martes, 16 de septiembre de 2014

CAPITULO VIGÉSIMO PRIMERO DE "LAS WALKYRIAS"



Mónica Garcés. La amistad

                                                                    21

                                                          - Pase, querida, adelante – exhortó Arquímedes Portobello. Dobló las páginas del diario que leía y se quitó los anteojos. Los depositó sobre la mesa y fijó sus ojos grises en Malena. La luz del ventanal le daba de lleno y los ojos claros de ella, su pelo rubio, lacio y largo, le conferían el aspecto de un ángel. Comparecía por primera vez ante el dueño de “Las Walkyrias” que la había mandado llamar. “Te va a tomar el examen, como a todas”, le había adelantado Sonia, “te va a semblantear y te hablará de sus locuras. Mantenete seria”.-
- Usted es la nueva. La quiero, antes que nada, saludar y, si puedo, enterarme por su boca de cómo se considera usted, jovencita, es decir ¿Qué piensa usted de usted misma?
- ¿Qué quiere saber?
- Me doy cuenta de que usted es impetuosa, franca, casi transparente ¿Quisiera saber, por ejemplo, si es creyente, si cree en Dios?
- Bueno, no estoy muy segura. Quizá en momentos de máxima debilidad, cuando me siento muy vulnerable, le pido a Dios que me ayude. En otros momentos casi no me acuerdo de él.
- Es comprensible, usted siente y actúa como casi todo el mundo.
- Sí, me considero bastante normal.
- ¿Cree usted en la vida eterna?
- Acláreme un poco.
- Me refiero a la eternidad del alma ¿Cree usted que estamos compuestos de un cuerpo y un alma y que cada uno tiene vida independiente?
- No
- ¿Por qué?
- Porque si se mueren células de su cerebro usted pierde capacidades y funciones, o sea, alma.
- ¡Ah, ya veo! Usted piensa como pensaba yo…
- ¿Pensaba?
- Sí, pensaba, antes. Ahora, pienso diferente.
- ¡Qué interesante! ¿Y qué es lo que piensa ahora y por qué?
- Le explico. Estas máquinas – señaló la pantalla, el teclado y el mouse de una computadora sobre la tabla de su escritorio y un cepeu cerca de su pie – me han hecho cambiar de idea. Me han hecho pensar que las secuencias electromagnéticas que forman software o programas son las mismas que habitan nuestro cerebro y que pueden migrar de la materia que lo compone, que vendría a ser nuestro hardware. Me han llevado a pensar que cuando soñamos, mientras lo hacemos, estando dormidos, sin utilizar nuestras facultades sensorias y motrices, estos programas electromagnéticos conforman realidades, percepciones y vivencias. También y por lo tanto que son estas cifras electromagnéticas las que conforman el alma y que, cuando morimos, sólo mueren nuestros cuerpos, es decir, el compuesto orgánico que somos…
- ¿Y el alma, qué pasaría entonces con esa cifra electromagnética después de la muerte?
- Pues bien, señorita, estoy firmemente convencido que migra, viaja, vuela, se desplaza, se va y sigue componiendo variaciones a partir de la vida que tuvo.
- ¡Qué interesante, señor, qué interesante y qué estimulante!
- Sí, fíjese que sí, porque podemos acceder a la eternidad ya que el olvido y el recuerdo se alternan en la memoria y permiten la ilusión.
- Entonces la vida esencial sería ilusión y lo ilusorio sería eterno.
- Sí, sí, creo que es así, creo incluso que la fe es ilusión en estado puro.
- Muy bien, pero usted se habrá dado cuenta de que, en términos de conocimiento, de verdadera filosofía, esto no aclara nada.
- ¡Ah, señorita, bella muchacha! Usted me hace recordar los versos del poeta Jorge Guillén: “…hacia una luz mis penas se consumen”
- Sí, señor, un saber, una luz, una certeza que nos ilumine, por favor! Me atrevería a exclamar con énfasis – concluyó Malena.
El señor Arquímedes Portobello, porfiado y temible proxeneta, era también un sensible poeta y un aficionado a la filosofía. La mirada de sus ojos grises se había encendido sobre el rostro de Malena y también su sonrisa. Era evidente su complacencia con aquélla nueva pupila.
- ¡Bravo, querida, bravo! Me gusta usted. Le diré algo más, no es un consejo, sino, casi, una exigencia, una orden para una persona inteligente e iluminada como usted: viva con intensidad, busque el placer y lo encontrará, disfrútelo, cuánto más y mejor lo haga, más y mejor se enriquecerá su alma, su software, con las experiencias de su vida y mas interesante será su eternidad.
Se paró después de decirle esto y la acompañó un poco ceremoniosamente, afectando una pose caballeresca, hasta la puerta de su estudio.
- Cuándo necesite leer, el libro que sea, me lo pide. Si no está aquí se lo consigo. Usted es una bella mente, además, por supuesto, de un maravilloso cuerpo, de un hermosísimo rostro.-
- ¡Gracias, gracias! – devolvió Malena sonriéndole.-
Cuando se vió fuera de la habitación suspiró aliviada.

Amilcar Luis Blanco (Pintura de Mónica Garcés)


lunes, 15 de septiembre de 2014

CAPÍTULO VIGÉSIMO DE "LAS WALKYRIAS"




                                                                 20

                                                            - ¡Estos diarios de mierda, son todos iguales! – exclamó don Jorge Monsivais y estrelló con furia el que había estado leyendo sobre la tabla de la mesa. A su lado, Hilda Margarita Punjab de Monsivais, su esposa desde hacía cuarenta años, que había terminado de prepararlo, le alcanzó un mate.
- Tranquilo, viejo, tranquilo ¿Qué te puso mal, algo que leíste?
- Todo, todo lo que leo en los diarios me pone mal. Cuando no son bolazos, son interpretaciones dudosas, equivocadas o interesadas de lo que pasa, de modo que uno nunca puede saber de verdad qué carajo es lo que de verdad pasa. En realidad el periodismo es muchas veces ficción literaria de baja calidad, ficción barata – concluyó. Sus ojos azules relampaguearon sobre las oscuras pupilas de su mujer.
- Bueno, viejo, tranquilizate – recomendó de nuevo la señora Hilda.
Don Jorge Monsivais se quedó en silencio un momento, como si meditara, después preguntó:
- Y, ¿todavía no llamó?
- No, pero ya va a llamar, viejo, ya va a llamar.
- Hace tres meses que te escucho decir lo mismo. Esa chica está loca, siempre fue trastornada.
- No, viejo, simplemente no quiere que la ubiquemos. Por algo me dijo a mí cuando se fue que ya me llamaría cuando no hubiera peligro.
- Y, ¿qué peligro puede haber? Anselmo falleció hace ya como dos meses ¿Cuándo se va a enterar Malena?
- Mirá, si no lo sabe todavía tanto mejor.
- ¿Por qué, che, después de todo era el marido?
- ¿Qué querés, que sienta remordimiento, o que después todos en el pueblo digan que apareció por la herencia?
- Que digan lo que se les ocurra. Después de todo lo que sufrió con ese hijo de puta tiene derecho a cobrar unos mangos, no? ¿O no te acordás cuando la tuvo encerrada como una semana?
- Como para no acordarme. Tuvimos que pasar el papelón de buscar a ese amigote tuyo, ese indio tosco, el Comisario Neptalí, que nadie sabe acá si es toba o turco.
- ¿Qué tiene que ver eso, mujer? ¡Por favor! Lo que me preocupa a mí es que a ese novio nuevo, ese galán último que nos presentó apenas, la vez que, por casualidad, los sorprendimos en el coche ese de lujo haciéndose arrumacos, no lo conoce nadie ¿Cómo se llamaba?
- ¡Roberto, Jorge, Roberto!
- Bueno, ése, sólo sabemos que tiene un alfa romeo verde, pero ¿de dónde salió? Esa puta manía que tiene Malena, desde que era una mocosa, de secretear todo, de no contar nada.
- ¡Es su vida, viejo!
- Ya se que es su vida, nadie quiere quitársela, sólo queremos saber, somos su familia ¡qué joder! ¿O no? Si le pasa algo, si nos pasa algo ¿qué hacemos? Para colmo se dejó el celular, la tarjeta de crédito, todo.
- Vos no entendés que ella quería el anonimato, que don Anselmo no pudiera rastrearla.
- Yo lo que entiendo es que hace mas de tres meses que no tenemos noticias suyas. El otro día me crucé en el Banco con el doctor Figaluppi, el abogado. Me dijo: ¿Y, Malena, cómo anda? Bien, bien, le dije. El picapleitos me pregunta porque sueña con la sucesión de Anselmo. Calculá, el hombre fallece sin otros herederos que su mujer, separados pero sin divorciarse, con solo un mes de separación…
- Mirá Jorge, es probable que la nena no quiera nada de ese hombre. Tiene orgullo y hace muy bien.
Jorge Monsivais golpeó de nuevo la mesa con la mano abierta.

