lunes, 4 de agosto de 2014

Concierto N° 1 de Tchaicovsky


TERCER CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"

                                                       

                                                                               3


¡Paremos, paremos! Toda novelista o cuentista debe preguntarse a esta altura qué es lo que quiere contar. En realidad una está hablando siempre de sí misma ¡Qué importancia tiene! Sigamos Elena.
“Me rebelé contra tanta desgracia, pensé: la vida es acción de una misma y no sólo de los demás o de los acontecimientos externos sucedidos a nuestro alrededor. Inspirada en la convicción de esa iniciativa propia, como remedio para los males del alma, anoche, después de abandonar la escritura de este borrador, me puse a caminar por el barrio. El deseo de ahuyentar las tristezas me llevó, como mareada, a internarme por la Avenida Scalabrini Ortiz, antes Canning. Bajé de mi departamento, casi en la intersección con Avenida Corrientes, y me puse a caminar hacia el lado de Santa Fe, mirando gente, vidrieras iluminadas, bares, pero sin prestar atención a nada fijo, excepto a nuestras congéneres, las minas.-
 Sabés, siempre me han gustado las mujeres, desde chica. Te lo confié, recuerdo, después que atraje hacia mi boca la tuya y nos regalamos ese profundo y caliente primer beso y sentí la necesidad de explicarte. No me puedo resistir a veces ni a mi desnudez en el espejo y debo masturbarme y, ni hablemos, a un buen par de lolas o piernas descendiendo desde una breve minifalda hacia la vereda o el asfalto o la calle adoquinada, enfundadas en medias de diferentes trazos o desnudas, exhibiendo esa morbidez y turgencia tan especiales de nuestras extremidades femeninas. Te cuento que al llegar a la esquina de Santa Fe y no recuerdo qué otra calle divisé una.  Me miraba, desde unos grandísimos ojos negros curiosos. Tenía la piel blanquísima y un rouge de color malvón, apasionado. Me acerqué a centímetros de su rostro, que me sostuvo la mirada, con el pretexto de pedirle fuego y le pregunté si estaba desocupada. Me dio un sí lánguido, la llama del encendedor iluminó brevemente su boca y después de mi primera bocanada, sin dejar de observarnos, nos aferramos las puntas de los dedos a manera de presentación.-“Elena”-dije.-“Malva”- respondió. Enseguida comenzamos a caminar juntas hacia su departamento, un edificio altísimo, una torre muda y cuadrada. Entramos en silencio al palier del edificio mirándonos. La chica, no tendría treinta, cuerpo de mulata, vestida sólo con minifalda y transparencias, había aumentado el ritmo de mis latidos y la frecuencia de mi respiración. Fingía despreocupación masticando un chicle, pero igual advertí que estaba tan turbada como yo. Cuando cerramos las puertas del ascensor, de hermético acero, la sentí, jadeaba. Se quitó el chicle, lo tiró en un recipiente para residuos, un cubo, también de acero, al costado de la puerta, yo tiré mi cigarrillo como estaba y nos besamos.  Las dos temblábamos de deseo. Creo que sólo le di tiempo y espacio para que pudiera extraer su llave de la cartera, abriera la puerta del departamento y la volviera a cerrar detrás de nosotras antes de que cayéramos en su cama de dos plazas o mas, verifiqué ese detalle; por fin habíamos encontrado algo muelle y blando para refugiarnos. Estábamos enloquecidas, encendidas, apasionadas. No obstante, como cuadra a dos mujeres, nos permitimos ir quitándonos la ropa lentamente, con toda la delicadeza de la que fuimos capaces, mientras nos propinábamos pequeñísimos besos en distintas porciones de nuestros cuerpos. Había un gran ventanal; exhibía los contrastes de luz y oscuridad de la noche porteña un poco más abajo del piso en el que estaba el departamento, seguramente bastante alto, quizá en el número veinte o más. Me sentí en el paraíso y en ningún momento pensé en vos. Sí, después, cuando concluimos nuestra fiesta erótica y Malva me ofreció compartir un porro. Nos dejamos deleitar por el humo.  Nos penetró mucho más allá de los pulmones, por supuesto. La habitación estaba en penumbras, nosotras iluminadas, irradiábamos. Nos sentamos apoyando nuestras espaldas en el respaldo y nos miramos muchas veces y nos volvimos a besar otras tantas, entregadas a nuestras ganas y a jugar sin límites a satisfacernos, aunque nos detuviéramos cada tanto para cambiar palabras, gestos, sonrisas. Sentimos en nuestros cuerpos desnudos e inocentes, como si fuéramos animales sin memoria, el amor que practicamos en ese momento, y no estuvo hecho de abstracciones ni recuerdos. Me pregunté cuándo volvería a la realidad. También, un poco alarmada y con culpa, qué me diferenciaba en ese momento de los chicos de la villa en los momentos en que quedan con los ojos hacia dentro y la imaginación vacía después de aspirar Paco.
Malva me sacó de la elucubración saliendo ella de la cama y tomándome de la mano.
-Vení – me dijo – vamos a tomarnos algo rico ¿Qué querés?
- Después de esto creo que me vendría bien algo fuerte.
-¿Algo cómo…?
-Whisky ¿Podría ser?
- Podría ser.-
Malva caminó conmigo en medio de extraños objetos hechos de vidrios y metales que despedían destellos hasta un barco de madera lustrada en un rincón de un living grande con piso de mármol sobre el que había pintada la superficie del mar, como si fuera una gigantesca fotografía; impresionaba, parecía que quien pisaba se fuera a hundir. Bajo la borda del galeón estaban depositados las botellas y los vasos en un compartimiento de cristal iluminado, de modo que los diferentes colores de los líquidos producían un irisado destello. Sacó todo de la barriga lustrosa preñada de luces e iridiscencias del bajel, lo apoyó sobre la barra borda y comenzó a sacudir el pico de la botella que contenía el líquido color miel sobre el cristal tallado del vaso ancho y chato. Lo llenó hasta la mitad. Me acompañó ella también con un escocés.-
- Y, contáme, Elena, estás sola?
- ¿Y vos?
- A mi me dejaron.
- A mí también.-
- ¿Quién, un novio, una novia?
- Una novia. ¿Y a vos?
- Es una historia larga. ¿Y a vos tu novia, hace mucho, poco, cómo fue?
- Mirá que sos curiosa. Hace poco. Ella es casada.
-¿Conocés al marido?
- Sí, es un amigo.
- ¡Jodido! ¿No?
- Jodidísimo.
- ¿Y ahora?
- Ahora nada.
- Bueno, si no querés no me cuentes.-
No quería. Se me habían terminado las ganas de hablar. La miré, le sonreí y la volví a besar con suavidad.
Cuando dimos fin a los whiskies nos despedimos con ánimo de volver a vernos e intercambiamos los teléfonos. Nos llamaríamos cuando las dos o alguna de las dos tuviéramos ganas y veríamos. Llegué a mi departamento a la madrugada y pasé por una panadería abierta para comprarme cuatro facturas. Me las comí enseguida, vorazmente, con el paquete apenas abierto sobre la mesada de fórmica clara, que ya reflejaba las estridencias luminosas de la mañana, para enseguida echarme sobre las sábanas de mi cama y, luego de desnudarme, dormirme profundamente y sin sueños.
Como sigo viviendo sola, y la perspectiva de encontrar otra aventura me estimuló, no me costó mucho la noche siguiente seguir saliendo de cacería. Buenos aires está lleno de mujeres solas, prostitutas o simplemente despistadas, y de zonas rojas, por lo menos en estos pocos años que lleva el siglo veintiuno. La segunda noche no tuve la misma suerte que la primera. Deambulé sin demasiado éxito. Esta vez llegué hasta Avenida Las Heras, bastante oscura. Me sedujo cruzar el enorme parque en el que antes estuvo, hace muchísimos años, la penitenciaria y que, de día, sirve para que la gente tome sol liviana de ropas y los paseadores de perros lleven a los caniles que hay allí los ejemplares de las distintas razas que se aburren a morir en los departamentos de la zona y ladran, roncos y monótonos, ásperamente, como para tratar de raspar o erosionar la indiferencia de los humanos que los convierten en sus mascotas. Observé, a esa hora de la noche, una noche con luna, algunas parejas sobre los bancos; las chicas a caballito sobre los muslos de los muchachos, pegados en un abrazo un tanto gomoso y en besos que supuse igualmente húmedos. Parecían marionetas de trapo y hule patinadas por luces y sombras. Pero esta vez no hubo alguna mujer especial que se fijara en mí o yo en ella. Las pocas que crucé parecían distraídas o, cuando no, abismadas tal vez en sus propias desgracias, meditándolas o, muy burda y provocativamente, las del oficio mas antiguo, mirando a los paseantes para obtener algún dividendo de su trashumante profesión. Extrañé un poco a Malva y a su living oceánico. Al extraño galeón que nos había devuelto a tierra después de nuestro amor, intenso como una aventura de Ulises.
