jueves, 29 de noviembre de 2012

No me animo a despertarla ...

                                                              




                                                             No me animo a despertarla, huelo el jabón y huelo la mañana, el calor de la mañana y veo el color y la tersura del pétalo de una rosa amarilla en su piel. Me levanto y camino hasta la ventana y abro, girándole la manivela, una cortinilla de tablas metálicas que se doblan, siempre sin romperse, y mis ojos tras el vidrio y el mosquitero alcanzan la playa y la tonalidad arcillosa de la arena. Porque de donde vengo no hay playa, no hay arena, no hay mar azul cobalto ni extensión indeterminada que me haga pensar en la esfericidad de la tierra y en su roce con la noche galáctica.
                                                              Me pregunto si debo salir a caminar antes de que ella despierte. Estoy un rato así, dubitativo, contemplando la playa tras la ventana y viendo un niño y un hombre intentando remontar un barrilete y una chica en joging que recorre trotando, calzada en zapatillas seguramente acolchadas y cómodas, la rambla que bordea la costa en dirección al faro.Pienso que podría hacer lo mismo; correr calzado en mis cómodas zapatillas acolchadas;correr hasta jadear, hasta evocar un poco mis años infantiles cuando en las calles de tierra de mi pueblo o alrededor de la pequeña plaza corría en mi cuerpo delgado e iba contemplando  la iglesia, la comisaría, la intendencia, el banco de la provincia, el banco de la nación, el club independiente y después me detenía, agitado y tembloroso, por haberle impreso una extrema velocidad a la carrera, todo lo que podía, doblada la cintura, apoyando mis palmas en las rodillas, para finalmente tenderme al costado de la vereda sobre el césped o dejarme caer en un banco mientras sentía, cómo, poco a poco, mis pulsaciones volvían a su ritmo normal.
                                                               Ahora soy el adulto que mira tras la ventana del departamento de la costa en Miramar y estoy con ella, con Miranda. Hasta hace poco estuve detenido en un frío calabozo húmedo que no quiero recordar. Encontré a Miranda por pura casualidad. Ella es la secretaria del abogado que me defendió y es extremadamente bella. Desde que la vi por primera vez en la sala de audiencias percibí o sentí en sus miradas algo de compasión o lástima hacia mí. Muchos días y noches me revolví sobre el colchón de mi camastro en mi celda pensando en ella. En la imagen que tenía de ella. Recompuse mil veces su rostro en mi memoria y también fantasee con que poseía su cuerpo desnudo, dócil a mi lujuriosa imaginación. Algunas noches me dediqué a suponer lo que ella pensaría de mí; un estudiante de derecho que sobre el final de su carrera es sorprendido robando documentación en el decanato. Documentación que sin embargo probaría que una materia que había dado con un profesor que habían cesanteado por pensar diferente a lo que el régimen quería había sido aprobada por mí. Pero querían silenciar todo lo que este buen hombre había hecho y el que se amparara en su desempeño académico o lo defendiera, como yo, era un réprobo y habría que destruirlo. Todo me acusaba y la justicia en un gobierno de facto me tomó como chivo expiatorio, como paradigma y ejemplo de una ética que el establishment se propuso redimir y publicitar frente a la opinión pública. Estuve detenido casi un año y cuando salí en libertad mis compañeros y el abogado que me había defendido me ofrecieron un asado y allí pude conversar por primera vez con Miranda.
- Se tu nombre porque tu jefe, el doctor Fanego, me lo dijo - le dije cuando la tuve frente a mí, mesa con manteles de papel por medio que el viento hacía flamear bajo platos y cubiertos
- ¿Se lo preguntaste o te lo dijo él?
- Se lo pregunté. Quería saber quién eras
- ¿Por?
- Porque me dedicaste miradas y sonrisas muy dulces, bueno, vos lo sabés
Miranda sonrió todavía más ampliamente y la mañana, una mañana clara, se hizo para mí más luminosa todavía y creo que entonces fue cuando sentí que comenzábamos a viajar juntos.
                                                      Pero el viaje se había detenido la noche anterior cuando llegamos a ese departamento al borde de las olas. Es decir, seguiría, pero ni ella ni yo sabríamos hasta cuándo. Un simple dolor en su brazo izquierdo que  comenzó por inquietarla había desembocado en un diagnóstico preciso: cáncer, de extrema malignidad, indetenible. Sin embargo ella, que me lo había contado luego de la cena y mientras saboreábamos un cognac cada uno, siguió sonriendo y despertaría y seguiría sonriendo y esperaría de mí una conducta de goce, de disfrute de esa felicidad que habíamos encontrado juntos y desde hacía dos meses y cuatro días que yo contaba como los más felices de mi vida.
                                                        No me animo a despertarla, huelo el jabón y huelo la mañana ...