- ¡Pero, Hilda, qué me decís! – Exclamó como si estallara – hay veces que hay que desatar el moño de la calma o del desdén por los demás. Éso, sí, la indiferencia, el desdén, que hace parecer que nada nos importa cuando todo nos afecta, cuando estamos a punto de volvernos locos. Yo, si dentro de una semana no llama voy a hacer la denuncia de desaparición. No espero más.

Amilcar Luis Blanco ("Claude Monet leyendo el diario" pintura de Pierre Auguste Renoir)

sábado, 13 de septiembre de 2014

CAPÍTULO DÉCIMO NOVENO DE "LAS WALKYRIAS"





                                                               19

                                                    - ¿Hacés masajes? – preguntó el hombre de aspecto agobiado y cuerpo grueso, le pareció avejentado, casi un anciano.
- ¿Por qué no? – se atrevió Malena y, como nunca antes, sobre don Anselmo no había puesto jamás ni un dedo, colocó decidida sus dos palmas sobre los hombros duros de su primer cliente. Comenzó enseguida a masajearlo dejando deslizar las manos arriba hasta el nacimiento de sus orejas y abajo hasta el nacimiento de los brazos.-
- Esperá un momento – pidió enseguida interrumpiéndose. Fue hasta el botiquín del pulido baño de su suite en el que le parecía haber visto un pote de vaselina sólida. No se equivocó, allí estaba, lo tomó, desenroscó la tapa, metió los dedos en la untura amarillenta y rascó una lonja gelatinosa que retuvo, corrió hacia su cliente que yacía boca abajo sobre la cama y reanudó el masaje, ahora aceitado, llevando sus manos empastadas de dedos largos sobre los omóplatos peludos. El hombre suspiró. Malena prosiguió descendiendo todavía más, hasta la gruesa cintura y el beneficiario de sus caricias dejó oír una especie de relincho con ronquido. La novel masajista fue algo más allá. Se montó sobre los glúteos del cansado caballero y comenzó de nuevo el paseo de sus pringosas palmas apoyándole ahora el leve peso de su cuerpo. El piloso señor bufaba, a cada arremetida gemía con un timbre de tronco que se partiera y de aullido conmovedor. Malena pensó en un oso malherido al que le estuviese quitando el dolor de una gran espina. A medida que el ritmo de sus masajes y el vaivén de su pelvis sobre las nalgas gruesas y lanudas de su primer cliente aumentaban, los agudos chillidos se aceleraban también y eran acompañados por un jadeo cada vez más apremiado. Hasta que por fin el zarandeado cuerpo estalló en una convulsión de la que desbordó o se disparó una retahíla de toses y carcajadas que le dieron a entender a Malena que había cumplido su primer compromiso con la casa.
Después que el hombre se incorporó pareció rejuvenecido. Sonriéndole,  le alcanzó a Malena un billete de cien pesos, a manera de propina, porque el servicio costaba doscientos y se pagaba antes de subir con la dama elegida, bajando su cabeza y mirándola para que aceptara, lo que Malena no dudó en hacer. Ella le dijo:
- Muchas gracias, millones de gracias, sos un gentilhombre.
- Y vos una gentilísima mujer ¿Cómo dijiste que te llamás?
- Malena
- Como la del tango.
- Así es.
- Aquí todas tienen nombres poéticos, como el del lugar – comentó el hombre.
- ¿A ver, explicame por qué?
- Bueno el lugar se llama “Las walkyrias” y las walkyrias, en la mitología germánica, eran vírgenes mensajeras del Dios Odín, seres sobrenaturales que se encargaban de señalar a los guerreros que habían de morir en el combate y los trasladaban al Walhalla que, a su vez, en la religión nórdica, era la mansión de los héroes y de cuantos morían con honor en el combate.
- O sea que en esta casa ustedes vienen a ser los héroes y nosotras las vírgenes sobrenaturales que los transportamos – concluyó Malena.
- Ni más ni menos – completó el hombre mientras terminaba de acomodarse el saco que Malena había ayudado a colocarle. Le guiñó un ojo, le sonrió de nuevo y la besó apenas.
El caballero le resultó simpático, refinado y estoico en cuanto a sus necesidades eróticas, pero, lo más importante, le reveló el nombre del lugar.
Ella no quería dar a entender a nadie que estaba ansiosa por saber el nombre del lugar y su ubicación para poder comunicárselos a quienes – pensaba – la rescatarían. Si le hubiera preguntado a Roberto, a la walkyria, a Arquímedes o a cualquiera de sus compañeras, hubieran comenzado a sospechar de ella y extremado la vigilancia sobre todos sus movimientos.
Después de despedir a su primer cliente, se bañó, se perfumó y volvió a cambiarse. Bajó enseguida a la recepción. Doña Walkyria, cuya figura se duplicaba hacia abajo en el piso de mármol como en un espejo, desnudándole unas sólidas piernas sin el menor asomo de una várice, estaba del brazo de un hombre, bastante mas menudo que ella, que la señaló. Después de que, a raíz del ademán de su acompañante, su madama la cabeceara como en un baile, Malena entendió que subiría inmediatamente detrás de ella y con destino a su suite. Así que comenzó a ascender de nuevo despacio, sonriéndose y dándose vuelta para asegurarse de que la seguía.