En la atmósfera había un olor pesado y maloliente, como a aliento de borracho, o a milanesa cuando, ya pasada, está comenzando a podrirse.  Un aroma de noche de verano, pero desagradable, a flores fétidas, a cuerpos que hubieran transpirado en demasiadas oportunidades sin bañarse, a sábanas muy usadas o a catinga, antigua y misteriosa palabra que escuché en boca de mi abuelo y me explicaron que aludía al fuerte olor a cuerpos sucios de la gente de color. Entonces comencé a tomar conciencia de lo mugrienta que podía resultar una ciudad tan trajinada como Buenos Aires. Bolsas de basura de polietileno negro, de consorcio, abiertas como vientres de delgadísima piel, dejando escapar sus contenidos estomacales o intestinales de hedores rancios, derrumbadas sobre veredas húmedas y oscuras, husmeadas por perros hambrientos, se veían en las calles mal iluminadas y en las avenidas. No sólo la villa estaba atravesada por el humo de las quemas de basura, según había visto y olido en mis caminatas contigo, Negra; también los barrios más pulidos de la ciudad podían abrirse y corromperse como cadáveres.
Huí, literalmente espantada, hacia un café en la esquina de Coronel Díaz y Juncal, un sitio agradable, limpio y bien iluminado, como en un célebre cuento de Hemingway. Me senté a una mesita con mantel verde, a la vera de un gigantesco ventanal que daba a la avenida y pedí un café. Quería mantenerme despierta, así que encendí un cigarrillo. Últimamente, si podía, evitaba fumar. Había que predicar con el ejemplo. En la villa, la comisión de vecinos que habíamos conformado se proponía entre otras metas combatir y, si era posible, acabar con las adicciones. Pero, qué se podía hacer; las adicciones nacen de las desilusiones y los fracasos, surgen de la imposibilidad constante de cumplir con los sueños y los deseos. Esa necesidad tan humana de consumir lo que las publicidades ofrecen tan estética y seductoramente, dirigiéndose, impiadosamente y por igual, a los que pueden y a los que no pueden.
En fin, me vi soplando una larga viga de humo blanco contra la negrura que servía de fondo infinito tras el cristal del ventanal, expuesta, junto a otros parroquianos trasnochados y noctámbulos allí sentados, frente a los ojos, a veces curiosos, de los escasos paseantes. Recordé el cuadro de un plástico neoyorquino cuyo tema es un bar y un tipo solo sentado a la barra. Es también de noche y una luz cenital proveniente, suponemos, de tubos fluorescentes invisibles pero encendidos en el centro del ámbito encerrado por la barra, donde un barman hace girar un repasador en el interior de un vaso largo, crea en quien mira el cuadro un agobiante sentimiento de soledad y abandono que sugiere algo así como una infinita nada voraz a su alrededor; ese vacío, por supuesto, inmediatamente nos alcanza como espectadores. Siempre fui aficionada a la plástica y el acordarme del planteo escénico de esa tela me llevó, por asociación, a las de Giorgio de Chirico, aquéllas en las que no hay persona acompañando la soledad, sino que de Chirico nos la muestra desnuda en la ciudad iluminada y, a la vez, asombrada, por la luna.- Un griego, testigo de una Atenas abandonada por el tiempo.-
Negra querida. Yo entraba en vos como en un cuadro o como en el océano o como en el viento. Siempre de una manera física y fluida, casi infinita, sin pensar. Jamás quise, ni creo tampoco vos, ofender a Alejandro.
Hoy me llamaste, después de que anotara en esta carta o diario lo que había sentido ayer noche sentada en el bar. Quisiste verme y hablarme. Te recibí, por supuesto, hablamos y, por lo ocurrido creo, te seguiré escribiendo esta larga carta o epístola, casi bíblica para mí, dirigida a tu ausencia, hasta que ya no quiera recordarte.
Vuelvo a la tarea. Reproduzco, o trataré de hacerlo, nuestra inútil y decepcionante entrevista. Cruzaste el marco de mi puerta, el pasillo de mi departamento estaba casi en penumbras y el palier igual, apenas iluminado, de ese modo no alcancé a ver la expresión de tu cara, sólo cerré la puerta rozándote el cuerpo, conmovida, habiendo respirado ya ese vago olor a lluvia que siempre te anticipa. Nos abrazamos y quise besarte en la boca, entrar en su espesura, pero me la sacaste. Sentí de nuevo una rugosa piedra que no terminaba de pasar por mi garganta cuando tragué saliva, y el corazón se me desmayó un poco. Otra vez el brillo de tus ojos negros huía y tu cabello partido en largos mechones mostraba tu boca compungida. Estabas con ese vestidito de gasa negra.  Te lo había regalado; destacaba tus formas de muchacha y la belleza resplandeciente de tu mirada, tus labios, tu pelo, daba también luz a tu expresión, mezcla de humildad y deseo. Bruscamente, después de haberme recién rechazado, me tomaste por el cuello, me acariciaste la nuca con tus dos manos, te colgaste de mí como otras veces, nos besamos.
- Señora Pantera de los ojos verdes, señora Elena – me dijiste como tantas otras veces cuando bromeábamos.  Nos quitamos la ropa, un poco sin saber qué haríamos ya que, compungida y a la vez sonriente, llorabas reprimiendo los sollozos y el agua de tu llanto descendía sobre tus mejillas morenas, bañándolas en una pátina de luz.
- Te quiero, señora Pantera de los ojos verdes – repetiste nuevamente.
- ¿Qué te pasa?  Estás llorando – interrumpí parándote en seco, como bien se dice, deteniéndote. Me desconcertabas.
- Tuve una pesadilla, algo horrible – dijiste por fin, mientras no cesabas de apretarme.
- ¿Qué ocurría en tu sueño? ¡Contame, por favor!
Te soltaste, caíste sobre el diván de gobelinos que tanto te gustaba, desnuda como habías quedado, frustrado nuestro intento de amarnos, llevaste tu mano a la frente y esta vez tu cuerpo se dobló en una arcada. Te tomé de la cabeza, corrimos las dos al baño.  Agarraste los bordes del inodoro que habías fregado tantas veces con tus pequeñas manos morenas, vomitaste. Después, cuando conseguí que te calmaras, me contaste:
- En mi pesadilla Alejandro nos veía en la cama, desnudas, haciéndonos el amor. Yo me quedaba muda, desconcertada, sólo le decía, ¡Alejandro, Alejandro! El retrocedía, estaba blanco como un fantasma. En una mano tenía un objeto oscuro que no alcanzaba a reconocer enseguida. Por fin vi que era un revolver. Lo apuntaba contra su corazón, disparaba, su corazón estallaba y su sangre me daba en los ojos. Desperté empapada en transpiración, aterrada, gritando.
- ¿Tu pesadilla fue, por casualidad, la noche antes del día en que Alejandro le pagó al oficial de justicia y yo te llevé la bicicleta?
- Sí ¿Cómo te diste cuenta?
- Ese día no me diste ni cinco de pelota.
- Ahora vine a decírtelo,…y no quiero verte mas, disculpame – concluiste. De pronto habías quedado seca, sin llanto, aliviada.
No supe responder enseguida. Me tomé una mano con la otra y me dejé caer sobre el asiento del diván. Te alcancé el vestido negro de encaje.
- Ponételo – ordené y obedeciste sin chistar
 Seguí sin saber qué hacer y menos qué decir. Comencé a sollozar, de manera involuntaria, por supuesto. Fui incapaz de contener mis convulsiones; me llegaban del estómago, del diafragma, del pecho y sobre todo, creo, del corazón acongojado e impotente. Quisiste consolarme. Te acercaste y procuraste contenerme en un abrazo. Te rechacé, soy consciente de que te empujé. Me sentía lastimada, indignada.-
- Está bien, andate – dije. Insististe en acercarte. Me incorporé entonces y te tomé de un brazo y te obligué a caminar hasta la puerta, la abrí, te empujé afuera y cerré. Di las dos vueltas a la llave. Te escuché llamarme en el palier, vos también llorabas. Cerré mis oídos, te odié, pero sentía que me desgarraba. A la mañana siguiente comencé a escuchar la estridente intermitencia de los timbres del teléfono y, en mi celular, las románticas primeras notas, ahora ridículas, del concierto número Uno de Tchaikovsky. Apagué el celular y descolgué el teléfono de línea.- Sabía que eras vos pero nada quedaba para decirnos.-“

