrudo y orgulloso. Hoy ya no lo era, peinaba canas. Justamente como las que veía detrás del parabrisas de su automóvil. Esas ráfagas frías que agredían los pelos blancos de los ancianos que se atrevían a no llevar gorras y que, deshilachados, flameaban como débiles telarañas. El viento se propagaba más allá de él mismo, sentado en el interior tibio de su automóvil, y lo llevaba a una retahíla o caravana de imágenes conforme a las que iba componiendo acciones posibles para sus seres queridos en ese momento. Para su padre, nonagenario y enérgico, que no estaría a la intemperie y repasaría sus colecciones de grabaciones de tangos, tomaría mates amargos y andaría, aunque en pantuflas y piyama por su departamento, seguramente por las galerías de sus propios recuerdos, todavía más lejanos que los suyos, para espantar a la dichosa muerte rondándonos a todos desde siempre. Su madre, octogenaria, también a cubierto en sus quehaceres domésticos, tratando de escalar la mañana y de domar la reticencia de su árbol respiratorio, asediado a lo largo de su vida por el asma y, en los inviernos, además, por las patologías que afectaban los bronquios y que, según el pneumonólogo, se debían al EPOC, siglas que cifraban la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Después estaban los hijos o antes en el orden de sus afectos, repartidos por el mundo y las circunstancias, activos, veloces, desangelados por sus urgencias;consecuencias humanas de su mujer y de sí mismo. También los nietos.
Ellos sin duda, a su turno, enarbolarían en un futuro desconocido, detrás de sus trayectorias temporales indetenibles, recuerdos, remembranzas, informándoles y formateándoles los sentimientos, pero ya cercados o connotados por otros elementos ¿Cuáles? Era obvio: videos, blogs, escritos, fotografías. Sus tataranietos podrían reconstruír su vida actual y la de sus antepasados. Estarían, ya como estaba él ahora pero en mucha mayor proporción, rodeados de testimonios, vestigios, huellas elocuentes acerca de modos, maneras, detalles de  sus vidas presentes que para ellos serían pasado. 
La luz de la mañana se echaba sobre él a través del parabrisas y las ventanillas del automóvil. Su mujer, aquélla apetecible sirena, hoy una dama de pelo recogido y maneras recatadas, había entrado en la farmacia y él esperaba que saliera cuando de pronto se desencadenaron los hechos, como en una película. Un muchacho, no tendría treinta años, salió agitado, corriendo, de un edificio con enormes vidrieras que ocupaba la esquina y mas o menos veinte metros de la acera junto a la cual estaba Ramón dentro de su automóvil. Tenía la cabeza cubierta con un gorro de lana negra con aberturas en los ojos . Vestía vaqueros celestes y una campera roja y blanca de lona y en la mano blandía una pistola. Otro salió detrás de él. Sostenía una bolsa en una mano, como en una rama quieta desprendida de su fijeza desesperada, seguramente conteniendo el dinero que habrían sacado de la caja. Habían intrusado un comercio de ropa femenina de bastante renombre y que ocupaba toda la esquina. La gente se quedaba detenida,  como paralizada, al