Amílcar Luis Blanco


domingo, 18 de noviembre de 2012

SEGUNDAS PERSONAS (Cortísima historia de un amor furtivo y adúltero)




      
Santiago y Alicia os mandaron a bailar tangos y milongas juntos y solos al living  ¿Os acordais? Santiago quedó escuchando  y viendo por televisión el partido de Boca con no os recordaré qué otro equipo. Alicia,con el delantal puesto, estaba tan concentrada en preparar las peras al borgoña que le molestaba todo. ¡Fanático, eh! -  dijisteis, señalándole a Santiago a su esposa Selva con quien os dirigisteis al living.- "Un boludo hecho y derecho" - te dijo ella. "Hacen lo que les gusta" - le dijisteis tú, tratando de equilibrar, después agregasteis, pero ya con un poquitito de intención animado  por el calificativo de boludo que  su cónyuge había aplicado a tu amigo: "Como nosotros, no?".- Ahí os matasteis, ahí empezasteis, el living se os oscureció un poco más. Selva, tu dijisteis: "A nosotros nos falta algo". ¿Qué? - preguntasteis,  Aurelio, con una inocencia  que te suspendió el aliento esperando que no te hubieseis equivocado al intuir que actuabas ya con cierta displicencia e intrepidez, con picardía. No te equivocasteis, tu aliento creció y se aflojó en un suspiro montañoso cuando apretasteis ambos senos contra  pechos y tú, Selva,  contestasteis: "Nos falta intimidad".-


Después de eso huisteis, os fuisteis, no todavía y literalmente del living sobre cuyas cerámicas seguisteis bailando y apretándoos y hasta llegasteis a besaros dando rienda suelta a ese sentimiento magnético, de atracción, que os habíais profesado desde que os conocisteis.- Pero sí, a partir de aquel baile y cena juntos, comenzasteis vuestro encendido idilio erótico sentimental que hasta hoy os dura y os ha convertido en las segundas personas que sois y que os proyectáis en forma solapada y constante plegadas a esos seres aburridos y previsibles que somos las primeras personas.-

Amílcar Luis Blanco (Joseph de Togores Llach "Amantes en la playa")

sábado, 3 de noviembre de 2012

LO QUE PUDO HABER SIDO (cuento cortísimo)




- ¿Qué pasa, te despertaste?
- Tuve un sueño,¡bah!, una pesadilla en realidad
- Contame
- Bueno, vos eras periodista, importante, yo estaba con Raulito, chiquito. Nos acompañabas hasta el coche a Raulito y a mí que debíamos volver, regresar al departamento. Era pasada la medianoche en Buenos Aires, las calles vacías, oscuras. Estábamos nerviosos, yo un poco histérico, harto de no tenerte por las noches. Encima me decías que te irías toda la semana a la costa, a Mar del Plata. Me sentía rabioso, enfermo de celos. Te decía, sin reparar demasiado en que estaba Raulito, "te irás con tu amante seguramente...", "Sí, sí, con él, acertaste ..." me contestabas vos. "Bueno..." - te decía yo - "si te vas no te molestes en volver...". "Okey, está bien..." me decías. Bueno, ahí me desperté.
Nos sentamos en la cama porque Martha encendió el velador.
- Y ahora ¿qué pasa? - dije
- No pasa nada, vos, ¿cómo te sentís?
- Bien, me siento bien ...
Hubo un silencio más o menos prolongado. Martha me miraba y yo sentía su mirada. Al fin rompí ese silencio:
- Pienso que lo que es tiene incorporado, encierra, lo que pudo haber sido.
- ¿A ver, cómo es eso?
- Bueno, vos pudiste haber sido una brillante periodista. Cuando nos conocimos comenzamos un ciclo que frustró tu carrera ...vinieron, Raulito, Martita, Josecito y etcétera, etcétera.
- Ahora, tengo sesenta y dos, ya no puedo ser la mujer de tu sueño ...
- De mi pesadilla
- Sí, de tu pesadilla. Te sentís culpable
- Sí, sin duda, me siento culpable
- ¿No pensás que alguna vez estuvimos amarrados como ángeles, que fuimos y que somos inocentes?
- ¿Y éso?
- ¿No pensás que el amor es como una marea que nos envuelve y nos transporta, nos significa y nos resignifica y nos deja finalmente abandonados en la playa del deseo?
- Tengo una esposa poeta
- Sí, tenés una esposa que sueña, piensa, siente, no sólo lo que pulula...
- Perdón, perdón, ¿qué es lo que pulula?
- Lo que se siente, piensa, sueña, de modo automático casi. Lo que deviene de la propaganda y la moda, lo que propalan constantemente, como verdades, la radio y la televisión. Los momentos en que estoy a solas, en que nuestros hijos casados no me llaman y vos estás en tus asuntos, en el club de esos jubilados, jubilados, jugando a las bochas o al ajedrez, suelo no escuchar radio, no ver televisión. Lo que hago es leer y, cuando no leo poesía o narrativa, me siento a tejer, riego las macetas en la azotea y, muchas otras veces, me quedo pensando, sintiendo y todo el ser, el tiempo, viene sobre mí, pasa sobre mí como una marea, como un olejaje invisible y entonces, jamás pienso en lo que pude haber hecho y no hice, en lo que pudo haber sido, pienso y siento lo que fue y es y con éso, creeme, me basta y sobra.


