martes, 19 de agosto de 2014

CAPITULO NOVENO DE "LAS WALKYRIAS"

                                                                  9


En su primera noche en Mar del Plata Malva y Elena se sintieron muy cansadas. Así que después de ducharse con abundante agua tibia se acostaron separadamente, en el cuarto había dos camas, y durmieron. Elena soñó que veía por televisión blanco y negro un partido de tenis. Cada tanto la cámara se posaba con morbosa curiosidad sobre los rostros de quienes miraban el partido. Hacía sobre todo primeros planos de una estrellita de moda, de abundante y largo pelo rubio, enormes ojos claros gritones y gesticulantes y enorme boca ídem. En suma, un rostro simétrico y agradable y un cuerpo también, en cuyo volumen destacaban sobre todo las nalgas y muslos largos y redondeados y un delicioso culo cuyas mitades, igualmente simétricas y perfectas, parecían las de un enorme durazno pelón. Seguía el partido con atención, gesticulando y exclamando con exageración porque estaba ostensiblemente de novia con uno de los jugadores y porque además sabía que las cámaras de televisión estaban sobre ella. A la vez, de pronto, se ponía seria y asumía un aire distante como para darse importancia. En uno de esos momentos Elena llegó a escuchar lo que le decía a una amiga que tenía a su lado. – “Cómo me gustaría tener una de esas gorras de visera”. Sin pensarlo, con un ardiente deseo de complacerla, Elena dejó el asiento desde el que la miraba y se dirigió a la habitación contigua, ya que el partido se jugaba en ese lugar, tan próximo, tan absurdamente cercano como todo lo que sucede en un sueño. Primero fue a encontrar y halló en la repisa más alta de un extraño ropero las gorras de visera. La contrarió sólo poder rescatar, entre otra cantidad de confusas prendas, - las viseras se le fueron transformando a medida que intentaba asirlas - dos gorros de paja, pero se dirigió con ellos, decidida, a la habitación contigua en la que se hallaban los espectadores del certamen. Todos ellos estaban de espaldas y cuando ingresó al lugar, que era ahora el corredor de una casa, notó que, desparramados por los rincones, había policías y se preguntó si la dejarían entrar. No tuvo problemas. Cuando ya iba a encontrarse con la primera línea de espectadores, pensando todavía en su estrellita, alguien la tironeó de la pollera. Era un tipo sesentón y flaco, con pinta de atorrante empedernido, tirado sobre una reposera y de aspecto extenuado. Le dijo: “- Si le vas a llevar los gorros a fulanita, agarrala de atrás, tironéale el mechón de pelo, la cola enorme que le desborda la cintura acaríciasela como si acariciaras el planeta y bésala en el cuello, siempre de atrás, y después le ponés el gorro. La vas a tener con vos.” Después de decirle esto el tipo le guiñó un ojo en señal de complicidad. Elena comenzó a buscar a la estrellita desesperadamente. Estaba decidida a hacer lo que el hombre le había recomendado. Cuando por fin la encontró, y ejecutó su maniobra de seducción desde atrás, notó que ella se entregaba relajada y aturdida y deslizó su otra mano hasta la entrepierna de la estrellita. Allí se despertó y notó que en realidad estaba aferrando su propio vientre.
¿Podría alguien sugerirle lo qué tenía que hacer? Si todos, en la vida, antes de actuar, cuando vamos a equivocarnos, tuviésemos quien nos indicara lo que corresponde para no fallar sería maravilloso, pero, como leyera una vez en una novela de Milán Kundera, la vida es ya el ensayo y la representación. Nadie puede evitar equivocarse o acertar. El acierto o el error son fruto de la casualidad casi siempre. La inspiración es la intuición de lo acertado, de lo exitoso en el sentido de lo que proporciona una salida. “Exit”, la palabra inglesa, significa salida. En su universo la salida, el “éxito”, que Elena buscaba ahora, era como el agujero o corredor espacial que la librara de la atracción gravitatoria que la Negra ejercía todavía sobre ella. Pensó que si crecía o evolucionaba en algún sentido, en alguna dirección, ésta sería la que la llevara a un espacio anímico en el que su olvido de la Negra y su absurda y brusca pesadilla, le permitiera sentir con profundidad y libertad todo lo que la rodeaba. Malva parecía inteligente. Se sentó en su cama para verla dormir. Su magnífico cuerpo desnudo y blanco, que le seguía pareciendo estructuralmente negro, relajado, mórbido en la semipenumbra de la habitación, su nuca larga, su renegrido pelo casi pegado a la cabeza, ensortijado, una rodilla recogida, la otra pierna estirada, sobre las arrugas de las sábanas como pétalos, la convertían en una flor exótica, y a ella, en una mariposa que la observaba. Su juventud y la de ella, la observadora, palpitaban, todavía vigentes, vírgenes de muerte, vivos sus deseos. Sus soledades, ahora estaban en pausa, en gratísimo paréntesis. Se avecinaba entre ellas la proximidad del desayuno juntas ¿Le gustaría leer el diario mientras paladeaban un jugo de naranja, un café con leche, una tostada con mermelada, una factura?
Elena se incorporó y fue hasta el baño, abrió el grifo plateado y dorado, metió sus palmas en cuenco bajo el fragoroso chorro, llevó el golpe del agua fresca recogida sobre su cara y sus ojos, levantó su rostro empapado frente al espejo y se miró las arrugas, apenas incipientes bajo los párpados, abundantes al sonreír alrededor de sus ojos verde aceituna. Hundió su rostro en el toallón blanco al costado del botiquín y así, sin ponerse nada, regresó a su cama, se sentó y levantó el tubo del teléfono. Del otro extremo de la línea le llegó la voz somnolienta y cavernosa del conserje.
- Conserjería. Usted dirá.
- ¿Qué hora es?
- Las ocho, señora.
- ¿Tienen servicio a la habitación?
- Como no ¿Qué desea?
- Dos jugos de naranja, dos café con leche, medialunas de grasa, tostadas, manteca, mermelada, también para dos.
- Muy bien ¿Algo mas?
- Nada más. Gracias.
- ¡Buen día! ¿Con quién hablás? – preguntó Malva de pronto y se dio vuelta hacia ella clavándole sus enormes ojos de gacela que rápidamente se achicaron para dar lugar a un enorme bostezo que ocupó su pequeña cara. Elena le dedicó un mohín, frunció los labios y le dibujó un beso.
- Levantate, africanita dormilona, vamos a desayunar ¿Te gusta el jugo de naranja y el café con leche con medialunas, y las tostadas y la mermelada?
- ¡Me encantan, me deslumbrás mi amor! ¿Pero qué es eso de africanita?
- Tu cuerpo, mi vida, tu nuca, tu pelo, tus ojos enormes, tu trompita, tu pequeña nariz anchita y respingadita, en fin, ¡Sos una mulata!…
Elena se sentó a su lado, se inclinó y la besó en la boca. Fue un beso largo y lento, con el gusto salado, marino, del sueño reciente, navegador y vasto, en la deliciosa lengua de Malva, y los sabores del tabaco rubio que se confundían entre ellas.
- Bueno, bueno, chica. Déjame que me levante – dijo Malva
Era hermoso despertar en Mar del Plata. Y fue todavía más estimulante cuando las dos, luego del desayuno, enfrentando el viento proveniente del mar, abrigadas, subieron los cierres de sus camperas para caminar por la rambla. Repetir el recorrido que por décadas los argentinos y argentinas de toda edad, de clase media baja para arriba, habían hecho y hacían. Contemplar las siluetas de los edificios pensados por el Arquitecto Bustillo del Casino Central y el Hotel Provincial, ejecutados en lajas rugosas y grises sobre cuya pesada solidez el aire salino y yodado que llegaba torrentoso y húmedo del océano dibujaba o pintaba manchas ferrosas. Detener la mirada sobre los sempiternos lobos marinos erigidos en la misma piedra y sobre la explanada entre los dos edificios, frente a la Plaza Colón, para perderla después sobre el vasto vaivén de las olas interminables con sus crestas de espuma hasta el horizonte esférico y hasta las velas blancas de lejanos pesqueros y oler el yodo y la sal del océano en el viento.-
- ¡Qué maravilla, qué maravilla! – exclamó de pronto Malva y separándose un poco de Elena, ejecutó dos giros y danzó un momento espléndida y sola, como una bailarina.
- ¡Qué elegancia, te felicito! No me digas que también estudiaste danza.
- ¡Cómo no! Hasta que contraje mis primeras nupcias.
- Que no fueron las principales
- Que no fueron las principales, pero sí las únicas.
- Aunque hayan sido las inaugurales
- Aunque hayan sido las inaugurales
- ¿Pensás repetir hasta cuándo todo lo que yo diga?
- Hasta que te equivoques. Equivocarse es una forma de avanzar. De meterte en lo desconocido del otro.
- Si es por eso, todo es desconocido. Lo del otro, lo de uno.
- ¿No es eso, acaso, lo hermoso, lo incomparablemente hermoso de la vida? – preguntó Malva y se detuvo. Había seguido ejecutando su especie de danza y algunos paseantes que coincidían con ellas sobre la rambla la miraban, especialmente los chicos demasiado vigilados, porque los que no lo estaban corrían libremente. Un chico y una chica habían bajado a la arena y se dirigían con entusiasmo hacia la línea de las olas.