verlos, todos como árboles, como las mismas acacias de la vereda. Una mujer se tapó la boca, un hombre se quitó los anteojos, otro cayó sentado sobre la vereda como si lo hubieran empujado. Dos chicas gritaron histéricas. El destino quiso que quedaran frente a frente con los asaltantes. Estos vacilaban, parecían no saber hacia dónde dirigirse. De pronto, el que llevaba la pistola pareció señalarle un rumbo al otro y apuntó con el arma hacia el coche en el que Ramón estaba estacionado.
Ramón tragó saliva, sus evocaciones se borraron y quedó anhelante, aterrado, convertido en puro presente dentro de su cubículo tibio, sintiéndose como en una caracola, aguardando el golpe que rompería su momentáneo aislamiento, su carcaza. Los asaltantes abrieron la portezuela y le ordenaron que descendiera inmediatamente. El que llevaba la pistola le apoyó la punta en la sien. Ramón bajó, casi cayéndose¿Se derramaba, acaso? Trastabilló y no atinó a decir nada. La llave estaba puesta en el arranque así que los maleantes arrancaron y en un instante doblaban y desparecían por la misma esquina de la tienda que habían asaltado. Pero un instante antes él había mirado las dos puertas abiertas de su pequeño automóvil y había sentido que eran las valvas abiertas y vacías por las que se filtraba el infinito. Varias personas que habían sido testigos de lo ocurrido se le acercaron y Ramón, que había quedado sentado sobre el cordón, no intentó todavía siquiera moverse; era él mismo el cuerpo de un molusco desnudo. Era un hombre de sesenta años y sintió en ese momento el peso de sus años, toda su vulnerabilidad, la viscosa masa expuesta de su miedo. Su mente había permanecido en blanco y regresaba, lentamente, a la circunstancia. Podría haber muerto en ese segundo fatal. Al rato vio venir hacia él a Guadalupe.  Había salido de la farmacia un poco atribulada por las exclamaciones y el agolpamiento de la gente hacia donde ella sabía que Ramón la aguardaba. El galope de su corazón se le aceleraba en el pecho pero cuando lo vio sentado, vivo, aparentemente tranquilo, la calma comenzó a espaciar sus latidos.
- Ramón, amor, ¿qué pasó, estás bien?
- Sí, estoy bien, tranquila ¿Sabés que se llevaron el coche?
- Sí, bueno, lo principal es que no te hayan golpeado o disparado.
El taxi los llevó al edificio de departamentos en el que vivían desde que vendieran la casa en El Palomar, la que los había albergado por años, en la que habían vivido los hijos desde que nacieron. Ahora, entraban tomados del brazo, aferrándose, en ese casi mediodía del todavía invierno y Ramón sentía que eran dos náufragos, dos criaturas vulnerables y expuestas, dos miedos tratando de fortalecerse, sumados, apoyándose. El viento seguía aumentando su inquietud y se hacía oír en las hojas de las copas de los paraísos que acusaban sus manejos. El cielo se había cubierto y un trueno prorrumpía en la distancia. El automóvil se recuperara o no, el seguro lo pagaría, tendría ese sentido de caracola vacía, de valvas abiertas sin nadie y él lo vería siempre como una parte de esa mañana por la que se filtraba el infinito, una más en su vida.

