viernes, 26 de abril de 2013

Puede sucedernos




No recordaba de dónde venía, tampoco de qué situación u ocupación ni hacia dónde debía dirigir mis pasos siguientes. Ni siquiera podía precisar en qué sitio había dejado el coche, pero como estaba vestido de traje, con corbata y en mi bolsillo aferraba un poco desconcertado las llaves de mi Ford Fiesta, no podía haber dudas de que había llegado ahí a bordo de mi vehículo. Comencé a deambular a la deriva, primero cruzándola hasta la estación terminal de micros por la que reconocí que estaba en el barrio de Retiro en Buenos Aires, por la descomunal anchura de la Avenida Ingeniero Huergo, contemplando mientras lo hacía, con bastante temor, el frente de colectivos, camiones y automóviles, rugientes y humeantes, que, en un momento, embestirían en pos del horizonte desértico que tenía del otro costado el espacio de asfalto gris que me separaba de ellos. Por fin completé la mínima travesía sintiéndome desesperado y sin saber hacia qué lugar dirigirme.- Caminé y caminé hacia el este, llegué a la Plaza San Martín, anduve por la vereda del edificio Cavanagh. Mi mente o mi memoria no alcanzaba ni a producir asociaciones con aquéllos lugares que recorría.- Al dar la vuelta a una esquina me tropecé con mi amigo Di Tullio y lo reconocí. Me le acerqué feliz y sonriente, bastante excitado y cuando iba a explicarle lo que me pasaba, él me palmeó y me dijo:
- Viejo, te estaba esperando.-
- ¿Para qué?
- ¡Hombre! Para jugarnos la partidita de poker de la que habíamos hablado. Bajé a comprar unas bebidas para amenizar. Bueno, bueno, subí al departamento, vos conocés el camino.
Terminó de decir esto y huyó literalmente como alma que lleva el diablo y me dejó mas desconcertado que nunca. Por supuesto no tenía la menor idea de cómo y por dónde debía llegar a su departamento. Estuve absorto un rato mirando los frentes de los edificios sin que ninguno me despertara algún recuerdo que me permitiese orientarme hacia lo de Di Tullio. No se por qué razón opté por uno de aspecto señorial, de arquitectura italiana. Quizás porque hacía calor y bajo el traje y el nudo de la corbata sentía las axilas y el cuello transpirados y porque el lobby o palier de ingreso en la planta baja estaba iluminado débilmente y la sombra en el interior prometía frescura y mi cuerpo la ansiaba y necesitaba. Pensé que además debería procurarme un refresco, alguna gaseosa porque comenzaba a sentir sed. Así que caminé experimentando a mi alrededor una atmósfera funambulesca.- Había transeúntes ocupados en sus cosas que conversaban entre sí o se dirigían indiferentes a quehaceres seguramente propios de la hora.- Apenas pasaba del mediodía y las calles y las veredas estaban como infectadas de vehículos y de gentío.- Me mezclé entre ellos, entré al edificio y atravesé el inmenso salón alfombrado y con tapices que colgaban de sus altas paredes.- Pude apreciar que en los sofás y sillones, junto a pequeñas mesas con ceniceros y bandejas que contenían servicios de café o de té, había personas, hombres y mujeres cómodamente sentados y bien vestidos que conversaban entre ellos.- Al final del inmenso palier estaban los ascensores.- Me metí en uno y dos mujeres entraron detrás de mí. Conversaban entre ellas y una le decía a la otra:
- No tienen por qué saberlo, recién ocurrió.
- No me digas ¿Y de los herederos quiénes estaban ... quiero decir con él?
- Bueno, querrás decir con su cadáver ...
No pronunciaron una palabra más y sólo se miraron significativamente hasta que se  bajaron unos pisos más arriba dejándome solo en el ascensor y con una sensación de horror indecible. A mi falta de memoria debía sumar ahora la noticia de que alguien había muerto y no podría saber quién. Tal vez en ese edificio estuviese mi propio departamento, mi propio hogar, además del de Di Tullio y quien había muerto podría ser algún familiar mío que no recordaba. No hay nada tan atroz como la amnesia.
De pronto me dije: "Pero qué estúpido que sos, che ..." Llevé la diestra al bolsillo interior del saco y extraje mi cartera. Allí estaba mi documento. Miré la foto bajo el plastificado y me miré en el espejo del ascensor. Era yo, Esteban Gómez, así decía en el documento. Escudriñé mi domicilio: Anchorena 2040, octavo piso, departamento "B". Bueno, me dije, será aquí donde estoy ahora.-
Bajé animado del ascensor y caminé presuroso ahora sobre la alfombra hacia la vereda. Fui hasta la esquina y el cartelito me indicó que, efectivamente, la calle en la que estaba era Anchorena.- Regresé al edificio y sí, el número era 2040.- Volví al ascensor con una sonrisa triunfal, un poco sobreactuada, me bajé en el piso octavo y aunque no reconocía nada me parecía reconocerlo todo. En el frente de la puerta del departamento "B" saqué el manojo de llaves de mi otro bolsillo. Las miré, eran muchas. Decidí oprimir el botón del timbre. Salió una mujer esbelta de pelo rubio, recogido, bastante elegante.- Me sonrió y la sonrisa le formó arrugas alrededor de sus ojos claros.
- ¿Esteban, amor, dónde te habías metido?
También yo le sonreí y entré en el abrazo que me ofrecía.- Acabo de ver a un médico psiquiatra.- Ella se llama Ema, dice que es mi esposa y lo telefoneó porque según sabe y yo sé aunque lo he olvidado por completo podrá regresarme a mi vida.- He escrito esto para él.- Me dijo que tratara de recordar y fuera lo más directo que pudiese. Esto según parece me ocurrió en la mañana de hoy porque, según me ha dicho Ema, a las siete he salido del departamento rumbo a los tribunales, ella me ha llamado al celular y no he respondido. Según el médico lo que me está pasando a mí a cualquiera de nosotros  puede sucedernos.