Elena pensó que tenía razón, era hermoso. Esa hora y ese paisaje baldío; una vasta y joven ciudad destinada al ocio, originada en la necesidad de deshacer y esfumar el esplín, el aburrimiento, que en momentos prósperos para el país, su clase alta ganadera y terrateniente, había utilizado como remedo vernáculo e incomparablemente salvaje de ciudades europeas, siempre idealizadas, para acercarse a la costa del mar y soñar aventuras de romances y distancias. Allí Victoria Ocampo había refugiado ilustres invitados y había soñado con ser y escribir como Virginia Wolf. En una esquina, subiendo la Avenida Colón, la mansión de los Ortiz Basualdo exhibía en sus cuartos, ahora salas de museo, el estilo de vida de aquella casta señorial acaudalada y no tan lejana en el tiempo, desde cuyas relajadas y acariciadoras costumbres parecían haberse desgajado, desarticulándose, los hábitos, deseos y sueños de una clase media en ascenso cada vez más copiosa y genéticamente motorizada por desordenes y contradicciones, sobre todo cuando trataba de integrarse a un universo en el que la necesidad y el deseo de los sufridos habitantes de una marginalidad creciente,  tratando de posicionarse, chocaba con ellos. “Nosotros somos la barrera, somos el dique, la represa que los contiene”, concluía su padre muchas veces cuando sacaba sus ojos de las páginas impresas de “La Nación” y los dirigía a su mirada o a la de su madre.
Ahora ella estaba en esa ciudad con su nueva amiga y tratando de olvidarse lo más que pudiera de esa entrerriana oscura, de origen indígena, supersticiosa, creyente en el valor profético de sus pesadillas, de la que se había enamorado y para quien según el pensamiento de su padre ella era o había sido un dique, una barrera de contención. Por supuesto, semejante dictamen de la imaginación paterna no tenía sentido. Aunque tal vez sí, porque vistas las tres mujeres desde la perspectiva de sus clases sociales de pertenencia, ¿Malva no podría considerarse acaso como integrante de su propia condición social y económica? ¿Sería así o se equivocaría?
Mientras Elena volaba o fluía por la atmósfera de sus interrogantes estados de conciencia las dos habían seguido caminando por la rambla y contemplando las lejanas olas. Por supuesto, sin hablarse. Era cómodo, porque el viento torrentoso y potente las hubiera obligado a gritar. Por fin Elena rompió el confort del mutismo contemplativo.
- Malva – llamó.
- ¿Qué?
- Hasta ahora no me contaste con qué te ganas la vida.
- Soy diseñadora, decoradora. Trabajo, a veces, para distintos   estudios de arquitectura.Tengo mi propio taller
- ¿Desde que dejaste a la dueña del bar?
- No. Esto viene desde muy lejos en mí, pero sí, después que me alejé de ella, me metí en un curso de diseño de interiores y mi profesora, arquitecta ella, me consiguió algunos clientes.
- ¿Romance por medio?
- No, para nada. Simplemente le gustaron mis diseños, mis esculturas.
- ¿Te gustan las artes plásticas?
- Sí, soy una aficionada, algo diletante pero honesta. Desde pendeja cuando estaba en el taller de mi viejo ya me gustaba armar mecanismos y ya me gustaba mirar cuadros, mi viejo me compraba la pinacoteca de los genios.
- ¿Quiénes son tus preferidos?, en pintura quiero saber
- Bueno. La lista es larga: Renoir, Mondrian, Picasso, Kandinsky, Miro…
- ¿Berni, Soldi?
- Paso ¿Alonso?
- Puede ser ¿Por supuesto Van Gogh, Gauguin, Manet, Monet, Delacroix, Modigliani?
- Por supuesto, y también Boticelli, Tintoretto, Tiziano, Tiepolo, Rafael, Rubens, Goya, Murillo, Leonardo, etcétera – se cansó de enumerar Malva.
Los ojos de Malva estaban sobre los de ella y se habían detenido, así como la marcha de ambas. Se besaron enseguida como buscándose el alma, de manera larga, profunda, apasionada. Había alma entre las dos en cada beso y, para dárselos, el lugar al que habían llegado en su caminata se prestaba. Ya no había paseantes. Sólo dos coches se deslizaron raudos y un hombre, pedaleando trabajosamente contra el viento, las ignoró o no acertó a discernirles la igualdad de sexos, indiferenciada por los abrigos y la uniformidad de la moda. Malva con su pelo renegrido y pegado a la cabeza, de lejos, podía dar perfectamente la imagen de un muchacho y también Elena con su pelo lacio y largo y, las dos, con sus zapatillas adidas, sus joggings y sus camperas. Era como le había dicho Elena a Malva antes: “esta época ha terminado por dar un aspecto tan irrisorio o tan ridículo a la “preocupación social” que me ayuda a liberarme un poco en lo que respecta a mi inclinación lésbica”. En ese momento, mientras se seguían besando, más que de la “preocupación social”, se trataba de la “imagen urbana” de dos lesbianas besándose y descubriéndose como almas gemelas, desesperadas por su necesidad de amor y compañía en el transcurso de un tiempo veloz y torrentoso como el viento que las envolvía.
Cuando regresaron al hotel, después de ducharse y cambiarse, fueron a almorzar al restaurante y, ya sentadas frente a frente, mientras esperaban por espárragos a la crema Elena y por pollo al champignon Malva, y se rozaban suavemente las pantorrillas con los pies descalzos, brindaron con copas de un tinto frutado. Entonces Elena, sonriéndole, mirándola, inquirió:
- No te pregunté por tus trabajos. Me imagino que vos pintarás, oleos, acrílicos, témperas, acuarelas.
- Nada de eso. Yo trabajo con metales, cristales, vidrios de colores, plomo, maderas, materiales acrílicos. Lo mío es la escultura, crear objetos que reflejen la luz y contengan, a la vez, sombras. Excepcionalmente agrego luces que destellan desde los interiores.
- ¡Ah, claro, como tu bar! ¿Qué te inspira principalmente?
- Todo, absolutamente todo. Pero, por ejemplo, tengo un amigo gay que es poeta, hubo un verso de él que me inspiró, hablaba de las “lentes caídas como ojos dejados en objetos” Le dije, Piero, vos tocas las mismas cuerdas que yo.
- Me dejas sin palabras. Muchas veces siento que la vida esencial radica en las sensaciones puras, soy visceral.
- ¿Por ejemplo?
- Por ejemplo, mi anteúltimo amor, la seguiré llamando la “Negra”
- ¿No tiene nombre? Todavía no me lo dijiste.
- Sí, tiene nombre, pero bastante poco presentable, te lo digo igual, Edelmira.
- No para mí. Edelmira tiene un punto de contacto conmigo. ¡Ah, y gracias por lo de anteúltima!
- De nada ¿Cuál sería el punto de contacto?
- El verbo mirar: “Edel”, mira. Bueno pero dejémonos de esas coincidencias que mi amigo el poeta llamaría surrealistas. Hablame de la sensación pura que era o es Edelmira para vos.
- Ella entró a trabajar a casa como doméstica cuando yo cumplía mis cuarenta años y salía de mi desazón por haber sido rechazada por una editora de la que me había enamorado. Lo primero que sentí fueron sus ojos negros, enormes, interrogadores, casi como los tuyos, que no dejaban de mirarme.
- Ya ves. Edel, mira.
- Esos ojos están además guarnecidos por pestañas curvadas, largas, endemoniadamente bellas. La tez, la piel de su rostro, cetrina, como patinada en sombras, se ilumina cuando sonríe y muestra sus dientes parejos, blanquísimos.
- ¿Además estaría su cuerpo?
- Además, por supuesto. Un cuerpo pequeño, menudo, al principio me pareció desamparado y después, a veces, con el andar de la relación me lo siguió pareciendo, pero también fue amparador para mí, capaz de darme consuelo y apoyo, y, sobre todo, de comunicarse conmigo sin palabras. Recuerdo que después de nuestro primer beso ella pudo entrar en mi cuarto y desvestirse y meterse conmigo en la cama sin decirme nada, sin que intercambiáramos palabra y hacernos el amor así, durante horas, sin hablarnos. Luego se vestía también en silencio y se iba como había llegado. Duramos cinco espléndidos años.
- ¿Y cuando se veían fuera de la cama, en la cocina o el living, delante de tus padres?
- Eran todo miradas, sonrisas, destellos, chispas, caricias y toqueteos escondidos, íntimos, sabrosísimos.
- ¿Y cómo terminó tanto juego, tanto goce?
- Ella se había casado muy joven con un muchacho, Alejandro, al que no le había podido dar un hijo. En realidad la Negra es estéril, lo supo mas tarde. Compensaba esa falta siendo muy cariñosa con él. El es un tipo macanudo, solidario, desinteresado, pero callado, muy introvertido. En la Villa fue uno de los fundadores de una sociedad de fomento “Lucha y Esperanza”, así se llama. Yo fui nombrada socia honoraria, aunque colaboro lo más que puedo no quise ser socia activa para no tener obligación de asistencia. Lo que ocurrió fue que un día Edelmira comenzó a enfriarse, a distanciarse como una estrella que se apaga. Fue de pronto, rechazó el contacto conmigo, recuerdo que yo le había llevado de regalo una bicicleta y cuando le pregunté las razones de su súbito distanciamiento, esa misma tarde en que pasó lo que te cuento, me dijo que no lo podía explicar. Yo le dije que sufría y ella me contestó que no lo podía evitar, que la perdonara. Le pregunté si no pensaba que sería algo pasajero, que podría volver a sentirse cómoda conmigo. No lo sabía. Hasta la noche que nos conocimos nosotras dos y, después, cuando te telefoneé y te di mi dirección, siguió nuestra relación. Ese día que viniste al departamento nos habíamos dado el   adiós definitivo la noche anterior, o, mejor dicho, me lo había dado ella a mí.
- ¿Cómo fue, cuál fue el motivo?
- Me dijo que había tenido una pesadilla en la que su esposo nos había visto encamadas y desnudas y se había suicidado disparándose al corazón y salpicándola con su sangre ¿Te imaginás?
- Y, sí. Y también la entiendo – reflexionó Malva. Quedaron en silencio y en seguida Malva volvió a preguntar:
- ¿Y vos qué pensás, te habrá dejado por el esposo, por Alejandro?
- ¿Se apaga el amor por la culpa o por la creencia en las virtudes proféticas de los sueños?  ¿Qué se yo?
- Quizá por la sobrecarga de culpa, estoy grande para creer en las premoniciones. La semana pasada, antes de que viajáramos, construí un cubo preñado con un enorme fulgor. La idea era que el cubo fuera el vientre, el centro de una mujer madre que se sobreponía y triunfaba en su lucha por defender el fruto de luz. Bueno la obra está trunca. Le imaginé una cabeza con ojos de los que caían enormes lágrimas. Los vidrios que elegí, cuando derritieron en el horno, terminaron por producir tantas oscuridades que anularon el destello.
- ¿Las sobrecargas de culpa son para vos como las oscuridades?
- Exacto. En todo amor hay una idea de luz. Vos misma cuando me contabas tu relación con Edelmira te referiste a destellos y chispas. En la religiosidad cristiana el espíritu santo, el espíritu de amor se representa como luz. El nacimiento de Jesús es guiado y alumbrado por la estrella de Belén.
- Bueno, no estamos descubriendo la pólvora.
- No, pero la relación de la luz con el sentimiento más potente que es el amor es siempre sugerente, fecunda, inspiradora. Es como la línea que va separando la vida de la muerte, lo bueno de lo malo, lo positivo de lo negativo…
- Lo único confuso para mí, muchas veces lo he pensado, es que también hay fuego y luz en el odio, el rencor, la crueldad, la maldad pura…
- Yo la siento y la concibo como una especie de rumor oscuro, como los agujeros negros, esos sitios del espacio interestelar cuya gravedad es tan fuerte que atrapan hasta la luz misma y no la dejan escapar. Tengo, de hecho, una escultura que denominé “agujero negro”. Dentro de una bola de cristal, en un líquido con anilina negra que se mueve constantemente, flotan pequeñísimas partículas de oro y plata fulgentes que representan luces cautivas…
