lunes, 24 de junio de 2013

SALIRSE DEL TIEMPO







                                                         Invierno y, no obstante, como el día anterior había estado corriendo, manejando, caminando, escalando, en compañía de Mónica con la que habían ido directamente a la cama sin detenerse, sus zapatillas olían a queso parmesano y sus pies también. Había, además, en el departamento, ese aroma a césped recién cortado, o sea, a semen. Longilinea, majestuosa, Mónica había arrastrado, sosteniéndola en su puño, su brazo en ángulo contra la elordosis de su cintura, después de la tempestuosa tenida, como un pareo de larga cola, la sábana color lila suave hasta la ducha detrás de sus  poderosas ancas,  glúteos y muslos o nalgas que le hacían pensar en el garbo de las yeguas. Así la miraba él desde hacía un mes cuando se habían conocido en un bar en Buenos Aires y habían disfrutado el uno del otro, jurando que jamás se comprometerían y que no hablarían de amor. Pero él lo sentía y desde entonces su observación de ella  comenzaba por su largo cabello rubio y su espalda o por sus aladas y poderosas cejas y esa mirada esmeralda impresionante y descendía por sus amplios senos anforados, esas dunas mostaza sobre cuyos declives adoraba deslizar los labios entreabiertos para besarla,  lamerla y hacer que se estremeciera. Podía verla desnuda; era un volumen exquisitamente azafranado y voluptuoso su cuerpo; sol en su piel, inteligencia tras su frente amplia, luz de relámpago atrapado, pero además la revista, sus artículos, su doctorado en filosofía, su conversación. La admiraba, la había mostrado por eso, un par de veces, ante sus amistades y les había dado la ocasión de que la escucharan y, entonces, el orgullo por tenerla casi no lo dejaba respirar. Habían hecho el amor a lo largo de casi  toda la noche y únicamente a la mañana,  extenuados, habían pensado en bañarse y desayunar. San Carlos de Bariloche había dejado de ser la de sus recuerdos de infancia, cuando con su tío Bartolomé,  su tía Lelia y su prima María Luisa, a sus nueve asombrados años, habían ingresado a un paisaje de postal; chalets de piedras grises o amarillentas y maderas rojizas de pino ciprés junto al lago Nahuel Huapi. El bosque como una tupida barba verde entre los basaltos verticales y las faldas escarpadas de la montaña, extensiones de césped, canteros de flores rojas, amarillas, verdes, celestes,   macizos de rocas nevadas,  el azul intenso del cielo y el helado viento que cortaba lo que quedara expuesto, el cuello, las mejillas, la nariz, las orejas.
Ahora la ciudad estaba repleta de comercios, edificios altísimos como los de Buenos Aires, Mar del Plata o Rosario, poco bosque, escasos céspedes, mezquindad de canteros y suciedades a granel, botellas de plástico aplastadas, bolsas de polietileno llevadas por el viento, trozos de géneros, sogas, latas de cerveza, colillas de cigarrillos y paquetes retorcidos, boletos, papeles, cartones, frascos, folletos, impresos, tachos y contenedores con basuras desbordantes, abundancia de micros, gentío, pisadas, vocinglerías derramándose, bocinas, motores, automóviles estacionados en doble fila. En las afueras había galpones y tinglados, camiones y remolques, que se divisaban desde las ventanillas del avión y materiales y productos alineados que revelaban la presencia de pequeñas y medianas industrias. Pero lo que no había cambiado, y le confería al conglomerado urbano alguna particularidad de lánguida belleza todavía, era la suave caída de las calles hacia el lago y esa extensión y vista de mar entre montañas y aguas profundas cuyo colores oscilaban yendo  del esmeralda al azul tilcara y cuando se nublaba al gris azulado, que el viento permanentemente, con distintas intensidades, peinaba, levantaba, encrespaba o alisaba.