Amílcar Luis Blanco. (Oleo de Francis Bacon)

lunes, 25 de marzo de 2013

Como suelen mirarse los objetos



Gerardo se despierta, gira sobre el colchón, advierte al hacerlo, como cada mañana de lunes a viernes, que Alcira, su mujer, ya ha salido hacia su trabajo. Su mano alcanza la perilla de la radio y la enciende. La marea de las voces entrecortadas por jingles y las músicas grabadas y automatizadas se vierte sobre su canal auditivo. Piensa que debe levantarse pero no tiene ganas. No obstante se sienta sobre la cama, saca sus piernas hacia el costado,  se para y las enfunda dentro del pantalón vaquero que ha dejado ahora de estar sobre el respaldo de la silla para ser ajustado sobre su cintura. Le gusta tener su ropa guardada y ordenada y sólo lo que va a ponerse al día siguiente sobre la silla al lado de su cama. Hace un poco de frío y la camisa que lo aguarda dispuesta también sobre la silla es de mangas cortas. Decide entonces que sacará un sueter del cajón de la cómoda, inmediatamente imagina el color conveniente para ser combinado con el de la camisa. Antes se calza las medias y los zapatos. Por fin se para, va a la cómoda, abre el cajón, extrae el sueter, emboca su cabeza en el amplio escote y emerge enseguida. Ya se siente activado. Ha quebrado la inercia de su pereza. Tendrá que ir al baño, lavarse las manos y la cara, sentarse a evacuar sus contenidos intestinales. Siempre se baña de noche y antes de acostarse prepara la ropa que se pondrá al día siguiente. Alcira lo elogia, valora sus tiempos atildados y exactos, siempre iguales. Él siente que al comportarse de ese modo le da a ella seguridad, un cierto aplomo y también, por qué no, una valentía y coraje para vivir ¿Porque vivir es éso, no? ¿Qué otra cosa?, se pregunta. Las respuestas se le irán desgajando lentamente a lo largo de lo que queda de esa mañana y del resto del día. Un día en el que se le van mezclando los elementos que lo compondrán. Piensa en una corriente tumultuosa, sobresaltada, en un río que fuera sinuosamente dirigiéndose a las cosas que quiere incorporar en su corriente y las cubriera y devorara como una boa de agua. Él es, que duda cabe, esa trayectoria, ese tropel que avanza, líquido y veloz ¿Puede encerrarse en esa metáfora, en ese mundo creado por sus palabras, hay algo más fuera de eso?
Ha bajado a la espaciosa cocina comedor y mira a su alrededor. Ve la radio y como hace unos instantes apagó la de su mesa de luz enciende la que está sobre la mesada. Mira el televisor y hace lo mismo. Los palabreríos, algo altisonantes y grandilocuentes, las músicas, ambos bochinches, se mezclan y compiten entre ellos. No dicen nada, no podrían dialogar con él, ser sus interlocutores. Tampoco internet aunque ahora decida, por ejemplo, abrir la computadora y encenderla y dirigirse a distintos sitios de la red. Incluso aunque decida chatear, con quién y para qué. Sigue sintiéndose ese río solitario, ese transcurso de agua sin sentido, esa boa invisible que devora y evacúa sin detenerse. Ese tiempo que lo contiene sin remedio aunque todavía pueda respirar dentro de él ¿Acaso es un pez dentro del agua o el agua que contiene todos los peces?
A veces ocurren otras cosas, las desagradables interrupciones de las desgracias en la monotonía, las exaltaciones de los momentos de goce. Hacer el amor con Alcira, por ejemplo, pero cada vez de modo mas infrecuente, aburrido, previsible y automático, ir con ella a cenar o al cine o al teatro y regresar con la sensación de oquedad y languidez, la seguridad de que algo nos falta y no sabemos qué es. Alguna vez, en el pasado estuvieron enamorados, embobados, hechizados, viviendo cada segundo juntos como si fuera el último de sus vidas, recelando de todo lo que pudiera interrumpirlos o distanciar el diálogo entre ellos que no sólo era de las palabras sino también de las sensaciones infinitas, de los cuerpos, de las remembranzas y los recuerdos. Amasados o moldeados los dos en un tiempo común, compartido. Sintiendo que circulaba entre ambos la reciprocidad de una energía inagotable. El amor, el deseo, la sed y el apetito que se profesaban y que hacía que cada minuto pasado sin el otro se sintiera como un fastidio y a veces una zozobra y hasta un desgarramiento; como cuando Alcira se enfermó y fue paulatinamente ensimismándose, dejando gradual y paulatinamente de ser la misma mujer que había sido, de un modo inexplicable pero certero, alejándose hasta culminar en el terrible diagnóstico que la llevó a la histerectomía y la  esterilidad y todo lo que había de mágico entre ellos se fue disolviendo en una terca y sostenida compasión. La realidad había penetrado en ellos y las aguas que marcharon juntas hasta entonces se fueron apartando, distanciando y hoy se miraban, se tocaban y se mezclaban de un modo inerte y anodino como objetos que se usan y se miden y sólo pueden proporcionar su utilidad momentánea.
Gerardo salió a la calle, caminó hasta la peatonal, se sentó en un banco y como estaba solo imaginó que estaba solo y como el cielo tenía un solo color azul imaginó que una multitud de sombrillas de todos los colores se vertía sobre él y puso su mente en blanco mientras la gente pasaba sin mirarlo u observándolo en todo caso como suelen mirarse los objetos.