- El fracaso o la impotencia de la luz es el fracaso o la impotencia del amor…
- Hasta que todo se calienta de nuevo, fulgura y por fin estalla, como en el big bang.
- ¡Nena, por Dios, como yo misma!
Bajo la mesa, sobre todo Malva, no había dejado de rozar apenas, con la punta de su dedo gordo, la parte posterior de la pantorrilla de su amiga. Llegó el mozo y sirvió. Mientras lo hacía, las dos se miraron calladas. En la semipenumbra, precursora de la siesta, que reinaba en el salón comedor del hotel, se oía el tintineo de cubiertos, el suave rumor de conversaciones apagadas de escasos comensales, el ronroneo de los acondicionadores de aire.
- Si tuvieras que representar nuestra relación en una escultura, ¿cómo sería? – preguntó Elena.
- Sería un amasijo, pero, lo principal, lo que destacaría, además del entrecruzamiento de grandes y largos volúmenes de nuestras piernas y rodillas, apuntando oblicuamente hacia un norte imaginario, serían nuestras cabezas conectadas por las bocas absorbiéndose.
- ¿Y dónde estaría la luz?
- ¡Ah, adentro! Sería por supuesto en vinílicos transparentes y quedaría íntegramente iluminada, desde adentro, pero de modo que la fuente de luz no se viera.
Elena se quedó contemplando a su amiga por un largo instante. Por fin comentó:
- Sabés que algunas veces he pensado en representar a mi padre o a mi madre, que ya se fueron para siempre, también con volúmenes que sugieran espacio, pero sobre todo tiempo.
- ¿Cómo sería eso? - Malva se inclinó hacia ella, parpadeó, retiró el pie con el que había estado acariciando la pierna de Elena y encendió un cigarrillo.
- Por ejemplo he visto la imagen de mi padre, una y otra vez, ahora que lo extraño, como la del señor gordo que era, subiendo y bajando del colectivo. Pero la he visualizado como volúmenes de tiempo. Es decir mi padre trabajó durante días, semanas, meses y años en el mismo lugar, hizo, para llegar a ese sitio, el mismo viaje en colectivo, del que bajó y subió su peso de ida y de vuelta, la suma de todos esos días. Si tuviera que traducir su tiempo a peso serían toneladas ¿Entendés?
- Sí, sí, perfectamente. Veo también ahí una idea de movimiento.
- Mi madre, pongamos por otro caso, se peinó frente al espejo, sintiendo las ansiedades y angustias que expresaba en sus preguntas, también durante la infinidad de instantes que dedicó a contemplar la expresión de impotencia o sorpresa que le inspiraba la vida frente a ese mismo espejo, tratando de cambiarla o descubrirla, peinarla o maquillarla. Es decir, mis padres fueron actos repetidos principalmente. Si los seres humanos somos lo que hacemos, nuestro tiempo es lo que hacemos también y nuestras características memorables surgen de lo que repetimos ¿Me seguís?
- Perfectamente, y cómo representarías a tu madre o a tu padre en cuerpos volumétricos, o sea, en poliedros?
- En el caso de mi padre visualizo una bota con partes transparentes, translúcidas y opacas que den la incesante impresión de un descomunal tonelaje que suba y que baje de un estribo. En el caso de mi madre veo un espejo que se derrite como los relojes de Dalí y que, en el centro, lleva su imagen desvaída a la manera de las mujeres de Modigliani, con su largo pelo blanco y expresión de niña sorprendida.
- Interesante ¿Y cómo visualizas a tu amor recientemente perdido, a Edelmira?
- En su imagen habría elementos como arenas, estrellas de mar, y los volúmenes serían abiertos, como si estuvieran invitando a ingresar en ellos. Podría ser un gran cubo asimétrico con una punta abierta y desgarrada. En el interior del cubo el color de la noche cerrada con estrellas, el del mar azul petróleo, un celeste o turquesa, con mucha luz, y un color de arena, también con mucha luz ¿Podrías hacerlo?
- Yo sólo trabajo encargada de adentro, por mí misma. Si compusiera algo a pedido sería insincera y el producto que resultaría, inauténtico, de muy baja calidad. Estaría estafándome y estafando, claro. No creo en los artistas que trabajan por encargo de otros.
- ¿Te molestó? – Elena alargó su mano con la pregunta y tomó la mano libre de Malva que estaba sobre la sien de ella como para acariciársela. Malva fregó un instante su mejilla sobre la palma de Elena y le dedicó un beso.
- No seas tonta – le dijo - ¿Por qué me va a molestar? Te quiero igual, aunque no seas capaz de representar vos misma lo que sentís.
Hubo un silencio sólo ocupado por los sonidos del comedor en el que las dos se contemplaron sonriéndose, con avidez. Malva retomó la palabra.
- Si sos capaz de describir, de tener una idea sobre cómo representarías en un objeto exterior a vos, creado por tus manos, lo que ves o sentís a propósito de algo o alguien, ya tenés en embrión una artista plástica dentro, lo único que te falta es trabajar para parirla.
- Nada fácil.
- Y no, es verdad, aquí la naturaleza no te ayuda tanto como en el caso del feto y el bebé. Se trata de un parto difícil, de transformar idea en materia, abstracción en realidad, potencia en acto.
- Es aristotélico.
- Es aristotélico, en efecto.
- Sabes que no te hacía una intelectual – comentó Elena.
- Yo a vos tampoco.
- ¿Cómo me veías o cómo me viste la primera vez, cuando nos conocimos?
- Como una viejita verde ¡No, mi amor, es una broma! Te vi como la mujer más atractiva que había visto nunca.
- Ahora exagerás.
- No, de ningún modo. Ya te lo confidencié, me mojé, me excitaste.
- ¿Pero, qué me viste?
- Te pareces a Lena Olin, la actriz ¿La tenés?
- Sí, por supuesto. Además me encanta
-  Tenés la misma boca, la misma nariz, la misma frente, el mismo pelo, sos alta. Se te forman las mismas arruguitas alrededor de las comisuras, cuando sonreís, y tus ojos son verde aceituna con luz de fiebre, como los de ella.
- Y los tuyos son negros y preguntones – dijo Elena.
- Preguntan por vos, quieren penetrarte, abarcarte, devorarte. Como puede existir una mujer tan bella y tan salvaje como vos ¡Me tenés loca, loca! – Malva había acompañado y subrayado sus comentarios subiendo su pie por la pantorrilla hasta la curva posterior de la rodilla e intentó alargarse y llegar, entre los muslos de Elena sobre el asiento, hasta su entrepierna. Para lograrlo se estiró y acercó más su silla a la mesa que, por suerte para las dos, estaba cubierta por un mantel largo que velaba los afanes y gimnasias de contacto físico. Finalmente pudo Malva con su dedo grueso alcanzar el sitio anhelado y comenzó a frotarlo suavemente, como una experta. Elena se soltó a pesar de ella y, para disimular su turbación, se cubrió la boca con una mano, en la otra empuñó un escarbadientes. Fingía tratar de quitarse un resto de espárrago de entre los dientes mientras suspiraba y Malva la observaba ensimismada, concentrada en su apasionada e insistente caricia. En realidad ni los comensales presentes a esa hora en el inmenso salón, ni los meseros, ni el adicionista, ni persona humana alguna, les prestaban atención. Finalmente las dos se aflojaron al unísono en una convulsión ahogada. Malva se incorporó como si tosiera y tuviera que dirigirse inmediatamente al baño y Elena se sirvió agua en la copa y la bebió como si por fin hubiera logrado quitarse de los intersticios de sus dientes el molesto resto de espárrago. “Al pedo tanta actuación” – pensó luego de echar una rápida mirada a su alrededor y comprobar que nadie las observaba. Pero los que estaban las miraron cuando ellas comenzaron a reírse a carcajadas.
Después de terminar en la cama lo que restaba de la siesta, minutos que aprovecharon para hacerse el amor y dormir, en ese orden, se vistieron y salieron a caminar y pasearon mirando vidrieras por la Avenida Colón y la peatonal San Martín. Mar del Plata no estaba superpoblada como solía a partir de diciembre y hasta marzo. Todavía era noviembre y los turistas no eran tantos ni tan tumultuosos. Fueron hasta la feria de artesanías vecina a la basílica, compraron pulseras de plata vieja y unas sandalias de cuero decoradas en colores vivos. Ingresaron enseguida a la enorme nave de la basílica, caminaron por la plaza y después regresaron lo suficientemente cansadas como para no cenar y tirarse a dormir. Se despertaron en la madrugada con hambre. Malva fue la primera que se sentó contra el respaldo y encendió un cigarrillo.
- Buen día – dijo Elena desperezándose. Se incorporó también ella y se sacudió como si tiritara. La cortina de la ventana estaba levantada hasta la mitad y en la línea del horizonte la luz comenzaba a despuntar. El fresco del alba entraba a raudales. Elena encendió entonces su cigarrillo.
- ¡Qué temprano es, por Dios y qué frío hace! Decime ¿Qué haremos, cuál será hoy nuestro futuro, mi querida artista plástica? – preguntó. Las primeras bocanadas de humo habían teñido con finísimas líneas blancas la atmósfera un poco gélida de la habitación
- El futuro existe sólo como ilusión, como la promesa de algo que quizás jamás será logrado – sentenció Malva, mientras exhalaba despacio el humo de su primer cigarrillo del día. Enseguida contó: - Mirá, hace años, cuando era una jovencita púber, yo escuché a mi mamá, Dolores Lacerba que no era ni es ninguna santa, cuando le confiaba a una amiga íntima que, desde que lo conoció, había estado enamorada de mi tío, es decir, el hermano de su esposo, o sea de mi papá, mi tío ¿Okey? Le contaba que no lo podía mirar sin turbarse, que trataba de quitarle la vista de encima pero que los ojos se le iban hacia él sin que se pudiese contener. Tenía pánico de que él se diera cuenta y hasta sospechaba que así había sido, que él lo había advertido, porque también la miraba y cuando se daba cuenta que ella lo sorprendía en la admirativa contemplación le quitaba rápidamente la vista de encima. Le dijo también que vivía torturada porque a veces experimentaba un deseo tan fuerte de que él la tocara o de tocarlo ella misma que hasta había tenido que llegar a masturbarse pensando en él, y que lo hacía secretamente, casi todas las semanas, para poder tolerar lo que sentía por su cuñado sin tener que decírselo. Esto lo recuerdo mucho porque en mi mamá fue una muestra de pudor sorprendente. Tanto que a veces sospecho que quizá mi tío haya sido su único y verdadero amor. Un día su cuñado murió de repente en un accidente y no hubo más mi tío. Yo, que era una mocosa y había escuchado la conversación entre mi mamá y su amiga confidente, pensaba siempre en esa historia de amor inconfesable de la que, por supuesto, jamás pude hablar con mi mamá y cuando ocurrió la muerte de mi tío sentí, con toda la fuerza, qué absurdos e impotentes y frágiles somos los seres humanos. También me di cuenta de que el futuro no existe, no existe para nadie. Somos lo que hacemos y en el momento exacto en que lo hacemos.
- Y esa historia que me acabas de contar, ¿no te sugirió ninguna escultura? – preguntó Elena recogiendo sus largas piernas y elevando como dos cumbres sus rodillas hasta iluminarlas en la franja de luz que proyectaba la ventana que daba hacia el mar y el amanecer y en la que flotaban las volutas y los pequeños torbellinos del humo de los cigarrillos.
- No lo se, pero lo que sí no puedo negar es que me ha abierto el apetito de un modo descomunal. Si tuviera que representarlo esculpiría una enorme boca abierta transparente y tres sándwiches tostados entrando sobre la lengua y entre los premolares y sería totalmente figurativa.