Amílcar Luis Blanco

lunes, 29 de octubre de 2012

LO QUE TENIA QUE DECIRTE






























-Sí, sí, sí. Ella y yo éramos muy distintos, somos muy distintos. Ella llega más lentamente, necesita una construcción. Jamás toma el camino de la espontaneidad, nunca sigue un impulso. Bueno, eso era lo que yo me decía, pero ya verás que no fue así. Yo me decía que ¡caramba! parece que no tuviera impulsos, que todo necesitara para ella de un diseño previo ...
- En cambio yo ...
-En cambio vos , yo me había parado enojado, estábamos en la disco, intenté alejarme hacia la barra y ahí fue, había dado dos, tres pasos y vos viniste hacia mí agitando tus pechos ...
- Agitando mis tetas, sí, te había visto, quería devorarte, te comía con los ojos. Para mí eras un cable de alta tensión...
- Sí, sí, te acercaste y bailando así, moviéndote, me dijiste: - ¡Hola, hola!
- Sí, hola te dije y hola me dijiste también vos ...
- Y seguiste bailando, moviéndote, balanceándote, agitándome los pechos, los dos para mí y mirándome
- Sí, mirándote y queriendo restregarte las tetas contra ese torso, quería rozarte..
- Y lo hiciste, me rozaste y también, mientras te agachabas bailando tus rodillas tocaron las mías y me excité ...
- Yo también me excité, la boca se me llenó de una saliva demasiado líquida y los ojos se me habrán nublado...
- En tu mirada había una fijeza turbia y fue ahí que se me ocurrió lo del coche
- Te acercaste a mi oreja y me lo dijiste y tuviste que gritarme porque yo no podía más de lo excitada que estaba, me había vuelto sorda, mirá como estaría.
- Sí, y fuimos a mi coche, serpenteando entre las demás parejas que se movían, entre el humo y el bochinche de la disco
- Sí, me dijiste que los asientos eran reclinables, yo no entendí enseguida la palabra reclinables, pero después la vi, vi la palabra como una cama de dos plazas y me pregunté en qué lugar habrías estacionado, me ilusioné que sería en la sombra entre los árboles...
- Sí, y ahí lo había estacionado y pensé que Dios me asistía...
- Nos asistía...
- Sí, sí, sí, nos asistía y antes de que entráramos al coche, vos estabas loquita, te habías descalzado...
- Sí, sí, las sandalias colgaban de mis dedos, de los dedos de mi mano derecha, sentía la concha mojada y había sentido también la dureza de tu pija entre mis piernas porque hubo un momento de Sinatra, no se si lo recordás...
- Sí, sí, lo recuerdo porque fue ahí entre tu mirada turbia y lo que te dije al oído cuando nos abrazamos...
- Sí, ahí nos abrazamos y pensé que me derretiría, mi vagina despedía un líquido quemante y se había vuelto hasta olorosa, la oliste?
- No, no, no lo recuerdo, pero sí que se me había parado el pito, lo tenía duro y ...
- Y enorme, enorme...
- Bueno, bueno, fuimos al coche, vos con las sandalias colgando y yo abrí una puerta y comencé a girar la rueda del asiento delantero para tirarlo hacia atrás y vos te me tiraste encima y seguí con el otro...
- Y entramos, entramos y cogimos salvajemente...
- Salvajemente, sí,  y cuando te tomé por atrás agarré tu pelo y estaba tan alterado que lo llevé a mi nariz y olí tu perfume...
- Lo recuerdo perfectamente, me dí vuelta y nos besamos en la boca por primera vez...
- Sí, por primera vez, sentí tu lengua y un sabor suave, delicado, una especie de terciopelo más tenue que el terciopelo...
- Yo sentí tus porosidades blandas, el filo de tu bigote me pinchó y era como si me estuvieras inyectando, inoculando, una electricidad ligera pero potente que me erizó toda la piel y me provocó una sensación de súbita movida intestinal, pero a medida que me empastaste la boca con tu lengua se fue diluyendo, como una tormenta interior que se disipa, pero...
- Pero en ese momento me acordé de mi esposa, de Leticia, la había dejado sola, sentada a la mesa, en un rincón de la disco y me dio pena...
- Lástima, pena, penita. Y te precipitaste como un zanguangó luego del primer orgasmo que tuvimos juntos y me dejaste en el coche y desapareciste y yo no supe qué hacer porque recién te había conocido y no sabía todavía nada de vos. No sabía que eras casado y que habías ido a la disco con tu mujer y que la habías dejado sentada, sola, en medio de la disco...
- Ella, como siempre, como tantas otras veces, no quería bailar, estaba aburrida, quería irse a casa, eso era lo que me había dicho y me había venido diciendo. Por eso, cuando volví a buscarla impulsivamente y te dejé esperándome en el coche sin decirte nada y la vi a ella trenzada en una rumba, danzando como una hurí, como una mujer de serrallo...
- Después me dirás qué es una hurí, una mujer de serrallo...
- Te lo digo ahora, como una puta, una verdadera puta, con un negro que hasta le cacheteaba las nalgas. Cuando la vi así, tan ágil con el negro, tan dispuesta, fue como si un velo se corriera de mis ojos...
- Por eso volviste corriendo al coche...
- Por eso volví, por eso, y por eso seguiré con vos...
- ¿Eso era lo que tenías que decirme?
- Sí, sí, era eso. 