- Rafael Mitotán, a sus órdenes, queridísima señora – saludó el recién llegado, una vez adentro de la habitación. Era un hombre sesentón, de bigotes a lo Dalí y escasa estatura, casi totalmente calvo a no ser por una pareja cortina de cabellos tordillos que arrancaban en la parte media de su cráneo y caían hasta sus hombros. Se quitó el saco y lo extendió aparatosamente hacia Malena, quien lo recibió sonriente.
- ¿Puedo tener el placer de sentarme? – preguntó después.
- Pero como nó, caballero, por supuesto.
El señor Mitotán se sentó, cruzó una pierna encima de la otra y alisó su pantalón. Dejó ver sus medias de seda negra y sus mocasines charolados. Miró a Malena a los ojos un instante.
- Usted es nuevita, ¿o me equivoco?
- Así es, no se equivoca.
- ¿Nacionalidad?
- Argentina.
- ¿Argentina, argentina? – pareció interrogarse el hombre- Sí, sí – se respondió enseguida – he conocido y también tenido amores con una azafata argentina.
- ¿No me diga?
- Se lo estoy diciendo, señora mía – se fastidió brevemente el recién llegado – También le digo, respetuosamente, que he intimado con azafatas francesas, inglesas, alemanas, italianas, españolas y hasta turcas.
- No se qué decirle.
- No me diga nada. Yo tenía una hermosa cabellera, larga, azabache, con ondas amplias – explicó Mitotán, pasándose la mano a mínima distancia del casco de su cabeza desnuda. Hizo enseguida un silencio durante el cual escudriñó atentamente las pupilas de su elegida de hacía un momento. Malena no se atrevió a decir esta boca es mía.
- A mí, las jóvenes, chicas de no más de dieciocho, me buscan, me adoran. Todas están locas con mi cabellera – aclaró- ¿Tenés cigarrillos? – preguntó enseguida.
- Sí, como no – dijo Malena y fue hasta el mueble -¿Cuáles te gustan?
- Rubios, largos, con filtro, por supuesto mi amor – precisó Mitotán, efectuó un movimiento de nuevo cruzamiento de piernas y llevó sus palmas hasta la rodilla. Tomó con los labios la punta de filtro del cigarrillo que le alcanzó, solícita, Malena. Enseguida también le acercó la llama del encendedor. Mitotán aspiró una larga bocanada para encender el cigarrillo, una especie de suspiro de humo que sólo exhaló después de unos segundos.
- ¡Ah, ah, queridita mía! Tengo que escaparle a mi señora. Ella está muy atenta.
- ¿Celosa, seguramente?
- ¡Ah, ajá! – Volvió a exclamar Mitotán mientras suspiraba su segunda pitada y la retenía – Celosa como hay pocas – se sonrió con suficiencia – A mí me persiguen. Yo soy dueño, ¡bah! tengo la concesión, de todos los kioscos de diarios y revistas del aeroparque de Buenos Aires y del aeropuerto de Ezeiza.
- ¡Ah! ¿Qué me dice? Debe facturar muy bien usted – se admiró Malena.
- ¡Fortunas, imagínese! – se encogió de hombros Mitotán. Enseguida agregó:
- Pero lo que más me mata a mí son las mujeres, las chicas, me tienen loco.
- Mire si usted no hubiera perdido el pelo – se atrevió a comentar Malena.
- ¿Perdido? – se sorprendió Mitotán. Malena quedó en suspenso, observándolo.
- No señora. El pelo me lo corto yo, me lo hago afeitar por una estilista que también está loca conmigo y que le da esta forma. Vea – explicó Mitotán e inclinó la porción de su calva hacia los ojos de Malena para que pudiera verla mejor.
- Le queda muy bien – aseguró Malena después de dejarle advertir que la había mirado.
- Pero claro, mijita, si ya lo sé – corroboró Mitotán asintiendo con la cabeza y sonriendo, plácido, mientras, con leves golpecitos de su índice sobre el cigarrillo, sacudía la ceniza del penacho gris que se había formado en su extremo y el polvillo caía como una nieve sobre el piso alfombrado. Enseguida aspiró otra pitada.
- Yo soy así – afirmó – Como usted me ve, ni más ni menos. No quiero ni nunca quise ser más, pero tampoco menos.
Malena se impacientaba.
- ¿Qué vamos a hacer, quiere hacer algo? – preguntó por fin.
- Tranquilícese, señora, o señorita, o voy a pensar que usted también me quiere perseguir – dijo Mitotán y sonrió de nuevo.
- Yo estoy aquí, usted está allá, enfrente. Los dos estamos tranquilos, conversando. Yo le estoy contando mi vida porque recién la conozco. Todavía le dije muy poco. Mire, yo soy casado, vivo con mi señora, nuestros hijos están en el exterior: Norteamérica, Francia, etcétera. Aunque a usted le parezca mentira yo alquilo y siempre alquilé…-confió Mitotán y se quedó mirando a Malena a fin de registrar, según le pareció a ella, el efecto que le producía su revelación.
- Qué raro que nunca compró, una casa, un departamento – dijo Malena por decir algo. Desde luego la historia de este extraño señor no le interesaba en lo más mínimo.
- ¡Vió, vió, ahí la quería agarrar!- se animó Mitotán y los ojos se le encendieron – Todo el mundo que se entera que alquilo comenta lo mismo y yo les digo a todos ¿Por qué, para qué comprar?
- Bueno, usted tiene los quioscos a su nombre – objetó Malena, siempre por decir algo.
- ¡Já, Jaá! Eso es lo que usted cree, querida señora – sonrió, triunfante, Mitotán, y se irguió, arqueó las cejas.
- ¿Ah, no es así? – devolvió Malena. El fastidio había migrado hacia la curiosidad y ahora ya se le iba convirtiendo en diversión.
- ¡Pero qué esperanza! – se inclinó Mitotán hacia ella como para hacerle una confidencia importantísima – Yo tengo todos mis quioscos, todos mis puestos, a nombre de testaferros ¡Faltaba más!
- ¡Bueno, bueno, pero eso sí que es un gran riesgo!- opinó ahora Malena ante la mirada absorta de su contertulio. Ya quería divertirse discutiéndole un poco.
- ¿Pero por qué, mijita, por qué? – preguntó Mitotán. Su expresión había pasado del asombro al pánico.
- Simplemente porque se pueden quedar con todo.
Esta afirmación pareció caer sobre la mente de Mitotán con la contundencia de un garrotazo, porque cerró los ojos, apretó los puños, se paró, hizo una especie de puchero, tomó el saco sobre la cama y salió corriendo de la habitación. Malena, sin saber qué hacer permaneció sentada pero se le escapó una carcajada. Por la puerta que su cliente había dejado abierta entró una chica rubia, muy bonita.
- ¿Qué te pasa, te tragaste un payaso? – le preguntó
- No, un cliente, salió corriendo porque yo le comenté, como el hombre tiene kioscos en la Argentina a nombre de otras personas, le comenté que sus testaferros se podían quedar con los kioscos – explicó Malena.
- ¡Ah, sí! Es el loco Mitotán ¿Eso le dijiste? – dijo la recién llegada riéndose.
- ¿Sí, lo conocés?
- Acá lo conocemos todas. Siempre cuenta las mismas boludeces, paga para que lo escuchen, ahora si vos lo contradecís. Por ejemplo, cuando te muestra la pelada le decís: “no le creo que se la cortó una estilista”, o le decís, “no le creo que usted haya salido con tantas azafatas o que enloquezcan por usted”, o cualquier cosa que lo contradiga, se pone loco y sale corriendo. – contó la chica. Una vez, una compañera que estaba fastidiada porque el chico del que ella se enamoró faltó a la cita, tuvo que atender a Mitotán y cuando el tipo empezó a hablar del atractivo de su cabellera, mi compañera, Alejandra se llama, le gritó: “Basta, tenés un pelo de mierda, grabátelo”, Mitotán quedó tan rayado que se tiró desde la baranda del pasillo de este primer piso a la planta baja, justó cayó encima de dos colchones de aire inflados que habían dejado abajo los hombres de maestranza, por pura casualidad- terminó la chica y se quedó mirando a Malena, que se reía bastante con lo que le había contado, con curiosidad.
- ¿Vos sos nueva, no?
- Sí.
- ¡Ah! Sos bonita, tenés lindo pelo – comentó la chica sonriente
- Vos también ¿Cómo te llamás?
- Sonia
- ¿Hace mucho que estás acá?
- Me parece que toda la vida, pero no, hace tres años. Acá me conozco a todos los clientes – dijo Sonia, sin dejar de sonreírle
- ¿Estás contenta aquí?- preguntó Malena
- Aquí o en otro lado estaría igual – se ensombreció de pronto Sonia
- ¿Cómo igual? – se interesó Malena, un poco intrigada.
- Y, te trasladan cuando ellos quieren y te tenés que adaptar – aclaró Sonia encogiéndose de hombros y volviendo brevemente al destello de su sonrisa
- Pero ¿Por qué, digo, por qué te trasladan?
- ¿Qué se yo? Ellos solos lo saben. Bueno a veces dicen que porque algún conocido o amigo que nos quiere sacar de esta vida nos reconoció o de algún modo se enteró dónde estamos – explicó Sonia.
- Ah, claro ¿Y vos querrías salir de esta vida?
- Y, muy linda no es. Al principio cuando me trajeron, engañada por supuesto, sentí terror, después me dieron una paliza bárbara y tuve que acostumbrarme, a la fuerza, ahora estoy resignada. La verdad no creo que haya modo de salir de este infierno.
Las dos mujeres se miraron a los ojos, a los claros ojos de ambas y fueron o sintieron ser por un instante una sola. Se abrazaron y no pudieron evitar los sollozos que les ascendieron desde las entrañas. Después se besaron en las mejillas pero quedaron un rato abrazadas, apoyadas la una en la otra, como dándose ánimo.