Amilcar Luis Blanco  (Pintura de Henri de Toulousse Lautrec) (Fotografías postales de Mar del Plata)




domingo, 17 de agosto de 2014

CAPITULO OCHO DE "LAS WALKYRIAS"

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Cuando volví en mí, como otras veces ya había sucedido con Malva, quedé recostada como estaba, pensando y asociando ocurrencias vagas, bueyes perdidos. Pensé que, según parece ocurrir, las mujeres solemos estar más lejos de la pasión física que los hombres, pero quizá en el caso nuestro, de las homosexuales, eso no ocurra ¿Por qué? Bueno porque solemos, me parece, andar tan solicitadas por el sexo como los hombres, es decir por esa urgencia venérea que los persigue y lleva a todo tipo de aventuras, aún las más insólitas. Para probármelo recordé lo que me había contado una vez una señora amiga de mi mamá. Su padre, hombre alto y atractivo del tipo alemán, rubio, ojos azules intensos, había tenido éxito con las damas en sus años de mocedad. Cuando le sobrevino la decrepitud y ya no dio más jugo, como Cipriano, el del tango, su gusto y afición por las mujeres de todo color y pelaje, con el sólo requisito de su atractivo erótico, no cesó ni se detuvo. Tan torrencialmente manejaba el instinto lúbrico los estados de ánimo del viejo que solía éste emperifollarse y salir a la puerta de su casa de viudo, bien cuidada y limpia, mantenida por él para ocasionales encuentros con chicas pagadas, a decirles piropos y requiebros a cuantas mujeres mozas y bonitas pasaran por su vereda. Esto le ocurrió en la Ciudad de Posadas, Capital de las tierras coloradas de Misiones, atravesadas por lomas o cuchillas y en las que el bosque pujante y verde desborda a cada tramo el trazado de la ruta y las calles e influye sobre el cerebro y el cuerpo de cada uno de los misioneros, cualquiera sean su edad y condición, con fuerza de lujuria vegetativa o casi animal. Bueno, pasó entonces que en una de sus salidas vespertinas, consiguió el libidinoso anciano conmover con sus requiebros a dos hermanas paraguayas, que si no quedaron de verdad impresionadas por las ocurrencias verbales del alemán supieron fingirlo bien porque entre sonrisas, caídas de párpados, miradas tiernas y algunos sonrojos no del todo virginales, se hicieron invitar al interior de la casa del viudo. Se dejaron también agasajar con tragos y otras delicias que el viejo atesoraba para ocasiones como esas. El caso fue que cuando finó el día, es decir casi sobre la medianoche, habían bailado, parloteado, y se habían dejado tocar por el hombre de tal modo que, en el espumante frenesí de tanta excitación, consiguieron embriagarlo o dejarlo tan escasamente consciente de lo que hacía y le podría sobrevenir, tan desprovisto de alarma y desprotegido, que lograron envolverlo finalmente, como el relleno de un panqueque, dentro de una alfombra en el propio living de su casa, y, por supuesto, se llevaron todo su dinero y una colección de objetos de valor, artefactos, electrodomésticos y joyas que habían pertenecido a la extinta, después de la llamada telefónica a un cómplice que llegó a cargarlas en una desvencijada camioneta que algunos vecinos pudieron ver sin imaginarse por qué estaba estacionada a esa hora frente a lo del alemán. El hombre, diabético de ochenta y dos años, transpiró profusamente hasta deshidratarse en su estuche de fuego y, si bien cuando lo encontraron al día siguiente, transcurridas más de doce horas, todavía estaba vivo aunque casi ciego, no terminó de reponerse nunca de aquélla lamentable aventura.
Es así, los hombres son libidinosos por naturaleza, las y los homosexuales lo somos por ansiedad y desesperación, por terror pánico a la soledad que nos amenaza y visita como un tirano impiadoso. Las únicas libres e independientes de estas arbitrariedades genéticas son las mujeres heterosexuales, y eso mientras son jóvenes y bonitas. De lo que  no estaba libre cuando era una niña fue de imaginar a los adultos, entonces para mí asexuados, como tristes y resignados seres, a los que desde mi fuero interno compadecía porque los intuía esclavos de sus hábitos, trabajos, inclinaciones y posesiones materiales. En esa tosca y salvaje corazonada de niña no me equivocaba acerca de la índole del destino de la gente mayor. No deseaba entonces crecer porque me daba cuenta que, fatalmente, eso significaría caer en una trampa en la que caen todos y de la que no podría salir, tal como el viejo, niño envuelto en su alfombra.


 Amilcar Luis Blanco    

jueves, 14 de agosto de 2014

CAPITULOS SEIS Y SIETE DE "LAS WALKYRIAS"

                                                                        7



                                                           Malva había conocido a Gerardo, su primer y único marido, que le recordaba a su hermano Tomás, cuando él conducía un remise. Lo había escuchado quejarse, maldecir y, al final, tirar violentamente sobre la rueda de auxilio recostada en el adoquinado la llave cruz que se utiliza para aflojar las tuercas y poder cambiar la rueda porque había descubierto que su auxilio estaba también pinchado. Al insulto y al golpe había seguido un involuntario sollozo que lo llevó a sentarse descorazonado y desconcertado sobre el cordón de la vereda. Su exilio dependía de su auxilio en aquél maldito momento y no era un mero juego de palabras ya que después de dejarla a Malva tenía los minutos justos, que ahora había perdido irremisiblemente en un remise, para llegar a Ezeiza y entregarle unos papeles a alguien que viajaba y comenzaría en Madrid los trámites para que obtuviera la ciudadanía ibérica como nieto de españoles. Malva, ocasional cliente o pasajera, que se había ofrecido a ayudarlo para cambiar la cubierta, menester  conocido por ella, había también escuchado las imprecaciones y lamentaciones que él le había entrecortadamente confiado, a modo de explicación por su exabrupto, y había terminado por compadecerse y, una vez dentro del automóvil, mientras esperaban un remolque, era de madrugaba y la calle, los frentes de los negocios, las veredas desiertas, creaban una sensación de desamparo, había cometido la imprudencia de rozarle el pelo suavemente con sus dedos acicalados y perfumados. Entonces Gerardo la había tomado con firmeza de la nuca y había pegado su boca a la de ella de modo que sintió que su cuerpo se excitaba y no resistió ese primer beso justificándose a sí misma con la convicción de que él estaba muy solo y necesitado de cariño. Aquellas primeras caricias y besos culminaron, a partir de la necesidad momentánea de consuelo de él y el irrefrenable impulso materno de ella, al cabo de pocos meses, en un precipitado matrimonio del que, también al cabo de pocos meses, se arrepentiría para siempre al descubrir que los llantos y desconsuelos de Gerardo eran crónicos, así como su propensión a la confidencia y que estaba enredado en aventuras sin regreso. Cuando se lo reprochó él optó sin defenderse por hacer sus valijas, mudarse del hogar conyugal y establecerse en el departamento de una viuda ubicado dentro de un edificio contiguo a la remisería, y su actitud fue otra vez irremisible.- Malva conoció después en Buenos Aires al estanciero paraguayo, Daniel Silverstone, un hombre extremadamente buen mozo, pero también extremadamente aburrido, según ella, al que terminó corneando y del que se separó después de cinco meses.
Hubo después para Malva, antes de conocerla a Elena, largos cinco años de vida indecisa, vacilante, con algún que otro desengaño descollante. El tercero en su vida, en materia de hombres, fue cuando se enamoró de Ángel, un tanguero bastante mayor que ella, con cabellos blancos mas ondulados que abundantes, ligero porte indígena y trato distante pero caballeroso con las damas. Pese a su apostura, sus trajes impecables y sus siete pares de zapatos charolados, algunos con vivos blancos, era un hombre tímido e indeciso, bastante inseguro; disfrazaba sus falencias de precisiones coreográficas e histriónicas. Era un gran bailarín representando al macho que a él le hubiera gustado ser, de manera que casi enseguida de abandonar la pista se desinflaba, se transformaba en el ceniciento que en realidad era.
- ¿Y cómo, por qué te enamoraste de él? – preguntó Elena.
Malva miró la luz azul sobre sus cabezas y después el rostro expectante de Elena bañado en un sepia igualmente azulado. Había anochecido dentro y fuera del micro que había pasado Maipú y ahora parecía cabecear pesadamente, como algunos pasajeros y pasajeras dormidos, en pos de la Perla del Atlántico.
- Después de muchos años de matrimonio la dócil mujer de Ángel había entregado su cuerpo y alma al Señor, quiero decir que había fallecido, como nos aconteció o acontecerá a todos. El había caído en un pozo de melancolía y tristeza sólo aliviado por sus salidas a la milonga. Lo apocaba todavía más su impotencia para avanzar en un diálogo con una mujer. Nos necesitaba pero nos prohibía. Se reprimía sin piedad.
- Entiendo. Y vos, la joven Malva, especialista en lástima y compasión, te propusiste abrir las enmohecidas cerraduras de esa personalidad en decadencia y poner en contacto el interior del anciano caballero con el aire y la vida.
- Como si leyeras el libro de mi pasado. Ni más ni menos.
- Pero ¿qué te sedujo del abuelo, que te llevaba...?
- Yo tenía veintiséis y él cincuenta y seis, o sea, exactamente treinta años ¿Qué se yo? Me gustaba físicamente. Tenía la dentadura intacta, el vientre liso, el entrecejo y la nariz como Lautaro Murúa, ¿te acordás?
- Por supuesto. Ya veo.
- Además el hombre era un gran amante, besaba muy bien, cuando se soltó conmigo me rindió tributo. Con él perfeccioné mi multiorgasmia. Después de él mi siguiente gran amante fue una mujer.
- ¿Cuánto duraste con él?
- Dos intensos años
- ¿Al cabo de los cuales?
- A él se le declaró una cardiopatía y se radicó en Salta con una hija casada que vive allí. Todavía nos carteamos. Hemos transformado nuestra relación de amantes en una buena amistad.
- Pero ¿cuándo fue que te metejoneaste con la dueña del bar?
- Bueno, eso fue después del curso de barman, yo iba a bailar y a otras cosas con Ángel y hacía el curso, él me lo financió. Después vino un período en el que con Ángel cuando íbamos a los hoteles mirábamos películas pornográficas. A los dos nos gustaban, nos excitaban. Mirábamos infinidad de películas que mostraban relaciones lésbicas. Las comencé a alquilar, me las conocía a casi todas. Llegó un día en el que descubrí que en realidad las miraba porque me gustaban y provocaban las mujeres. Una noche, después supe que fue a propósito, la dueña del bar, cuarentona exuberante como vos, me acomodó el soutien. La suavidad con que me deslizó las puntas de los dedos por el centro de la espalda me calentó de tal modo que me di vuelta, la tomé por el cuello y la besé con un impulso irrefrenable Era lo que ella estaba esperando y me respondió. Como dije, era de noche, estábamos por cerrar y en el bar ya no quedaba nadie, así que nos apuramos a cerrar y nadie nos detuvo…
- No sigas, no sigas. Me siento muy celosa y muy excitada y estamos en un micro que está por llegar a Mar del Plata.
Era verdad, me había calentado y el ritmo de mi respiración y la velocidad de mis pulsaciones habían aumentado. Sentía la humedad en mis partes íntimas y estuve con esa mixtura de excitación y disimulo hasta que el micro llegó a Mar del Plata. Ni bien ingresamos a la habitación del Hotel Dorá y cerramos la puerta caímos en esa lucha cuerpo a cuerpo, deseo a deseo, hasta satisfacer las dos el anhelo que nos quemaba por dentro. Después nos dormimos como pacífico y maduro matrimonio, lésbico, of course.