Amílcar Luis Blanco

miércoles, 9 de enero de 2013

Capítulo II de mi novela "Las Walkyrias"



                                                               2






- Ya te lo dije – concluyó la pequeña de pelo del color de la noche, según la veía el chico a su lado.
- Contámelo de nuevo – insistió el chico que se llamaba Tomás y era su hermano. Estaban sentados sobre el piso de mosaicos rosas y verde agua del patio de invierno de su casa en Trenque Lauquen, Provincia de Buenos Aires.
-  Bueno – accedió Malva y alzó las pequeñas manos regordetas. Tenía siete años y a su lado descansaba la muñeca de tela rellena de estopa que ella llamaba Petrona.
- Hicieron así – dijo. Puso a Petrona de espaldas contra un mosaico rosa, le alzó las patitas y apoyó la curvatura de la muñeca de su brazo sobre el mosaico, y la palma y los dedos, como escalándola, sobre la entrepierna y el torso de Petrona.
- Petrona es mamá y Gustavo es mi mano…
- ¿Y de verdad estaban desnudos? – preguntó Tomás.
- Sí.
Los dos se quedaron callados. Tomás se paró y corrió adentro. Malva encontró raro que lo hiciera y se sintió después muy triste a partir, - esto no lo recordaba muy bien-, o de la partida de Tomás hacia el interior de la casa o de haberla visto a su mamá en la cama con el antipático y asqueroso Gustavo. Por supuesto que no se animó a denunciar su silenciosa permanencia en el dormitorio en el momento en que presenció lo que le había contado a Tomás. No alcanzaba a precisar ahora lo que había sentido entonces, pero, había sido algo así como cuando se paró en un arroyo en las sierras de Córdoba, en las vacaciones anteriores, debajo de una cascada. El frío y la fuerza del agua, que se deslizaba veloz entre sus piernas, la lisa dureza de las piedras que se superponían y ocultaban, chatas, sobre y bajo la corriente transparente y mansa, la hicieron recelar y sentir miedo y escapó, no obstante cautelosa, eligiendo cada piedra que pisaba para no resbalar. Así lo hizo, porque sintió algo parecido aquélla mañana, desde el dormitorio hasta el patio. Se fue pisando despacito en la semipenumbra para no provocar ningún ruido que pudiera delatarla. Después le sobrevino un desconsolado llanto y se escondió en los fondos de su casa, entre el ligustro y la higuera, donde sabía que no podrían encontrarla. Confió a la tarde sólo en Tomás. Ella sabía que nunca contaba nada.
Y aunque Tomás no contó nada, a partir de aquélla tarde, la vida cambió para ambos. Sobre todo en el trato con su madre que se volvió menos confiado y cordial. Pero entre Tomás y Malva ahondaron en una intimidad más cómplice. Se alternaron para compartir sus camas, donde no paraban de conversar bajo las sábanas hasta que el sueño los vencía. Tomás se hizo huraño y cauteloso, Malva observadora e impulsiva, a veces irritable y desobediente. Coincidieron sin embargo en demostraciones de cariño, en ocasiones desmesuradas, hacia su padre, don José Gervasio Chávez, el infatigable don Pepe, como lo apodaron siempre, que pasaba la casi integridad de sus días en el taller mecánico y comenzaron a acompañarlo. Querían estar con él y trataban de ayudarlo en lo que podían.
Malva creció aprendiendo de todo. Desde desenroscar tuercas para cambiar neumáticos, colocar con la herramienta especial las bujías, manipular diferentes tipos de crickets, espiar los secretos de cilindros y pistones antes de la rectificación de un motor, manejar el soplete para soldar, etcétera, etcétera, hasta participar, junto con su hermano, en todos los asados organizados por los mecánicos. Con Lucas, el hijo de uno de ellos, amigo también de Tomás, cuando tuvo once años y su primer período menstrual, accedió a quitarse la bombacha para demostrárselo. El muchacho, de la misma edad, tuvo después que cumplir su parte en el trato. Masturbarse delante de ella hasta que le saltase el semen. Un día, Malva, le pidió que la dejara hacérselo y Lucas le puso como condición que lo dejara a él también meterle el dedo índice, la punta, en la entrada de su vulva. Le aclaró que tenía las uñas bien cortadas y las manos bien lavadas y que lo haría despacito, sin que a ella le doliera. Que al contrario, que le iba a gustar.
El taller mecánico estaba en las afueras y ellos se alejaron todavía más, a un lugar escondido. Malva sentía la yema del índice de Lucas rozándola con suavidad. Le pidió que la presionara apenas sobre el rojizo botón del clítoris, inmediatamente atrás, en la cima de la comisura vertical de la que partían los labios vulvares. Los había observado largamente, así como la totalidad de sus genitales externos, valiéndose de un espejo, comparándolos con los de una lámina en colores de un grueso tomo robado de la rala biblioteca de don Pepe. Mientras aferraba la muñeca de Lucas para que no apretara más de lo debido, y sin poder evitar abandonarse a la sensación de placer y cosquilleo que la manipulación despertaba en todo su cuerpo, no dejaba de observar también cómo se nublaban los ojos de su compañero y cómo se desplegaban flojos sus labios, mientras ella, al mismo tiempo, apretaba, subía y bajaba su mano sobre el pene endurecido de Lucas, elástico y suave al tacto como una seda. Estuvieron así hasta que las gotas tibias despedidas por el asediado órgano fueron atrapadas por las dos manos juntas de Malva, que ascendieron a su cima anticipándose, cuando ella pudo presentir la eyaculación en el estertor que la precedió. En ese momento también ella buscó con su hendidura genital que el dedo la penetrase, pero él se aflojó y se retrajo, abandonándose, y empujó las dos manos de ella alejándolas de su sensibilizado miembro. Ella lo soltó pero se recostó contra su pecho y le pidió que la besara. El aceptó después de un rato, al principio desganado pero enseguida entusiasmado con el entusiasmo de ella, repetir lo que habían hecho.
Una siesta de verano de un día feriado en la que pudieron escaparse temprano llegaron a hacerlo hasta cuatro veces. Terminaron entrada la noche y diciéndose que se amaban. Entonces, en el tercer encuentro, y según Malva lo había premeditado, como el heráldico estertor se demoraba, ella quitó la mano de Lucas de su clítoris y se hincó, acaballándose, sobre el pene, metiéndoselo hasta el fondo en la vagina. Sintió un tirón, un pinchazo y un aumento de líquido en el interior de su conducto. Supo que había sido desvirgada pero al mismo tiempo el cosquilleo se le transformó en estertor como el de su amigo y el amargor de su garganta en contracción placentera, y, al acabar éste, casi enseguida, el estertor se hizo convulsión que la arqueó y la sacudió como si el cuerpo se le partiera y una descarga de electricidad sagrada la pateara para dejarla caer de nuevo, blandamente, sobre sus genitales empapados y calientes como sobre una laguna. Un placer sin límites la recibía. Un destino de gozo infinito se abría para ella. Siguió besando a Lucas y retuvo el pene quieto en el interior de su vagina mientras besaba a su dueño en la boca suavemente, lentamente, esperando que despertara y creciera de nuevo en la empapada cavidad de su bajo vientre, hasta que consiguió por fin llevarlo después de regodearse ella misma en voluptuosidad y placer, a la última y cuarta explosión, la segunda para ella.