Amilcar Luis Blanco (Pinturas de Paul Gauguin, Fabián Ciraolo y Marie Jo Simenon, respectívamente) 


lunes, 8 de septiembre de 2014

CAPÍTULO DÉCIMO OCTAVO DE "LAS WALKYRIAS"


La obra robada. | ELMUNDO.es

                                                                18

                                                  “Algunas veces me pregunto si sentirías mi muerte, querida Edelmira. Sobre todo cuando te noto tan ausente, cuando descubro que no estás conmigo aún estando conmigo. Estoy seguro de que si tu amiga Malena se enterase en este momento, cuando estará disfrutando de su vida con el otro, que don Anselmo López cayó fulminado por el infarto, le importaría un carajo ¿O acaso me equivoco? No lo creo. Porque ¿Qué es el interés por el otro, el amor por el otro? Si no es capaz de cambiarnos la vida desde un principio, si no sirve para hacernos vivir en función del otro, entonces se me ocurre que no es nada, que es igual que cualquier otra cosa. Porque, a ver, pongamos el caso de la persona que cambia su vida por el otro. Es decir, el caso de Anselmo López, equivocado y todo. El viejo se casó loco perdido, le perdonó la deuda al consuegro, sólo por estar con ella. Hasta le construyó un restaurante para hacerse perdonar sus celos. Según me contó Edelmira le prometió que la iba a respetar, pero después no lo pudo cumplir. Claro, era viejo, ella, joven y bonita, y estaba celoso y los celos no lo dejaban en paz. Bueno, esto de estar celoso revela amor ¿Alguna vez sentiste celos de mí, Edelmira? Porque yo sí, sólo que no te lo digo ni se lo digo a nadie para no ofenderte, para no desilusionarte. Porque te se una persona íntegra, así que con mis celos te ofendería. Pero, estar celoso es estar enamorado, de eso estoy seguro. Lo digo porque hasta verte en compañía de otra mujer, sobre todo de Elena, me pone celoso. Y también me puse celoso aquella tarde que saliste a caminar con Malena y regresaste tan tarde. Parece que la conversación de ellas te atrajera mucho más que la mía, que la compañía de ellas te atrajera mucho más todavía que estar conmigo ¿O no es así? Bueno, eso es lo que me dejan ver tus comportamientos, querida Edelmira. Aunque no te lo dije nunca es lo que pienso. Y fijate vos qué curioso, cuando estamos en la villa y vamos a la sociedad de fomento y se hacen las reuniones y está lleno de hombres, jamás siento celos de ellos. Es que me parece que vos no les das mucha bola, mejor dicho, nada de pelota, porque los veo pasar al lado tuyo, te miran, te relojean, te sonríen, a veces te dicen cosas y es como que vos ni los ves, ni los escuchas, ni les devolves un solo gesto. Esto me tranquiliza, me tranquiliza y me enorgullece. Pero, en cambio, basta que aparezca Elena o aquí Malena y a vos se te ilumina la cara. Se ve que los hombres, me incluyo, no te despertamos gran entusiasmo ¿O no? Lo pienso para mí, jamás me atrevería a preguntártelo ¿Por qué? No se, me daría vergüenza, pudor que le dicen. A lo mejor vos te reirías y me contestarías una pavada y sanseacabó porque ahí vería que lo que yo pienso son macanas, estupideces de tipo sin demasiado seso”.

Amilcar Luis Blanco  (Litografía "Separación II" de Edward Munch)


sábado, 6 de septiembre de 2014

CAPÍTULO DÉCIMO SÉPTIMO "DE LAS WALKYRIAS"