Amilcar Luis Blanco (Pintura de Wassily Kandinsky)

                                                                


“- Tenés que estudiar, hija.-Así te dije y se lo dije también a tu padre.- Se la pasa desde chica con “El tesoro de la juventud”.- Sí, sí, también con esos libritos amarillos de la colección Robin Hood.- El otro día me contó el argumento de “El Conde de Montecristo”.- ¿Qué te parece? El padre tomaba mate; el tonelaje de sus rutinas abandonado sobre una silla que habían debido reforzar. Leía el diario y le contestaba a su madre distraídamente.- Abría las páginas de “La Nación” después de ponerse los anteojos con las patillas de carey, proyectando sombra sobre la mesa y en una de sus velludas manos, en la breve tiniebla, sólo destellaba la piedra de aguamarina de un anillo solitario que Elena Koniatowska le había regalado cuando cumplió cincuenta años. Esas patillas de carey, palabra emblemática para Elena desde niña, eran una combinación de marrón, amarillo, ocre y, además, transparentaban la luz del sol.  También desde chica le habían llamado la atención. Su destino, basado en la interpretación vocacional que sus padres le adjudicaron a sus lecturas del Tesoro de la Juventud y la colección “Robin Hood”, había sido al fin la Facultad de Filosofía y Letras. Había consistido en ir a las aulas tumultuosas de la oscura época de los años de plomo, con los militares en el poder, cuando varios de los mejores libros estaban prohibidos y se podía leer “La Opinión Cultural” porque a Timerman todavía no lo habían metido preso para torturarlo. Y eso que él venía dando cuenta, haciendo un inventario prolijo de las desapariciones desde Edgardo Sajón, hasta Hidalgo Sola. Era el único diario, de los leídos y recordados por Elena, que se le había animado al régimen, el único que contaba los días de cautiverio de las primeras víctimas de las juntas. Elena recuerda particularmente un suplemento, aparecido el 4 de enero de 1975, dedicado a Albert Camus, cuando se cumplían quince años del accidente automovilístico en el que murió. Hubiese venido bien que los milicos o algún funcionario entendieran el pensamiento del autor de “El hombre rebelde” y retrocedieran un poco en ese afán vindicativo, ese furor homicida que los embargaba. Pero no, el ambiente estaba contaminado por el terror, el miedo que ellos generaban. Era un pánico silencioso.   Hacía sentirse en peligro a todos los que trataran de pensar y no pudieran evitarlo. La conciencia es una máquina de funcionamiento continuo, indetenible ¿Quién que estuviera en la Universidad podía ignorar los secuestros? Que tal o cual amigo o amiga o compañero o compañera habían sido chupados. Habían sido absorbidos hacia el interior oscuro de un vientre con innumerables bocas repartidas por todos los rincones del país, tragándose todos los cerebros, toda la materia gris que hubiera disponible; un sistema de aniquilación indigesto que deglutía gente pensante y devolvía cadáveres.   Indigesto además, porque fue indigesto para ellos después, ya que las madres y abuelas de Plaza de Mayo, las organizaciones defensoras de los derechos humanos, la vuelta de la democracia y la actualidad política de hoy, cuando las instituciones y la justicia han vuelto a funcionar, no dejan de castigarlos, eructando y vomitando sobre ellos los contenidos ácidos de la responsabilidad irredimible por tanta inocencia y mansedumbre en descomposición, por la docilidad ultrajada, por las mujeres violadas, aún embarazadas, los hombres picaneados y golpeados, los huesos que no se han corroído en las tumbas clandestinas, y por los bebitos y bebitas robados a las víctimas que aparecen vivitos y coleando como hombres y mujeres  y son restituidos a sus familias biológicas con toda razón y justicia, como en el preámbulo de la Constitución pero ya sin la protección de Dios, por lo menos para todos los genocidas que viven su propio infierno.

Amílcar Luis Blanco
                                                                               

domingo, 10 de agosto de 2014

QUINTO CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"


                                                                   5



Pero no volvimos a hablar de vos. Malva se olvidó de seguir preguntándome y yo dejé que los deseos esporádicos que sentía a veces de nombrarte frente a ella, de contar algo tuyo, se fueran apagando, como brasas después del asado, como ese olvido que lucha con el recuerdo de lo recién soñado en esa lasitud propia de la duermevela. Es decir, desearíamos recordar pero la pereza nos vence.
Salíamos en cambio con Malva muy seguido a caminar y nos sentábamos en los bares de la noche a disfrutar tragos. Ella conoce todos los cócteles. Después de que el marido la dejó se consiguió un empleo de camarera y, casi enseguida, hizo un curso de barman y ascendió. Fue porque se “metejoneó” – como dice ella – con una mujer dueña de un bar nocturno, a la que finalmente sorprendió con otra y, dignamente, a raíz de suceso tan desgraciado, abandonó su empleo, encima, con el consentimiento explícito de la pecadora dueña que terminó riéndose de Malva a las carcajadas. Se puede decir entonces que en su vida fue doblemente corneada, primero por un hombre y después por una mujer. Ella me confió que se identificaba con su padre porque su mamá, Dolores Lacerba, lo había hecho cornudo mientras tuvo atractivos como mujer. No quise seguir preguntándole sobre esa confidencia porque me di cuenta de que le dolía bastante.
Pero sin duda con ella nos entendemos y hablamos mucho, largamente, planeamos viajes. Debo asentar en este diario que mañana saldremos a Mar del Plata juntas.
Debo apuntar también, todo diario es confesional, que cuando anoche apoyé la cabeza en la almohada vi  un horizonte de heno y rastrojos, como si me hubiera ido  hundiendo en el campo, pero en una llanura preparada como un lecho, quizá porque me dormí  imaginando tu Entre Ríos natal, aquélla ciudad llamada “La Paz” que ahora, seguramente, jamás conoceré. Como todos los mortales en esa situación no se, en ese momento, hacia dónde se dirigirán mis sueños. Me envuelve esa suave sensación de desgano y abandono y me voy descontracturando y aflojando. A partir de la renta dejada por mi padre, proveniente de sus toneladas que subieron y bajaron del ajetreo incansable de su vida y  me dejaron, entre otras rentas provenientes de préstamos hipotecarios, siete alquileres que ni siquiera administro, pero siempre cobro puntualmente, el saber que no debería preocuparme por mi sustento diario me otorgó la libertad de la que hoy disfruto, y esa misma tranquilidad y mi deseo de ayudar para no sentirme vacía”- me llevó a comprometerme con la Negra, trabajadora doméstica para nosotros desde mi adolescencia – “(ya no te hablo a vos, Negra, ahora le hablo a un lector imaginario de este diario)”.

Esta holgura económica - decía - me lleva también a sumergirme en esa llanura blanda y auspiciosa que le imagino a la infancia de un ser amado como un final feliz, y a dormirme hecha un ángel, sin sentir culpa y sin adjudicársela a los demás.
Muchos podrían decir que mi caso fue y es el de una chica rica que siempre se dio todos los gustos, y hasta el lujo de una doncella amante, que nunca pasó necesidades materiales y si así pensaran de mí tendrían razón. Noté, desde que tuve uso de conciencia, que lo que más desgasta y marchita a la gente es ganarse el pan con el sudor de sus frentes porque, estén con trabajo o desocupados, el estrés generado por cualquiera de las dos situaciones basta para agotarlos, para terminar extrayéndoles todas sus energías y fuerzas creativas, para afantasmarlos. Lo único que permanece vivo en la generalidad de la gente para mitigarles sus padecimientos es la ilusión, una forma del autoengaño; algo que los desrealiza todavía mas. Por eso, cuando puedo darme un placer me lo doy. Esa es mi filosofía de vida, como suele decirse. Además, este Diario no me deja mentir, lucho contra la soledad. Creo que si me masturbo, además de por mis atractivos físicos que el espejo testimonia – soy una Narcisa –, es por la soledad. Me rodea y trato de abatirla.
En fin, hoy salimos a Mardel, ganaré una importante batalla contra la soledad. Viajamos en micro para que el viaje dure, poder conversar a gusto, tomar mate, sentarnos a beber café en los bares de las paradas, contemplar la llanura argentina y adormecernos y dormirnos imaginando, con muchísima culpa, qué buenas son las vacas, mucho mas espectrales que nosotras.  Nos miran desde el campo con sus ojos enormes y melancólicos. Qué tiernos los terneros, valga la redundancia, y qué vividores malditos nosotros, los humanos, además ingratos, jamás podremos devolverles a los bovinos tanta entereza y generosidad como la que demuestran al brindarnos sus cuerpos para que no nos muramos de hambre por falta de calorías.-
- ¿No te parece? – le pregunté a Malva después de explicarle la idea mientras ella preparaba el mate y cuando ya había vertido desde el termo el agua tibia sobre el redondelito de yerba y me lo alcanzaba y yo contemplaba, a través de la ventanilla, de todas, una vaca  echada cerca de una alambrada.  Me había mirado particularmente, con mirada profunda hasta dentro del micro y aún cuando éste se alejaba me siguió observando.
- Como tema de conversación no le veo muchas posibilidades, pero dale, arriesgo mi primer punto: bíblicamente, Dios, le permite al hombre servirse de los frutos de la naturaleza que constituyen su creación; plantas, animales, peces de la mar…
- O sea que Dios ahí se pone a favor de la violencia en la naturaleza – repliqué.
- De la violencia, la astucia, el rencor, en suma, la mala onda, puesta al servicio de la supervivencia – explicó Malva mientras recuperaba el mate.
- ¿Para vos, que fuéramos vegetarianos, nos acercaría a la perfección? – pregunté. Advertí que otra vaca, también echada, pero esta vez bajo la sombra de un eucalipto, con ojos inquisidores, siguió brevemente nuestra trayectoria y captó lo esencial de nuestra charla. Pensé si el cerebro de la bóvida no funcionaría como un receptor de radio que hubiera seleccionado nuestra conversación para analizarla. Quizá las vacas fueran ángeles enviados por el Señor para vigilar nuestras conductas, que, después del golpe fatal en el matadero, ascenderían al cielo para alcahuetar nuestros pecados.
Malva, que ya se había cebado su propio mate y lo estaba sorbiendo con visible deleite porque además se había servido una galletita y la masticaba, olvidada de su sempiterno chicle, dijo por fin:
- Y sí, querida, ser vegetarianos nos acercaría a la perfección y no sólo eso, es muchísimo mas sano. Se ha comprobado científicamente que la ingesta de carnes rojas produce cáncer.
- ¿O sea que la vaca se venga?
- Se venga la hija de puta
Abracé a Malva. – Vos pensás como yo – le aseguré – Escuchame: la vaca es una alcahueta de Dios.
Nos volvimos a abrazar. Ella pensaba lo mismo. Nos comenzamos a reír y estuvimos un rato riéndonos de las boludeces que decíamos.
- ¿Podríamos los humanos prescindir del absurdo, de las pelotudeces? – se me ocurrió preguntar de pronto.
- Esto sería reconocer que el absurdo, las pelotudeces, verdaderamente, no tienen sentido – contestó riéndose Malva, que siempre recogía el guante, el reto que implica toda pregunta.
- Y creo que, a raíz del breve seminario sobre la vaca se me ha ocurrido, debemos reconocerle al absurdo, al ridículo, y ésto lo dotaría de enorme sentido, que en su sitio cabe o está encerrado el gran Rey…
- ¿Quién es?
- El humor.
- Es verdad, tenés razón, el humor es un rey, nos divierte, nos hace llevadera la vida y…
- Es un ejercicio, a veces un alarde, de la inteligencia. Además nos saca del autoengaño, que suele ser la ilusión. El humor le quita solemnidad a todo y nos devuelve al mundo, a la tierra.
- Si los hombres y las mujeres no nos pudiéramos reír de nosotros mismos, si no hubiera entre nosotros sentido del humor, estaríamos perdidos.
- Estaríamos – subrayó Malva y me alcanzó otro mate.
- ¿De dónde nos vendrá a los porteños el hábito de repetir las últimas palabras de las frases?
- Seguro que de los indios ¿Te explico por qué?
- ¡Claro! ¿Qué te parece?
- Mirá, yo tengo una teoría, es esta: todo lo que no está culturalmente explicado y desarrollado viene de ellos, de los indios. Los argentinos desde siempre únicamente nos tomamos en serio lo que viene de Europa o de Norteamérica. Lo demás es para nosotros como una especie de tara o tic o estigma, un atavismo, como una remota herencia de reflejos que tratamos de disimular. Para mi que los indios vivían la vida con más calma, con una especie de compás o ritmo acompasado. Y cuando hablaban se detenían en las frases y las palabras, las ponían a consideración del huésped. Invitaban a que el interlocutor mirara, observara lo que decían, entonces, con la repetición de la última palabra cerraban la frase e invitaban a considerarla, a imaginarla.- explicó Malva.
- Si con lo que decís aludís a las tribus pampas, te acoto que me cuesta conciliar esa actitud tan culta con lo que se lee en el Martín Fierro acerca de cómo vivían los infieles. Pero, en fin, no sabemos gran cosa – dije y no hablé a continuación porque nos besamos y después nos contuvimos haciéndonos las frías y mirando cada una para su costado porque la gente es mala y comenta. Hasta que el cabeceo del micro nos durmió a las dos, creo”.-