Amílcar Luis Blanco  (Pintura de Oswaldo Guayasamín)

lunes, 7 de enero de 2013

El hombre que se transformaba en lluvia.-






















Pisadas de agua, ojos lacustres, transpiración o llanto como cascada permanente desde todos los poros. Agua con dureza y materia y, de pronto, licuefacción, un calor que lo transformaba en vapor, en nube y, por último, en precipitación intensa, parecida al diluvio. Y, mientras tanto, nos preguntábamos sin comentárnoslo, estupefactos frente al fenómeno, si en esa instancia el hombre – porque de un semejante se trataba – conservaría su lucidez. No podíamos preguntárselo a nadie, menos a él que andaba entre nosotros a veces sólido y concreto y otras, como un vaho, una sombra viajera por las noches y, por supuesto, un diluvio cuando se abstraía de su ser concreto y se iba o se fugaba por una puerta, una ventana o un tragaluz. Era un misterio.-
Las pocas veces que habíamos intentado abordarlo, sentado al extremo de la misma mesa en la que solíamos pasar el tiempo y entretenernos entregados a inocentes pasatiempos, él se limitaba a mirarnos con sus ojos de tiempo y nos quedábamos ya hipnotizados frente a esa contemplación que parecía envolvernos y colocarnos como elementos de un paisaje, inmovilizados, mudos e inauditos. A veces parecía nevar y se desataban borrascas dentro del azulado celeste de sus pupilas que crecía y se propagaba en el alrededor, copaba todos los horizontes, y entonces ni siquiera escuchábamos el sonido a caracol de mar, aullido lento o crepitar de nuestras respiraciones. Nos mojábamos y hasta empapábamos dentro de ese paisaje inescapable que él nos proponía y en el que nos convertíamos en meros objetos.
Cuando salíamos o regresábamos de ese estado él ya no estaba, se había marchado convertido en lluvia o en viento, en las dos cosas juntas o en vaya a saber qué. Tampoco nos atrevíamos a comentar entre nosotros lo que nos había pasado, temerosos de que el otro o los otros pudieran considerarnos locos. Menos todavía hacíamos explícito nuestro resquemor o rechazo, el que legitimamente podíamos sentir, cuando se sentaba, silencioso y ensimismado, hacia el extremo de la mesa. Nos hubiera incluso parecido indecente y hasta cobarde demostrarle o demostrarnos temor. El miedo es el cuchillo salvaje y rastrero, el puñal que se nos clava en el costado y no le íbamos a aflojar, no señor. Y no porque nos consideráramos guapos sino porque uno no puede arrugar frente a lo que no conoce siempre, porque si así fuera viviríamos arrugados.
Pero admitámoslo aunque no lo digamos: el hombre se transformaba en lluvia. Tenía esa cualidad o defecto ¿Quién podría calificarla? Era callado, jamás nos dirigía la palabra ni para decir esta boca es mía. Respetuosos de su mutismo nosotros no le preguntábamos nunca nada y cuando desaparecía, a veces incluso sin desplegar su numerito, tampoco hablábamos de él. Es decir, lo respetábamos.
El único que no lo respetó, primero trató de conquistarlo, invitándolo a numerosos asados en su estancia y hasta intentando liarlo con la hija fue Ecuménico Polo. Lo que el terrateniente quería era que no le faltase la lluvia en sus campos y ese hombre llegó a ser para él una obsesión. Pero se dice también que él jamás le respondió y rehusó una por una todas sus invitaciones. Siguió transformándose en lluvia cuándo y dónde le vino en gana y hasta llegó a rodear los campos de don Polo sin dejarle caer una gota. Se había incomodado con él, le había tomado idea y le duró hasta que por la gran sequía don Ecuménico le fue a pedir perdón y le rogó que, por favor, lloviese.
¿Cómo puede un hombre transformarse en lluvia y después volver, como si nada, convertido en hombre? No teníamos la respuesta pero el interrogante, la pregunta, pendía, circulaba sobre nosotros, como una especie de atmósfera. Y por lo menos para mí se intensificaba, convertida en curiosidad casi obsesiva, cuando el hombre se instalaba entre nosotros e interrumpía la paz de nuestros trucos, tutes o chinchones y hacía que dejáramos las barajas del naipe sobre la mesa, perdido ya todo interés en el juego.
Se contaba o se había dicho, pero no podíamos confirmarlo porque, como dije, no tocábamos el tema entre nosotros, que había habido una mujer y que la mujer lo había abandonado y que de resultas de ese abandono el hombre había llorado una noche entera sin parar y que no sólo las lágrimas le habían salido de los lagrimales como es lógico y normal que suceda, también se le habían desprendido de su alma. Pero claro, como el alma no es algo que esté así, expuesto, como lo está el cuerpo de cada uno, para bien o para mal, sino que, según opinan los que saben, es algo así como una cualidad, una especie de don, algo que no se toca ni se ve, en principio, pero que se hace sentir, el hombre al llorar con su alma lloraba más allá de sí mismo. Es decir que se extendía, se propagaba como una tormenta y que eso le sucedía cuando entristecía, entonces se nublaba, se ensombrecía y se transformaba en ese llanto indeterminado que era la lluvia.
Bueno, qué se yo. Ni hay qué decir que esta explicación no nos satisfacía. Nos mirábamos, a veces, dispuestos a creerla – con mirarnos nos bastaba para entendernos- pero en el fondo de nuestros entendimientos juzgábamos increible semejante interpretación. Porque, efectivamente, cuántos de nosotros, portadores de alguna pena o desengaño, sabíamos también sentirnos tristes, melancólicos, apagados, deprimidos hasta la nausea, sin ganas de ir al bar siquiera a jugarnos un truco y a veces andábamos deambulando como fantasmas sin tierra, parecíamos sombras, porque creanmé, el campo aburre, y, sin embargo, como digo, siempre estábamos dentro de nuestro cuerpo, no podíamos ir más allá de nosotros mismos y transformarnos en lluvia o tormenta o viento fuerte. Bueno, lo mismo cuando andábamos contentos, ocurrentes, con ganas de gastar bromas, en las vísperas de un festejo y el alma se nos salía del cuerpo casi, como se dice, o digamos alguna moza del lugar nos daba tiento para que nos entusiasmáramos, bueno, tampoco por eso nos convertíamos en un día de sol y nos volábamos por el aire para observar todo desde arriba. Y eso que todos, algunos en más oportunidades que otros, habíamos subido a la carlinga del avión fumigador y habíamos mirado hacia abajo para ver el pueblo y los cuadros alambrados y la hacienda, casi convertidos en los ojos del día. Pero aún en esos casos nunca nos habíamos ido por decir así de nuestros cuerpos.
La explicación vino después, mucho después, y no tuvimos entonces la más mínima duda del porqué el hombre iba y volvía de hombre a lluvia, de lluvia a hombre, pero, como comprenderán es un secreto y no puedo revelarlo. Lo único que puedo decirles es que nos bastó con darle crédito. Se las voy a decir de todos modos. El hombre se transformaba en lluvia porque su proyecto era, es y seguirá siendo, convertirse en agua y porque no había o no hubo para él mejor creencia – a lo mejor cuando se vio envuelto en su drama sentimental, en la tragedia que significó que una mujer que él amaba lo abandonara – que la de ser lluvia. Pasaron muchos días, después de un diluvio y terrible inundación, sin que regresara y entonces nos dimos cuenta que se había ido para siempre, por lo menos de su condición de hombre.