                                                                                                                               17
                   La noticia los tomó de sorpresa, especialmente a don Aníbal y a Emilio, después a doña Rosa, a Edelmira, a Alejandro, y, también a todos los que lo habían conocido y tratado en La Paz. Don Anselmo López había fallecido súbitamente de un paro cardíaco masivo. Le había sobrevenido en su propia casa, horas después de la discusión que había mantenido con el padre y con el hermano de Edelmira. Así suele ocurrir, entre la vida y la muerte hay un hilo delgado que de pronto se corta y, por un instante, comprendemos que todo lo que tan gravemente se traía, llevado por esa inercia que parece eterna y que simula proyectarse hacia un horizonte inacabable, es como un chiste, una broma, un ridículo y absurdo juego de muy escasa consistencia, de una abrumadora levedad. Su doméstica había hallado esa misma mañana el cuerpo, sin vida desde la tarde anterior, según determinó el forense que llegó con el policía, derrumbado sobre los mosaicos de la cocina
La mala nueva llegó a la casa de los padres de Edelmira traída por un muchacho, testigo absorto de las bruscas malas palabras que habían mediado en la mañana del día anterior entre don Aníbal, su hijo y el muerto reciente. El portador de la noticia había sido convocado como posible subcontratado por el que sería pintor principal en aquélla casa.
 Al transmitirla a su contratista, se había quitado el sombrero de paja y, ya libre de la sombra de su ala, su rostro exhibía una expresión absorta y desolada. Nunca había pensado que su trabajo se diluyese al influjo de acontecimientos tan inesperados.
- Lo velan en la cochería de Martínez, toda esta noche don Aníbal, y lo entierran mañana – terminó de explicar con la cabeza gacha y el aliento entrecortado, como si algo de lo sucedido se debiese a su culpa y tuviese que hacerse perdonar.
- Está bien, está bien, querido, te agradezco que me hayas avisado – lo tranquilizó don Aníbal.
Mientras entró a la casa, y cruzó el living y la cocina para salir al claro de sol del patio, orientado hacia el curso del río, pensó en su propia muerte. Ocurriría el día menos pensado. Don Anselmo era más joven que él, tenía sesenta y un años y él sesenta y siete, se conocían de toda la vida. Habían jugado juntos al fútbol formando parte del mismo equipo, habían apretado en los bailes de carnaval a las mismas chicas, únicamente la mejor suerte económica de don Anselmo obró para separar de manera neta sus destinos.
Anselmo había estudiado en la Universidad del Litoral y se había recibido de ingeniero agrónomo, Aníbal a gatas había finalizado su sexto grado. Anselmo creció también como acopiador de granos y llegó a tener en la ciudad un almacén de ramos generales, se hizo rico, después el destino quiso que se casara con la hija de Jorge Monsivais, treinta y pico de años menor que él. Todos en La Paz se habían enterado que el matrimonio fue forzado, porque al darle la mano de su hija, Monsivais logró que su reciente yerno se hiciese cargo de levantar el pasivo de su negocio de venta de electrodomésticos, al borde de la quiebra.
Los demás miembros de la familia de don Aníbal levantaron la cabeza hacia él cuando lo vieron llegar con los bigotes níveos, tiesos y caídos, sobre la faz ancha y tostada, caminando despacio.
- Por tu cara adivino que será una mala noticia – sentenció doña Rosa.
- Acertaste, se murió don Anselmo – confirmó su marido.
- ¡Dios lo tenga en su gloria! – exclamó su mujer y alzó las manos enlazadas como para una plegaria.
- ¡Qué increíble! – dijo Edelmira. Iba a verter el agua del termo a la calabaza pero se quedó pendiente del rostro de su padre y recién reanudó la maniobra cuando don Aníbal terminó de dejarse caer, agobiado, sobre el sillón hamaca.
Ella estaba pensando, en el momento en que su padre saliera a atender la puerta, en la esposa del ahora recién muerto, o sea en Malena Margarita Monsivais, quien – según estimaba -, habría encontrado por fin su destino junto a un hombre que amaba. Edelmira sabía muy bien cómo don Anselmo López había seducido a su amiga con ramos de rosas rojas, invitaciones a Paraná y a Buenos Aires, a los mejores hoteles cinco estrellas para asistir a espectáculos acompañada por su madre, cómo se había comportado afectando ser un caballero fino, con voluntad perruna y fiel para cumplirle todos los caprichos que a ella se le ocurrieran y prometerle amor eterno. Estuvo también al tanto, por las confidencias de Malena, del brusco cambio de personalidad de don Anselmo para con su amada, una vez traspuestas la oficina del registro civil y el altar. Entonces le descubrió a su amiga su avaricia, la inseguridad que lo carcomía, manifestada en celos y desconfianza, traducida en permanentes insultos y humillaciones impuestas a la joven esposa.
Poco a poco el odio se había ido instalando entre ellos como una dolencia crónica y creciente de la que no pudieron deshacerse. Hasta que una noche don Anselmo desertó ofuscado, avergonzado e impotente, del dormitorio principal hacia una habitación de la planta baja cuando, después de un mes sin sexo, su mujer le abrió las piernas con el camisón arremangado y permaneció tiesa como una muerta dejándolo descalabrarse en maniobras y ejercicios que, no obstante la pastilla de viagra ingerida, sólo le provocaron sofocones, alteración del ritmo cardíaco, pero ni el asomo de una erección. Esta experiencia fue desconsoladora y terminante para él y constituyó un alivio para ella que nunca había experimentado el menor deseo hacia el cuerpo viejo y cansado de don Anselmo. Pese a que él le había prometido a Malena que no la tocaría ni con un dedo y que no intentaría acostarse con ella, conformándose únicamente con su compañía, una vez casados, había empezado después a lamentarse y quejarse y a reprocharle sus indiferencias y desplantes continuos. Le atribuía romances con todos los jóvenes con los que se cruzaban y, en una oportunidad, había llegado al extremo de encerrarla en el dormitorio durante una semana, cautiverio al que los suegros, acompañados por un comisario amigo y presentándose en la casa, habían puesto fin con la amenaza de denunciarlo a su yerno ante el juez penal por privación ilegítima de la libertad.Theodor von Holst, Fantasy Based on Goethe’s ‘Faust,’ 1834
Theodor von Holst, Fantasy Based on Goethe’s ‘Faust,’ 1834
Desde entonces el mentecato consorte se había llamado a capítulo pero se consideraba traicionado por todos y recelaba que lo fueran a robar. La suegra medió entre ellos y obtuvo una reconciliación a medias. Malena dijo que quería tener su independencia y su dinero propio. El resultado de la transacción fue el restaurante. Anselmo lo construyó para que lo administre y regenteé su cónyuge, pero, como sabemos, la paloma se había volado del nido.-
- ¿En qué estás pensando? – preguntó doña Rosa a Edelmira.
- En su mujer, Malena ¿Quién sabe dónde andará? ¿Vaya a saber cuándo se enterará que su marido murió? – respondió Edelmira.
- Ni bien se entere aparece. Como mujer no se bancaba al viejo, pero, como heredera va a ser la primera en ir a ver al abogado – afirmó don Aníbal.
 - Y, el viejo, que yo sepa, otros herederos no tiene – comentó Alejandro.
- No, no, es cierto, era solo – confirmó Emilio.
Los días se fueron, uno detrás del otro, como las barajas que caen del mazo cuando algún diestro las manipula. Una semana después de que Edelmira y Alejandro hubieron regresado a Buenos Aires nadie tenía todavía noticias en La Paz del paradero de la viuda.




Amilcar Luis Blanco  (Pinturas de Myrtille Henrion Picco,  de Sharad Kale y de Theodor Von Holst, respectívamente )



jueves, 4 de septiembre de 2014

DÉCIMO SEXTO CAPÍTULO DE "LAS WALKYRIAS"






                                                                             16
                     Así de sencilla era la cosa y no había que hacerse ilusiones. Malena se dijo que debía aguardar la oportunidad de poder comunicarse de nuevo con la amiga de Edelmira, la señora Elena, para hacerle saber el nombre del establecimiento en el que pasaría a desempeñarse y su aproximada o exacta ubicación. No lo haría desde el teléfono que había en su habitación porque sospechaba, sin equivocarse, que debería pedir línea a una central interna y que sus comunicaciones al exterior, y las de todas las internas, estarían controladas y serían rigurosamente escuchadas. Además desconocía todavía la denominación y ubicación del lugar en el que se encontraba. Se bañó y perfumó, comprobó que en el vestidor había ropas elegantes y provocativas como las que les había visto en la recepción a las inquilinas permanentes, todas eran de su talle. Se vistió lo mejor que pudo, con una solera verde agua translúcida de profundo escote delantero y espalda descubierta y eligió lencería blanca de mínimas proporciones. Sus largas piernas maravillosamente torneadas, su pequeño y firme busto, sus caderas redondeadas y generosas y sus gluteos bien parados, la hicieron desempeñar el papel de una pecadora a la medida de las circunstancias.
Doña Walkyria, la madama que tan bien le había descrito Roberto, le sonrió deslumbrada y la recibió con besos en las dos mejillas, a la manera francesa, cariñosa y apreciativa.
- ¡Sos una belleza, hija mía! ¿Cómo te llamás?
- Malena Margarita Monsivais.
La Walkyria hizo un gesto con su mano.
- Te vamos a llamar Malena.
El señor Arquímedes Portobello también la contempló y le extendió sus dos manos dejándole ver su perfecta dentadura, seguramente postiza. Estaba trajeado con casimir inglés gris topo, camisa de seda blanca, moño azul oscuro, era un dandy. Malena avanzó hacia él devolviéndole la sonrisa y tomándole las manos. La piel de los dedos del anciano, cuando los oprimió apenas, suave y seca al tacto, le transmitió la impresión de fragilidad ósea propia del hombre de edad avanzada que tenía delante. Imaginó a la Walkyria montada sobre él, teniéndolo a su merced, y concluyó que sería ella la que cortaría el bacalao. Acertaba a medias.
Una tarde venidera, en la que ascendería, curiosa, hasta la planta más alta, descubriría que el anciano Portobello, poseedor de una nutrida biblioteca que cubría las paredes de su departamento de lujo, era asimismo celoso guardián de una colección de objetos de arte y de una pinacoteca, y lo pescaría también insultándola a la Walkyria con gruesísimos epítetos mientras le ordenaba despedir a una compañera que había enfermado de sida. Los compases de la sinfonía pastoral de Beethoven provocarían en aquella oportunidad un majestuoso efecto auditivo de fondo.