Amilcar Luis Blanco ("Las amigas", pintura de Gustave Klimt) 

jueves, 7 de agosto de 2014

CUARTO CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"


COURBET IMAGEN


                                                                4


Para no tener que salir, previendo que podrías estar abajo, en el palier de entrada o en la vereda, telefoneé a Malva. Cuando escuché el portero y reconocí la voz juvenil de mi flamante amiga me sentí aliviada.
Los grandísimos ojos negros curiosos, como de gacela, la piel blanquísima, el vestido negro escotado de falda muy corta, los tacos altos, el pelo renegrido a la garzón, pero el rouge ya no malvón, sino de un rojo vivo, se me plantaron de frente. Malva se quitó nuevamente un chicle de su boca, lo metió prolijamente dentro de un pañuelo de papel; lo sacó de su cartera fina y larga que parecía un estuche ancho y me besó con labios húmedos y carnosos. Había algo africano en ella, intrigante. Intuí que venía por más, y con todo.
- ¡Nena, cómo estás! Venís con todo. Pará, vamos a sentarnos.
La idea que me asaltó en el momento de abrirle y saber que vos, Negra, habías abandonado tu vigilia frente a mi domicilio, valga la redundancia, es que yo no tengo idea de lo que pasa dentro de mi cuerpo y lo enfrento a cualquier experiencia. Como todos, si estuviera enferma de una enfermedad terminal no podría darme cuenta y cuando me diera cuenta ya sería tarde. Los seres humanos somos demasiado complejos, demasiado frágiles y demasiado vulnerables. Pero si me hubiera muerto de una enfermedad terminal en poco tiempo tu remordimiento por traicionar a Alejandro hubiera impedido que nos volviéramos a ver, ya para siempre. Nuestra despedida habría sido en realidad un hasta nunca.
Por eso invité a Malva a que primero se sentara y enseguida se calmara. Su entusiasmo no era compatible con mi ansiedad y mi tristeza y había sentido un retortijón, una especie de presagio de tormenta intestinal ¿Sería la emoción producida por la reacción química de mi cuerpo al enfrentarme al suyo, el de una nueva mujer extraña, directa y sin inhibiciones, después de mi desplante ante vos, Negra? No lo sabía, pero si de entrada nomás me dejaba arrastrar por la pasión, por el entusiasmo, digamos hormonal, despertado por aquélla recién conocida muchacha, y que se sobreponía misteriosa pero tan saludablemente a mi depresión, estaría perdida.
Me entendió bien porque se sentó sin pronunciar palabra. Le ofrecí un whisky. Me aferró la mano con la que le alcancé el vaso, la rodeó con la suya para retenerla. Tuve un pequeño espasmo y comencé a sollozar sin poder contenerme. Malva alargó entonces su otra mano, me tomó de la cintura y tironeó un poco de mí cuerpo para atraerlo a su lado en el sillón. Me dejé llevar, caí sentada a su costado y apoyé mi frente y mi cara compungida entre sus pechos para poder llorar a gusto. Me acarició el pelo, la nuca, me dio suaves palmadas en la espalda, me besó en la cabeza, en las mejillas, en la frente, en los párpados y finalmente en la boca, la suya era un anillo de fuego sobre mis labios helados. Entonces, ya de nuevo, pese a mi congoja, no pudimos detenernos y todo fue muy tierno, muy dulce, pasando de la humedad lacrimosa del consuelo al fuego de la pasión. Otra vez nuestros cuerpos se metieron en una especie de tobogán o corriente incesante y cuando el trance terminó quedamos una a la orilla de la otra, como si fuéramos dos praderas palpitantes separadas por un tembloroso río y no dos mujeres acostadas rozándonos los cuerpos. Ya no sentía el desconsuelo, ni la sensación de vacío en el estómago. Pensé, por un momento, Negra, que las dos nos habíamos salvado de y con tu pesadilla. Yo, porque había encontrado otro amor y vos porque habías vuelto a Alejandro.
Cuando me recuperé, me levanté y encendí un cigarrillo; así desnuda como estaba caminé hasta la ventana. La vida fluía nuevamente. Desde mi departamento se veían los edificios de enfrente pero también un claro abierto, provocado por el espacio sobre los techos de edificios más bajos; permitía que la vista se extendiese hasta perfiles grises de delgadas antenas, chimeneas, terrazas con ropas tendidas agitadas por el viento, balcones con macetas y plantas y, más allá, el perfil del río y la bruma sobre el agua rosada. Exhalé el humo del cigarrillo. Malva se incorporó también, me pidió fuego y en la semipenumbra conecté la brasa de mi cigarrillo con el extremo del suyo.  Al hacerlo, le tomé la mano y sentí su calor.
- Conversemos- le dije. Se dejó caer a mi costado, liviana y perfumada.
- Okey. Yo empiezo – contestó
 - ¿En qué época de tu vida te diste cuenta de que eras lesbiana?- atacó enseguida.
Hice una pausa y me propuse defenderme y ser lo mas veraz que me fuera posible.. Después de pensarlo bien le dije:
- Lesbiana, quizás no sería la palabra adecuada. A la palabra la definí mas tarde. Simplemente me di cuenta de que deseaba y necesitaba otra mujer cuando tenía diecisiete años y me enamoré de una compañera, entre medio de mis dos ingenuos, inocentes y bien intencionados padres que me adoraban, en vísperas de mi ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras, en aquéllos años de plomo.
- ¿Pensaste entonces que un hombre nunca te gustaría?
- Pensé en el matrimonio con un hombre como una necesidad cruel y dolorosa. Casarme para disimular, para que mis padres no sufrieran aunque yo tuviera que padecerlo y para que la gente no se inmiscuyera en mi verdadero deseo. Fue un propósito arduo, doloroso, y que jamás se cumplió en mi caso, aunque mis padres jamás tampoco se enteraron ¡Gracias a Dios! de mis verdaderas inclinaciones
- ¿En la adolescencia te hacías alguna idea acerca de tu futuro como, digamos, “mujer distinta” o mujer que desea a otra mujer?
- Después de que la chica de la que me había enamorado huyó espantada, una vez que en un baño de la Facultad intenté besarla y acariciarle un seno, quedé desengañada y amargada, lloré durante casi una semana en secreto y quise renunciar a mi deseo, a lo que descubrí que era en realidad, es decir yo era y soy mi deseo o preferencia sexual, entre otras cosas.
- ¿Tus padres, tus hermanos, no se daban cuenta de que algo te pasaba?
- No tengo hermanos y como única hija mis padres estaban embobados, como ciegos conmigo.
- Y, actualmente, te resulta difícil conciliar tu condición de lesbiana y el papel social de mujer que te ves obligada a asumir.
- A veces, pero, ¡me acostumbré tanto! Esta época ha terminado por dar un aspecto tan irrisorio o tan ridículo a la “preocupación social” que me ayuda a liberarme un poco en lo que respecta a mi inclinación lésbica. Cuando estaba con mi pareja y hacíamos el amor, encerradas, escondidas, sentía que lo que hacía era algo valioso y, a la vez, delicado. Para no deprimirme siempre me digo a mi misma que cuando cumplo con mi deseo más intimo estoy respetándome, o sea, respetando mi libertad ¿Y a vos, como te va? – pregunté a mi vez.
 Sobre todo porque me escuchaba hablar sobre mí misma como ni siquiera lo hacía en mis soliloquios interiores. Malva respondió después de acomodarse cruzando sus atractivas piernas, separarse un poco más de mí hacia el extremo del sillón, encenderse un cigarrillo, aspirar profundamente y soplar una tenue y acelestada bocanada:
- Mirá, yo me di cuenta de que me podía metejonear con una mina cuando ya era bastante grande, veinticinco años y ahora tengo treinta y dos, después que me separé de mi marido o que él me abandonó. Lo mío fue algo muy sorpresivo, inesperado. Tardé en dejar de sentirme en falta, culpable, pero creo que, ahora, igual que vos, lo he conseguido o lo estoy haciendo. Siempre fui medio potra, bastante chúcara, como dirían en mi pueblo.
- ¿Te sentís, entonces, satisfecha con tu personalidad lésbica?
Malva se acomodó de nuevo moviendo su poderosa cola y dio otra pitada antes de responder, finalmente dijo:
- Te diría que muy satisfecha en mis relaciones privadas, en mi relación con vos, ahora, por ejemplo. Pero el aspecto público de mi inclinación, el buscar programas cuando me quedo sola, jamás me ha gustado, me resulta insoportable, me hace sentir una puta cualquiera.
- O sea, la otra noche me buscaste…
- ¿No me digas que no te sentiste halagada y un poco puta vos también? – me cortó.
- Creo que se me mojó – le respondí guiñándole el ojo. Era verdad. Quise saber más de ella. Así que seguí preguntándole:
-Tenés mucha energía y la noche que nos conocimos estabas caliente. Si de pronto te dejaran de gustar las mujeres ¿pensás que podrías sentirte igualmente feliz?
- Sí, porque también me gustan los hombres. Pienso que lo que de verdad no toleraría es la falta de deseo. Es como si la libertad sólo se justificara cuando está ocupada por el deseo – explicó Malva. Enseguida preguntó: ¿Y, en el caso tuyo, que comenzaste a comportarte como lesbiana a tus diecisiete, pensás que la experiencia de haber comenzado tan joven te sirvió, que de otro modo hubieras perdido tiempo?
- Seguramente que sí. Pero sobre este punto no tengo complejos. Mi conducta ha sido siempre, desde que tuve aquél traumatizante desengaño, aceptar únicamente de las mujeres que me interesan las que a su vez también me demuestran interés. No creo haber tenido ni más ni menos levantes o conquistas por haber comenzado antes. Creo haber tenido los que Dios o el destino han querido regalarme.
- ¿Pero el tener más experiencia te da una cierta solvencia, o no? – volvió a inquirir mi invitada. Parecía estar verdaderamente interesada, y quizá lo estaba.
- No creo. Toda relación es un misterio. En verdad no creo haber aprendido a seducir. En todo caso quizá a escuchar. Lo considero más importante – le respondí.
- ¿Pero no te considerás acabada, no?
- ¡Nena! Tengo apenas cuarenta y cinco años ¿Vos me considerás acabada?
- ¡Para nada, mamita! Mis preguntas se inspiran en tus respuestas.
- Vale, como dicen los españoles, si querés seguí preguntando.
- Sigo ¿Habitualmente, hacés planes en tu vida o te gusta descubrir lo que harás a medida que vas viviendo?
- Las dos cosas. Hago planes y las circunstancias los modifican y me adapto, lo acepto, algunas veces con alegría, otras con tristeza y resignación. Trato de no desesperar, ¡siempre!
- Tu método es entonces tratar de no desesperar…
- Exacto ¿Y el tuyo?
- Creo que lo mismo. Cuando estás enamorada, ¿te gusta hacer confidencias con alguien?
- No tengo amigas o amigos. Cuando estuve enamorada, mi amor, mi pareja, fue mi amiga, mi confidente.
- Sos obsesiva, absorbente, posesiva…
- Es verdad, lo soy, pero trato de no serlo. Trato siempre de respetar a la otra persona.
- ¿Lo conseguís?
- No siempre, sólo a veces, a veces me siento un poco invasora.
- Pero, ¿no experimentas la necesidad de hablar de la persona amada?
- No. Y cuando excepcionalmente lo hago quedo descontenta conmigo.
- Pero ahora, por ejemplo, que tu relación terminó y te sentís como la mierda, me imagino que sí, que querrás hablar de ella…
- Y, bueno, ahora sí, con vos, que te estás ganando ese derecho a indagarme, a que te chusmeé todo.
- ¡Quiero besarte, quiero besarte…!
Luego de la exclamación Malva se apretó más contra mí, puso su boca sobre la mía y me tomó de la nuca de manera que dirigió el beso y se hizo dueña de mí de nuevo y dejé de pensar. Al rato, cuando abandonamos las dos ese momento, prendí otro cigarrillo. Mientras fumaba pensé que la conversación que habíamos tenido no había sucedido nunca o había sucedido siempre. Sentí que estábamos las dos saturadas de comunicación, que nos habíamos entendido demasiado pronto y demasiado bien aunque yo supiera menos de Malva que ella de mí. Ella había sido la interrogadora y yo la interrogada. Me pareció que había preguntado más que yo. Con vos, Negra, eso no había sucedido jamás. Como dije antes, entraba en vos como en el agua o como en una tormenta o un día de sol, con placer, sin preguntas y sin culpa. Me metía en tus humores corporalmente, gestualmente, cotidianamente, con naturalidad. Era como si no necesitáramos del diálogo para comunicarnos. No mediaban entre nosotros las palabras sino los hechos. Creo que lo voy descubriendo a medida que pienso y escribo y me alejo de vos. Creo que no fue tu pesadilla. Nuestra distancia comenzó como una especie de crepúsculo fatal de un día que se fue para no regresar, como se va la vida, en bicicleta, en aquélla que te dejé para que nos alejáramos. Creo también que las dos lo aceptamos y dejamos ocurrir entre nosotras esa puesta de sol, ese hundimiento de la luz, de la fe recíproca y compartida. Quizá el día en que Alejandro le pagó al oficial tomé conciencia del enfriamiento y pude comenzar a ponerlo en palabras, aún sin saber que habías tenido esa pesadilla.”