Amilcar Luis Blanco ("Enamorados" oleo del pintor colombiano Franklin Ramos)

viernes, 21 de septiembre de 2012

LA CUMPARSITA








Los amigos hacía bastante tiempo que buscaban excusas para no responder a sus invitaciones ¿Estaría vieja? ¿Nadie vendría a consolarla? A Violeta le gustaba jugar con ese tragicismo demodé pero también recordar su niñez, cuando los hombres no la habían deseado todavía, ni intentado seducirla y llevársela a la cama. Cuando su madre la defendía de todo lo que le resultaba difícil con sus mimos constantes y sus pellizcones en la nariz, suaves, delicados, como sus besitos en el cuello. Lavinia, su madre, la bañaba, le enjabonaba el cuerpo con una esponja tan blanda, tan lisa sobre su piel, que ella apenas la sentía, después la enjuagaba y a ella le gustaba verse en el espejo, con el agua corriéndole por los detalles de su cuerpo hasta que incluso tuvo conciencia de la sensualidad de sus formas y volúmenes y hasta hoy cuando ya la edad le comenzaba a imponer la grosura indómita de sus desbordes, sobre todo en su vientre y sus caderas, aún le erizaba el vello y un escozor le recorría el bajo vientre cuando se contemplaba en el espejo de su baño mojada, perlada en transparencia, con el agua chorreándole . Los años y los amantes vinieron después, mucho después de aquélla infancia, de aquélla pubertad y adolescencia y gozó y sufrió y extrañó y echó de menos, tuvo miedo, tembló con ellos, no sólo por los placeres eróticos que le descubrieron sino también por esos terrores psíquicos a la pérdida y la soledad que acompañan al amor y sobre todo a la adicción al ser amado. Extrañamente, tal vez por haber perdido muy joven a su padre,  quien había cultivado con ella una relación rica, de mucha comunicación, de opulento intercambio, más tarde se enamoró de hombres mayores que ella. Y pasó del intenso amor a la amistad con ellos, gradualmente, porque ambos eran y habían sido, cuando ella era todavía una estudiante y ellos sus profesores, hombres casados ¿Cómo se pasa del amor erótico a la amistad? ¿Cómo de pronto se deja de amar? ¿Quién desencanta a quién? Por fin los caballeros de otrora habían aceptado su invitación y ahora estaban con ella recostados en sus reposeras, aunque ya un poco mustios y grises, los sentía como a esos perritos compañeros de la letra sentimental del famoso tango. Pese a todo peroraban y, en esa siesta,  la opulencia del clima y la naturaleza los había devuelto a una elocuencia que a la dueña de casa le pareció que los remozaba un poco.
- Cuando uno se siente admirado, amado, la autoestima crece y nos envuelve en una atmósfera de bienestar. Por eso es tan terrible cuando una mujer nos dice que ha dejado de amarnos, porque sucede todo lo contrario, en vez de crecerse en el amor a uno mismo, uno se achica, el alma se despeña y hasta sucede que llegamos a despreciarnos - dijo Almirón
- Lo que sucede es que cuando somos o nos sentimos amados es como si nos detuviéramos frente a un espejo y comenzáramos a mirarnos y tratáramos de descubrir cuáles son nuestros  atractivos - opinó Violeta
- Y por supuesto los encontramos, hallamos enseguida esos atractivos. Es como si nos descubriéramos. A lo mejor habíamos estado distraídos acerca de nosotros mismos pero bastó que alguien nos elogiara, que ese elogio viniera de otro para que lo creyésemos - dijo Bevilaqua
- Mucho más que si viniera de nosotros mismos - dijo Almirón
- Es que uno no se ve si no tiene enfrente a otro que le sirva de espejo - insistió Violeta.
Los tres amigos, antes amantes alternativos, estaban en la casa de ella después de haber almorzado opiparamente y la siesta se extendía ahora, soleada y azul, sobre el césped verde esmeralda de los fondos de la casa quinta de Violeta, al borde de una piscina con forma de riñón rodeada de lajas y cuyas aguas repletas de hojas y verdines en esa época del año - comienzos del otoño - todavía no usaba nadie y habían tomado una tonalidad bermeja, casi berenjena.- El olor a los eucaliptos rezumaba e infundía en el aire, junto a un cuadro sembrado de lavandas que también despedía su aroma inconfundible, una corriente de sequedad en la brisa que contrastaba con frescas serpentinas de humedad y se podía sentir en las mejillas, el cuello, las manos y las muñecas, sin que el calor del sol volviera opresiva la atmósfera. Puras corrientes de frescura.- Más allá seguía el campo hasta el horizonte y se veían cipreses, una alameda y los sembradíos de soja de un verde oscuro, a veces casi negro.