La alemana entonces, si bien mandaba sobre las chicas en lo concerniente a los modos de ejecución de sus lujuriosas asistencias a los clientes, no administraba los cuantiosos fondos que la explotación del negocio producía. Ella y Arquímedes, además de una pareja de perversiones simétricas, levemente sadomasoquista, conformaban una sociedad de proxenetas perfectamente afiatada desde hacía veinte años, que tenía muy bien aceitada su relación con miembros conspicuos de la policía y la justicia.

Amilcar Luis Blanco (Pintura de Henry de Toulouse Lautrec) 

martes, 2 de septiembre de 2014

DÉCIMO QUINTO CAPÍTULO DE "LAS WALKYRIAS"

                                                                          15



El mayordomo cantante Lámina
                                Malena Margarita Monsivais de López averiguó que su romántica huida del hogar conyugal con su amante era en realidad un secuestro a raíz de que éste se demoró más de lo debido en una conversación telefónica en el locutorio del hotel cinco estrellas, en la Ciudad de Asunción del Paraguay, a la que habían llegado. Entonces, urgida por la necesidad de olerlo, de aspirar el fresco aroma a lavandas que lo rodeaba, de besarlo y de animarlo a que ocuparan cuanto antes la suite del hotel, después de un viaje agotador, se acercó a la cabina en la que el hermoso joven hablaba. Lo hizo sigilosamente, a sus espaldas, para que él no pudiera verla y sorprenderlo. Pensaba ponerle sus manos como un antifaz y posar los labios sobre su cuello, pero, al intentarlo, la sorprendida fue ella.
- Muy sencillo, si usted no entrega los quinientos mil pesos conforme a mis instrucciones, a su querida Malena no la ve nunca más – decía la voz de su amado con la misma seguridad de timbre y tono que le había escuchado tantas veces al confesarle su amor.
Apenas pudo volverse, temblorosa, y caminar rápidamente hacia el baño para pensar qué hacer. El toillete no tenía, como los de las películas, una ventana para escapar y tuvo que salir a la recepción para comprobar que él la esperaba celosamente, a escasos metros de la puerta. Le sonrió y la besó y ella respondió a su efusividad. Debía esperar su oportunidad, pero ahora sabía que era su cautiva.
- Hoy la pasamos en el hotel. Mañana te llevo a mi casa como lo planeamos – dijo su raptor.
- ¿Queda muy lejos?
- Unos pocos kilómetros.
- ¿Cuántos?
- Serán unos cien, no te preocupés. Hoy la pasaremos de maravilla, vamos a cenar en el restaurante, con show y todo, después a la camita.
- ¡Perfecto! Pero primero subimos para bañarnos, cambiarnos y etcétera ¿o no? – dijo Malena.
Su amante secuestrador sonrió. Se sentía pleno y radiante. Lo tenía todo pensado. Si don Anselmo López, el marido de Malena, creía que se trataba de un auto secuestro como le había parecido y no pagaba la suma exigida, su mujer trabajaría en el burdel con las demás pupilas hasta cubrir la suma, descontados los gastos, las ganancias del patrón y los intereses. Lo cual podría llevarle el resto de su vida útil como mujer atractiva y apetecible. Tenía veinticinco años pero su rendimiento como puta dependería de cómo se adaptara a la nueva vida. A algunas de las internas, que habían sido llevadas a ese lugar engañadas, lo mismo que Malena, el sometimiento las marchitaba prematuramente, a otras, les sentaba bien y, aunque se volviesen cínicas, irónicas y hasta un poco engreídas, se ponían provocativas, brillantes, atractivas, ingeniosas y encendidas de lujuria, como si quisiesen arrancarles a sus destinos maltrechos todos los placeres que no obstante pudieren todavía rendirles. Era una especie de rebelión hasta contra Dios mismo. A Roberto le pagaban la misma suma que había exigido a don Anselmo López por mujer entregada, de modo que todo lo demás le importaba muy poco.
Por su parte Malena, obsedida por un pánico interior inédito para ella, a partir del siniestro descubrimiento, pensó que debía tratar de serenarse. En primer lugar, para ganar tiempo, no demostrar que se había enterado de los verdaderos propósitos de su aparente festejante, en segundo considerar las alternativas que tendría hasta el día siguiente. En la primera que pensó, un poco atolondradamente, fue en la de llamar al teléfono que su amiga de muchos veranos, devenida en amante, Edelmira, le había dado en Capital, propósito que cumpliría una vez que él estuviese en la suite, bajo la ducha, desde el mismo teléfono que allí habría. Si él la sorprendía hablando le diría que lo hacía con una amiga.
Era obvio que no podría llamar a Anselmo, porque éste estaba al tanto por lo que había escuchado y si ella le confirmaba que había sido secuestrada, pensó, al igual que su secuestrador, que su marido no dudaría ya que se tratara de un auto secuestro para sacarle plata. Menos todavía podía llamar a sus padres, a no ser para no preocuparlos y decirles que todo iba bien; era gente de bastante edad y problemas y semejante noticia podría resultarles fatal.
Así que cuando estuvieron en la suite y comprobó que sobre una coqueta mesita había un elegante teléfono disminuyó un poco su intranquilidad. Más tarde, mientras su siniestro festejante se deleitaba bajo los potentes chorros tibios de la ducha, Malena, transpirando, no obstante el aire acondicionado, hacía sonar el teléfono en el departamento de Elena en el barrio de Palermo en Buenos Aires, a casi tres mil kilómetros. Pero en ese mismo momento Elena viajaba rumbo a Mar del Plata embelesada junto a Malva. Cuando desde el lejanísimo contestador la voz de Elena terminó de explicar que no estaba en casa y pidió que le dejaran el mensaje, Malena, como si recitara, dijo su nombre y apellido, pidió perdón a la desconocida y ausente interlocutora, explicó que era amiga de Edelmira y que había sido secuestrada y el lugar en el que se encontraba en Asunción. Hizo saber también que viajaría cien kilómetros con su captor y que todavía desconocía el nombre de su lugar de destino, pero que lo comunicaría en una próxima llamada. Cuando cortó, su atlético y joven nuevo dueño ponía un pie fuera de la bañadera mientras silbaba el tango “Pasional”.
Antes de secarse la llamó y la invitó a entrar con él en la ducha. Malena tuvo que soportar que la recorriera con sus labios y mostrarse agradecida y devolver sobre su elástico cuerpo de doncel las mismas atenciones. Por supuesto, sin poder relajarse, fingiendo y procurando imitarse a sí misma antes del desengaño, cuando devoraba con placer y lujuria lo que él le ofreciera. Después de haber sentido que él llegó a su clímax simuló su propio orgasmo lo mejor que pudo. Cuando bajaron a la dilatada recepción y caminaron hacia el lujoso comedor del restaurante se veían como una rutilante pareja en su luna de miel.
Estaba profundamente arrepentida por haber cedido a sus tentaciones y haberse dejado llevar por el joven apuesto que decía llamarse Roberto y a cuyo coche de primera marca había subido varias veces, engolosinada. Ahora, el alfa romeo verde botella se desplazaba por una carretera estrecha flanqueada por selva y su luminosidad de espejo la hería. Malena había dejado su celular en su casa de La Paz, como si lo hubiera olvidado, por consejo de Roberto, para que su marido no pudiera ubicarlos. Había retirado antes de salir de La Paz todo su dinero con la tarjeta y también la había olvidado sobre la mesa de luz. Había cumplido todos estos actos antes de su fuga mientras don Anselmo López estaba ocupándose de abrir el restaurante que ella le había hecho construir. Ahora, mientras el coche avanzaba entre árboles y arbustos hacia su incierto destino, reprimía el llanto.
Recordaba a Edelmira y trataba de apretar su imagen en la mente aferrándose a ella como a un madero en un naufragio. Todo dependería de esa señora para la cual su amiga trabajaba y de la rapidez y prudencia con la que esta desconocida mujer se desenvolviera.
Para cuando Elena pudo escuchar el mensaje habían transcurrido ya quince días, durante los cuales la luna de miel de Malena Margarita Monsivais se había ido transformando en el resignado ejercicio de la profesión más antigua. De su incursión en la misma la secuestrada señora tuvo los primeros barruntos cuando advirtió que la casa de Roberto era demasiado suntuosa, desplegada en una inusual cantidad de habitaciones y exageradamente bien guardada. Estaba rodeada por un muro perimetral de por lo menos siete metros de altura, coronado por un rollo ininterrumpido de alambre empuado y vivificado, en toda su metálica extensión, por una corriente eléctrica de más de doscientos veinte voltios que fulminaría instantáneamente a cualquier osado escalador que se atreviera a tocarla, según la ilustraron más tarde y con todo detalle, cuando se presentó el tema.