Amilcar Luis Blanco 


lunes, 28 de julio de 2014

Bailan una milonga: Taquito Militar de M. Mores en una película

SEGUNDO CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"



LAS WALKYRIAS.-                                    Por Amílcar Luis Blanco.-





                                                               2
- Ya te lo dije – concluyó la pequeña de pelo del color de la noche, según la veía el chico a su lado.
- Contámelo de nuevo – insistió el chico que se llamaba Tomás y era su hermano. Estaban sentados sobre el piso de mosaicos rosas y verde agua del patio de invierno de su casa en Trenque Lauquen, Provincia de Buenos Aires.
-  Bueno – accedió Malva y alzó las pequeñas manos regordetas. Tenía siete años y a su lado descansaba la muñeca de tela rellena de estopa que ella llamaba Petrona.
- Hicieron así – dijo. Puso a Petrona de espaldas contra un mosaico rosa, le alzó las patitas y apoyó la curvatura de la muñeca de su brazo sobre el mosaico, y la palma y los dedos, como escalándola, sobre la entrepierna y el torso de Petrona.
- Petrona es mamá y Gustavo es mi mano…
- ¿Y de verdad estaban desnudos? – preguntó Tomás.
- Sí.
Los dos se quedaron callados. Tomás se paró y corrió adentro. Malva encontró raro que lo hiciera y se sintió después muy triste a partir, - esto no lo recordaba muy bien-, o de la partida de Tomás hacia el interior de la casa o de haberla visto a su mamá en la cama con el antipático y asqueroso Gustavo. Por supuesto que no se animó a denunciar su silenciosa permanencia en el dormitorio en el momento en que presenció lo que le había contado a Tomás. No alcanzaba a precisar ahora lo que había sentido entonces, pero, había sido algo así como cuando se paró en un arroyo en las sierras de Córdoba, en las vacaciones anteriores, debajo de una cascada. El frío y la fuerza del agua, que se deslizaba veloz entre sus piernas, la lisa dureza de las piedras que se superponían y ocultaban, chatas, sobre y bajo la corriente transparente y mansa, la hicieron recelar y sentir miedo y escapó, no obstante cautelosa, eligiendo cada piedra que pisaba para no resbalar. Así lo hizo, porque sintió algo parecido aquélla mañana, desde el dormitorio hasta el patio. Se fue pisando despacito en la semipenumbra para no provocar ningún ruido que pudiera delatarla. Después le sobrevino un desconsolado llanto y se escondió en los fondos de su casa, entre el ligustro y la higuera, donde sabía que no podrían encontrarla. Confió a la tarde sólo en Tomás. Ella sabía que nunca contaba nada.
Y aunque Tomás no contó nada, a partir de aquélla tarde, la vida cambió para ambos. Sobre todo en el trato con su madre que se volvió menos confiado y cordial. Pero entre Tomás y Malva ahondaron en una intimidad más cómplice. Se alternaron para compartir sus camas, donde no paraban de conversar bajo las sábanas hasta que el sueño los vencía. Tomás se hizo huraño y cauteloso, Malva observadora e impulsiva, a veces irritable y desobediente. Coincidieron sin embargo en demostraciones de cariño, en ocasiones desmesuradas, hacia su padre, don José Gervasio Chávez, el infatigable don Pepe, como lo apodaron siempre, que pasaba la casi integridad de sus días en el taller mecánico y comenzaron a acompañarlo. Querían estar con él y trataban de ayudarlo en lo que podían.
Malva creció aprendiendo de todo. Desde desenroscar tuercas para cambiar neumáticos, colocar con la herramienta especial las bujías, manipular diferentes tipos de crickets, espiar los secretos de cilindros y pistones antes de la rectificación de un motor, manejar el soplete para soldar, etcétera, etcétera, hasta participar, junto con su hermano, en todos los asados organizados por los mecánicos. Con Lucas, el hijo de uno de ellos, amigo también de Tomás, cuando tuvo once años y su primer período menstrual, accedió a quitarse la bombacha para demostrárselo. El muchacho, de la misma edad, tuvo después que cumplir su parte en el trato. Masturbarse delante de ella hasta que le saltase el semen. Un día, Malva, le pidió que la dejara hacérselo y Lucas le puso como condición que lo dejara a él también meterle el dedo índice, la punta, en la entrada de su vulva. Le aclaró que tenía las uñas bien cortadas y las manos bien lavadas y que lo haría despacito, sin que a ella le doliera. Que al contrario, que le iba a gustar.
El taller mecánico estaba en las afueras y ellos se alejaron todavía más, a un lugar escondido. Malva sentía la yema del índice de Lucas rozándola con suavidad. Le pidió que la presionara apenas sobre el rojizo botón del clítoris, inmediatamente atrás, en la cima de la comisura vertical de la que partían los labios vulvares. Los había observado largamente, así como la totalidad de sus genitales externos, valiéndose de un espejo, comparándolos con los de una lámina en colores de un grueso tomo robado de la rala biblioteca de don Pepe. Mientras aferraba la muñeca de Lucas para que no apretara más de lo debido, y sin poder evitar abandonarse a la sensación de placer y cosquilleo que la manipulación despertaba en todo su cuerpo, no dejaba de observar también cómo se nublaban los ojos de su compañero y cómo se desplegaban flojos sus labios, mientras ella, al mismo tiempo, apretaba, subía y bajaba su mano sobre el pene endurecido de Lucas, elástico y suave al tacto como una seda. Estuvieron así hasta que las gotas tibias despedidas por el asediado órgano fueron atrapadas por las dos manos juntas de Malva, que ascendieron a su cima anticipándose, cuando ella pudo presentir la eyaculación en el estertor que la precedió. En ese momento también ella buscó con su hendidura genital que el dedo la penetrase, pero él se aflojó y se retrajo, abandonándose, y empujó las dos manos de ella alejándolas de su sensibilizado miembro. Ella lo soltó pero se recostó contra su pecho y le pidió que la besara. El aceptó después de un rato, al principio desganado pero enseguida entusiasmado con el entusiasmo de ella, repetir lo que habían hecho.
Una siesta de verano de un día feriado en la que pudieron escaparse temprano llegaron a hacerlo hasta cuatro veces. Terminaron entrada la noche y diciéndose que se amaban. Entonces, en el tercer encuentro, y según Malva lo había premeditado, como el heráldico estertor se demoraba, ella quitó la mano de Lucas de su clítoris y se hincó, acaballándose, sobre el pene, metiéndoselo hasta el fondo en la vagina. Sintió un tirón, un pinchazo y un aumento de líquido en el interior de su conducto. Supo que había sido desvirgada pero al mismo tiempo el cosquilleo se le transformó en estertor como el de su amigo y el amargor de su garganta en contracción placentera, y, al acabar éste, casi enseguida, el estertor se hizo convulsión que la arqueó y la sacudió como si el cuerpo se le partiera y una descarga de electricidad sagrada la pateara para dejarla caer de nuevo, blandamente, sobre sus genitales empapados y calientes como sobre una laguna. Un placer sin límites la recibía. Un destino de gozo infinito se abría para ella. Siguió besando a Lucas y retuvo el pene quieto en el interior de su vagina mientras besaba a su dueño en la boca suavemente, lentamente, esperando que despertara y creciera de nuevo en la empapada cavidad de su bajo vientre, hasta que consiguió por fin llevarlo después de regodearse ella misma en voluptuosidad y placer, a la última y cuarta explosión, la segunda para ella.