Violeta se incorporó de su reposera. Su ropa, un vestido de gasa color hueso algo desaliñado, mostraba su edad de cuarentona bien alimentada. Se le notaba la felicidad en el rostro relajado por la ingesta reciente de un buen cabernet y por la presencia de sus dos amigos sesentones que, en otra época, habían sido sus profesores y amantes y habían tramado su amistad a partir de ella. Bevilaqua enseñaba literatura. Almirón era un psiquiatra dedicado a la docencia dotado de perspicua curiosidad por las obras de filósofos y científicos dedicados a la física y la biología. Eran hombres mayores, cómodos, vestidos de sport, de conversación afable y atractiva, los dos tenían hijos grandes casados y ausentes, sus esposas los habían acompañado y disfrutaban de la cocina intercambiándose recetas y preparándolas para placer de todos. Ahora mismo estaban por traer el café y dos tortas, una de chocolate, otra de bizcochuelo de limón con crema chantilly y pulpa de duraznos y se distraían conversando en el interior de la amplia cocina comedor. Violeta estaba feliz de que hubieran aceptado su invitación para compartir los largos feriados de la semana santa. Ella misma era una mujer solitaria. Sólo tenía una hija que había viajado a Australia con una amiga en sus vacaciones y que, cuando estaba en el país, trabajaba demasiado y compartía con ella breves momentos, intensos porque los aprovechaban, pero breves.
Un alazán de pelaje casi rojo pasó cabalgando por el campo lindero a la quinta y todos se volvieron para mirarlo, incluso Estefanía y Clara las mujeres de Bevilaqua y Almirón respectívamente suspendieron la charla y quedaron estáticas por un momento mirando el gallardo cabalgar del cuadrúpedo que se alejaba a través de las amplias ventanas de la cocina. Violeta lo siguió hasta que se perdió detrás de una alameda como una mancha lacre, bruñida y espectacular, como si hubiera sido absorbido por la sombra que ya presagiaba el ocaso. Ella había vivido desde niña los crepúsculos en la quinta cuando sus padres recien la habían adquirido, hacia de esto casi cincuenta años.
- Y ustedes, amigos, ahora amigos,¿ han podido olvidar nuestras peripecias de amantes? Confiesenmelo ahora, antes de que sus esposas vengan con las tortas.-
Bevilaqua y Almirón se miraron como pidiéndose permiso para hablar
- Vos todavía estás muy apetecible - dijo Almirón
- Ya lo creo que sí - confirmó Bevilaqua
- ¿Por qué creen, los dos, que a partir de mi pregunta deben obligatoriamente tratar nuevamente de seducirme, de conquistarme?
Los profesores tosieron casi al unísono.
- ¡Por Dios, qué previsibles son ustedes, o soís vosotros, como debería decirse en correcto español!- se admiró Violeta.
- Es que, no se a Almirón, pero a mí me cuesta ser tu amigo, todavía, pese a mi edad, pese a mi estado civil y laboral, casado y jubilado, la sangre me hierve - replicó Bevilaqua
- A mí exactamente igual - confirmó Almirón
- Si los dejara ustedes dos celebrarían una orgía conmigo, con mi cuerpecito de cuarentona.
- ¿Nos invitaste para seducirnos, para que te hagamos el amor a escondidas de nuestras mujeres y casi bajo sus narices? - preguntó Almirón
- No estaría nada mal - sentenció Bevilaqua y después preguntó, en correcto español: - ¿Has estado leyendo al Marques de Sade, querida Violeta?
- Se que puedo excitarlos hasta la desesperación, conservo intacta mi autoestima. Lo que me intriga, lo que siempre me he preguntado sin acertar con la respuesta, y lo voy a decir en correcto español, es por qué los varones no podéis jamás ver más allá de vuestro apetito venéreo, os confieso que ese interrogante suele desvelarme. El hecho de que no podáis ser amigos de una mujer que os parece atractiva ¿No es acaso una limitación de género?
- Te se decir, porque lo recuerdo como si fuera hoy, que yo era un toro cuando te miraba de cerca, cuando conversábamos, antes de besarte y veía tus labios, tus mejillas, y sobre todo tus ojos y sentía ese deseo irresistible de besarte y te besaba y después, bueno, lo recordarás, y aquí, tenemos confianza con Bevilaqua, después venía lo de arrancarte la ropa y desnudarte y tumbarte sobre la cama ... Ahora, soy un viejo y como en el tango "los amigos ya no vienen ni siquiera a visitarme"-Almirón soltó el discurso y quedó en silencio.- Violeta se quedó contemplándolo, un poco consternada, el entrecejo fruncido, las comisuras caídas.
- Bueno, bueno, que yo también lo hice, qué embromar, y luego lo hicimos los tres, o no? - agregó Bevilaqua como para que salieran del silencio.
- ¿Qué cosa? - preguntó Almirón
- Sí, sí, esto de haber sido amantes los tres, de haber cumplido nuestras fantasías cuando fuimos jóvenes ...
- Pero qué decís Violeta, vos seguís siendo joven, tan joven como cuando vivimos esos momentos de fuego - la interrumpió Bevilaqua
- Sí, sí, o de juego - dijo Almirón, después siguió - Fuimos felices de todos modos ...
- Muy felices - suspiró Violeta.
- Acaso profundizáramos en esa filosofía en el tocador del Marqués. Acaso hicimos lo que otros no se hubieran atrevido a hacer.-
Estefanía y Clara llegaron con las tortas caminando en puntillas, sonriéndose y mostrándoles a los tres las arrugas del tiempo dentro de la lozanía de esa siesta rozagante por la que desfilaban recuerdos azulados, violetas y, desde alguna propiedad vecina, emitido por los altavoces llegó el sonido silabeante y rítmico, sincopado, de La Cumparsita.-