Sus sospechas de que para mantenerla únicamente en cautiverio eran demasiadas las finezas y linduras del enorme living y recepción, que  asemejaban la supuesta casa de su novio a un hotel de lujo, se vio confirmada cuando conoció a las restantes usuarias de tan fabulosas comodidades. Eran todas mujeres jóvenes, bonitas, en ropas ligeras, elegantes, insinuantes, verdaderamente provocativas, y dentro de sus transparentes,  translúcidos y coloridos pliegues, sus usuarias se movían con la mas absoluta libertad y parloteando entre ellas como si vivieran una fiesta permanente. La recepción se continuaba, con lo que parecía ser, y en realidad después confirmó que era y funcionaba como tal, el salón comedor de un gran restaurante. Las mesas de diferentes formas y tamaños se orientaban de modo que sus circunstantes pudieran torcer las sillas hacia un escenario de boca bastante dilatada a cuyas orillas se extendían, además de las luces, las irregulares formas alongadas de una barra con pasillo intermedio y bancos redondos a su lado, de modo que los potenciales clientes – Malena y Roberto llegaron a la hora de la siesta y en ese momento no había nadie -, pudieran beber y paladear los tragos y cócteles que sus caprichosos deseos les sugirieran. En el centro del escenario había un caño de insospechable protagonismo en los espectáculos de streap tease.
El desengaño acerca de la posible rentabilidad del ensayado secuestro respecto de las partes involucradas sobrevino, de modo irrevocable, tras la segunda charla telefónica que el secuestrador mantuvo con el esposo de su víctima.
- Muy sencillo – repitió entonces la voz de Roberto, obligada a sonar tranquila y concluyente –entonces no la verá más – Se refería naturalmente a Malena.
- ¡Dios lo oiga! – exclamó la voz de trueno de su consorte, de timbre y calidad cavernosa, del otro lado de la línea, en forma todavía más concluyente. Y colgó.
Así que Malena Margarita Monsivais quedó librada a la indignación de su, hasta hacía poco, enamorado caballero quien, con su rostro rojo como un clavel, volvió a la mesa en la que lucían la gaseosa que había pedido para ella y el whisky que había pedido para él y a responder a las preguntas que, tratando de contener y controlar su ansiedad, Malena comenzó a dispararle desde que vio que los enormes portones, con vigilancia de macizos hombres provistos de intercomunicadores, se cerraron detrás del espejado alfa romeo verde botella cuando, sobre el giro de sus flamantes neumáticos y el sendero de balasto, produciendo un agradable sonido a lluvia, ingresó a la propiedad. “Pero, esto es una mansión” le había comentado ella tratando de halagarlo, mostrándose deslumbrada, y para que no sospechara que estaba al tanto de sus intenciones. Después, cuando ya entraron a la recepción y acudió personal a asistirlos, le había dicho, sonriéndole: “Ya se, sos propietario de este hotel de lujo en la selva”.- Él respondía con leves movimientos de las comisuras de sus labios que, de no haberse producido, juntamente con el parpadeo reflejo que mantenían diáfanos sus azules ojos, hubieran hecho pensar a cualquier observador que estaba muerto. De modo que cuando regresó con la piel de su rostro arrebatada por el calor del despecho que don Anselmo López le había inspirado con su desaprensiva respuesta, había agotado el escaso arsenal de sus buenas maneras, ya no necesitaba mentir.
- Mirá, mi amor, te traje aquí para devolverte a tu marido si este me pagaba una suma de dinero, o sea, estás secuestrada. Pero, como el imbécil de tu marido no está dispuesto a pagarla, a mí alguien me tiene que resarcir los gastos y la única que puede hacerlo sos vos.
- ¿De qué manera? – inquirió entonces Malena sin que la voz ni el cuerpo le temblaran.
- ¡Ah, estás muy tranquila!
- Sí, no estoy sorprendida porque escuché tu conversación con mi marido en Asunción. Estoy además segura de que el hijo de puta no te creyó. Pensará que es un auto secuestro y que le quiero sacar guita.
- Muy bien, veo que lo conocés. Dejemos entonces este tema y pasemos a considerar la forma de devolución. Como habrás visto, aquí hay otras señoras y señoritas de todo tipo y con un común denominador…
- Sí, sí, son todas hermosas…
- Hermosas putas, sí señora. Vos vas a ser una más, integrarás el elenco. A mí me pagaran una bonita suma por tu hermoso culo. No te diré cuánto, pero sí que, a fin de que a tu comprador le resulte rentable su inversión, tendrás que ser amable y prodigarte con los caballeros que te elijan como compañera de cama ¿Okey?
- Okey.
- ¡Epa, epa, epa! ¿No hay ninguna protesta?
Malena Margarita Monsivais lo miró con odio pero sin pronunciar palabra. Había nacido en ella otra mujer a la que nunca había conocido. De pronto la vida se le reveló o desocultó, desnudándole todos sus misterios, como un siniestro juego sin cuartel, sin escrúpulos, ni perdones. Sintió que habría que jugar ese juego hasta el final de la partida. Esa sensación que todos solemos tener de que el alrededor, el total de la vida y el mundo e incluso el tiempo que estaremos del lado de la luz, por su desmesura, complejidad e imprevisibilidad, no puede cifrarse en el destino inmediato de nuestros actos, quedó de pronto aplazada. No había destino ni sentido alguno que fuera trascendente, todo sería en adelante inmediato. Todo se reduciría a saber jugar un juego y a ejecutar fríamente los pasos para llegar a una meta, ganarlo. Esa sería la única meta.
- Mi primer seducido fuiste vos – dijo de pronto mirándolo a Roberto y dibujándole un beso sobre el que posó la yema de un índice para, enseguida, suavemente, colocarlo en la boca de él.
- Te equivocás, vos fuiste la seducida – corrigió Roberto.
- ¿Cómo podés estar tan seguro? ¿Qué te hace pensar que entre vivir aquí, atendida como una reina, encamándome con tipos que en la mayor parte de los casos deben ser encantadores, o subsistir con el neurótico avaro asqueroso de mi marido, en ese pueblo de mierda, elegiría lo último?
- ¡Ajá! Me sorprendés, así que sos una puta hecha y derecha – Roberto llevó el vaso de whisky a sus labios y bebió mientras le guiñaba un ojo.
- Todas las mujeres somos putas en potencia, sólo hay que darnos la oportunidad ¿Qué te pudo haber hecho pensar que no era así?
- Pensé que quizá te habías enamorado de mí, suele ocurrir.
- Sí, sí, es cierto. Pero no es mi caso.
- Entonces yo he sido el engañado, merezco un desagravio. Antes de que te presente a la regenta del establecimiento y a su dueño, a quienes les consigo el personal, te habrás dado cuenta que soy, en cierto sentido, como una consultora, antes de eso, decía, podés dejarme gozar de algunos favores más. Ellos van a pensar que te estoy haciendo un trabajo de ablande. Rara vez las chicas se resignan tan rápido a sus nuevos destinos como vos. La mayoría de las que he traído me ven como un canalla, me odian y, si pudieran, me clavarían varias cuchilladas. En cambio vos parece que me agradecieras por haberte cambiado la vida, ¿o me equivoco?
- No te equivocas. Y vamos, vamos al que será mi nido de delicias. Estoy impaciente.
Roberto se incorporó y caminó seguido por Malena hasta la recepción, secreteó allí brevemente con un conserje de uniforme verde, pelo rubio y lacio, porte atlético, aspecto de alemán, al que llamó Vladimiro, que relojeó a Malena de arriba abajo. El hombre descolgó una llave de un gancho encima de una de las por lo menos cincuenta casillas de madera a sus espaldas, seguramente la que correspondería a la habitación que le habrían asignado, y la entregó a Roberto haciendo una corta y sonriente reverencia con una rápida mirada que los abarcó a ambos y pareció continuar enseguida con la lectura de un impreso sobre el mostrador.
Malena escoltó intrigada los pasos de Roberto, primero ascendiendo por una rumbosa escalera que desembocó en lo que era el primer piso del edificio, después, caminando sobre la espesa alfombra beige que tapizaba el piso de un ancho pasillo, por último, deteniéndose frente a una puerta con marqueterías en madera lustrada y con herrajes dorados. Ingresó a una amplia y luminosa estancia en cuyo centro había una enorme cama con forma de corazón, cubierta por una colcha roja y guarnecida por un baldaquino de cortinas arremangadas y recogidas a sus costados y que pendían de un espejo colgante sujeto al techo por lo que adivinó serían gruesos cables de acero. La habitación tenía tres niveles circulares que le daban al conjunto, contemplado desde su pequeño vestíbulo de entrada, el aspecto de un anfiteatro. En efecto, estaba también pensada para ocasionales voyeuristas, espectadores, amantes de la contemplación y, a fin de no martirizar sus posaderas, había blandos y robustos almohadones, sillones, pufs, aquí y allá. Comprobó también la existencia de pequeñas e indiscretas cámaras de video. El baño, a un costado, con puertas de vitrales transparentes, un ambiente destinado a toillete, ducha y sauna y el otro al inodoro y bidet, era de un lujo asiático.