Amilcar Luis Blanco 


martes, 22 de julio de 2014

PRIMER CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"

LAS WALKYRIAS.-                                    Por Amílcar Luis Blanco.-







                                    Fueron kilos y kilos de sí mismo bajando del colectivo por la estrecha puerta, pisando sobre el estribo, el pie calzado en el mocasín de cuero legítimo de color apagado, mate, ocre, marrón militar, a veces rojizo, que ella, Elena, le regalaba para las fiestas y que a su padre, Toribio Marchanta, tanto le gustaban y lo enorgullecían; kilos que llegarían a ser toneladas si se multiplicaran por los días y días que este señor, un tanto grueso,  subía y bajaba de ida y de vuelta de la esquina en la que lo tomaba, del barrio en el que está todavía  su departamento, Palermo, hasta la esquina en la que se bajaba en su trabajo, Once. Así lo evoca ahora ella, sentada a la mesa de su mate y sus diarios matutinos, después del vacío físico que le ha dejado su partida definitiva. Y a su madre, Elena Koniatowska, flaca, el rostro todavía juvenil pese a las arrugas, el cuello largo, el pelo blanquísimo y con el esbozo de un diminuto asombro dibujado en sus facciones, una colegiala sorprendida:“-Elena ¡Cuídate hija!.- Sí mamá.- Elena, poné la pava para el mate de tu padre. – Sí, mamá.- - Elena, hija, te quería preguntar ¿Qué pasó anoche con la negrita? Te escuché hablar con ella ¿Lloraba?- Peleó con su marido, nada importante mamá”.- “Menos mal que estás vos para consolarla, hija…”. Elena Marchanta, hija, siente que su madre la mira desde adentro del espejo, con su imaginación recurrente viajando al inmediato pasado, como si la estuviera viendo peinarse y dirigirle en voz alta las preguntas para que le llegaran hasta su cama en la habitación vecina.- Las palabras se pierden en el living vacío, en el departamento ahora lleno de luz y huecos, ocupado por nadie. Es decir por ella, Elena, y por la ausencia de sus padres. Se incorpora del mate y de la silla y de la mesa de sus padres, como si se levantara miles de veces en una secuencia fílmica que apilara y mostrara los fotogramas que ascienden desde la silla hasta su posición de parada. No ha comido nada. Deambula, va de la cocina al living, a su dormitorio, al de ellos, al baño, al lavadero y se pregunta por qué el destino nos separa de las personas que amamos. Hace calor, y hay humedad. Tiene puesta sólo la bombacha. Sobre el pequeño escritorio en su pieza yace, abierto, un ejemplar de “La Odisea”. Ha estado releyendo pasajes de las aventuras de Ulises sentada sobre el inodoro, envidiándole su condición de varón. Un vago deseo de viajar, como un dolor incontenible, la inunda; se parece a la mezcla de presión y vacuidad que produce en el vientre la descompostura estomacal o intestinal que precede a las evacuaciones; en la cotidianidad todo se mezcla, Ulises Laertíada y la lejana isla de Itaca con los contenidos de las ingestas que se expulsan por las mañanas del verano inminente en los baños de los departamentos porteños. Todo tiene un raro tinte universal. Hay también ese descubrir que nunca estamos cuando tenemos que estar, como si hubiéramos desayunado con fantasmas, que casi nunca nos abrazamos cuando sentimos esa necesidad de que nos contengan, esa apetencia de amor, esa zona baldía. Lo piensa por sí misma y por los sí mismos que fueron sus padres cuando los tres estaban conviviendo, todavía juntos. Pero más lo siente que lo piensa ahora, en el instante, aunque no quiera tocarla con los ojos de la evocación, respecto de esa mujer que le parece haber perdido para siempre,  era su amor y  amaba el diván de gobelinos sobre el que tantas veces se habían acostado para disfrutarse juntas, acariciándose, besándose. Finalmente se sienta y comienza a teclear en la computadora. Las palabras se van dibujando sobre el fondo blanco de la pantalla y ella relee.
“Esta carta es para vos, Negra, aunque no te la mande nunca. Ayer, cuando nos despedimos, sentí que la magia, el imán que había entre nosotras, se había extraviado como el norte entre dos brújulas rotas.”
Se detiene después de esta frase. Se aprieta los puños alternativamente, de a uno, hasta hacer sonar suavemente los huesos. Una de sus pretensiones fue siempre la de llegar a ser escritora. Una escritora de verdad, cuentista, poeta, novelista. “Los seres se nos atraviesan sin ser nunca nosotros y uno jamás consigue ser el otro. Hay barreras invisibles, nos disuelven” – piensa. Vuelve a posar sus yemas sobre los circulitos del teclado y continúa.
“ Supe que ya no iríamos la una hacia la otra con la misma avidez, el parejo deseo, la alegría inocente, que nos habían animado siempre, hasta aquella reunión fatídica de ayer a la que había llegado en la bicicleta que te regalé, temiendo que me asaltasen,  sorteando de todo mientras pedaleaba por las calles y las veredas, para desembocar en el caserío desparejo de viviendas chatas, de cartón o chapas,  con veredas y calzadas de escombros y  tierras endurecidas,  peladas por el sol,  la lluvia y la dejadez de los servicios municipales,  sólo sirvientes  de los barrios ricos.”
Describir es recordar, volver a un lugar para meterse en lo que quiere narrar, en este caso, además, cuenta algo que le sucede o, peor, le sucedió. Siente que en una obra literaria, desde Homero en adelante, sólo se dialoga con la conciencia, con la interioridad de uno mismo, con las evocaciones. En realidad con fantasmas.
“Allí, en esa reunión de vecinos, Alejandro había pagado los dos fajos de billetes que juntamos entre todos para contribuir a cancelar una deuda ajena con la esperanza de que se levantara el gravamen, la hipoteca que pesaba sobre el local de “Lucha y Esperanza”, la sociedad de fomento perteneciente a la desdichada población que conformamos- me siento unida a ustedes aunque viva en un departamento-,y te noté extraña, pálida y alejada, con tus oscuros cabellos abiertos y tus ojos mas negros que nunca, como si miraran hacia dentro de vos misma. Sentí también que aunque me abrazaste, me agradeciste la bicicleta que tanto necesitabas y lloraste, después del llanto tu abrazo fue evasivo. Abandonaste el apretón de mis manos, que querían darle abrigo y refugio a las tuyas, como si te diera asco o vergüenza que te tocara.”
Quizás esta última frase sea algo melodramática, no del todo exacta. A veces rehuimos el contacto con otro cuerpo no por asco o vergüenza sino por un urgente y poderoso deseo de soledad. De todos modos Elena está decidida a entrar en materia o en lo misterioso y desconocido del sentimiento que le despertó ese rechazo de su amiga. Sigue entonces.
“No es fácil, ya lo se, esto de que seamos lesbianas y nos hayamos enamorado. Esto de tropezar cada día frente a los otros, que son como espejos que nos miran desde una vertiente de nosotras mismas que creíamos superada, pero que está ahí siempre, como un personaje que nos observara, nos vigilara y se riera de nosotras, esperándonos, preguntándonos cuándo retornaremos a él, o a ellos, como si fuéramos un ser de numerosísimas cabezas que acordonara la tierra misma; como si fuéramos la humanidad, la gente, el total de la gente, el mundo, siempre iguales o parecidas a nosotras mismas y a los otros, con una curiosa e impenetrable homogeneidad, la que nos confiere el hecho de que los demás sean mayoría aunque no los conozcamos y supongamos que sí ¿Qué se yo?”
Interrumpe el tipeo, empuja con su cola para correr la silla en la que está sentada, estira los músculos, se despereza. Ha ingresado en la selva de sus preguntas. Piensa que es buen momento para encender un cigarrillo. Se para, va hasta su cuarto y retira el paquete, el cenicero y el encendedor de su mesa de luz, se lleva el cigarrillo a los labios, lo enciende. Se mira brevemente en el espejo del tocador los senos y los pezones y una expresión de ansiedad en el rostro. Regresa con todos los elementos recogidos a la mesita del living en la que está la computadora, los deja al costado del mouse. Se sienta nuevamente y vuelve a la posición anterior, acomoda la silla, coloca sus dos manos en leve contacto con el teclado en actitud rampante. Prosigue.
“Cuando miré a los ojos a Alejandro, en el momento que entregó el dinero al oficial de justicia y las dos sollozamos, mi súbito lagrimeo, que quise contener y no pude, fue porque él comenzó a hablarle al funcionario, con ese tuteo improvisado que emplea para hacerse simpático, para tratar de evitar la desgracia que desde que nació amenaza su vida de pobre y la del matrimonio que forma con vos. Le tomó la mano que se había apoderado de los billetes y le dijo:
- Hermano, que lleguen a destino es lo único que pido, vos sabes – hizo un silencio hondo en el que respiró -, vos sabés – repitió y ahí sí la voz se le quebró – lo que nos costó a nosotros, a todos los que estamos aquí, reunirlo.-
Después ya no dijo más y la mano que se había desprendido de los billetes que habíamos ensobrado en dos bolsitas de polietileno se dirigió al ceño de su cara compungida y atrapó con pudor ese instante de desoladora angustia, tristeza y amargura que lo invadió y que a mí, y creo también a vos, me contrajo el interior del estómago y la garganta como si tragara de golpe una piedra.-
No se, pero creo estar segura de que a partir de ese segundo fatídico comencé a sentir el escaso o casi nulo sentido de nuestra relación. Vos, aunque estuvieras a su lado con la cabeza gacha, sosteniendo tu bicicleta como si fuera un animal extraño, no ajena a la decepción que sentíamos todos, quizá ya puesta a la altura y respirando,  también, el aire de esa depresión, cotidiana para los que viven en un estado de miseria crónica, supongo que comenzaste a sentir lo mismo, es decir, añadiste a la desesperanza el descubrir que ya no me amabas, me parece, ojalá no fuera así.  Por todo eso y quizá por muchas cosas mas escribo esta carta sin destino,  nunca pienso enviártela, es una  carta para olvidarte. La escribo para mi sola, tal vez para dejar testimonio de mi soledad y mi angustia. Para dejar de condolerme al ver las mañanas, las tardes y las noches, porfiando por encima y por debajo de mi misma y decorando un tiempo que no deja de pasar, absurdamente, con lluvias, soles, nublados, vientos, programas de radio o televisión escuchados o vistos distraídamente, sin prestar atención a lo dicho o hecho, metida en recuerdos y fantasías, alimentando a veces imposibles esperanzas de que vuelvas y me quieras…”
“¿Es verdad esto? ¿Estoy realmente esperando que la Negra Edelmira vuelva y me quiera o estoy harta de ella?” No habría que aclarar que Elena se ha detenido y ha mirado el techo por un rato tratando de relajar los músculos de su cuello. De pronto precipita de nuevo sus manos como una pianista sobre el pequeño teclado.
 “De que te me acerques como lo hacías antes, Negra mía, cuando los ojos te brillaban de deseo y curiosidad, cuando tu piel me comunicaba la palpitación de parpadeo o la trepidación volcánica de tu cuerpo conmovido. Entonces nos besábamos y acariciábamos, ya sin aguantarnos la tremenda y agotadora abstinencia que solíamos imponernos ambas y que duraba días, semanas, meses, para que por fin, nuestra impaciencia triunfara y volviera a regalarnos la convicción de que habíamos nacido para vivir juntas, para no separarnos jamás.- Vos, viviendo en la villa y yo en el departamento de clase media que me dejaron mis padres después del fallecimiento súbito en ese accidente de mierda que me desgarró el alma, al que  no fuiste ajena en tu condición de doméstica para ellos, de pleno amor para mí.