Amílcar Luis Blanco ("El pescador y la sirena" por Frederick Leighton)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Filosofía del alcohol




"Creer es entregarte, no le creas nada a nadie" - me decía la abuela cuando ya estaba pasada. Al rato decía lo contrario: "Nena, no podés vivir sin creer en alguien o en algo". Enseguida ponía la botella, ya sin ginebra, sobre la mesada de loza carcomida color cáscara de naranja y el Toby, el perro que teníamos, le olfateaba la mano que ella dejaba colgando y después se la lamía para que se despertara un poco y lo viera y nos viera. Éramos muy pendejos y estábamos todos desparramados por la cocina. Mi hermana con la sartén cocinaba, nos freía huevos batidos con un pedazo de queso en el medio, omelettes. Mi hermano Juan ponía la mesa, desparramaba los cubiertos y los platos sobre el hule verde, iluminado por la bombita opaca y sucia que daba una luz amarillenta. Federico, mi hermano más grande, sentado en la cabecera, se rompía los ojos tratando de leer el diario antes de irse a trabajar de sereno. Comíamos pan que me regalaban en la panadería de lo que sobraba. Todos nos quedábamos con hambre pero mi hermano Federico más. La abuela estaba siempre muy borracha y no comía casi nada. Cuando nos quejábamos de la poca comida, a veces no había huevos ni queso y hervíamos fideos que pedíamos por la vecindad y lo sazonábamos con un poco de aceite, mi abuela nos decía que tener hambre era sano y que la gente que comía mucho se moría joven.
La noche que salí con Bruno, un amigo de Federico que siempre me elogiaba las piernas y me preguntaba si las podía tocar, la noche que salí con él con la idea de dejárselas tocar porque al fin me había enamorado de sus ojos verdes y me hice la ilusión de que nos casáramos y nos fuéramos a vivir juntos, me llevó a un albergue transitorio y lo hice al amor por primera vez. Si dijera que no sentí nada mentiría. Bruno se portó tierno y considerado conmigo. Me besó con suavidad y después que terminamos de hacerlo, al amor, me recosté en su pecho y él me acarició el pelo y estuvimos así bastante tiempo. Sentí felicidad, sentí que le importaba, que querría verlo de nuevo al día siguiente y al otro y al otro y al otro.
La verdad, terminamos viviendo juntos en una casilla que era de un tío de él que estaba preso. Él trabajaba con Federico de sereno en el supermercado. Eran ellos dos solos. Quedé embarazada al poco tiempo de estar con Bruno. Me di cuenta porque empecé a sentir mareos y a vomitar todo lo que comía, nada me quedaba en el estómago. La que me dijo que eso era un síntoma fue mi abuela. Iba recién por su primer trago. Me dijo:
- Nena, querida, ¿no te das cuenta?
- De qué abuela
- De que estás embarazada
El mundo se me ennegreció un poco. De nuevo un vahído, un vacío, se me acomodó en la panza, adentro la cabeza se me puso en blanco y me desmayé. Mi abuela, que todavía no estaba borracha, me ayudó a sentarme. No me había golpeado porque había caído en su falda.
Cuando se lo conté a Bruno me miró fijamente, como atontado.
- ¿En serio? - me preguntó
No le contesté, lo miré a los ojos, le sonreí y él salió de su expresión de tonto y me sonrió también. Entonces supe que él se había alegrado con la noticia y me tranquilicé. Sí, porque desde el desmayo y la conversación con la abuela hasta ese momento  había sentido mucho miedo.
Mi hermana Mariana, la mayor, la que nos freía los huevos con el queso, me enseñó a cocinar algunas comidas y me trajo una revista con un artículo con fotografías titulado "Todo sobre el bebé". Cuando quedé embarazada tenía catorce y el año anterior había terminado el séptimo grado y Mariana me había ayudado mucho. Nosotros la teníamos a ella y a Federico y después a la abuela, pero la abuela era como una pendeja más que había que cuidar.
A la clínica fui con ella porque Bruno dormía durante el día. Nos atendió una enfermera gorda y una doctora flaca y nariguda. Era la ginecóloga de la salita. Me quité la bombacha y me hizo sentar en una camilla con las piernas muy abiertas, las rodillas bien separadas, me dijo, le obedecí y vi que se ponía unos guantes. Muy suavemente metió dos dedos dentro de mi vagina:
- ¿Cuánto hace que no te viene el período, querida?
- Tres meses
- Bueno, tenés un embarazo de dos semanas, ¿tus padres?
- Son fallecidos
- ¿Tu novio?
- Sí, vivo con él, en pareja vio?
- Sí, sí, vi y toqué. Bueno, nena, ya está, parate y vestite.
Eso fue todo o casi todo. La doctora estuvo después dándonos recomendaciones a mi hermana Mariana y a mí.
Regresamos a la casilla. Sobre la mesa había una botella de ginebra que Federico había comprado para la abuela.
- Vas a ser mamá, festejemos- dijo de pronto Mariana. Me sonreía y los ojos le brillaban
- Bueno, claro que sí - dije. Me sentía muy animada.-
Total que empezamos a tomar. A la madrugada cuando Bruno llegó nos encontró desnudas y borrachas, revolcándonos. Estuvo serio durante muchos días y aunque le expliqué y le repetí lo que había pasado y le pedí que me perdonara no se volvió atrás. Finalmente me pelié del todo con él y estoy de vuelta con la abuela, Mariana,  Federico, mis demás hermanos y el Toby, pero con la panza. Estoy muy triste y lo único que he podido hacer por ahora es escribirlo para empezar a curarme esta tristeza. Me lo pidió usted, la psicoterapeuta de la salita, y me recomendó que pusiera todo. Bueno, aquí está y se lo voy a llevar hoy mismo que me toca, que ahora que empecé a cocinar para afuera con Mariana puedo pagar el bono y la voy a ver una vez a la semana. Espero que esté bien así, doctora, o licenciada, no se bien cómo llamarla, disculpe.