martes, 4 de septiembre de 2012

Fragmento de mi novela "Las Walkyrias" - Capítulo 10





La mañana se inflama a mi alrededor como una ampolla, como un dolor suave; el mismo que siento en la palma de mi mano después que me la lastimara ayer llevando la camilla en el pasillo del hospital. En el trayecto al hospital, a mi trabajo, recuperaré la constante contradicción de vivir y morir en la villa, en éste sitio, sólo soportable por esa esperanza de que me toques. Necesito tus manos sobre mi cuerpo, Edelmira, y no sobre la vajilla. Sobre mis hombros y mi cuello, sobre mi espalda, mi espinazo, mi cintura, incluso sobre mis glúteos y que me recorran las nalgas y las piernas y hasta los pies, y no agarradas al mango de la escoba. Vos te tirás en la cama a mi lado y es como si no existieras, como si yo tampoco existiera, como si ninguno de los dos existiéramos y éso, éso es lo mas decepcionante de estar casados. A veces te ofrezco masajes y los aceptás enseguida y no de balde porque te motivan y hacemos el amor y todo, pero nunca se te ocurre que yo también puedo necesitarlos, que estoy ahí, a tu lado, tan cansado como vos y tan necesitado como vos de esos masajes. No se, no se, Edelmira, no entiendo esto de estar nosotros tan cerca y de que me hagas sentir tan lejos, pensando y pesando, como un objeto muerto y vivo, deseando y deseando hasta que  el dolor mismo se cansa y por fin me deja dormir ¡Si sólo usaras tus manos, si sólo extendieras tus brazos todo cambiaria! Seguramente yo andaría mucho mas contento al día siguiente, trabajaría con ganas y alegría. Este dolor que siento en mi mano y en mi cuerpo insiste todo el día, me cansa, me hace sentir como un trapo cuando llega la noche. A veces me dan ganas de pedírtelo como hacés vos, pero, al pensar que entonces lo harías por obligación y que te cargaría otra obligación mas, retrocedo, me vuelvo atrás, no me animo. No me gusta verte siempre obligada a todo como si fueras una esclava por el hecho de ser pobre, porque los pobres estamos siempre obligados a todo. Nada o casi nada, muy poco, lo hacemos por gusto, por ganas de hacerlo. A veces pienso que esto de ser pobre y hacerlo todo por obligación nos va comiendo la vida, desactivando el cuerpo. A mi no me gusta demasiado el vino, comer lo necesario, pero sí me gustan tus manos y tu mirada y tu cuerpo desnudo de hembra; parece una estatua palpitante y viva, una fuente parece y, en vos, la alegría y la luz, cuando no estás cansada, vibran como el agua de los surtidores o las cascadas. Parece que estuvieras hecha de río, Negra mía”.
“Suele ser un frío de carbón, apretado por la humedad pero quemante, el que siento en la parte de mejillas expuestas y en las manos que trato de hundir en los bolsillos cuando salgo a las seis de la mañana de la casilla en invierno para ir al hospital.- Suele ser un frío de carbón de nieve porque arde, es invierno y todavía es de noche y porque recuerdo el aire suelto de los veranos en La Paz y quiero irme, marcharme de la villa como si nunca hubiéramos venido aquí. Pero aquí estamos y estuvimos desde que estamos juntos. En esta casa que levanté con mis manos, raspadas y lastimadas, Negra, doloridas porque mi sangre se entibia con el entusiasmo de haberte conocido y poder tenerte aunque deba toparse y chocar y tratar con lo mas áspero, se trate de ladrillos, cal o arena o cemento o lo que fuere. Todo es poco con tal de estar con vos, de vivir con vos, ésa es mi recompensa por todos los malos momentos, amarguras, antipatías, sinsabores y mierdas bien mierdas de la vida. Por eso Negra, por eso quiero y deseo y le pido a Dios si es que existe que vuelvas a mí, que te fijes en mí y me atiendas”.-