Hoy me desperté temprano y desvelada como estaba pensé que transformaría esta carta en diario y que lo escribiría hasta que tuviera fuerza o ganas. Así que después de lavarme la cara y sin desayunar todavía porque me sentía con energía me senté frente a la pantalla de la computadora, activé el Word y me puse a escribir.- No estoy limitada por ningún propósito fijo. Puedo atrasar hacia mis recuerdos de infancia, adolescencia, temprana juventud o contar lo que hice ayer o inmediatamente antes o inmediatamente después de haberme sentado a escribir.”
Amilcar Luis Blanco                                                                                               (Continuará)

domingo, 6 de julio de 2014

Los pequeños quijotes ilustrados




                                                   En el fondo de mi siempre tengo la sensación o convicción de ser un pequeño quijote ilustrado, un quijote más, así, con minúscula, perteneciente a esa clase media ilustrada con primario, secundario y título en una universidad pública que emprende batallas solitarias, desconectadas de las de otros pequeños quijotes ilustrados, perdidas de antemano. En mi caso son las de esos escritores mediocres cuyos escritos no interesan a nadie, o a casi  nadie o a muy pocos pero en los que procuro, sin éxito alguno, textualizar y hacer oír impresiones, críticas, opiniones, sucesos que me parecen ejemplarizadores y que están siempre pretenciosamente dirigidos a cambiar el mundo, a defender o establecer una ética que podría salvarnos de tanta decadencia formal a veces y otras decididamente material en la que suelo ver volcados y revolcados a mis congéneres, con una soberbia de mi parte, digámoslo, digna quizá de mucha mejor causa.
                                                        En esos momentos, siempre, como telón de fondo, la honda impresión de ser una especie de vagabundo loco, como aquél grandioso y aparentemente ficcional manchego imaginado por Cervantes, me asalta. Me hace de coro de conciencia y no me abandona ¿Estaba loco Alonso Quijano o el mundo estaba loco y él lo cabalgaba con toda su cordura a cuestas? Esos destellos constantes de una cordura sempiterna y doméstica que él hacía descender en forma de retórica coloquial desde su púlpito, la cabalgadura sobre el lomo de su Rocinante, hacia la ramplona y sencilla de Sancho Panza montado sobre su humilde borrico.
                                                     En un mundo en el que nadie o casi nadie nos escucha o lee y en el que, cuando alguno nos responde para coincidir o disentir, enseguida advertimos que se trata de alguien que está tan solo y aislado como nosotros, a mí por lo menos, no me queda otro remedio que pensarme como un pequeño juguete, un muñequito, un soldadito de plomo, un mordillo de bebé, una pelota olvidada o cualquier adminículo que apenas se levanta sobre el suelo del mundo como un objeto de escasa o nula importancia.
                                                    Sin embargo en este recorrido filosófico, metafísico y últimamente estético de intentar percibirme a mí mismo y delinear mi contorno en el mundo, no puedo dejar de entronizarme un poco, de conferirme cierta categoría, al considerarme un pequeño quijote ilustrado. Como aquel diccionario Larrousse, siempre a mano, de uso doméstico, cotidiano, que nos alcanzábamos hasta nuestro menesteroso entendimiento para desentrañar o sorprender el misterioso significado de las palabras.
                                                  