Amílcar Luis Blanco (Obra plástica de Egon Schielle) 

domingo, 1 de septiembre de 2013

EL CORAZÓN DE LA VIGILIA




                               Estaban en una Corte de Justicia, la Corte Suprema de los Estados Unidos de América. Todos tenían puestas sus togas negras. Se habían parado detrás de sus asientos de respaldos altos en la alta sala y un ujier o secretario había proclamado con voz solemne que la corte entraba en sesión y que quienes tuvieran reclamos para hacer los hicieran, o algo así. Estaban frente a la pantalla del televisor de cincuenta y dos pulgadas que era como un cine. Estaban sentados, Mara y él. Él había dejado su whisky sobre la mesa transparente. Se había acomodado para contemplar más cómodamente, la redundancia valía, la película. Un abogado joven personificado por Andy García había ingresado como nuevo juez al  supremo tribunal federal para reemplazar a otro y decidir el veredicto final sobre un caso de aborto en el que el Estado de Alabama había condenado a la mujer que abortó por homicidio premeditado. Los abogados de la mujer habían demandado al Estado de Alabama. El pronunciamiento abarcaría y decidiría varias cuestiones. Ernesto trataba de concentrarse cada vez más en los diálogos pero el alcohol y el trasiego del día, lo que había cenado, todo, se precipitaba sobre sus párpados, los ojos se le cerraban y aunque Mara a su lado no pudiera verlo, detrás de sus anteojos, él caía y caía en el sopor. Se desconectaba, caminaba sobre una playa de canto rodado manchada por la sombra y una luz ferruginosa. Sus pies se hundían en los pulidos cantos produciéndole una sensación de suave masajeo que lo metía aún más en lo placentero de su ensoñación.
                             A ratos conseguía abrir brevemente los ojos y contemplar a los togados que conversaban entre ellos pero enseguida, nuevamente, caía en el invencible sopor. Su cuerpo vagaba por esa playa de sombras y era el de un pescador ebrio, muy pobremente cubierto con ropas gastadas y la conciencia de tener que llegar a una mísera casucha, tras los médanos, seguramente su hogar. Cuando iba a trasponer la última colina de arena sintió que su cuerpo se elevaba y también que las notas de una campana sostenían su vuelo. Pero un martilleo que comenzó a sonar cada vez con más intensidad y provenía, en la película, del viejo que presidía el tribunal volvió a despertarlo y ponerlo en la contemplación absorta de los togados. El más joven de ellos detrás del púlpito comenzaba a hablar acerca de la vida. Era el personaje interpretado por Andy García, de grave voz y concentrada fisonomía. Trató de entender las palabras y las frases pero sintió que se extraviaba e internaba en los significados sin poder relacionarlos. En realidad no importaba, cada palabra tenía su propio ámbito, su valor y la potencia evocadora suficiente como para volverlo a ese suelo sobre el que había volado y ahora descendía. Ingresaba ya en la cabaña, mucho más allá de los médanos, en el centro de un bosque y su hijo lo esperaba. Era Andy García y lo esperaba  cómodamente sentado en un espacioso living, le decía:
- ¿Estas listo?
- Sí, sí, lo estoy.- De pronto se sentía fuerte, sólido, bien plantado y hasta aguerrido.
- He sabido, vos no lo ignorás, que de la primera aventura erótica de mamá con vos, un hermano o hermana mía quedó en proyecto, o sea que permitiste que abortara.
Él sentía que una espada lo había tocado y la estocada había sido fuerte. La frase de su hijo había llegado a su costado como una punta y filo de acero cortante, así que cayó herido. Varias voces a su alrededor, muchas caras, muchas manos, se le plantaron sobre el cuerpo y entre todos lo llevaron en andas. Escuchó a su hijo diciendo: "Llévenlo al hospital, esto es sólo un juicio ..." Las voces, las manos, se perdieron y él se despertó y sus ojos volvieron a la pantalla y sus oídos al audio pero ya sin entender lo que veía y escuchaba porque los sollozos lo sacudían y una montaña de pena transparente e intensa caía sobre el corazón de su vigilia.

Amilcar Luis Blanco  ("La familia" por Egon Schielle)


martes, 13 de agosto de 2013

Lo que él vio de ella, lo que no vio y algunas cosas más ...