Amílcar Luis Blanco.  (Pintura "Hombre-Lluvia" por Diego Latorre)

sábado, 29 de diciembre de 2012

IMPÍA Y SEDUCTORA



Elena se levantó del asiento  del tren en el que viajábamos a Córdoba desde Buenos Aires, rauda, desdeñosa y ensimismada, como si estuviese viajando sola. Suele tener esas actitudes solitarias y esquivas. La seguí alarmado y pendiente de ella. En esas situaciones no puedo hacer otra cosa. El convoy tiene su parada de dos horas en Rosario y la gente aprovecha para bajarse e ir a tomar algo, una gaseosa, un sandwich, lo que sea. El andén estaba atestado y tenía casi que correr detrás de su paso rápido y su aptitud parecida a la de una bailarina para eludir los cuerpos y caminar contra corriente. Conseguí ponerme a la par de ella y, de pronto, tiene ese tipo de discontinuidades, me tomó del brazo delicadamente, me miró a los ojos y me dedicó una dulcísima sonrisa, aminoró el paso y fuimos por un instante como dos novios que pasean en estado de arrobamiento.
- Ella siempre fue una loba, impía y seductora - interrumpió de pronto Bevilaqua y todos, incluso yo, el protagonista de la historia, nos quedamos boquiabiertos. Salté:
- No, no es así
- ¡Ah, no! ¿Y cuando te dejó la primera vez por ese pintor? - insistió Bevilaqua
- ¡Qué sabés vos! O no te acordás que ella regresó a mi y fue algo apasionado y vivimos una nueva luna de miel ...
- Dále, dále - terció Lautaro - seguí, no le des bola al Bevi
La magra luz, la dominante penumbra del departamento se dejó llevar también por la historia, o a mí me lo pareció, a veces uno sucumbe a impresiones muy subjetivas. De pronto mi mirada abarcó el rincón en el que estaba el diván con el chez long en el que tantas veces nos habíamos tendido con Elena para prodigarnos mimos y arrumacos, algunos habían  sido refugios contra tormentas exteriores y otros cables a tierra en los que descargábamos nuestras turbulentas borrascas interiores, sobre todo las de los celos que, entre nosotros, eran moneda corriente. Pensé que mientras les contaba a los íntimos de mi barra íntima mis intimidades, valgan las redundancias, ella estaría llegando a nuestro departamento y los muchachos deberían irse. Proseguí:
- Bueno, ustedes saben, ella se quedó en Rosario. Después de tomarme delicadamente del brazo y dedicarme esa mirada y esa dulce sonrisa, me dijo:
- Tenemos que hablar, Osvaldo
- Sí, sí - le dije - como vos quieras.
- Estaba temiendo que me volviera a hablar de Ernesto Luz.
- Sí, claro, del pintor, el plástico, el esteta por el que te dejó - interrumpió de nuevo Bevilaqua
- Qué gusto me da decirte que te equivocaste. Ernesto Luz estaba en ese momento y está todavía en Europa - repliqué satisfecho.
Uno, o yo por lo menos, piensa que los celos están hechos, desde Otelo y desde antes y hasta aquí, de las comidillas y los malos entendidos, que se nutren desde fuera. Son los demás, siempre, quienes alimentan nuestros celos.
- Bueno, vas a seguir o no - dijo Lautaro.
- Sigo. Nos sentamos en el bar de la estación, en la mesa que ella eligió. Ella no me quitó de encima esos ojos almendrados que como ustedes saben me vuelven loco, sobre todo por ese color alambicado, como de ámbar al trasluz, qué se yo ...
- Sí, sí, nos hacemos cargo - se impacientó de nuevo Lautaro.
- Bueno, Elena me dijo ¿Qué te parece si vos seguís a Córdoba y yo me quedo en Rosario, visito a mi tía Zulema esta noche, la pobrecita no sabemos si vivirá una semana más, mañana regreso a Buenos Aires y cuando vuelvas de Córdoba te estoy esperando  ?
- Una mentira grande, enorme, como la catedral de Notre Dame o como Paris - Bevilaqua golpeó la tabla de la mesa con la palma de su mano.
Lo miré con indiferencia, casi con desdén. Bevilaqua ignora todo lo que tiene que ver con la autocrítica, con ver la viga en el ojo propio. No está interesado en ninguna mujer. Ni siquiera en la suya propia. Es mal pensado y suspicaz, siempre. Sobre todo cuando de mujeres se trata. Para darle un poco de rabia dije:
- Ustedes saben que en los momentos en que estoy con Elena el tiempo se detiene,  disfruto nada más que mirándola y ni hablemos si le tomo las manos o me guiña un ojo o frunce los labios en dirección a los míos y me tira un beso mientras nos contemplamos. Es una mujer femenina, coqueta, bellísima, tiene glamour. Me acuerdo siempre cuando se descalzó, la tenía sentada enfrente, estábamos con otros, gente como ustedes, como el señor aquí - dije e incliné los ojos en dirección a Bevilaqua y los demás se rieron -, como dije se descalzó y me metió la punta del dedo gordo entre dos botones de la bragueta, verdaderamente fue algo apoteósico.
- Bueno queridos amigos, aún los malpensados, Elena se quedó en Rosario porque debió seducir a un General para obtener la libertad de su sobrino detenido en uno de los centros clandestinos de detención del pasado gobierno milico genocida ¿Qué tal?
- ¿Eso te lo contó ella? - quiso saber Lautaro.
- Claro que no. Ella actuó del modo más prudente y virtuoso que se pueda uno imaginar.Para empezar me mintió acerca de su tía Zulema porque a pesar de su enfermedad, gota, exceso de ácido úrico, gozaba de excelente salud cuando la fui a ver, una semana después del episodio que les estoy contando.
- ¿Pero, logró seducir al general y, de paso, quién era?
- Quién era no lo se o no lo recuerdo