                                                  En nuestro vertiginoso ahora, cruzado por los medios masivos de difusión de hechos, ideas y pensamientos, avivado por los seres y mundos virtuales, en los que las relaciones se han vuelto líquidas o rápidamente liquidables y prevalecen y predominan los "contactos" entre los seres mucho más que los vínculos profundos y reales, que décadas atrás nos comprometían humanamente y determinaban que nos jugáramos por causas a las que conseguíamos poner en acción y movimiento, las luchas contra los molinos de viento, la liberación de los galeotes cautivos de cárceles donde se los tortura, como Guantánamo por ejemplo, del hambre que hincha los vientres de los niños africanos, de mujeres que son brutalmente golpeadas y maltratadas por hombres cuyas mentalidades, pueriles y siniestras a la vez, alimentadas por mitos enceguecedores y supersticiones siempre redivivas, son como las cabezas de una gorgona en multiplicación y crecimiento permanentes, la liberación también de los obnubilados por  prejuicios de poderíos fantásticos, llevados adelante por megalómanos  genocidas que no vacilan en hablar de paz y bombardear con misiles, los enmascaramientos constantes de los personajes de una realidad o un mundo siempre novelesco y rocambolesco, las aventuras de quienes escribimos y pensamos resultan conmovedoras andanzas de locos además esterilizados, absolutamente impotentes, sumidos en el anonimato más radical y cerril del que se tenga memoria.
                                               Este mismo discurso que estoy hilvanando ahora me parece una quijotada, algo sin verdadero sentido o penetración para influir en alguien en modo alguno. Sin embargo lo escribo igualmente porque hasta el absurdo se rebela en mi interior y procura salir desde mí como un ademán, un gesto, como palabras impregnadas, ni siquiera del sonido y la furia de aquel personaje debido a la pluma de William Faulkner, Quentin, remake del Shakespeare que fuera contemporáneo de nuestro Cervantes, durante aquel agitado siglo XVII en el que el final del medioevo se codeaba con los comienzos de la modernidad, sino en cambio pronunciadas como una variación dentro del bochinche reinante que por su delirante desmesura nos ha ensordecido tanto que ya se ha transformado en silencio.

Amílcar Luis Blanco  (Ilustración de Gustave Doré)