Amilcar Luis Blanco



domingo, 19 de agosto de 2012

Historia de la camarera y el abogado






- Lisandro tuvo huevos, muchachos, huevos o cojones o agallas, como lo prefieran ...
- ¿Pero entonces es verdad, él se caso con la rusa, se separó y se divorció de Anita Callógero ...
- Sí señor, se separó y se divorció de Anita Callógero
Ahora, el que vino a la mesa cuando Juan dijo eso, fue Ivan, el dueño del bar, y todos se callaron, incluso José que acababa de explicarles por qué no era su hija, Mariana, la que desde hacía una semana no atendía las mesas. También, de paso, les dejó claro por qué Lisandro faltaba de las mesas de entradas de los juzgados desde hacía más o menos la misma cantidad de tiempo.
- Es que, muchachos, Mariana Balischenka "la rusa" era activa, vivaz. En todo, al caminar, al dirigirse a las mesas para levantar los pedidos y llevarlos en una bandeja que jamás se le ladeaba ni ella había dejado caer nunca, al pasar la rejilla sobre las tablas de mármol gastado del bar "La Justicia", dentro de cuyo recinto se desenvolvía desde hacia quince su vida de apenas treinta y dos años y se había también desarrollado la de sus padres y sus abuelos que fueron quienes lo abrieron hacía ya más de setenta años, recién llegados de Rusia y, en fin, al hacer cualquier cosa se la notaba diligente, voluntariosa, inquieta. Pero sobre todo su propensión al movimiento constante, su hiperkinesia casi compulsiva, enmarcada en un ritmo que le vendría de sus ancestros eslavos, se exteriorizaba en el movimiento de sus caderas, sus piernas, sus pies y hasta sus manos que parecían querer volar de sus caminatas y ademanes y desde el torso siempre firme y esbelto y la cintura de diámetro casi polar comparado con el de sus ancas. El rostro redondo, de pequeña nariz, los ojos inmensos, aniñados pero intensos y expresivos, completaban el panorama y justificaban la presencia constante de jóvenes parroquianos, muchos de ellos abogados recién recibidos, apenas casados o de novios, divorciados de amargos semblantes, que además de para beber cafés, capuchinos, lágrimas, cortados o completos con leche y medialunas, y también algunas ginebras, cañas, coñacs o whiskys, convencer clientes o partes contrarias antes de las audiencias, concurrían al lugar para tener la posibilidad de contemplarla a gusto, permanecer en silencioso arrobamiento frente a su beldad o atreverse a soltarle insinuaciones y piropos que iban desde lo soez hasta elaborados panegíricos de aspirantes a poetas.
De toda esa cohorte de admiradores, desde el más tímido hasta el más desenvuelto, se recortaba Lisandro quien ya había logrado sentarla a su mesa y conversar varias veces con ella.- Una vez le dijo:
- Qué bien te quedan la calza, las botas y esa camisa, tan roja y que te levanta tanto.
- ¡Gracias! Pero viste que no tengo tanto busto ...- Mariana lo dijo y bajó apenas los ojos. En realidad sus senos desbordaban para lo que era el volumen de su torso y resultaban bastante apetecibles.
- No, no, te levanta pero tenés - Volvió a insistir Lisandro y sintió que su pulso se aceleraba. Ella jamás se había referido a su propio físico en las pocas charlas muy circunstanciales que habían mantenido.Para que su sorpresa y sus latidos no disminuyeran el ritmo Mariana se sentó frente a él, le sonrió, lo miró a los ojos y le dijo:
- Hoy podemos vernos a la salida, papá viajó a Entre Ríos.
Jamás había soñado Lisandro, bien lo sabían Juan, José y los demás colegas, que Mariana pudiera prestarle atención en serio, y menos todavía que le aceptase sus reiteradas invitaciones. Su súbita actuación pícara, algo zafada, le hizo entrever los interiores de una habitación de hotel, sólo para los dos y las elaboradas mentiras que debería desplegar frente a su joven esposa, Anita Callógero, para poder evadirse de su chalet de barrio, tan acotado por vecinos y parientes en el escaso tiempo que llevaban de casados. Pero la aventura lo reclamaba.
- ¿A qué hora salís, preciosura?
- Quedo libre a las seis - Mariana le sonrió y dibujó un beso dirigido a su boca; sus labios se plegaron formando una momentánea y pequeña trompa y sus párpados descendieron brevemente dejándole a las claras demostrado que, en esa mirada de ojos color petróleo, enmarcados por sienes y frente casi marmoladas, por un cabello de reflejos ceniza, el elegido por Dios había sido él.
Pensó en Catalina la Grande, en Ana Karenina, en las heroínas de Dostoyevsky y de Chéjov y por último colgó de su imaginación un retrato de Lou Andreas Salomé que procedía también, según había leído, de las estepas regidas por los zares y que ahora organizaban rostros y cuerpos impenetrables del Politburó.
Los ojos color azul petróleo, las carnes blancas, las dimensiones oseas eslavas y delgadas, la musculatura elástica que remataba en ese cuerpo espigado y esbelto de ballet Bolshoi, el ardor de los llantos y las postergaciones de sufrimientos sin fin de generaciones de mujeres que secularmente habían vivido para el trabajo y la esclavitud, bajo la nieve implacable, la roja pasión contenida, harían de Mariana un volcán seguramente. Porque Lisandro la veía como la encarnación de todo eso.Consiguió llevarla al hotel, consiguió meterla entre las sábanas con la piel enrojecida y la acarició y la besó y entró en ella con la suavidad de un tallo abriéndose en la tierra húmeda y tibia, guardada bajo la nieve. Mariana fue en ese momento para Lisandro una tierra húmeda y tibia, fue el humus en el que se mezclaban evocaciones de las fértiles llanuras marginales del volga y la selva negra con la pampa argentina. Lisandro solía componer en su imaginación lo que él suponía que entraba en contacto y se mezclaba entre dos personas además de sus cuerpos, quiero decir sus historias, sus culturas.
- Te amo - le dijo cuando salieron del primer revolcón pasional
- ¿Me vas a amar siempre?
- Sí, por supuesto
-¿Seguro, no me vas a dejar?
- Seguro ¿Por qué?
- Sufrí mucho, Li, mucho. Hasta ahora tuve en mi vida un solo hombre del que me enamoré y me dejó, me abandonó, huyo en su camión a Brasil y nunca más lo vi. Mi padre y mis dos hermanos salieron a buscarlo ...