- ¿No lo sabés o no lo recordás? - preguntó Bevilaqua.
- Es lo mismo, me lo reservo y no viene al caso, ¿está? Era verdad que su tía Zulema estaba en ese momento con una crisis de gota, era verdad que también la vio esa tarde aunque muy brevemente.  Sin embargo lo más difícil y riesgoso para ella y lo que la eleva en mi concepto hasta un sitio inalcanzable fue que llegó al despacho del general y tuvo el coraje de ofrecérsele como amante hasta cuando él quisiera bajo la condición de que dejase en libertad a su sobrino...
- ¿ Y ésto, cómo llegaste a saberlo?
- Porque le hice creer que abordé el tren nuevamente hacia Buenos Aires, pero descendí por el otro lado y, sin que lo advirtiera la seguí. Fui detrás de ella, escondiéndome, hasta el edificio de la Comandancia del Ejército. Allí ella estuvo cerca de una hora.  Entré al edificio con mi carnet de personal civil de gendarmería, recordarán que trabajé allí como contable y la vi esperando en la sala de espera del alto oficial, me colé hasta una antesala contigua con una carpeta y pedí permiso para pasar al despacho del general, diciéndole al suboficial que me habían ordenado dejar esa carpeta sobre su escritorio. Me dejaron pasar. El general leía concentrado algún expediente y cuando me vio ingresar se sobresaltó, me tomé el estómago, simulé una arcada y señalé hacia la puerta de su baño. El hombre se puso pálido ante la perspectiva de que le vomitara su alfombra y casi me ordenó que fuera a su baño. Me metí dentro del ambiente azulejado en blanco y cerré con el pasador por dentro. La puerta tiene una celosía que abre una banderola en su parte superior. Pude pararme sobre el respaldo de una silla y ver a Elena cuando entró al despacho y escuchar, palabra por palabra, todo lo que hablaron...
- Seguramente acordando su cita con el general - apuntó Lautaro
- Bueno, no sólo. Ella le habló de su sobrino. Le preguntó primero si él tenía hijos
- ¿A que viene esta pregunta, señorita o señora, porque no hemos sido presentados - le dijo el general con cierta altanería que no empañaba su deseo de agradarle y parecer caballeroso ¿Ustedes vieron lo que es Elena, la figurita que tiene?
Bevilaqua hizo un gesto de afirmación con la cabeza, a regañadientes. Lautaro en cambió asintió con una sonrisa y le brillaron los ojos.
- Elena dijo: "Sí, sí, no fuimos presentados pero usted me vio en la recepción que se hizo en la Municipalidad de Rosario, en mayo pasado y sus ojos me siguieron y me vigilaron durante el transcurso de la reunión. En un momento, no creo que se le haya olvidado, usted alzó su copa hacia mí brindando a la distancia y yo le devolví el brindis y la sonrisa...
- Ya ve, disculpe si la interrumpo - dijo él - , el destino nos presentó, nos puso frente a frente.
- Mire, hoy vine a verlo porque un grupo de tareas de los que usted comanda secuestró al hijo de mi hermana, Bartolomé Belío, se llama él y mi hermana es Josefa López viuda de Belío, y yo soy Elena López. Se lo diré a calzón quitado, vengo a ofrecerme a usted como su esclava sexual y por el tiempo que usted desee bajo la condición de que mi sobrino Bartolomé sea hoy mismo puesto en libertad.-
El general la miraba con una sonrisa rocambolesca, estúpida, tomándose la punta de la barbilla, haciéndose el canchero, recostándose hacia atrás en la silla y creyéndose un galán.
- ¿Qué ocurriría si me enamorase de usted? - le preguntó a Elena el muy cínico
- Eso sería imposible
- Bueno, bueno ¿Por qué?
- Porque para amar hay que tener conciencia y quienes secuestran, encarcelan, torturan y asesinan, tienen la conciencia muerta. Son capaces de apetitos y deseos pero no de sentimientos. O mejor dicho, hay un sólo sentimiento que los moviliza, el odio.
Elena dijo esto mirando al general fijamente con sus bellos ojos ambarinos y almendrados y en la linea de sus labios vi como se le dibujaban el desdén y la gracia. Había en esos ojos y en esa boca algo triunfal. Después agregó, adelantando su rostro hacia el del general
- Usted sabe porque es un guerrero nato que las pasiones y en especial el odio y la rivalidad dominan la existencia y que al dolor sigue el placer, ¿o me lo va a negar?
Los suspiros y la respiración del hombre que debería tener algo más de sesenta años se habían incrementado y desde mi lugar de espía, trás la banderola abierta, encaramado en la silla, podía oír la trepidación cavernosa de su excitación. Se puso de pie, fue hasta el sitio en el que estaba Elena, que también ya se había incorporado y en un susurro de bajo, conmovido por la lujuria, bastante disfónico, dijo:
- Acepto, acepto. Hoy su sobrino quedará en libertad.
- Esta misma noche o cuándo y dónde usted lo disponga estaré esperándolo si eso sucede.
Dijo esto dio media vuelta y se fue del despacho, altiva y veloz, desdeñosa y ensimismada, tal como lo había hecho esa misma mañana cuando se había levantado de su asiento a mi lado en el tren. Lo demás puede suponerse. Pero les diré que Bartolomé quedo en libertad esa misma tarde y que el general murió infartado esa misma noche en un hotel de citas. Alcancé a tomar el tren a Córdoba y dos días después me reencontré con Elena y les digo, impía y seductora - miré a Bevilaqua - no la cambio por ninguna.- En ese momento todos escuchamos la llave en la cerradura de la entrada.- Llegaba Elena, los muchachos se incorporaron para irse.