viernes, 27 de junio de 2014

En la isla









En la isla, hasta que cambiaron las cosas, sólo había silencio y soledad. Además, claro, estaban el mar, el cielo y la selva interminable en su centro. Al fondo se veían las faldas y las cumbres escarpadas de las montañas pero hasta la orilla en que se alzan las primeras palmeras, la linea de frondosidad verde que marca el comienzo de la fauna y la flora, únicamente la arena amarillenta y ocre,  ennegrecida en la proximidad de la tierra por un humus acostumbrado a las lluvias interminables, se propaga y difunde como dibujándole una holanda, una especie de festoneado orillo zigzagueante al encresparse blanco de espumas de las olas verdes, azules y ambarinas, entrando y saliendo con un rumor hondo, salvaje y monocorde.
Estaba allí para una misión especial según me habían dicho. Me habían dejado desde un helicóptero con equipo y víveres en una pequeña vega anterior al ascenso de las cuestas más oblicuas y alzadas; un parapeto o mirador sobre el que está construido el chalet de dos plantas que me serviría de vivienda en los próximos tres meses.
Durante esos días debería observar la fauna y la flora y hacer anotaciones. Me habían dotado de un equipo que incluía botas hasta la entrepierna reforzadas que son aptas para protegerme de las picaduras de las alimañas que pululan en este medio, desde zancudos y tábanos, hasta arañas y víboras.
Soy biólogo, botánico, zoólogo pero también entomólogo. Para cualquiera que no sea yo mi vida es bastante aburrida y aunque busqué amigos para que me acompañaran en la aventura ninguno se prestó. Todos me desearon la mejor de las suertes pero se apartaron con diferentes excusas.
Trabajo para una revista científica que se haría cargo de todos mis gastos durante la estadía. Disfrutaba verme libre de la tiranía de teléfonos y celulares porque, aunque había llevado mi celular sólo me serviriría para comunicarme con el helipuerto en Valparaiso pero ya no con Buenos Aires, ni siquiera con mi novia. Y esto de los celulares lo pensaba porque cuando trabajaba en Buenos Aires me interrumpían a cada momento en la redacción o la biblioteca para consultas. Había quienes estaban todo el día dándole a las diminutas teclitas, chateando sin ton ni son. Usaban el adminículo como una suerte de bastón anímico, estaban siempre conectados en un estado de comunicación superficial y aleatorio, más bien ilusorio. La realidad está afuera, a la intemperie, al aire libre, es la de las plantas y los animales. El ámbito cultural de la ciudad me ha parecido siempre un remedo de la naturaleza, ese hábitat natural sólo de nuestra especie plagado de caminos equívocos.
El primer día en la isla caminé mucho, bajé desde la vega hasta la playa, distante unos tres kilómetros una de otra y cuando llegué, fatigado, me senté sobre una salencia de roca y estuve contemplando el mar.
Por un momento pensé que sería interesante que, en vez de observar y anotar los hábitos de los animales y las particularidades de la abigarrada arborescencia y estudiar los insectos, se hubiesen instalado en lugares estratégicos de la isla cámaras de video, protegidas como ojos, para espiar mi propia vida en el lugar; la de un hombre solitario que no es ni se siente un náufrago porque tiene todo lo necesario a mano. Claro, hacer esto sin que yo me entere, para que mis comportamientos tuviesen la autenticidad y la inocencia de lo espontáneo.-Para lo que más tarde ocurrió hubiera sido útil, indispensable, pero no quiero adelantarme.
Lo cierto fue que después de este pensamiento me sorprendí a mi mismo considerando que nunca había hecho nada en mi vida sin la sensación de que alguien me estuviese observando. De modo que aunque no supiese que hubieran puesto cautelosas cámaras, incluso micrófonos para registrar hasta mis exclamaciones, toses, etcéteras, igual me comportaría como si las hubieran puesto.
Me dije que entonces jamás había estado solo o me había sentido solo, que por más que, como en ese momento, hubiese empezado a anochecer en un lugar que no era ni Buenos Aires ni Valparaiso y eso me determinara a comenzar mi regreso por el camino andado para encontrarme de nuevo en el chalet antes de que la noche cubriera la isla, la soledad, el silencio plagado de sonidos de pájaros y alimañas, eran ilusiones.
Y me atreví a pensar osadamente que hasta la isla misma podía ser ilusoria no obstante la obviedad de su accidentada naturaleza.
Después tuve que prodigarme tanto, transpirar, detenerme para que la fatiga no me venciera, aplastar zancudos contra mi cuello, huir a toda carrera sospechando que un jabalí me perseguía o que un puma se movía con celeridad y sigilosamente a mi costado que, cuando por fin cerré detrás de mi la puerta del chalet y encendí la luz, olvidé esa peregrina suposición, tan delirante como utópica o imposible, y consideré que estuvo inspirada en mi falta de interlocutores reales. Exploré la casa y encontré en el placard del dormitorio ropa de mujer. Después, examinando papeles, supe que mi antecesora en el lugar había sido una mujer que tuvo que ser transportada de urgencia a Valparaiso por una picadura de víbora. Me dije que cuando regresara de la isla averiguaría qué había pasado con ella y tuve por seguro que ella no había vuelto allí para buscar su ropa. Se habría sentido sola o habría considerado como yo que la soledad era una ilusión.
Además esa soledad, ilusoria o real, se terminó al tercer día de haber llegado. Había caminado de nuevo hasta la playa, me había sentado y puesto a contemplar la línea del horizonte y el vuelo de las gaviotas cuando de pronto la cresta blanca de una ola lejana comenzó a crecer. A los pocos segundos pareció otra cosa. Sospeché que pudiera tratarse de una ballena o una orca, lo confieso, un poco esperanzado, pero no, no fue una ballena ni una orca lo que vi sino una embarcación, un velero. Al poco tiempo pude contarle las velas. Cuatro, eran cuatro, la más grande en el centro, dos un poco más pequeñas hacia la proa y una decididamente pequeña en la popa. El velero se acercó bastante de modo que se podía ver al timonel y a un hombre de cuerpo atlético, color cobre, que relumbraba al sol  con pelo abundante y completamente blanco. A su lado me pareció ver una mujer extendida en una loneta blanca sobre la borda. Distinguí el largo de su cabello, su figura de mayor delicadeza y sus formas femeninas. Era cerca del mediodía y antes de mi descubrimiento y excitación por la proximidad de ese barco planeaba regresar al chalet para cocinarme algo; un trozo de vacío que había sacado del freezer. Pero, claro, me quedé. El hombre agitó su mano saludándome y le respondí el saludo. Me hizo una seña con la palma de su mano, pidiéndome que lo esperara y se zambulló. Tenía puesta una gorra con visera que me permitió pese al sol encandilante observar cómo nadaba. Lo hacía vigorosamente, como un experto nadador. Tanto que a los pocos minutos lo contemplé caminando hacia mí con la rompiente estrepitosa detrás e inclinando la cabeza de un lado hacia el otro como para desagotar el agua que seguramente le había quedado en las orejas. En dos o tres zancadas estuvo frente a mí, me tendió su mano y la estreché feliz de tener delante un congénere.
- Encantado, Marcelo Ruiz- se presentó.
- Mucho gusto, soy Luis Dávila ¿Anda navegando?
- Sí, navego en ese velero - Señaló la embarcación.-
-¿Es suyo?
- Sí, es un yate velero clásico de cincuenta y dos pies para cuatro personas, muy confortable.
Parecía querer disimular el orgullo, pero se le notaba.
- ¿Lo que habrá costado?
- No mucho, dos millones
- ¿De pesos?
-¿Está bromeando? Dos millones de dólares
- Entonces usted es rico
- No puedo quejarme
- ¿Cuál es su negocio, si puede decirlo?
- Puedo, por supuesto. La hojalata. Fabrico envases para cerveza, soy proveedor de dos o tres marcas muy conocidas.
- ¿Únicamente para cervezas? Las latas, digo.
- No, no, también para tomates, arvejas y otras legumbres
- Qué bien, lo felicito por su . . . prosperidad.
- Bueno, le agradezco, pero qué le parece si cambiamos de tema
- Como usted quiera.
- ¿Qué hace en esta isla, está solo?
- Hago observaciones y anotaciones para una revista científica y sí, estoy solo
- Y ¿cuánto hace que está aquí y por cuánto tiempo se quedará?
- Hace recién dos días, me estoy aclimatando y me quedaré tres meses.
- Mire, yo se lo preguntaba porque me quedaré aquí también, pero por una semana. Estoy con mi mujer y tal vez, algunas mañanas y tardes bajemos a la playa.-
- Está bien, muy bien. Me sentiré acompañado. A veces la soledad se hace un poco cansadora.
- Bueno, nos haremos compañía entonces ¿Sabe nadar?
- No es lo que hago mejor pero me defiendo.
- Le decía, porque si no sabe o no se anima podría venir a buscarlo con el gomón e invitarlo a que almorzara con nosotros. Tengo a bordo un chef excelente y hoy preparó un plato de pescado exquisito.
Dudé un momento pero finalmente y como tenía un trozo de carne que había sacado del freezer esperándome, que si no lo ponía al horno se echaría a perder, le dije que no. Le agradecí y le expliqué la razón que me impedía ir a comer con ellos con la promesa de que le aceptaría una próxima invitación. Pareció contrariado pero aceptó. Dijo que me invitaría para otro día.
- Discúlpeme pero me tomó de sorpresa. Si no hubiese sacado esa carne del frío . . .
- Está bien, está bien, no se aflija que no faltará ocasión
Nos volvimos a estrechar las diestras y el hombre se marchó como había venido.