Lo que Miguel vio de ella, de Magdalena, la cabellera rizada, la pequeña boca de labios bien dibujados, de grosor justo, las cejas golondrinas, los enormes ojos aceitunados algo oblicuos, el largo y terso cuello - quiero mencionar todo lo que lo impresionó- la estatura, la rotundez de hombros, senos, la fina cintura, las caderas y glúteos torneados, las largas y excelsas piernas, le hizo imaginarse una gioconda actual, pasada quizás por los gimnasios, la natación, los pilates, buenos odontólogos para sus dientes tan cuidados, pero y sobre todo, a sus setenta años, lo mejor conservados que pudo, luego de los by pass, él,  ese envejecido hombre amigo de su padre,  se enamoró a primera vista y , por supuesto, descartó que ella pudiera darle siquiera la hora.
Lo que Miguel no vio de ella fue su sentimiento de derrota, frustración, su depresión. La bellísima Magdalena que aparentaba treinta pero tenía cuarenta y dos años se sentía además dolorida. Los novios que habían pasado por su vida, incluido el último, jamás la habían respetado. Todos terminaban persiguiéndola, disconformándose y abandonándola, cuando no era por miedo, cobardía ante su belleza, ocurría que la dejaban por inseguridad o desconfianza. El último había llegado a golpearla y se jactaba de que sólo así, dominándola en forma posesiva podría domarla.
Pero héte aquí, no obstante, una cena de los tres mediante, es decir , ella, su padre y Miguel, y enterada ella de la soledad de él, de la operación, de la viudez, de la nobleza de su desempeño como médico cirujano hasta que tuvo pulso y vista para intervenir gratuitamente a mucha gente a la que le salvó la vida, se conmovió y comenzó a verle las canas y las pocas arrugas con las bellezas, los esfuerzos para mostrarse elegante, ser y aparecer discreto, considerado, caballeroso, todo ello motivó que de su conmoción pasase a la curiosidad y el respeto y, de ahí, toda vez que su último festejante hacía gala de unos celos, una tozudez y unas faltas de respeto materializadas en golpes, sacudones, fuertes pellizcones que la dejaban con moretones y cardenales por toda su preciosísima anatomía y con su autoestima muy lastimada, como tuviera que refugiarse de esa sórdida persecución del desmañado otelo, una tarde de verano,  lo hizo en el departamento del amigo de su padre, y del respeto y la curiosidad pasó a experimentar la ternura y delicadeza con que él la acogió y le permitió pernoctar en su hábitat.
Esa noche jugaron pero ella fugó, se escabulló y evaporó de tanto maltrato. Frente a un enorme balcón abierto que mostraba la espaciosa y misteriosa Avenida Nueve de Julio de Buenos Aires, desde el piso quince del edificio en torre, después de beberse dos botellas de buen vino tinto, apartaron los sillones, corrieron la alfombra y bailaron los compases de la cumparsita oficiando él de profesor. En una sentadita en la que los labios de ella quedaron a merced de los labios de él y sus poderosas nalgas sobre sus muslos, mirándola en sus pupilas del color del jade, algo oscurecidas por el atardecer, Miguel le dijo:
- Me enamoré de vos.
Ella se sorprendió con su propia respuesta, evidentemente había volado con él, le contestó:
- Yo también te quiero, llegué a quererte, pero no sé, no creo estar enamorada... Ahora me siento culpable de no poder amarte y de que vos me ames.
Sus últimas palabras habían expresado sus oscuridades, sus dudas. Además él le dijo:
- Entonces. ¿Por qué no parás de seducirme?
Magdalena,  se puso muy seria, los músculos de su rostro se contrajeron en una amarga mueca. Se incorporó de la sexual posición un poco avergonzada, erguida ya se acomodó la falda, dio media vuelta y se dirigió a la puerta, la abrió y la cerró con fuerte estrépito detrás de ella.
Habían estado jugando. A la mañana regresó ante un Miguel que bostezó desaliñado y somnoliento frente a ella, pero sobre todo sorprendido, después de haber abierto la puerta y haberla visto en el palier con la misma ropa y el rimel corrido y la pintura de ojos ennegreciéndole los párpados de modo que sus pupilas brillaban salvajemente.
- Estuve en lo de papá, abajo, vine a decirte que únicamente pararé de seducirte cuando tengas un plan para siempre conmigo. No necesitás responderme ahora, tenés mi teléfono, llamáme - le dijo. Volvió a girar sobre sus talones y a marcharse tan súbitamente como había llegado.
¿Podía él, un oscuro médico jubilado de setenta años, ofrecerle algo a esta impetuosa joven que no pasaba los treinta? Él bajó entonces como estaba hasta la casa del padre de Magdalena y sin contestarse la pregunta que se había hecho tocó a la puerta, salió ella y él le dijo:
- Me dijiste que te sentís culpable de no amarme y reconociste que no parás de seducirme y que seguirás seduciéndome si no tengo un plan para los dos.
- Sí
- Pero entonces, si no me amás, ¿por qué no pararías de seducirme?
- ¿Tal vez para que vos no dejes de tratar de enamorarme?
- ¿Y con un plan para los dos te enamoraría?
- No se por qué pienso que sí, que esa determinación tuya me enamoraría.
- Te amo, te ofrezco entonces que nos casemos, que nos casemos ya, ese es mi plán. ¿Aceptás?
Los ojos de ella se iluminaron, sus mejillas se encendieron, su corazón se aceleró. Un milagro con semblante de hombre arrugado, canoso, osado y desafiándose a sí mismo, le mostró a ella que la vida se le abría nuevamente hacia un horizonte desconocido.