- ¿Y, qué te parece? – quiso saber Roberto después que Malena se paseó un rato curioseándolo todo, deteniéndose ante los adminículos y juguetes, consoladores de distintos tamaños y diseños, cuerdas con cuentas, latiguillos y objetos de todo tipo que poblaban repisas y anaqueles de los nichos iluminados en colores y de fondos con espejos que había en las paredes. Se internó también dentro de un vestidor con vestidos y zapatos expuestos y cajones que contenían pañuelos y prendas de lencería fina.
- El paraíso de los erotómanos y sexópatas – dio su primera impresión Malena.
- Y también de sádicos, masoquistas y perversos – completó Roberto – Si vos vieras la habitación destinada a las perversiones…
- Me imagino ¿Y los y las homosexuales, gays, lesbianas, se admiten también?
- Acá viene todo tipo de gente, nena. Y los tenés que atender a todos. Te cuento, el dueño del lugar, Arquímedes Portobello, un excéntrico, sólo se deja tocar por la mamá de Vladimiro, apodada la Walkyria, la madama y jefa de todas las putas, una teutona de tetas enormes, finos tobillos, pantorrillas y muslos gruesos, cintura estrecha y culo poderoso, pese a sus más de sesenta años, delatados no obstante, debo decirlo, por las arrugas en su rostro que el espeso maquillaje no alcanza a camuflar. La mujer tiene un secreto: se mueve a un costado y a otro mientras las puntas de sus pezones y las gruesas y pesadas tetas golpean los pies, las piernas y las rodillas hasta que llegan a los testículos de su agasajado. Después de varias arremetidas contra el bulto comienza su mamada. Te digo, es irresistible.
- ¿Lo sabés por experiencia propia?
- Naturalmente. Después que Portobello me lo contó, no paré hasta conseguirla.
- ¿Te cobró?
- ¿Eso qué importa?
- Simplemente, quería saber. Como vos sos un pendejo y ella una puta vieja…
- Eso no tiene nada que ver acá. Acá los servicios se cobran al contado, todos, sin excepción.
Malena rodeó a Roberto con sus brazos, mordió suavemente el lóbulo de su oreja izquierda y hundió la punta de su lengua en el centro de caracol de su pabellón externo.
- ¿Y a mí, cuánto me vas a pagar?
- Hoy, nada, es una invitación, ¿o no?
Malena sentía que estaba superando o sobreponiéndose a su rencor, una frialdad gélida, ártica, iba ocupando su mente. Si había que seguir ese juego para recuperar la libertad como ganancia suprema, aunque ya no se pudiera sentir ilusionada, lo que liquidaba su anterior sentimiento de amor por Roberto, debía lanzarse con apetito, con deseo, con ganas, a satisfacer su propia libido, a disfrutarla, así como un preso – pensó – debe devorar con parejo apetito todas las comidas que se le presentan, para no desnutrirse y morir. Envolvió a Roberto, además de con su abrazo, con una de sus piernas hasta derrumbarlo sobre el cardíaco lecho. Rodó con él besándolo, internando su lengua, todavía seca, en la profundidad de la otra lengua, hasta que las dos fueron un único, blando y húmedo apéndice y las conciencias de ambos no pudieron distinguir quién era quién. Esa confusión de identidades corpóreas produjo la inevitable secuela del mareo de las dos subjetividades que pugnaron para satisfacerse ya sin establecer fronteras morales entre ellos. A la hora de dar gusto a los instintos los juicios de valor desaparecen y los sentimientos se eclipsan. Cuando terminaron, pese a que había intentado dejar de fumar hasta ese día, Malena le quitó a Roberto el cigarrillo que él había encendido para su propio consumo y aspiró una profunda pitada.
- Encendete otro, este me lo quedo, me va a ayudar a pasar al instante siguiente – le dijo a su secuestrador, sin sonreírle.
- Acá, entre la heladera y el bargueño, tenés todas las marcas – indicó Roberto. Me visto y te espero abajo. Te voy a presentar a tus patrocinadores.

Amilcar Luis Blanco (Pintura de Jack Vettriano y Arte digital por Gustavo Vázquez King respectívamente)