De todas maneras el frío era la presencia común. No dentro del departamento en el que Mónica había arrastrado la sábana lila tenue para llegar al baño porque desde las cerámicas del piso ascendía el calor de la loza radiante. Patricio ahora esperaba, aguardaba pacientemente oliéndose y oliendo esa acogedora tibieza, mirando a través del amplio ventanal el panorama del lago y las montañas, pensando en esas precisas mutaciones del tiempo, que Mónica terminara su baño y acicalamiento para ingresar él bajo la ducha. No quería entrar con ella bajo el chorro porque se sentía con ganas de tomarse una pausa, disfrutar el espeso tazón de chocolate y el brownie en el abrigado bar en la misma esquina del edificio en el que vacacionaban, cuando por fin bajaran a desayunar y disfrutar ese rincón de ilusión que la ciudad todavía podía ofrecerles.-
Una vez dentro del bar, puestos ambos abrigos de gamuza y lana sobre los respaldos de las sillas, envueltos en la delicada fragancia a lavandas del perfume que él le había regalado, el humo desde los chocolates que les había traído el mozo se levantó lentamente desde las tazas y sus volutas blancas acariciaron las maderas acarameladas, con artesonados, cuadros, botellas de distintos vinos como si estuvieran dedicadas a mantener el encantamiento. El ámbito que respiraban hizo que  se sintiera y la sintiera a ella confortada y a gusto. Además su amante, que increíblemente había conquistado y estaba con él por gracia divina, le sonrió abriendo de tal modo las comisuras de su boca y mostrándole su dentadura pareja,  acariciándolo tanto con la luz de sus ojos verdes, que no pudo evitar la declaración:
- Mónica, quiero que nos casemos.
La preciosidad rubia saltó.
- Te estás olvidando de todo lo que hablamos. Yo no creo en el amor, menos todavía en el matrimonio ...
- ¿Lo nuestro es pasajero?
- Lo nuestro es pasajero, disfrutémoslo, aquí, ahora.
- ¿No lo estamos haciendo?
- Sí, sí, el chocolate está riquisimo, anoche, toda la noche, estuvo riquísimo, deleite, puro deleite.
Mónica se inclinó hacia el rostro de  Patricio y apoyó suavemente sus labios sobre los de él. No fue un beso en toda la regla sino el roce, el asomo, lo preliminar del beso y le apoyó los antebrazos sobre los hombros. Él se separó con cierta brusquedad.
- Querés conservar tu libertad. Volver a Buenos Aires sin compromisos, hablar con tus padres, tus amigas, tu hermano. Regresar a los días agitados de la revista ...
- Exactamente, eso quiero ¿Podés entenderlo? Bien, seguimos tan amigos, tan amantes, tan felices, como hasta ahora ¿No podés? Y bueno, nos damos el beso de despedida y cada uno por su lado.
- ¿Por qué?
- Vos lo sabés Patricio. Odio la esclavitud, la que ha vivido mi madre junto a mi padre hasta que mi padre murió. Ella quiso siempre ser periodista y no lo logró por atarse a la familia. No quiero atarme al matrimonio ni a la familia, no lo necesito. Soy feliz así.
- Pero eso no puede ser para siempre, qué harás cuando pasen los años. Ahora tenés treinta, pensá en tus cuarenta, tus cincuenta, tus sesenta años.
- Pensar tanto en el tiempo es salirse del tiempo.
- ¿Cómo?
- Somos tiempo, instante, instante tras instante. No destruyamos la magia del instante, de los instantes, o sea del presente, infectándolo de futuro. El futuro no existe. No ha existido nunca. Es una suposición, un ejercicio de la imaginación.
- ¡Ah, claro! Ya salió la señora literata. La que llena las páginas de la revista "Ahora" ...
- Justo, justo, ahora, vos lo estás diciendo.
Se quedaron en silencio. Las volutas blancas de las tazas humeantes perdieron su magia. El caramelo de maderas y artesonados se transformó en grueso barniz. La helada mañana ingresó al ámbito caldeado al abrirse fugazmente la puerta que comunicaba al bar con la calle. Patricio olió el frío y, quizás sólo una nube  afilada, un fragmento de aire nauseabundo, de basura,  y el nuevo instante interrumpió la dulce cadencia y encadenamiento de los instantes anteriores, la atmósfera a lavandas, en suma la frágil soberanía de esa sucesión de encantamiento comenzada el día anterior cuando entre ellos todavía reinaba la armonía. Hubo un corte, agresivo, generador de vacío. Se habían salido del tiempo.