Amílcar Luis Blanco

miércoles, 31 de julio de 2013

AVENTURA DE UNA NOCHE DE VERANO



Pensó que estaba solo y que Martha estaba sola y que la mayoría de los transeuntes, escasos a esa hora, que veía estaban también solos. Anduvo por la Avenida Libertad y venía de haber caminado por la Peralta Ramos. Mar del Plata de noche y con lluvia y en el mes de marzo y el regreso al departamentito y la especulación sempiterna sobre la vida de los marplatenses en el invierno. Luces de neón, Plaza España, su arboleda, los hoteles, los coches estacionados. La esquina de un bar suntuoso. Montecatini en Luro y cenar por pocos pesos.Pero no, a Martha no le gustaba cenar afuera, prefería preparar ella lo que llamaba minutas. La milanesa o el bife, el huevo y las papas fritos, la ensalada de lechuga y tomate. El haber aprovechado la mañana o la tarde o ambas el culo contra la arena, el viento proveniente del vasto océano de ráfagas frías pegándole en la cara, bien sureras las putas brisas pensaba él, un adjetivo de su gusto, aunque el astro rey, Febo, asomara más que en la marcha de San Lorenzo. Mar del Plata no era de ahora, era de siempre. Las minas que lo perturbaban con sus culos, sus torsos, sus muslos, sus espaldas bronceadas, tendidas sobre la arena o caminando por la rambla, despampanantes. No sabía qué lo cansaba más de los veraneos ¿Cuánto hacía que estaba con Martha? Nueve años, nueve, ¡la mierda, cómo pasan los años! Y ella empeñada con sus minutas, siempre sin ganas de cojer. Había bajado del departamento con el pretexto de comprar media docena de huevos para las minutas pero lo estaba aprovechando para deambular y fumar, mirar las minas que lo miraran. A lo mejor ligaba y se podía levantar alguna. Eso hubiera sido lo mejor, una aventura, algo para romper la monotonía. Esa monotonía del joging, el buzo, las zapatillas, el short, las ojotas. Transportar la carpa y las sillas plegables a la playa a la mañana desde el departamento. Oler los bronceadores y desear las pibas, mujeres de cuerpos de yeguas. En fin, poder hacer algo distinto...
- ¿Me das fuego, lindo?
Una mulata le había hecho el pedido, una parda infernal de ojos gatunos aparecida de pronto desde la sombra de las copas que el viento balanceaba, enfundada en una pollerita que apenas contenía unas ancas y una cola impresionantes, ajustada a una pequeña cintura. Senos que le desbordaban la blusa. Labios carnosos fucsias. Uñas postizas de igual color. Todo lo vio, todo lo relojeó Anibal.¿Sería un travesti o una mina de verdad? Se llevó la mano al jean, introdujo sus dedos en el apretado bolsillo y le costó extraer el encendedor. Lo accionó y acercó la llama
- ¿Te gusta la noche? - le dijo la mulata clavándole los ojos gatunos de brillo ámbar casi amarillento.
- A mi sí, ¿y a vos?
- También ¿Y la ciudad, te gusta?
- Vine muchas veces
- Entonces la conocés bien, pero ¿te gusta o no?
- Bueno, a veces me gusta, a veces me aburre ¿Qué importa éso? ¿Vos sos de acá?
- Hace dos meses estoy acá
- ¿Y antes dónde estabas?
- Bueno, soy de Buenos Aires, ¿y vos?
- También ¿De qué barrio?
- ¿Importa?
- No mucho, es un tema para conversar
- ¿Qué querrías hacer conmigo? Digo, en vez de conversar
- ¿La verdad?
- La verdad
- Cojerte
- ¡Jajaja! ¡Qué directo que sos!
- ¿Cuánto?
- ¿Cuánto qué?
- Dinero, guita, por cojerte.
- Bueno, depende ¿Cuánto me pagarías?
- No se, poné vos la cifra
- Ponela vos querido, al fin sos vos el que la vas a poner, o no? Jajaja