Amílcar Luis Blanco.  (Pintura de Annie Louisa Winnerthon, "Mater triunfalis")

viernes, 14 de diciembre de 2012

El extraño caso del doctor Fausto y la joven frígida
















                                                     En la nochebuena que antecedió a mi cumpleaños número ocho un tío mío, llegado de la Italia de postguerra me regaló un libro de tapas duras con ilustraciones en cada página. En realidad consistió casi en una historieta como las que hoy se ven en los quioscos con Inodoro Pereyra o Mafalda. Se trataba de una adaptación del doctor Fausto de Goethe. Devoré con avidez palabras e imágenes y quedé impresionado. Cuando en el verano siguiente enriquecí esa lectura con el Fausto de Estanislao del Campo ya me había convertido en un devoto compadeciente del hombre viejo que se enamora de la mujer núbil, muy joven, y, me elegí a mí mismo, ya futurizándome para siempre, como el anciano al que le acontecería lo mismo. Por supuesto, desde entonces estuve dispuesto a vender mi alma a la belleza de una mujer, pero me precaví ,como en estado de alarma constante, de no caer bajo la seducción de una mujer a la que le llevase casi dos vidas de ventaja. Por supuesto que lo que traté siempre de evitar me sucedió. Teniendo sesenta y cinco años me enamoré de una bellísima chica de veintitrés que hubiera podido ser mi nieta. Mil veces llamé entonces a Mefistófeles no obstante mi perfecta convicción de que el diablo no existe y de que si existiera no tendría razón alguna para venir a comprarme el alma, supuesto que de existir también ésta, se le pudiese asignar algún valor que tuviese tanta importancia como para mover a los entes míticos y fantásticos a condescender a la prosaica realidad de un anciano crecido en kilos, arrugas y completamente calvo para más datos.-
No obstante mi sensatez esperaba en el living de mi casa a Mefistófeles bebiendo algún vermouth de más por las tardes y sin jorobar a nadie, ya que soy un hombre viudo hace más de diez años y jubilado. Por más que conseguía nublar mi visión de la mesa, las sillas, el televisor y los objetos más cercanos al cabo de mis libaciones, el convidado del infierno jamás se hizo presente de modo que, esta vez con razón y con pruebas, confirmé mi descreimiento total y absoluto acerca de las divinidades malas o buenas.
La chica de la que me había enamorado se llamaba Margarita, como la de Goethe, y tenía cabellos lacios abundantes, castaños y pesados y los usaba así o asá, sin o con flequillo, recogido o no, a los costados de una cara con ojos enormes y almendrados, castaños también y vivaces. Me hablaba siempre con afabilidad y sonriéndome desde una boca grande de labios carnosos y sensuales mostrándome, haciendo gala, casi jactanciosamente  pero a la vez con humildad y dulzura, de una dentadura de un blanco nácar porfiado. Su boca en movimiento hacía que, por momentos, cuando me hablaba, no pudiera entender lo que me decía y que comenzara como a flotar. Ella trabajaba en la panadería del barrio y era la que me vendía el pan todas las mañanas. Una vez, con la bolsa del pan me entregó un papelito y me guiñó un ojo.-
- Leélo - me dijo.-
Salí boquiabierto a la vereda de la panadería, las sienes latiéndome, el corazón golpeándome el pecho desde dentro como si quisiera salírseme. Entonces sucedió el milagro.- La nota decía: "Quiero verte ¿Podríamos encontrarnos esta tarde, a las seis, en el bar...?" y me daba a continuación las señas del bar.
Hasta que se hicieron las cinco de la tarde mi cuerpo y mi rostro habrán entrado en un estado casi cataléptico o, por lo menos, de concentrado ensimismamiento dándome el aspecto de un zombie. No podía pensar en nada ni en nadie que no fuera Margarita y en mi inacabable colección de imágenes de ella que había ido almacenando en mi memoria en cada una de mis visitas a la panadería. Como sería mi metejón que el pan se amontonaba en los cajones, se endurecía, se llenaba de moho y se pudría y finalmente debía tirarlo a la basura. Iba a comprarlo por la mañana con facturas y por las tardes sólo para verla. Y ella, esa beldad que me trastornaba, por quien le hubiera dado mi alma al diablo y quizá hasta mis bienes para que, si lo deseaba, montara allí algún templo, con tal de que me consiguiera hacer regresar a una juventud que, en mis ensoñaciones, había estimado en mis treinta años, ahora me citaba, me convocaba, deseaba hablar conmigo, vaya a saber de qué.
Me bañé, afeité, peiné, vestí y acicalé del mejor modo que pude y cuando me senté frente a ella mi expectativa era tan intensa que las mesas, las sillas, las botellas, los mozos, los demás circunstantes parecían elevarse, duplicarse y yo temía que estallaran. Por fin, Margarita rompió el silencio.
- ¿Cómo estás? Me imagino que intrigado.
Por toda respuesta alcé los hombros, las cejas, sonreí bobamente y aunque traté de articular alguna palabra mi paladar y mi lengua estaban tan secos que compuse un gesto que debió parecerse al de una vaca cuando mastica un poco de pasto y su deglución es interrumpida por su curiosidad.
- Mirá, cuando estoy en la panadería, además de vender pan observo a los clientes. A vos te observé y me dí cuenta de que estás enamorado de mí, me equivoco?
La sacudida de cabeza que salió de toda mi humanidad fue instintiva, casi un reflejo; el gesto universal de la negativa. Animada por mi espontaneidad Margarita siguió:
- Te lo digo rápido y en pocas palabras. Necesito casarme para cobrar una herencia. No tengo prejuicios, me entendés? De ninguna clase, me entendés? Estoy dispuesta a ser tu amante cuando quieras y puedas, pero, eso sí, necesito que pasemos por el registro civil. Vos sos viudo ...
A partir de esas palabras dejé de escucharla. Sólo me abandoné en la envoltura de su voz y me arrojé al fondo de sus ojos. En la luminosidad castaña de esos enormes faros almendrados y jóvenes un destello de rubí me indicó que Mefistófeles, al igual que Dios para los que tienen buenas intenciones, estaba ahí y era posible que estuviera en todas partes. Cuando amarré las manos de Margarita comprendí que había firmado un trato con él.