A la tarde el cielo se oscureció y las nubes se agruparon, se levantó un viento muy fuerte y las copas de los árboles comenzaron a inclinarse bajo el peso del viento y de una lluvia descomunal. Tuve que meterme dentro del chalet y cerrar puertas y ventanas. Tenía leña al lado del hogar y encendí fuego porque la temperatura había bajado bruscamente. Los troncos pronto comenzaron a arder y dejaron escuchar pequeñas estampidas y detonaciones. El cielo, igual que la módica hoguera de mi reciente casa, destellaba y dejaba oír desmoronamientos un poco más recios, como de rocas, y los crujidos y chasquidos de los rayos parecían rajar y quebrar la tierra y los árboles.  Anocheció casi enseguida. Explotaban ruidos de todo tipo; el alrededor parecía desmembrarse y despegar partes de la selva y lanzarlas a volar. Aún al cabo de algunas horas el meteoro no cedía y escuché algo así como tambores pero no provenían de la tormenta, tampoco de los troncos que ya ardían con llamas elevadas.- Era algo más que la tormenta y el suave susurro de la leña respirando su oxígeno; golpes secos y cortos que se repetían, pero como de nudillos, no demasiado fuertes, un poco histéricos, que daban contra la puerta. Tuve un presentimiento y no porque estuviera pensando en mujeres aunque el momento se prestara y mi novia estuviese lejos. Abrí la puerta con el vendaval azotando y sí, era una mujer, joven, no pasaría demasiado de los treinta, el pelo largo y revuelto, los ojos, que me parecieron negros o azul oscuro, enfebrecidos y la mandíbula machucada, hinchada, con un hematoma amarronado y tenía también un ojo en compota. Enfundada en una malla enteriza de un color azul tornasolado que destacaba sus volúmenes sinceramente encantadores; los de una silueta fina, como de ecuyere, trapecista o bailarina, estaba frente a mi con la expresión descompuesta y completamente empapada. La apuré para que entrara y cerré la puerta con llave, volví a echar el cerrojo porque la fuerza de la tormenta, los truenos y relámpagos, la violencia del viento y la lluvia, arreciaban y envolvían con un atronador zumbido, como de turbina de avión, los oídos; amenazaban además con echar todo abajo.
La mujer entró hipnotizada,  temblorosa, y pese a que respiraba agitada, tiritaba. Durante unos primeros momentos, en los que le acerqué un toallón y una frazada para que se secara y tapara, no hubo palabra ninguna entre nosotros. Ella respiraba fuertemente, como si se fuera a ahogar y emitía un gemido, una exclamación de auxilio y temí que literalmente el corazón se le saliera por la boca porque sus temblores se habían transformado en convulsiones que la sacudían y se veía que no los podía dominar. En un impulso la tomé de las manos, enseguida de las muñecas y ella se abrazó a mi cuerpo sollozante, agitándose y desesperada.
- Cálmese, cálmese, aquí está a salvo.
- ¡Ay,ay, estoy desesperada, discúlpeme!
Se apartó de mi bruscamente como si me hubiera faltado el respeto.
- No tiene por qué disculparse ¿Que le ocurrió?
- Mi marido . . . es un hombre violento. Discutimos y me agredió. Me escapé con la tormenta, me tiré al agua y un poco nadando y otro poco empujada por las olas llegué a la playa y caminé hasta llegar acá. Vi la luz de su casa. Seguramente cuando amaine la tormenta saldrá a buscarme, quizás mañana, ahora no porque estará completamente borracho y dormido.
- No se preocupe, no se aflija, puede quedarse acá.-
- Le agradezco tanto, mañana le prometo que me iré, antes de que él venga.
- ¿Y a dónde va a ir?
- No lo se, no se ni dónde estoy
- Mire, por ahora usted puede quedarse aquí, escondida . . .
- El me buscará, imaginará que estoy acá y usted no sabe de lo que es capaz.
- Que venga, yo le diré que no la he visto, que ni siquiera la conozco. Mire, acá hay un lugar en el que puede esconderse. Es un sótano debajo de la despensa.
- El va a abrir la tapa y va a bajar a buscarme
- El sótano no tiene tapa. Está disimulada, sólo yo la conozco. Además tenemos otra ventaja
- ¿Cuál es?
- Le explico, esta es una isla volcánica, tiene cuevas, grutas, que se abren hacia el fondo rocoso en distintos lugares de la isla, incluso en una parte de la costa que es acantilada. Estudié todas las características geológicas antes de aceptar venir y, aunque no estuve personalmente en esas cavernas porque no soy espeleologo, podría intentar convencer a su marido para que oriente la investigación de su paradero por ese lado, que se interne un poco en esas cuevas. Mientras tanto podría comunicarme por radio o con el celular si tengo señal con la estación de helicópteros y hacer llegar uno para que usted lo tome y pueda irse y hacer la denuncia. Aunque los celulares son para mí como bastones anímicos en esta ocasión resultarán útiles.
Pareció aliviarse. Suspiró.
- Gracias, gracias ¿Podrá hacer eso por mí?
- Por supuesto que sí. Tranquilícese ¿Comió?
- Gracias, pero no me pasaría un bocado por la garganta.
- ¿Y un trago?
Me miró, ahora más serenamente y me sonrió y las comisuras de sus labios  mostraron una dentadura blanca y pareja, la de una sonrisa enorme e iluminadora.
- Bueno, un trago sí
- Qué prefiere, tengo whisky, cognac, un buen vino tinto.
- Creo que un cognac no me vendría mal.
Fui al bargueño y saqué la botella y dos copas panzonas y las serví. La invité para que se sentara frente al hogar a leña que había encendido hacía poco tiempo y le alargué una copa. Ya las llamas azules y rojizas se alzaban y daban al ámbito una temperatura y luminosidad acogedora, alegre. La mujer se sentó y se envolvió en la frazada, sacó una mano,  tomó la copa y me dirigió una mirada y una sonrisa agradecidas.
- ¿Quizás hubiera preferido un te?
Por toda respuesta ella bebió un largo trago.
- Ahora me siento mejor
- ¿Pasó el susto?
- Pasó
- ¿Cómo se llama?
- Lidia, Lidia Martinez ¿y usted?
- Luis, Luis Dávila.-
Hubo una pausa y los dos nos contemplamos como si estuviéramos reconociéndonos.Al cabo de un momento que habrá durado medio minuto pero que me pareció más prolongado la curiosidad siguió desbordándome y entonces le pregunté:
- ¿Es la primera vez que le pasa?
- ¿Qué, que me pegue mi marido o que escape de él desesperada?
- Bueno, no se, dígame usted.
- El muy hijo de puta me ha pegado ya con ésta no se si por décima vez, creo que por décima vez sí porque aunque no lo crea las voy contando. Al principio, las primeras veces, hasta la quinta vez, creo, lo justifiqué siempre, siempre le encontré una explicación y lo comprendí. Lo hice ir a Alcohólicos Anónimos, pero fue tres veces seguidas y después no fue más. Ahora estoy cansada, harta, es la primera vez que escapo. Con tormenta y todo me tiré al mar. Sentí más asco y miedo de estar con él que de que me fulmine un rayo o me coma un tiburón.
Cuando me dijo esto último sus ojos despedían llamas. Pensé en una pantera rugiente y acorralada y sentí, muy acusadamente que en su vida no había nada ilusorio. Sentí que la realidad se habría echado sobre ella cotidianamente, abatiéndola.
- ¿Tienen hijos?
- Gracias a Dios no, no tenemos.
Volvió a beber y agotó de un trago el resto del cognac.- Me alargó la copa y se la llené nuevamente hasta la mitad. Pensé que le haría bien y le permitiría dormir y no me equivoqué porque al rato, después de beber algunos tragos más, comenzó a bostezar y a estirar sus extremidades bajo la frazada.
- Mire, allá está el dormitorio. Acuéstese que yo dormiré en este sofá.
- Faltaba más, yo dormiré aquí
- Escúcheme, no le ofrezco mi cama sólo por caballerosidad. El ventanal de este living, aún enrejado y con cortinas, da al exterior. Supongamos, Dios no lo permita, que su marido llegase por la mañana antes de que nos despertemos, espiase a través del ventanal y la viese  . . .
- ¿Qué, su dormitorio no tiene ventana al exterior?
- No, tiene en el techo una claraboya de vidrio opaco o translúcido.
- Ya veo.
Mis argumentos la convencieron y accedió a acostarse en mi cama. Una vez que lo hizo yo mismo me acosté en el sofá frente al fuego, bebí el resto del cognac y entré en un sueño profundo sin pedir permiso a ningún escrúpulo o preocupación.
A la mañana siguiente fortísimos golpes sobre la puerta me despertaron. En un primer momento no recordé lo que había ocurrido la noche anterior. Sólo cuando tambaleándome, medio atontado todavía, grité "espéreme ya voy" porque había escuchado la voz del hombre llamándome, diciéndome "soy Ruiz, ábrame" en tono impertinente e imperativo, recordé a la asustada Lidia que estaba conmigo y entré a mi dormitorio. La encontré ya vestida y temblorosa y la conduje hasta el sótano. Enseguida fui a abrirle a su endemoniado consorte.-
- ¿Qué pasa?
- No se haga el desentendido ¿Quiero saber si está aquí?
- ¿Quién?
- Mi esposa
- Aquí no hay nadie, sólo yo
Ruiz estaba armado, llevaba un rifle y no hizo caso de mis palabras. Ingresó a todas las habitaciones con otros dos hombres y revisó y puso todo patas arriba. Finalmente comprobó que no la encontraría y entonces se dirigió a mi nuevamente como una fiera. Ya no era el mismo hombre que había conocido en la playa. Estaba transformado, transpirado y rojizo
- Necesito saber dónde pudo esconderse. Abreviemos, aunque usted no la conozca ni la haya visto dígame si hay aquí escondrijos, lugares donde alguien pueda guarecerse de una tormenta y esconderse.
Lo miré con fingida perplejidad.
- Están las cuevas
- ¿Cómo es eso?
Desarrollé entonces mi plan. Le expliqué que había cavernas que se extendían desde la costa rocosa hacia el interior de la isla y lo orienté hacia las entradas diciéndole, con cierto lujo de detalles, cómo podía llegar. Le mostré un plano de la isla donde estaban las entradas y le dije que se lo podía llevar a condición de que me lo devolviese. Me agradeció y se fue con los dos hombres llevándose el plano. Cuando comprobé que se había alejado envié un mensaje desde mi celular al piloto del helicóptero.- Después levanté la tapa del sótano y Lidia salió. Le conté lo que había hecho.-
- No soy muy amigo de los celulares, pero para estas emergencias resultan útiles. El piloto me contestó. Estará aquí en media hora y la llevará a Valparaiso ¿Podrá arreglárselas? Le daré algo de dinero y si quiere puede vestirse porque aquí, en el placard, hay ropa de mujer que, aunque no le vaya a medida, le puede servir.
- No sabe cuánto le agradezco. Además coincido con usted en lo que se refiere a los celulares. A veces son sólo bastones anímicos. El mío quedó en el velero ¿Y la ropa, de quién es?
- La ropa es de una mujer que vivió aquí un tiempo, una científica que fue picada por una víbora y hubo que trasladar de urgencia
- ¿Se salvó?
- No se, es algo que tengo que averiguar cuando pise de nuevo el continente. De lo que pasó me enteré hace poco, descubrí su ropa y a partir de ahí revisando papeles encontré hasta una libreta con sus partes diarios, una memoria.
Cuando el helicóptero se alejaba con ella a bordo y el millonario de las hojalatas se convertía en espeleologo sin vocación pensé que había contribuido a que la ilusión se hiciese realidad para alguien y a que la realidad se transformase en ilusión para otro y me sentí satisfecho.-

Amilcar Luis Blanco


(Hylas and the Nymphs por John William Waterhouse)