Amílcar Luis Blanco ("Ionlonthe", trabajo basado en la obra de Egon Schiele por Patricia Muñoz)

domingo, 9 de junio de 2013

DESENMASCARAMIENTO





















- Si fuéramos verdaderamente amantes de nuestras libertades deberíamos copular en el primer encuentro y hacerlo, además, con toda la dedicación de que seamos capaces, para que nos saliese lo mejor posible ...
- Y, sí, comparto - dijo el checo, que había estado chupando el mate y haciéndolo sonar más de una vez.-
- ¡Eh, ché! ¿Cuánto más jugo le querés sacar? No tiene más hermano, no tiene más.
El que hablaba era Jacinto y estaban los dos solos. Al checo le decíamos el checo porque había venido de muy chiquito, meses, con sus padres desde Checoslovaquia. Eso fue después de la guerra, en el primer gobierno de Perón, cuando en el barrio no todos tenían radio y mi viejo recibía a los vecinos en el almacén, donde había puesto tres mesitas con sillas para que jugaran a las cartas, tomaran un vino o un café y, entre otras distracciones, especialmente los domingos cuando trasmitían los partidos de fútbol, época de Fioravanti y Aróstegui, pudieran escuchar la radio.- Mi viejo era peronista por aquel entonces y únicamente los peronchos eran bien recibidos en esas tertulias.
Ahora estaban ellos dos solos después de cincuenta años y yo los miraba, ya viejos, alardear y conversar como cuando teníamos doce, desde atrás del mostrador. Había también hasta una pantalla como la que tenía en mi departamento para que pudiesen mirar los partidos. Ahora también, mis padres muertos, mi hermana Laura deambulando por ahí con sus tangos y siempre liada con algún chupasangre y yo solo, en el departamento del centro cuando dejaba el bar, como el fulano de viejo smoking en cuanto a la tristeza que atacaba de vez en cuando, pero como el elegante para mí mismo ¿ Por qué ? Y bueno, hagan la cuenta, minas, las pagaba y las tenía, televisor de cuarenta y dos pulgadas para ver las películas que quería, incluidas las porno, bebidas, un minibar en el que incluía cognac, whisky, cubanas sello verde y sello rojo todavía, caña, ginebra y gin, vodka, tequila, oporto, vermouths de todas las marcas,  champan de las mejores, anís de los hermanos y hasta licores de huevo, chocolate, dulce de leche, en fin, lo que quisiera.-
Así que de vez en cuando los invitaba y nos mandábamos esas fiestas populacheras, pedíamos el asado a la parrilla de la esquina, el helado a la heladería de la otra esquina y siempre tenía en el freezer en el lavadero dos cajones de cerveza rubia y uno de la negra.
Jacinto decía lo que había dicho pero la verdad era que en esas reuniones nadie dejaba de hacer lo que le venía en gana. Invitaban a sus amigas y andaban con ellas por los rincones y tirados sobre los sofás o las alfombras. Se fumaban porros y hasta se daban narigetazos y si no llegaban a la cópula no andaban lejos y no era porque yo, el dueño de casa, se los prohibiera. Sería que les faltaban fuerzas. Yo no le daba bolilla al narigetazo aunque de cuando en cuando me fumaba algún porrito y me encerraba en mi dormitorio con Susy.
Susy era casi una devota. Se deslizaba callada y - en lenguaje futbolero- me ganaba los laterales. Cuando quería acordar la tenía al lado como una gatita y empezábamos a mimarnos y besuquearnos. De a poco, paso a paso, beso a beso, entrábamos como en un vendaval y antes le ponía llave a la puerta del dormitorio. No nos fueran a encontrar en nuestra íntima desnudez.
Pero lo que más me obligaba a ella, por decir así, era el desenmascaramiento constante que hacía de mi persona. Sí, porque antes de Susy estuvo Milly, antes de Milly, Elena, antes Rosaura, y antes todavía, Ámbar, todas importantes, todas me enamoraron, cada una con sus cosas, pero Susy, Susy me desenmascaró y además me hacía reír. Un día me dice:
- Mirate los pantalones, la camisa, la gomina en el pelo, por Dios. Sos tu viejo, en paz descanse, che, sos tu viejo.
- ¿Por qué me decis eso, Susy?
- Pero, por Dios, Luigi, llevás el almacén pegado
- El bar querrás decir, en todo caso - me ofendí. Con justa causa, ¡eh!, porque el almacén se había transformado en bar. Fui vendiendo todo, reponiendo sólo bebidas, lo modernicé. En fin, hasta una mesa de pool y de billar le puse.
- Vos sos el bar, tu padre era el almacén - dijo entonces Susy, después agregó:
- Mirá, tu gran valor para mí es que sos un tipo libre. Antes que  vos un tipo casado con el que nos gustábamos me tiró los galgos. Me dijo: - ¿Puedo ir a tu departamento?-. Le dije: - ¡Eh, viejo! pero ¿qué pasa? -¿Se terminaron los paseos a la luz de la luna, las idas a la milonga, al cine, a cenar, al teatro, a caminar por la costanera ...?- ¿Sabés lo que pasa? - me interrumpió - Soy un hombre casado.- ¡Ah, sí! ¿Y a mí, qué carajo me importa? - le dije.
Susy se me quedó mirando entonces. Esperaba mi respuesta.
- Pero lógico lo que le contestaste, estuviste muy bien. Pero, no entiendo, ¿qué tendría eso que ver?
- ¿Qué cosa? - preguntó Susy como si volviera de aquélla conversación
- Eso, que yo sea el bar, que sea libre, con lo que me acabás de contar.
- Eso, precisamente eso tiene que ver. Vos sos el bar, sos libre, no sos casado y te puedo elegir cada vez. Tu viejo estaba casado con el almacén ...
- Sí, además de con mi vieja, en paz descansen los dos, viejitos queridos.
- Lo que te quiero decir es que vos, en cierto modo, con tu gomina, tus camisas, esos pantalones de obrero, seguís casado con tu pasado de almacén ¿Entendés?
- No
- Más claro. Cuando nos acostamos y la pasamos tan bien en la cama es porque te deseo, es un impulso, si te veo demasiado metido en tu pasado es como que me producís cansancio, aburrimiento, ganas de no estar con vos, ¿entendés? Menos de acostarme ¿Entendés por fín?
No supe qué contestarle y, desde esa vez, estoy con ella y ya no uso gomina, me pongo remeras de manga larga, buzos, a lo sumo vaqueros. En fin, me desenmascaró, cambié, para mejor creo.