- No se, cincuenta
- ¿Te parece que valgo tan poco?
- No se, ¿qué sabés hacer?
Finalmente, después del parloteo previsible, insustancial, cerraron en cien pesos, ella lo invitó a un hotel a dos cuadras.  Lo llevó de la mano y Anibal se sintió como un chico. Mientras caminaban el viento se pronunció con fuerza desde el mar. La mulata se ajustó una campera color cobre de tela sintética patinada por la llovizna sobre su blusa y Anibal se fijó en la prenda que amarilleaba, amostazaba igual que su mirada. Comenzó a llover con fuerza. Martha se estaría preguntando por su tardanza. Pero valía la pena. Le diría cualquier cosa, lo que se le ocurriera, ya vería.
Entraron al vestíbulo del hotel con el aguacero ya en plena descarga. Ella le sonreía y lo besó con un poco de olor en su aliento a alcohol y cigarrillo. Anibal pensó que era el olor de la aventura. Lo excitaron sus pechos y el aroma un poco más tibio de la piel de la mulata, algo de su transpiración mezclada con un perfume barato y quizás también con alguna secreción femenina que él mismo podría haberle provocado y que provendría de su bajo vientre. La idea de que pudiera ser así hizo que ni mirara el ascensor y sólo viera el reflejo rojizo de un cartel luminoso tiñendo las sábanas de la cama que la mulata dejó al descubierto. Contribuyó también a una poderosa erección y a que la penetrara antes de ningún juego. Sintió la mojadura de su sexo y  le entró sin condón. Pensó que era una imprudencia. Bueno, pero si vamos a andar siempre con tantos remilgos ¿Hay algo más hermoso que una mujer excitada, verdaderamente excitada? Porque pese a ser una profesional a él no le cabía en el cuerpo el orgullo de haberla excitado ¿Qué importaba pagarle cien pesos? Le hubiera doblado la cantidad por la satisfacción que le estaba dando, por lo que estaba recibiendo de ella.
Era verdaderamente ardiente, ardiente y húmeda. Y fuerte, lo levantaba en sus muslos y era flexible. Se alzó de nalgas y llevó sus rodillas hacia atrás como si estuviera desarticulada, como si fuera una contorsionista. Además gemía y suspiraba. Olía a magnolias que estuvieran creciendo bajo la lluvia y a la lluvia misma. Y besaba, besaba como un cono de terciopelo aspirante, como una suave boa que se lo estuviese tragando, succionaba blanda y segura a la vez. No dudó en confiarle su tallo, su vástago, ponérselo dentro de la boca y permitir que lo succionara y rodeara con la lengua.
Cuando todo terminó Anibal se dio cuenta de lo bella que era esa mujer desnuda. Digna de una pintura, de una foto artística para colgar en una galería, en el Museo de Bellas Artes.
- ¿Qué vas a hacer ahora? - le preguntó ella desde el centro de toda su belleza
- ¿Vos?
- Pensé que podríamos pasar la noche aquí, juntos, disfrutar del aguacero.
Anibal se quedó en silencio mirando el letrero rojo que los  sangraba e iluminaba a los dos.
- ¿Sos casado? - volvió a preguntar
La ciudad seguía. La lluvia crepitaba, crujía, respiraba con la noche. Las gotas cayendo podían imaginarse y verse. Así como él y ella dentro de la pieza de hotel y Martha dentro del departamento esperándolo, mirando la lluvia a través de la ventana y fumando. Los edificios, las calles, el borde del océano y las olas yendo y viniendo. Pensó que estaba solo y que Martha estaba sola y que ahora eran  tres soledades, palpables, necesitadas,  indeterminadas, múltiples e invisibles soledades.