Amilcar Luis Blanco  (Pintura de Gustave Courbet)

lunes, 4 de agosto de 2014

Concierto N° 1 de Tchaicovsky


TERCER CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"

                                                       

                                                                               3


¡Paremos, paremos! Toda novelista o cuentista debe preguntarse a esta altura qué es lo que quiere contar. En realidad una está hablando siempre de sí misma ¡Qué importancia tiene! Sigamos Elena.
“Me rebelé contra tanta desgracia, pensé: la vida es acción de una misma y no sólo de los demás o de los acontecimientos externos sucedidos a nuestro alrededor. Inspirada en la convicción de esa iniciativa propia, como remedio para los males del alma, anoche, después de abandonar la escritura de este borrador, me puse a caminar por el barrio. El deseo de ahuyentar las tristezas me llevó, como mareada, a internarme por la Avenida Scalabrini Ortiz, antes Canning. Bajé de mi departamento, casi en la intersección con Avenida Corrientes, y me puse a caminar hacia el lado de Santa Fe, mirando gente, vidrieras iluminadas, bares, pero sin prestar atención a nada fijo, excepto a nuestras congéneres, las minas.-
 Sabés, siempre me han gustado las mujeres, desde chica. Te lo confié, recuerdo, después que atraje hacia mi boca la tuya y nos regalamos ese profundo y caliente primer beso y sentí la necesidad de explicarte. No me puedo resistir a veces ni a mi desnudez en el espejo y debo masturbarme y, ni hablemos, a un buen par de lolas o piernas descendiendo desde una breve minifalda hacia la vereda o el asfalto o la calle adoquinada, enfundadas en medias de diferentes trazos o desnudas, exhibiendo esa morbidez y turgencia tan especiales de nuestras extremidades femeninas. Te cuento que al llegar a la esquina de Santa Fe y no recuerdo qué otra calle divisé una.  Me miraba, desde unos grandísimos ojos negros curiosos. Tenía la piel blanquísima y un rouge de color malvón, apasionado. Me acerqué a centímetros de su rostro, que me sostuvo la mirada, con el pretexto de pedirle fuego y le pregunté si estaba desocupada. Me dio un sí lánguido, la llama del encendedor iluminó brevemente su boca y después de mi primera bocanada, sin dejar de observarnos, nos aferramos las puntas de los dedos a manera de presentación.-“Elena”-dije.-“Malva”- respondió. Enseguida comenzamos a caminar juntas hacia su departamento, un edificio altísimo, una torre muda y cuadrada. Entramos en silencio al palier del edificio mirándonos. La chica, no tendría treinta, cuerpo de mulata, vestida sólo con minifalda y transparencias, había aumentado el ritmo de mis latidos y la frecuencia de mi respiración. Fingía despreocupación masticando un chicle, pero igual advertí que estaba tan turbada como yo. Cuando cerramos las puertas del ascensor, de hermético acero, la sentí, jadeaba. Se quitó el chicle, lo tiró en un recipiente para residuos, un cubo, también de acero, al costado de la puerta, yo tiré mi cigarrillo como estaba y nos besamos.  Las dos temblábamos de deseo. Creo que sólo le di tiempo y espacio para que pudiera extraer su llave de la cartera, abriera la puerta del departamento y la volviera a cerrar detrás de nosotras antes de que cayéramos en su cama de dos plazas o mas, verifiqué ese detalle; por fin habíamos encontrado algo muelle y blando para refugiarnos. Estábamos enloquecidas, encendidas, apasionadas. No obstante, como cuadra a dos mujeres, nos permitimos ir quitándonos la ropa lentamente, con toda la delicadeza de la que fuimos capaces, mientras nos propinábamos pequeñísimos besos en distintas porciones de nuestros cuerpos. Había un gran ventanal; exhibía los contrastes de luz y oscuridad de la noche porteña un poco más abajo del piso en el que estaba el departamento, seguramente bastante alto, quizá en el número veinte o más. Me sentí en el paraíso y en ningún momento pensé en vos. Sí, después, cuando concluimos nuestra fiesta erótica y Malva me ofreció compartir un porro. Nos dejamos deleitar por el humo.  Nos penetró mucho más allá de los pulmones, por supuesto. La habitación estaba en penumbras, nosotras iluminadas, irradiábamos. Nos sentamos apoyando nuestras espaldas en el respaldo y nos miramos muchas veces y nos volvimos a besar otras tantas, entregadas a nuestras ganas y a jugar sin límites a satisfacernos, aunque nos detuviéramos cada tanto para cambiar palabras, gestos, sonrisas. Sentimos en nuestros cuerpos desnudos e inocentes, como si fuéramos animales sin memoria, el amor que practicamos en ese momento, y no estuvo hecho de abstracciones ni recuerdos. Me pregunté cuándo volvería a la realidad. También, un poco alarmada y con culpa, qué me diferenciaba en ese momento de los chicos de la villa en los momentos en que quedan con los ojos hacia dentro y la imaginación vacía después de aspirar Paco.
Malva me sacó de la elucubración saliendo ella de la cama y tomándome de la mano.
-Vení – me dijo – vamos a tomarnos algo rico ¿Qué querés?
- Después de esto creo que me vendría bien algo fuerte.
-¿Algo cómo…?
-Whisky ¿Podría ser?
- Podría ser.-
Malva caminó conmigo en medio de extraños objetos hechos de vidrios y metales que despedían destellos hasta un barco de madera lustrada en un rincón de un living grande con piso de mármol sobre el que había pintada la superficie del mar, como si fuera una gigantesca fotografía; impresionaba, parecía que quien pisaba se fuera a hundir. Bajo la borda del galeón estaban depositados las botellas y los vasos en un compartimiento de cristal iluminado, de modo que los diferentes colores de los líquidos producían un irisado destello. Sacó todo de la barriga lustrosa preñada de luces e iridiscencias del bajel, lo apoyó sobre la barra borda y comenzó a sacudir el pico de la botella que contenía el líquido color miel sobre el cristal tallado del vaso ancho y chato. Lo llenó hasta la mitad. Me acompañó ella también con un escocés.-
- Y, contáme, Elena, estás sola?
- ¿Y vos?
- A mi me dejaron.
- A mí también.-
- ¿Quién, un novio, una novia?
- Una novia. ¿Y a vos?
- Es una historia larga. ¿Y a vos tu novia, hace mucho, poco, cómo fue?
- Mirá que sos curiosa. Hace poco. Ella es casada.
-¿Conocés al marido?
- Sí, es un amigo.
- ¡Jodido! ¿No?
- Jodidísimo.
- ¿Y ahora?
- Ahora nada.
- Bueno, si no querés no me cuentes.-
No quería. Se me habían terminado las ganas de hablar. La miré, le sonreí y la volví a besar con suavidad.
Cuando dimos fin a los whiskies nos despedimos con ánimo de volver a vernos e intercambiamos los teléfonos. Nos llamaríamos cuando las dos o alguna de las dos tuviéramos ganas y veríamos. Llegué a mi departamento a la madrugada y pasé por una panadería abierta para comprarme cuatro facturas. Me las comí enseguida, vorazmente, con el paquete apenas abierto sobre la mesada de fórmica clara, que ya reflejaba las estridencias luminosas de la mañana, para enseguida echarme sobre las sábanas de mi cama y, luego de desnudarme, dormirme profundamente y sin sueños.
Como sigo viviendo sola, y la perspectiva de encontrar otra aventura me estimuló, no me costó mucho la noche siguiente seguir saliendo de cacería. Buenos aires está lleno de mujeres solas, prostitutas o simplemente despistadas, y de zonas rojas, por lo menos en estos pocos años que lleva el siglo veintiuno. La segunda noche no tuve la misma suerte que la primera. Deambulé sin demasiado éxito. Esta vez llegué hasta Avenida Las Heras, bastante oscura. Me sedujo cruzar el enorme parque en el que antes estuvo, hace muchísimos años, la penitenciaria y que, de día, sirve para que la gente tome sol liviana de ropas y los paseadores de perros lleven a los caniles que hay allí los ejemplares de las distintas razas que se aburren a morir en los departamentos de la zona y ladran, roncos y monótonos, ásperamente, como para tratar de raspar o erosionar la indiferencia de los humanos que los convierten en sus mascotas. Observé, a esa hora de la noche, una noche con luna, algunas parejas sobre los bancos; las chicas a caballito sobre los muslos de los muchachos, pegados en un abrazo un tanto gomoso y en besos que supuse igualmente húmedos. Parecían marionetas de trapo y hule patinadas por luces y sombras. Pero esta vez no hubo alguna mujer especial que se fijara en mí o yo en ella. Las pocas que crucé parecían distraídas o, cuando no, abismadas tal vez en sus propias desgracias, meditándolas o, muy burda y provocativamente, las del oficio mas antiguo, mirando a los paseantes para obtener algún dividendo de su trashumante profesión. Extrañé un poco a Malva y a su living oceánico. Al extraño galeón que nos había devuelto a tierra después de nuestro amor, intenso como una aventura de Ulises.