Amílcar Luis Blanco  ("Desnudo" por Egon Schiele)

domingo, 19 de mayo de 2013

ENCUENTRO



Había estado con Amanda en los sueños entrecortados de la noche y por la mañana todavía seguía pensando en ella. La noticia de su muerte le había llegado la tarde anterior y la causa de su deceso había sido el tumor cerebral.- Ahora estaba a la mesa del café sin poder detener sus recuerdos.  La desconocida había apurado el paso detrás de él, que deambulaba algo distraído después de haber dejado la mesa del bar en la que había bebido un largo café y contemplado el paso de la gente y los automóviles refugiado casi detrás de la ventana .- Mientras Amanda permanecía aún en su mente, la desconocida había estado sentada sola también en una mesa ubicada en un rincón del amplio salón. Él no la había visto. Los dos caminaban ahora apurados, el hombre delante y la mujer desconocida atrás. El se detuvo y ella no lo advirtió, momentáneamente desviada su atención por una vidriera. Tropezaron entonces. Se miraron muy de cerca a los ojos y él la tomó del antebrazo para que no se cayera. Ella sacudió la cabeza y bajó los ojos, le dijo:
- ¡Ay! Discúlpeme, tropecé con usted porque estaba siguiéndolo y eso me hace sentir bastante tonta
Él le soltó el brazo y descubrió que ella tenía ojos muy verdes. No se parecían a los de Amanda del color del café y del tamaño desmesurado y redondo  de los globos oculares de los bovinos. Eran grandes también, pero almendrados y muy expresivos.
- A mi me halaga - alcanzó a decirle impulsivamente, tratando de impedir que ella se marchara. Ella sin embargo no parecía dispuesta a irse. Estaba parada frente a él y apoyaba los dorsos de ambas manos en su cintura, los codos en ángulo. Preguntó:
- ¿Sí, por qué?
- Que una mujer tan linda, con esa sonrisa, me haya seguido no es algo que me suceda todos los días. En realidad es la primera vez que me pasa.
- ¿Cada mujer bonita que ve y le gusta, querría que lo siguiera?
- Soy tímido y he tenido siempre problemas para relacionarme, especialmente con una mujer que me guste y entonces es como si quisiera que hicieran el trabajo por mí.
- En este momento me está hablando ¿Venció su timidez?
- Quizás vencí la sensación de ridículo
- ¿Cómo es eso?
- Tal vez la timidez sea no atreverse a pasar el portal de la ridiculez. De todos modos hoy es un día especial para mí.
- ¿Qué lo hace especial?
- ¡Qué pregunta!
- ¿Por qué? 
- Porque pensaba decirle cómo me sentía y no creí que fuera a preguntarme por la causa ...
- Perdón, no lo entiendo
- Usted me preguntó qué es lo que hace especial mi día. Yo le iba a decir que  me siento frágil y vulnerable, además triste. Ahora por qué me siento así. Creo que es porque, un poco de golpe, asocié mi timidez a mi vulnerabilidad, mi vulnerabilidad a mi tristeza y mi tristeza finalmente al sentir que hubo una mujer que me siguió como usted hoy, y no durante algunas cuadras solamente, tiró de mí durante cinco años como una vaquillona tira de un novillo del cual está enamorada y él no ama ...
- Pero, qué encadenamiento de asociaciones ¿Por qué una vaquillona y un novillo, por qué no un hombre y una mujer?
- Es algo ridículo y volvemos a esa idea. Pero se lo diré.- Por esos ojos enormes e inocentes que tienen los bóvidos que son criados y engordados para el matadero, pero además porque ella me miraba con mansedumbre y amor y me seguía y yo escapaba de ella y no la amaba y ese no amarla hoy me llena de culpa ...
- No se qué decirle ¿Acaso ella no está más con usted, se separaron?
- Peor, murió ...
- Bueno, lo siento mucho
- Gracias. No me diga nada acerca de lo que siento yo porque es tema para el análisis, explíqueme mas bien, porque además de halagado estoy intrigado, por qué me siguió ... 
- No quiero sentirme tonta, ni ridícula y no me siento tonta ni ridícula. Hace rato he aprendido a abandonar o no hacer caso a ese sentimiento y cuando veo algo o alguien que vale la pena o que me atrae me acerco, no lo dejo pasar.
- ¿Y yo le atraigo?
- Usted me atrae
- ¿Y qué le atrae de mí, acaso mi tristeza?
- No puedo negarle que advertí su ensimismamiento en el bar, pero lo que me gusta de usted es su aspecto físico, su rostro, su cuerpo, me resultan atractivos, ahora también me cautiva su conversación ...
- Mi conversación ¿Por qué?
- Porque va derecho al grano.
- Gracias por todo lo que me dice. Siempre pensé que la atracción que es como la fuerza de gravedad,  es un misterio cuando ocurre entre dos personas
- ¿Por qué?
- Porque si bien en la ciencia física la gravedad suele explicarse como relaciones entre la masa, la inercia, la velocidad, la dinámica, etcétera,  y uno puede entenderla entre cuerpos inertes, la atracción entre seres humanos atraviesa sensaciones, sentimientos, percepciones estéticas, que interactúan y nos resultan inexplicables siempre, tanto como la magia, los milagros, el destino, el azar. Además por supuesto está el narcisismo, el deleitarse con la propia imagen, como Narciso en el espejo de las aguas. Si usted me dice que yo le gusto me está afirmando en mi ser, es bien sabido. Es como si reforzara mi existencia, la hiciera más potente y gozosa. Sentirse deseado para todo hombre y deseado por una mujer que él a su vez desea ...
- ¿Usted me desea?
- En este momento no estoy para deseos, pero, usted me ha hecho volver de mis recuerdos y le estoy agradecido y ya la deseo mas de lo que usted me desea a mi, quizás
- Pero bueno, qué esperamos.-
Ella se le acerca, sus bocas se unen en un beso. Se siguen besando durante un larguísimo momento. Se toman de las manos, de la cintura, de los hombros, caminan unidos hacia el bar. Se sientan a la misma mesa, tomándose las manos, mirándose a los ojos.

Amílcar Luis Blanco ("Sueño del artista invisible" Oleo sobre tela de Augusto Rendon)