- ¿Y?
- Y lo encontraron y él les explicó que tenía otra novia en Brasil, en el Estado de Paraná, a la que había dejado embarazada y que tenía que cumplir con ella, como un hombre, les dijo, y ellos, mi papá, mis hermanos, no supieron qué responderle ...
- Y vos, ¿qué le hubieras dicho?
- Le hubiera preguntado por qué y para qué me enamoró, si lo hizo solamente para romperme el corazón ...
pero claro, mi papá, mis hermanos, no estaban enamorados de él ni se habían acostumbrado a él ...
- Vos, como se dice, te habías aficionado a él,¿ no es cierto?
Mariana puso cara de pecado al contestarle, de devota ortodoxa o católica sorprendida en la falta, necesitada de expiación, o a Lisandro le pareció.Varios frescos interiores en la catedral de San Petersburgo de cabezas femeninas enmarcadas por luminosos aros de santidad desfilaron súbitamente por la mente de Lisandro.-
- Sí, sí, me había aficionado a Ernesto, así se llama
- Ernesto fue funesto ¿Cómo pudo abandonar a una mujer tan hermosa, tan atractiva como vos?
Ahora Mariana le sonrió pudorosa, avergonzada, sus mejillas se inflamaron como pétalos de una rosa roja y ardiente.Los velos se corrieron para dejar ver sus dientes parejos y blanquísimos, una luz etérea descendió sobre sus mejillas que enrojecían, sobre la comba de su frente virginal.
- ¿Y cuándo volveremos a vernos? - inquirió la rosa y sus ojos destellaron sobre la mirada satisfecha de Lisandro.
Recordó entonces que era un joven casado. Y bien casado ya que, desde el punto de vista de su carrera, su mujer era la hija del dueño del Estudio Jurídico en el que él trabajaba y esperaba trabajar hasta jubilarse. Tosió, se llevó los dedos a la nariz y se la apretó como queriendo afilársela. Dijo:
- Yo no quisiera ser otro más que rompa tu corazón
- ¿Por qué, acabás de decirme que me vas a amar para siempre, que no me vas a dejar?
- Lo que ocurre es que soy casado
- ¡ Ah, pero qué bonito! Yo creyéndote como una tonta, conmoviéndome con todos tus piropos, pensando que de veras te gustaba ...
- Y de verdad me gustás, claro que me gustás - se defendió Lisandro
- ¡Sí, para encamarte conmigo y nada más que para eso! - protestó furibunda Mariana. El azul petróleo de sus ojos había pasado a un violeta intenso.Lisandro quiso calmarla y acercó su mano a la mejilla  de Mariana, seca, sin atisbo de llanto, pero ella se la sacó bruscamente descargándose de un manotazo de la impertinente caricia. Luego se incorporó violenta y desnuda como una cariátide y caminó hacia el baño y abrió la ducha e introdujo su cuerpo eslavo, magnífico, bajo el chorro abundante y torrentoso que reventó sobre la abundante cascada de su pelo castaño con reflejos cenicientos. Durante un largo momento sólo se escuchó el sonido a lluvia, a cerrado aguacero, que producía el agua al salir de la roseta de la ducha y quebrarse y borbotar sobre la pequeña cabeza, la cara de ojos cerrados y labios entreabiertos de Mariana, que lo miraba con silenciosa furia cada vez que los abría, para después correr sobre su cuerpo y bruñirlo, lustrarlo, hacerlo brillar bajo la pátina transparente y tornarlo dolorosamente más apetecible, deseable e imposible para Lisandro, dadas las circunstancias.
Nada había tan serio, tan imponente, como una mujer enojada, una mujer joven y bella de tantos kilates como la que allí había conseguido llevar Lisandro. Una desconocida en suma, porque sabía de ella menos, mucho menos, de lo que imaginaba. Y lo que imaginaba, las fantasías que ocupaban su cerebro, provenían de desordenadas y antiguas lecturas, de viejas películas, de fotografías y grabados, pero, seguramente, no se correspondían con la idiosincrasia, personalidad, expectativas reales de la Mariana de carne y hueso que él había defraudado y que ahora giraba, levantaba sus brazos, acariciaba y fregaba su cuerpo con la pequeña pastilla de jabón y hacía crecer la espuma sobre su delicioso cuerpo que se le escapaba hacia el corto futuro de esos instantes que faltaban para que sonara la chicharra que marcaría el fin del turno. Entonces nunca más la vería y cuando la viera en el bar ella lo trataría con frialdad y distancia, daría vuelta su cara y hasta la tendría que soportar dialogando y coqueteando con otros, algunos probablemente fueran libres, solteros, viudos, divorciados y se la llevarían ofreciéndole lo que él no podía darle. Lisandro suspiró, su pecho se inflamó, su estómago se vació y languideció con una súbita congoja y las lágrimas en incontenible tropel subieron a sus ojos y los desbordaron. Acaso no podía ser Mariana la mujer de su vida, más que su joven esposa, con quien, desde hacía cuatro años que ya duraba el matrimonio, no habían conseguido siquiera tener hijos, hijos que él hubiera deseado pero que su novel esposa se negaba a concebir, ateniéndose tercamente a la ingesta de anticonceptivos, hasta tanto no terminara su carrera de ingeniería en alimentos.
Se dirigió a la ducha, se metió bajo el chorro y atrapó entre sus brazos el cuerpo de Mariana. Ella protestó y forcejeó pero finalmente cedió a las manos, al cuerpo de su compañero que la ceñía con fuerza y a la voz conmovida que le repetía que la amaba.- Copularon bajo el agua torrentosa, contra las cerámicas, de modo frenético y fogoso, se besaron con furia y caminaron juntos hasta la cama y húmedos y mojados siguieron el ejercicio lúbrico hasta satisfacerse.-
Así que Lisandro dejó a su joven esposa, dejó el prometedor bufet de su suegro, Mariana abandonó su desempeño como camarera y ambos, nuestro bisoño colega y la hermosísima señorita rusa, se fueron a vivir juntos y colorín colorado este cuento se ha terminado. - concluyó José
- ¡Iván! - gritó Juan que había permanecido en silencio. Cuando el dueño de"La Justicia" se acercó sonriéndoles, le dijo: - Traiga dos coñacs - y cuando se alejó rumbo al mostrador miró inquisitivamente a José:
- Ché ¿Y vos como sabés tantos detalles?
- ¡Ah! Esa es otra historia.

Amílcar Luis Blanco ("Bar en el Follies Bergere" por Edouard Manet)