En la atmósfera había un olor pesado y maloliente, como a aliento de borracho, o a milanesa cuando, ya pasada, está comenzando a podrirse.  Un aroma de noche de verano, pero desagradable, a flores fétidas, a cuerpos que hubieran transpirado en demasiadas oportunidades sin bañarse, a sábanas muy usadas o a catinga, antigua y misteriosa palabra que escuché en boca de mi abuelo y me explicaron que aludía al fuerte olor a cuerpos sucios de la gente de color. Entonces comencé a tomar conciencia de lo mugrienta que podía resultar una ciudad tan trajinada como Buenos Aires. Bolsas de basura de polietileno negro, de consorcio, abiertas como vientres de delgadísima piel, dejando escapar sus contenidos estomacales o intestinales de hedores rancios, derrumbadas sobre veredas húmedas y oscuras, husmeadas por perros hambrientos, se veían en las calles mal iluminadas y en las avenidas. No sólo la villa estaba atravesada por el humo de las quemas de basura, según había visto y olido en mis caminatas contigo, Negra; también los barrios más pulidos de la ciudad podían abrirse y corromperse como cadáveres.
Huí, literalmente espantada, hacia un café en la esquina de Coronel Díaz y Juncal, un sitio agradable, limpio y bien iluminado, como en un célebre cuento de Hemingway. Me senté a una mesita con mantel verde, a la vera de un gigantesco ventanal que daba a la avenida y pedí un café. Quería mantenerme despierta, así que encendí un cigarrillo. Últimamente, si podía, evitaba fumar. Había que predicar con el ejemplo. En la villa, la comisión de vecinos que habíamos conformado se proponía entre otras metas combatir y, si era posible, acabar con las adicciones. Pero, qué se podía hacer; las adicciones nacen de las desilusiones y los fracasos, surgen de la imposibilidad constante de cumplir con los sueños y los deseos. Esa necesidad tan humana de consumir lo que las publicidades ofrecen tan estética y seductoramente, dirigiéndose, impiadosamente y por igual, a los que pueden y a los que no pueden.
En fin, me vi soplando una larga viga de humo blanco contra la negrura que servía de fondo infinito tras el cristal del ventanal, expuesta, junto a otros parroquianos trasnochados y noctámbulos allí sentados, frente a los ojos, a veces curiosos, de los escasos paseantes. Recordé el cuadro de un plástico neoyorquino cuyo tema es un bar y un tipo solo sentado a la barra. Es también de noche y una luz cenital proveniente, suponemos, de tubos fluorescentes invisibles pero encendidos en el centro del ámbito encerrado por la barra, donde un barman hace girar un repasador en el interior de un vaso largo, crea en quien mira el cuadro un agobiante sentimiento de soledad y abandono que sugiere algo así como una infinita nada voraz a su alrededor; ese vacío, por supuesto, inmediatamente nos alcanza como espectadores. Siempre fui aficionada a la plástica y el acordarme del planteo escénico de esa tela me llevó, por asociación, a las de Giorgio de Chirico, aquéllas en las que no hay persona acompañando la soledad, sino que de Chirico nos la muestra desnuda en la ciudad iluminada y, a la vez, asombrada, por la luna.- Un griego, testigo de una Atenas abandonada por el tiempo.-
Negra querida. Yo entraba en vos como en un cuadro o como en el océano o como en el viento. Siempre de una manera física y fluida, casi infinita, sin pensar. Jamás quise, ni creo tampoco vos, ofender a Alejandro.
Hoy me llamaste, después de que anotara en esta carta o diario lo que había sentido ayer noche sentada en el bar. Quisiste verme y hablarme. Te recibí, por supuesto, hablamos y, por lo ocurrido creo, te seguiré escribiendo esta larga carta o epístola, casi bíblica para mí, dirigida a tu ausencia, hasta que ya no quiera recordarte.
Vuelvo a la tarea. Reproduzco, o trataré de hacerlo, nuestra inútil y decepcionante entrevista. Cruzaste el marco de mi puerta, el pasillo de mi departamento estaba casi en penumbras y el palier igual, apenas iluminado, de ese modo no alcancé a ver la expresión de tu cara, sólo cerré la puerta rozándote el cuerpo, conmovida, habiendo respirado ya ese vago olor a lluvia que siempre te anticipa. Nos abrazamos y quise besarte en la boca, entrar en su espesura, pero me la sacaste. Sentí de nuevo una rugosa piedra que no terminaba de pasar por mi garganta cuando tragué saliva, y el corazón se me desmayó un poco. Otra vez el brillo de tus ojos negros huía y tu cabello partido en largos mechones mostraba tu boca compungida. Estabas con ese vestidito de gasa negra.  Te lo había regalado; destacaba tus formas de muchacha y la belleza resplandeciente de tu mirada, tus labios, tu pelo, daba también luz a tu expresión, mezcla de humildad y deseo. Bruscamente, después de haberme recién rechazado, me tomaste por el cuello, me acariciaste la nuca con tus dos manos, te colgaste de mí como otras veces, nos besamos.
- Señora Pantera de los ojos verdes, señora Elena – me dijiste como tantas otras veces cuando bromeábamos.  Nos quitamos la ropa, un poco sin saber qué haríamos ya que, compungida y a la vez sonriente, llorabas reprimiendo los sollozos y el agua de tu llanto descendía sobre tus mejillas morenas, bañándolas en una pátina de luz.
- Te quiero, señora Pantera de los ojos verdes – repetiste nuevamente.
- ¿Qué te pasa?  Estás llorando – interrumpí parándote en seco, como bien se dice, deteniéndote. Me desconcertabas.
- Tuve una pesadilla, algo horrible – dijiste por fin, mientras no cesabas de apretarme.
- ¿Qué ocurría en tu sueño? ¡Contame, por favor!
Te soltaste, caíste sobre el diván de gobelinos que tanto te gustaba, desnuda como habías quedado, frustrado nuestro intento de amarnos, llevaste tu mano a la frente y esta vez tu cuerpo se dobló en una arcada. Te tomé de la cabeza, corrimos las dos al baño.  Agarraste los bordes del inodoro que habías fregado tantas veces con tus pequeñas manos morenas, vomitaste. Después, cuando conseguí que te calmaras, me contaste:
- En mi pesadilla Alejandro nos veía en la cama, desnudas, haciéndonos el amor. Yo me quedaba muda, desconcertada, sólo le decía, ¡Alejandro, Alejandro! El retrocedía, estaba blanco como un fantasma. En una mano tenía un objeto oscuro que no alcanzaba a reconocer enseguida. Por fin vi que era un revolver. Lo apuntaba contra su corazón, disparaba, su corazón estallaba y su sangre me daba en los ojos. Desperté empapada en transpiración, aterrada, gritando.
- ¿Tu pesadilla fue, por casualidad, la noche antes del día en que Alejandro le pagó al oficial de justicia y yo te llevé la bicicleta?
- Sí ¿Cómo te diste cuenta?
- Ese día no me diste ni cinco de pelota.
- Ahora vine a decírtelo,…y no quiero verte mas, disculpame – concluiste. De pronto habías quedado seca, sin llanto, aliviada.
No supe responder enseguida. Me tomé una mano con la otra y me dejé caer sobre el asiento del diván. Te alcancé el vestido negro de encaje.
- Ponételo – ordené y obedeciste sin chistar
 Seguí sin saber qué hacer y menos qué decir. Comencé a sollozar, de manera involuntaria, por supuesto. Fui incapaz de contener mis convulsiones; me llegaban del estómago, del diafragma, del pecho y sobre todo, creo, del corazón acongojado e impotente. Quisiste consolarme. Te acercaste y procuraste contenerme en un abrazo. Te rechacé, soy consciente de que te empujé. Me sentía lastimada, indignada.-
- Está bien, andate – dije. Insististe en acercarte. Me incorporé entonces y te tomé de un brazo y te obligué a caminar hasta la puerta, la abrí, te empujé afuera y cerré. Di las dos vueltas a la llave. Te escuché llamarme en el palier, vos también llorabas. Cerré mis oídos, te odié, pero sentía que me desgarraba. A la mañana siguiente comencé a escuchar la estridente intermitencia de los timbres del teléfono y, en mi celular, las románticas primeras notas, ahora ridículas, del concierto número Uno de Tchaikovsky. Apagué el celular y descolgué el teléfono de línea.- Sabía que eras vos pero nada quedaba para decirnos.-“

Amilcar Luis Blanco