viernes, 26 de abril de 2013

Puede sucedernos




No recordaba de dónde venía, tampoco de qué situación u ocupación ni hacia dónde debía dirigir mis pasos siguientes. Ni siquiera podía precisar en qué sitio había dejado el coche, pero como estaba vestido de traje, con corbata y en mi bolsillo aferraba un poco desconcertado las llaves de mi Ford Fiesta, no podía haber dudas de que había llegado ahí a bordo de mi vehículo. Comencé a deambular a la deriva, primero cruzándola hasta la estación terminal de micros por la que reconocí que estaba en el barrio de Retiro en Buenos Aires, por la descomunal anchura de la Avenida Ingeniero Huergo, contemplando mientras lo hacía, con bastante temor, el frente de colectivos, camiones y automóviles, rugientes y humeantes, que, en un momento, embestirían en pos del horizonte desértico que tenía del otro costado el espacio de asfalto gris que me separaba de ellos. Por fin completé la mínima travesía sintiéndome desesperado y sin saber hacia qué lugar dirigirme.- Caminé y caminé hacia el este, llegué a la Plaza San Martín, anduve por la vereda del edificio Cavanagh. Mi mente o mi memoria no alcanzaba ni a producir asociaciones con aquéllos lugares que recorría.- Al dar la vuelta a una esquina me tropecé con mi amigo Di Tullio y lo reconocí. Me le acerqué feliz y sonriente, bastante excitado y cuando iba a explicarle lo que me pasaba, él me palmeó y me dijo:
- Viejo, te estaba esperando.-
- ¿Para qué?
- ¡Hombre! Para jugarnos la partidita de poker de la que habíamos hablado. Bajé a comprar unas bebidas para amenizar. Bueno, bueno, subí al departamento, vos conocés el camino.
Terminó de decir esto y huyó literalmente como alma que lleva el diablo y me dejó mas desconcertado que nunca. Por supuesto no tenía la menor idea de cómo y por dónde debía llegar a su departamento. Estuve absorto un rato mirando los frentes de los edificios sin que ninguno me despertara algún recuerdo que me permitiese orientarme hacia lo de Di Tullio. No se por qué razón opté por uno de aspecto señorial, de arquitectura italiana. Quizás porque hacía calor y bajo el traje y el nudo de la corbata sentía las axilas y el cuello transpirados y porque el lobby o palier de ingreso en la planta baja estaba iluminado débilmente y la sombra en el interior prometía frescura y mi cuerpo la ansiaba y necesitaba. Pensé que además debería procurarme un refresco, alguna gaseosa porque comenzaba a sentir sed. Así que caminé experimentando a mi alrededor una atmósfera funambulesca.- Había transeúntes ocupados en sus cosas que conversaban entre sí o se dirigían indiferentes a quehaceres seguramente propios de la hora.- Apenas pasaba del mediodía y las calles y las veredas estaban como infectadas de vehículos y de gentío.- Me mezclé entre ellos, entré al edificio y atravesé el inmenso salón alfombrado y con tapices que colgaban de sus altas paredes.- Pude apreciar que en los sofás y sillones, junto a pequeñas mesas con ceniceros y bandejas que contenían servicios de café o de té, había personas, hombres y mujeres cómodamente sentados y bien vestidos que conversaban entre ellos.- Al final del inmenso palier estaban los ascensores.- Me metí en uno y dos mujeres entraron detrás de mí. Conversaban entre ellas y una le decía a la otra:
- No tienen por qué saberlo, recién ocurrió.
- No me digas ¿Y de los herederos quiénes estaban ... quiero decir con él?
- Bueno, querrás decir con su cadáver ...
No pronunciaron una palabra más y sólo se miraron significativamente hasta que se  bajaron unos pisos más arriba dejándome solo en el ascensor y con una sensación de horror indecible. A mi falta de memoria debía sumar ahora la noticia de que alguien había muerto y no podría saber quién. Tal vez en ese edificio estuviese mi propio departamento, mi propio hogar, además del de Di Tullio y quien había muerto podría ser algún familiar mío que no recordaba. No hay nada tan atroz como la amnesia.
De pronto me dije: "Pero qué estúpido que sos, che ..." Llevé la diestra al bolsillo interior del saco y extraje mi cartera. Allí estaba mi documento. Miré la foto bajo el plastificado y me miré en el espejo del ascensor. Era yo, Esteban Gómez, así decía en el documento. Escudriñé mi domicilio: Anchorena 2040, octavo piso, departamento "B". Bueno, me dije, será aquí donde estoy ahora.-
Bajé animado del ascensor y caminé presuroso ahora sobre la alfombra hacia la vereda. Fui hasta la esquina y el cartelito me indicó que, efectivamente, la calle en la que estaba era Anchorena.- Regresé al edificio y sí, el número era 2040.- Volví al ascensor con una sonrisa triunfal, un poco sobreactuada, me bajé en el piso octavo y aunque no reconocía nada me parecía reconocerlo todo. En el frente de la puerta del departamento "B" saqué el manojo de llaves de mi otro bolsillo. Las miré, eran muchas. Decidí oprimir el botón del timbre. Salió una mujer esbelta de pelo rubio, recogido, bastante elegante.- Me sonrió y la sonrisa le formó arrugas alrededor de sus ojos claros.
- ¿Esteban, amor, dónde te habías metido?
También yo le sonreí y entré en el abrazo que me ofrecía.- Acabo de ver a un médico psiquiatra.- Ella se llama Ema, dice que es mi esposa y lo telefoneó porque según sabe y yo sé aunque lo he olvidado por completo podrá regresarme a mi vida.- He escrito esto para él.- Me dijo que tratara de recordar y fuera lo más directo que pudiese. Esto según parece me ocurrió en la mañana de hoy porque, según me ha dicho Ema, a las siete he salido del departamento rumbo a los tribunales, ella me ha llamado al celular y no he respondido. Según el médico lo que me está pasando a mí a cualquiera de nosotros  puede sucedernos.

Amílcar Luis Blanco. (Oleo de Francis Bacon)