Amílcar Luis Blanco (Wilhelm Koller "Fausto y Mefistófeles esperando a Margarita en la puerta de la catedral)

jueves, 29 de noviembre de 2012

No me animo a despertarla ...

                                                              




                                                             No me animo a despertarla, huelo el jabón y huelo la mañana, el calor de la mañana y veo el color y la tersura del pétalo de una rosa amarilla en su piel. Me levanto y camino hasta la ventana y abro, girándole la manivela, una cortinilla de tablas metálicas que se doblan, siempre sin romperse, y mis ojos tras el vidrio y el mosquitero alcanzan la playa y la tonalidad arcillosa de la arena. Porque de donde vengo no hay playa, no hay arena, no hay mar azul cobalto ni extensión indeterminada que me haga pensar en la esfericidad de la tierra y en su roce con la noche galáctica.
                                                              Me pregunto si debo salir a caminar antes de que ella despierte. Estoy un rato así, dubitativo, contemplando la playa tras la ventana y viendo un niño y un hombre intentando remontar un barrilete y una chica en joging que recorre trotando, calzada en zapatillas seguramente acolchadas y cómodas, la rambla que bordea la costa en dirección al faro.Pienso que podría hacer lo mismo; correr calzado en mis cómodas zapatillas acolchadas;correr hasta jadear, hasta evocar un poco mis años infantiles cuando en las calles de tierra de mi pueblo o alrededor de la pequeña plaza corría en mi cuerpo delgado e iba contemplando  la iglesia, la comisaría, la intendencia, el banco de la provincia, el banco de la nación, el club independiente y después me detenía, agitado y tembloroso, por haberle impreso una extrema velocidad a la carrera, todo lo que podía, doblada la cintura, apoyando mis palmas en las rodillas, para finalmente tenderme al costado de la vereda sobre el césped o dejarme caer en un banco mientras sentía, cómo, poco a poco, mis pulsaciones volvían a su ritmo normal.
                                                               Ahora soy el adulto que mira tras la ventana del departamento de la costa en Miramar y estoy con ella, con Miranda. Hasta hace poco estuve detenido en un frío calabozo húmedo que no quiero recordar. Encontré a Miranda por pura casualidad. Ella es la secretaria del abogado que me defendió y es extremadamente bella. Desde que la vi por primera vez en la sala de audiencias percibí o sentí en sus miradas algo de compasión o lástima hacia mí. Muchos días y noches me revolví sobre el colchón de mi camastro en mi celda pensando en ella. En la imagen que tenía de ella. Recompuse mil veces su rostro en mi memoria y también fantasee con que poseía su cuerpo desnudo, dócil a mi lujuriosa imaginación. Algunas noches me dediqué a suponer lo que ella pensaría de mí; un estudiante de derecho que sobre el final de su carrera es sorprendido robando documentación en el decanato. Documentación que sin embargo probaría que una materia que había dado con un profesor que habían cesanteado por pensar diferente a lo que el régimen quería había sido aprobada por mí. Pero querían silenciar todo lo que este buen hombre había hecho y el que se amparara en su desempeño académico o lo defendiera, como yo, era un réprobo y habría que destruirlo. Todo me acusaba y la justicia en un gobierno de facto me tomó como chivo expiatorio, como paradigma y ejemplo de una ética que el establishment se propuso redimir y publicitar frente a la opinión pública. Estuve detenido casi un año y cuando salí en libertad mis compañeros y el abogado que me había defendido me ofrecieron un asado y allí pude conversar por primera vez con Miranda.
- Se tu nombre porque tu jefe, el doctor Fanego, me lo dijo - le dije cuando la tuve frente a mí, mesa con manteles de papel por medio que el viento hacía flamear bajo platos y cubiertos
- ¿Se lo preguntaste o te lo dijo él?
- Se lo pregunté. Quería saber quién eras
- ¿Por?
- Porque me dedicaste miradas y sonrisas muy dulces, bueno, vos lo sabés
Miranda sonrió todavía más ampliamente y la mañana, una mañana clara, se hizo para mí más luminosa todavía y creo que entonces fue cuando sentí que comenzábamos a viajar juntos.
                                                      Pero el viaje se había detenido la noche anterior cuando llegamos a ese departamento al borde de las olas. Es decir, seguiría, pero ni ella ni yo sabríamos hasta cuándo. Un simple dolor en su brazo izquierdo que  comenzó por inquietarla había desembocado en un diagnóstico preciso: cáncer, de extrema malignidad, indetenible. Sin embargo ella, que me lo había contado luego de la cena y mientras saboreábamos un cognac cada uno, siguió sonriendo y despertaría y seguiría sonriendo y esperaría de mí una conducta de goce, de disfrute de esa felicidad que habíamos encontrado juntos y desde hacía dos meses y cuatro días que yo contaba como los más felices de mi vida.
                                                        No me animo a despertarla, huelo el jabón y huelo la mañana ...

Amílcar Luis Blanco