                                                                 II

                                                                   


- Mirá, soy casado, bajé a comprar huevos para que mi mujer los fría. Me está esperando en el departamento. Me encantaría pasar la noche con vos, aquí, ¿qué excusa se te ocurre para mi aburrida mujer?
- ¿Tenés tu celular con vos?
- No, lo dejé en el departamento.
- Entonces ya está. No la pudiste llamar para avisarle. Llegás a la madrugada, tipo nueve, le decís que una brigada policial te comprometió para que salieras de testigo de un allanamiento por drogas en un boliche de por aquí y listo.
- ¿Y tanto tarda un trámite de esos?
- ¿Qué te parece? Tuviste que ir después del allanamiento a la comisaría y esperar a que levantaran las actas. Le decís que encontraron merca, que hubo tres detenidos, etcétera, lo que se te ocurra campeón
Dijo "campeón" y enlazó a Anibal poniéndole los muslos sobre las caderas. El rojo del cartel resbaló sobre la oscuridad de su piel y él la vio satinada, satinada y oscura. Pensó en una mezcla de sombra y sangre y en Martha esperándolo en el departamento, cada vez más nerviosa, cada vez más confundida. Abriría sus ojos asombrados y enormes y también sus labios quedarían separados y en suspenso mientras Anibal le contara.
No importaba, el tiempo hervía afuera, la lluvia goteaba, tamborilleaba, parecía freir las porciones de oscuridad que se divisaban sobre los techos, contra los edificios, los asfaltos. De vez en vez un coche producía su chasquido de neumaticos sobre la calzada mojada en el alrededor invisible, pero audible. La soledad atravesaba, esa soledad de todos, el espíritu, el pulmón de la lluvia que se extendía. Los labios de la mulata estaban calientes, su sexo resbaloso, húmedo y tibio, como si resguardara la vida misma protegiéndola del frío exterior. Entró en la complacencia de los besos, de estrecharla y sentir sus senos abundantes, bajó su boca a un pezón y lo sorbió y aspiró rodeándolo con su lengua ¿No era acaso regresar al seno materno pero ya sin tabúes ni represiones, habilitado por ese cuerpo magnífico que contenía lo más íntimo del verano, la opulencia de la primavera y la leve memoria de lo urbano en el vago aroma del tabaco y el alcohol en el cuerpo de esa mulata joven? Tomó su nuca, su suave nuca, el leve peso de su pequeña cabeza, y pensó en África, en esa película con Meryl Streep en el que un rozagante alemán, el que hacía el papel de su esposo ¿Cómo se llamaba? No podía recordarlo, los besos de la mulata lo envolvían y también,a medida que su pene se contoneaba, entraba y salía, de su vagina mojada que lo ceñía, a medida que se dejaba arrastrar por el torbellino que su cuerpo y el de ella se proponían, olvidaba, olvidaba, no podía recordar a ese actor alemán, pero si recordaba en cambio que él se había amancebado con una mujer negra, una mujer negra que lo enfermó. Valía la pena, valía la pena enfermarse y todo si era el perfume de las magnolias, el salado olor de las secreciones de ambos lo que lo transportaba en ese momento al nirvana, al sitio sin nadie de las puras sensaciones, al lugar de las rosas y claveles, al campo extendido y extenuante y grandioso de los cuerpos transpirando, acariciándose, besándose, hundiéndose el uno en el otro, como la espléndida noche de lluvia sumiendo a la ciudad y sumiéndose en sí misma.

Amílcar Luis Blanco