lunes, 25 de marzo de 2013

Como suelen mirarse los objetos



Gerardo se despierta, gira sobre el colchón, advierte al hacerlo, como cada mañana de lunes a viernes, que Alcira, su mujer, ya ha salido hacia su trabajo. Su mano alcanza la perilla de la radio y la enciende. La marea de las voces entrecortadas por jingles y las músicas grabadas y automatizadas se vierte sobre su canal auditivo. Piensa que debe levantarse pero no tiene ganas. No obstante se sienta sobre la cama, saca sus piernas hacia el costado,  se para y las enfunda dentro del pantalón vaquero que ha dejado ahora de estar sobre el respaldo de la silla para ser ajustado sobre su cintura. Le gusta tener su ropa guardada y ordenada y sólo lo que va a ponerse al día siguiente sobre la silla al lado de su cama. Hace un poco de frío y la camisa que lo aguarda dispuesta también sobre la silla es de mangas cortas. Decide entonces que sacará un sueter del cajón de la cómoda, inmediatamente imagina el color conveniente para ser combinado con el de la camisa. Antes se calza las medias y los zapatos. Por fin se para, va a la cómoda, abre el cajón, extrae el sueter, emboca su cabeza en el amplio escote y emerge enseguida. Ya se siente activado. Ha quebrado la inercia de su pereza. Tendrá que ir al baño, lavarse las manos y la cara, sentarse a evacuar sus contenidos intestinales. Siempre se baña de noche y antes de acostarse prepara la ropa que se pondrá al día siguiente. Alcira lo elogia, valora sus tiempos atildados y exactos, siempre iguales. Él siente que al comportarse de ese modo le da a ella seguridad, un cierto aplomo y también, por qué no, una valentía y coraje para vivir ¿Porque vivir es éso, no? ¿Qué otra cosa?, se pregunta. Las respuestas se le irán desgajando lentamente a lo largo de lo que queda de esa mañana y del resto del día. Un día en el que se le van mezclando los elementos que lo compondrán. Piensa en una corriente tumultuosa, sobresaltada, en un río que fuera sinuosamente dirigiéndose a las cosas que quiere incorporar en su corriente y las cubriera y devorara como una boa de agua. Él es, que duda cabe, esa trayectoria, ese tropel que avanza, líquido y veloz ¿Puede encerrarse en esa metáfora, en ese mundo creado por sus palabras, hay algo más fuera de eso?
Ha bajado a la espaciosa cocina comedor y mira a su alrededor. Ve la radio y como hace unos instantes apagó la de su mesa de luz enciende la que está sobre la mesada. Mira el televisor y hace lo mismo. Los palabreríos, algo altisonantes y grandilocuentes, las músicas, ambos bochinches, se mezclan y compiten entre ellos. No dicen nada, no podrían dialogar con él, ser sus interlocutores. Tampoco internet aunque ahora decida, por ejemplo, abrir la computadora y encenderla y dirigirse a distintos sitios de la red. Incluso aunque decida chatear, con quién y para qué. Sigue sintiéndose ese río solitario, ese transcurso de agua sin sentido, esa boa invisible que devora y evacúa sin detenerse. Ese tiempo que lo contiene sin remedio aunque todavía pueda respirar dentro de él ¿Acaso es un pez dentro del agua o el agua que contiene todos los peces?
A veces ocurren otras cosas, las desagradables interrupciones de las desgracias en la monotonía, las exaltaciones de los momentos de goce. Hacer el amor con Alcira, por ejemplo, pero cada vez de modo mas infrecuente, aburrido, previsible y automático, ir con ella a cenar o al cine o al teatro y regresar con la sensación de oquedad y languidez, la seguridad de que algo nos falta y no sabemos qué es. Alguna vez, en el pasado estuvieron enamorados, embobados, hechizados, viviendo cada segundo juntos como si fuera el último de sus vidas, recelando de todo lo que pudiera interrumpirlos o distanciar el diálogo entre ellos que no sólo era de las palabras sino también de las sensaciones infinitas, de los cuerpos, de las remembranzas y los recuerdos. Amasados o moldeados los dos en un tiempo común, compartido. Sintiendo que circulaba entre ambos la reciprocidad de una energía inagotable. El amor, el deseo, la sed y el apetito que se profesaban y que hacía que cada minuto pasado sin el otro se sintiera como un fastidio y a veces una zozobra y hasta un desgarramiento; como cuando Alcira se enfermó y fue paulatinamente ensimismándose, dejando gradual y paulatinamente de ser la misma mujer que había sido, de un modo inexplicable pero certero, alejándose hasta culminar en el terrible diagnóstico que la llevó a la histerectomía y la  esterilidad y todo lo que había de mágico entre ellos se fue disolviendo en una terca y sostenida compasión. La realidad había penetrado en ellos y las aguas que marcharon juntas hasta entonces se fueron apartando, distanciando y hoy se miraban, se tocaban y se mezclaban de un modo inerte y anodino como objetos que se usan y se miden y sólo pueden proporcionar su utilidad momentánea.
Gerardo salió a la calle, caminó hasta la peatonal, se sentó en un banco y como estaba solo imaginó que estaba solo y como el cielo tenía un solo color azul imaginó que una multitud de sombrillas de todos los colores se vertía sobre él y puso su mente en blanco mientras la gente pasaba sin mirarlo u observándolo en todo caso como suelen mirarse los objetos.

Amílcar Luis Blanco

miércoles, 9 de enero de 2013

Capítulo II de mi novela "Las Walkyrias"



                                                               2






- Ya te lo dije – concluyó la pequeña de pelo del color de la noche, según la veía el chico a su lado.
- Contámelo de nuevo – insistió el chico que se llamaba Tomás y era su hermano. Estaban sentados sobre el piso de mosaicos rosas y verde agua del patio de invierno de su casa en Trenque Lauquen, Provincia de Buenos Aires.
-  Bueno – accedió Malva y alzó las pequeñas manos regordetas. Tenía siete años y a su lado descansaba la muñeca de tela rellena de estopa que ella llamaba Petrona.
- Hicieron así – dijo. Puso a Petrona de espaldas contra un mosaico rosa, le alzó las patitas y apoyó la curvatura de la muñeca de su brazo sobre el mosaico, y la palma y los dedos, como escalándola, sobre la entrepierna y el torso de Petrona.
- Petrona es mamá y Gustavo es mi mano…
- ¿Y de verdad estaban desnudos? – preguntó Tomás.
- Sí.
Los dos se quedaron callados. Tomás se paró y corrió adentro. Malva encontró raro que lo hiciera y se sintió después muy triste a partir, - esto no lo recordaba muy bien-, o de la partida de Tomás hacia el interior de la casa o de haberla visto a su mamá en la cama con el antipático y asqueroso Gustavo. Por supuesto que no se animó a denunciar su silenciosa permanencia en el dormitorio en el momento en que presenció lo que le había contado a Tomás. No alcanzaba a precisar ahora lo que había sentido entonces, pero, había sido algo así como cuando se paró en un arroyo en las sierras de Córdoba, en las vacaciones anteriores, debajo de una cascada. El frío y la fuerza del agua, que se deslizaba veloz entre sus piernas, la lisa dureza de las piedras que se superponían y ocultaban, chatas, sobre y bajo la corriente transparente y mansa, la hicieron recelar y sentir miedo y escapó, no obstante cautelosa, eligiendo cada piedra que pisaba para no resbalar. Así lo hizo, porque sintió algo parecido aquélla mañana, desde el dormitorio hasta el patio. Se fue pisando despacito en la semipenumbra para no provocar ningún ruido que pudiera delatarla. Después le sobrevino un desconsolado llanto y se escondió en los fondos de su casa, entre el ligustro y la higuera, donde sabía que no podrían encontrarla. Confió a la tarde sólo en Tomás. Ella sabía que nunca contaba nada.
Y aunque Tomás no contó nada, a partir de aquélla tarde, la vida cambió para ambos. Sobre todo en el trato con su madre que se volvió menos confiado y cordial. Pero entre Tomás y Malva ahondaron en una intimidad más cómplice. Se alternaron para compartir sus camas, donde no paraban de conversar bajo las sábanas hasta que el sueño los vencía. Tomás se hizo huraño y cauteloso, Malva observadora e impulsiva, a veces irritable y desobediente. Coincidieron sin embargo en demostraciones de cariño, en ocasiones desmesuradas, hacia su padre, don José Gervasio Chávez, el infatigable don Pepe, como lo apodaron siempre, que pasaba la casi integridad de sus días en el taller mecánico y comenzaron a acompañarlo. Querían estar con él y trataban de ayudarlo en lo que podían.
Malva creció aprendiendo de todo. Desde desenroscar tuercas para cambiar neumáticos, colocar con la herramienta especial las bujías, manipular diferentes tipos de crickets, espiar los secretos de cilindros y pistones antes de la rectificación de un motor, manejar el soplete para soldar, etcétera, etcétera, hasta participar, junto con su hermano, en todos los asados organizados por los mecánicos. Con Lucas, el hijo de uno de ellos, amigo también de Tomás, cuando tuvo once años y su primer período menstrual, accedió a quitarse la bombacha para demostrárselo. El muchacho, de la misma edad, tuvo después que cumplir su parte en el trato. Masturbarse delante de ella hasta que le saltase el semen. Un día, Malva, le pidió que la dejara hacérselo y Lucas le puso como condición que lo dejara a él también meterle el dedo índice, la punta, en la entrada de su vulva. Le aclaró que tenía las uñas bien cortadas y las manos bien lavadas y que lo haría despacito, sin que a ella le doliera. Que al contrario, que le iba a gustar.
El taller mecánico estaba en las afueras y ellos se alejaron todavía más, a un lugar escondido. Malva sentía la yema del índice de Lucas rozándola con suavidad. Le pidió que la presionara apenas sobre el rojizo botón del clítoris, inmediatamente atrás, en la cima de la comisura vertical de la que partían los labios vulvares. Los había observado largamente, así como la totalidad de sus genitales externos, valiéndose de un espejo, comparándolos con los de una lámina en colores de un grueso tomo robado de la rala biblioteca de don Pepe. Mientras aferraba la muñeca de Lucas para que no apretara más de lo debido, y sin poder evitar abandonarse a la sensación de placer y cosquilleo que la manipulación despertaba en todo su cuerpo, no dejaba de observar también cómo se nublaban los ojos de su compañero y cómo se desplegaban flojos sus labios, mientras ella, al mismo tiempo, apretaba, subía y bajaba su mano sobre el pene endurecido de Lucas, elástico y suave al tacto como una seda. Estuvieron así hasta que las gotas tibias despedidas por el asediado órgano fueron atrapadas por las dos manos juntas de Malva, que ascendieron a su cima anticipándose, cuando ella pudo presentir la eyaculación en el estertor que la precedió. En ese momento también ella buscó con su hendidura genital que el dedo la penetrase, pero él se aflojó y se retrajo, abandonándose, y empujó las dos manos de ella alejándolas de su sensibilizado miembro. Ella lo soltó pero se recostó contra su pecho y le pidió que la besara. El aceptó después de un rato, al principio desganado pero enseguida entusiasmado con el entusiasmo de ella, repetir lo que habían hecho.
Una siesta de verano de un día feriado en la que pudieron escaparse temprano llegaron a hacerlo hasta cuatro veces. Terminaron entrada la noche y diciéndose que se amaban. Entonces, en el tercer encuentro, y según Malva lo había premeditado, como el heráldico estertor se demoraba, ella quitó la mano de Lucas de su clítoris y se hincó, acaballándose, sobre el pene, metiéndoselo hasta el fondo en la vagina. Sintió un tirón, un pinchazo y un aumento de líquido en el interior de su conducto. Supo que había sido desvirgada pero al mismo tiempo el cosquilleo se le transformó en estertor como el de su amigo y el amargor de su garganta en contracción placentera, y, al acabar éste, casi enseguida, el estertor se hizo convulsión que la arqueó y la sacudió como si el cuerpo se le partiera y una descarga de electricidad sagrada la pateara para dejarla caer de nuevo, blandamente, sobre sus genitales empapados y calientes como sobre una laguna. Un placer sin límites la recibía. Un destino de gozo infinito se abría para ella. Siguió besando a Lucas y retuvo el pene quieto en el interior de su vagina mientras besaba a su dueño en la boca suavemente, lentamente, esperando que despertara y creciera de nuevo en la empapada cavidad de su bajo vientre, hasta que consiguió por fin llevarlo después de regodearse ella misma en voluptuosidad y placer, a la última y cuarta explosión, la segunda para ella.

Amílcar Luis Blanco  (Pintura de Oswaldo Guayasamín)

lunes, 7 de enero de 2013

El hombre que se transformaba en lluvia.-






















Pisadas de agua, ojos lacustres, transpiración o llanto como cascada permanente desde todos los poros. Agua con dureza y materia y, de pronto, licuefacción, un calor que lo transformaba en vapor, en nube y, por último, en precipitación intensa, parecida al diluvio. Y, mientras tanto, nos preguntábamos sin comentárnoslo, estupefactos frente al fenómeno, si en esa instancia el hombre – porque de un semejante se trataba – conservaría su lucidez. No podíamos preguntárselo a nadie, menos a él que andaba entre nosotros a veces sólido y concreto y otras, como un vaho, una sombra viajera por las noches y, por supuesto, un diluvio cuando se abstraía de su ser concreto y se iba o se fugaba por una puerta, una ventana o un tragaluz. Era un misterio.-
Las pocas veces que habíamos intentado abordarlo, sentado al extremo de la misma mesa en la que solíamos pasar el tiempo y entretenernos entregados a inocentes pasatiempos, él se limitaba a mirarnos con sus ojos de tiempo y nos quedábamos ya hipnotizados frente a esa contemplación que parecía envolvernos y colocarnos como elementos de un paisaje, inmovilizados, mudos e inauditos. A veces parecía nevar y se desataban borrascas dentro del azulado celeste de sus pupilas que crecía y se propagaba en el alrededor, copaba todos los horizontes, y entonces ni siquiera escuchábamos el sonido a caracol de mar, aullido lento o crepitar de nuestras respiraciones. Nos mojábamos y hasta empapábamos dentro de ese paisaje inescapable que él nos proponía y en el que nos convertíamos en meros objetos.
Cuando salíamos o regresábamos de ese estado él ya no estaba, se había marchado convertido en lluvia o en viento, en las dos cosas juntas o en vaya a saber qué. Tampoco nos atrevíamos a comentar entre nosotros lo que nos había pasado, temerosos de que el otro o los otros pudieran considerarnos locos. Menos todavía hacíamos explícito nuestro resquemor o rechazo, el que legitimamente podíamos sentir, cuando se sentaba, silencioso y ensimismado, hacia el extremo de la mesa. Nos hubiera incluso parecido indecente y hasta cobarde demostrarle o demostrarnos temor. El miedo es el cuchillo salvaje y rastrero, el puñal que se nos clava en el costado y no le íbamos a aflojar, no señor. Y no porque nos consideráramos guapos sino porque uno no puede arrugar frente a lo que no conoce siempre, porque si así fuera viviríamos arrugados.
Pero admitámoslo aunque no lo digamos: el hombre se transformaba en lluvia. Tenía esa cualidad o defecto ¿Quién podría calificarla? Era callado, jamás nos dirigía la palabra ni para decir esta boca es mía. Respetuosos de su mutismo nosotros no le preguntábamos nunca nada y cuando desaparecía, a veces incluso sin desplegar su numerito, tampoco hablábamos de él. Es decir, lo respetábamos.
El único que no lo respetó, primero trató de conquistarlo, invitándolo a numerosos asados en su estancia y hasta intentando liarlo con la hija fue Ecuménico Polo. Lo que el terrateniente quería era que no le faltase la lluvia en sus campos y ese hombre llegó a ser para él una obsesión. Pero se dice también que él jamás le respondió y rehusó una por una todas sus invitaciones. Siguió transformándose en lluvia cuándo y dónde le vino en gana y hasta llegó a rodear los campos de don Polo sin dejarle caer una gota. Se había incomodado con él, le había tomado idea y le duró hasta que por la gran sequía don Ecuménico le fue a pedir perdón y le rogó que, por favor, lloviese.
¿Cómo puede un hombre transformarse en lluvia y después volver, como si nada, convertido en hombre? No teníamos la respuesta pero el interrogante, la pregunta, pendía, circulaba sobre nosotros, como una especie de atmósfera. Y por lo menos para mí se intensificaba, convertida en curiosidad casi obsesiva, cuando el hombre se instalaba entre nosotros e interrumpía la paz de nuestros trucos, tutes o chinchones y hacía que dejáramos las barajas del naipe sobre la mesa, perdido ya todo interés en el juego.
Se contaba o se había dicho, pero no podíamos confirmarlo porque, como dije, no tocábamos el tema entre nosotros, que había habido una mujer y que la mujer lo había abandonado y que de resultas de ese abandono el hombre había llorado una noche entera sin parar y que no sólo las lágrimas le habían salido de los lagrimales como es lógico y normal que suceda, también se le habían desprendido de su alma. Pero claro, como el alma no es algo que esté así, expuesto, como lo está el cuerpo de cada uno, para bien o para mal, sino que, según opinan los que saben, es algo así como una cualidad, una especie de don, algo que no se toca ni se ve, en principio, pero que se hace sentir, el hombre al llorar con su alma lloraba más allá de sí mismo. Es decir que se extendía, se propagaba como una tormenta y que eso le sucedía cuando entristecía, entonces se nublaba, se ensombrecía y se transformaba en ese llanto indeterminado que era la lluvia.
Bueno, qué se yo. Ni hay qué decir que esta explicación no nos satisfacía. Nos mirábamos, a veces, dispuestos a creerla – con mirarnos nos bastaba para entendernos- pero en el fondo de nuestros entendimientos juzgábamos increible semejante interpretación. Porque, efectivamente, cuántos de nosotros, portadores de alguna pena o desengaño, sabíamos también sentirnos tristes, melancólicos, apagados, deprimidos hasta la nausea, sin ganas de ir al bar siquiera a jugarnos un truco y a veces andábamos deambulando como fantasmas sin tierra, parecíamos sombras, porque creanmé, el campo aburre, y, sin embargo, como digo, siempre estábamos dentro de nuestro cuerpo, no podíamos ir más allá de nosotros mismos y transformarnos en lluvia o tormenta o viento fuerte. Bueno, lo mismo cuando andábamos contentos, ocurrentes, con ganas de gastar bromas, en las vísperas de un festejo y el alma se nos salía del cuerpo casi, como se dice, o digamos alguna moza del lugar nos daba tiento para que nos entusiasmáramos, bueno, tampoco por eso nos convertíamos en un día de sol y nos volábamos por el aire para observar todo desde arriba. Y eso que todos, algunos en más oportunidades que otros, habíamos subido a la carlinga del avión fumigador y habíamos mirado hacia abajo para ver el pueblo y los cuadros alambrados y la hacienda, casi convertidos en los ojos del día. Pero aún en esos casos nunca nos habíamos ido por decir así de nuestros cuerpos.
La explicación vino después, mucho después, y no tuvimos entonces la más mínima duda del porqué el hombre iba y volvía de hombre a lluvia, de lluvia a hombre, pero, como comprenderán es un secreto y no puedo revelarlo. Lo único que puedo decirles es que nos bastó con darle crédito. Se las voy a decir de todos modos. El hombre se transformaba en lluvia porque su proyecto era, es y seguirá siendo, convertirse en agua y porque no había o no hubo para él mejor creencia – a lo mejor cuando se vio envuelto en su drama sentimental, en la tragedia que significó que una mujer que él amaba lo abandonara – que la de ser lluvia. Pasaron muchos días, después de un diluvio y terrible inundación, sin que regresara y entonces nos dimos cuenta que se había ido para siempre, por lo menos de su condición de hombre.

Amílcar Luis Blanco.  (Pintura "Hombre-Lluvia" por Diego Latorre)