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lunes, 4 de agosto de 2014
TERCER CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"

3
¡Paremos, paremos! Toda novelista o
cuentista debe preguntarse a esta altura qué es lo que quiere contar. En
realidad una está hablando siempre de sí misma ¡Qué importancia tiene! Sigamos
Elena.
“Me rebelé contra tanta
desgracia, pensé: la vida es acción de una misma y no sólo de los demás o de los
acontecimientos externos sucedidos a nuestro alrededor. Inspirada en la
convicción de esa iniciativa propia, como remedio para los males del alma,
anoche, después de abandonar la escritura de este borrador, me puse a caminar
por el barrio. El deseo de ahuyentar las tristezas me llevó, como mareada, a
internarme por la Avenida Scalabrini
Ortiz, antes Canning. Bajé de mi departamento, casi en la intersección con
Avenida Corrientes, y me puse a caminar hacia el lado de Santa Fe, mirando
gente, vidrieras iluminadas, bares, pero sin prestar atención a nada fijo,
excepto a nuestras congéneres, las minas.-
Sabés, siempre me han gustado las mujeres,
desde chica. Te lo confié, recuerdo, después que atraje hacia mi boca la tuya y
nos regalamos ese profundo y caliente primer beso y sentí la necesidad de explicarte.
No me puedo resistir a veces ni a mi desnudez en el espejo y debo masturbarme
y, ni hablemos, a un buen par de lolas o piernas descendiendo desde una breve
minifalda hacia la vereda o el asfalto o la calle adoquinada, enfundadas en
medias de diferentes trazos o desnudas, exhibiendo esa morbidez y turgencia tan
especiales de nuestras extremidades femeninas. Te cuento que al llegar a la
esquina de Santa Fe y no recuerdo qué otra calle divisé una. Me miraba, desde unos grandísimos ojos negros
curiosos. Tenía la piel blanquísima y un rouge de color malvón, apasionado. Me
acerqué a centímetros de su rostro, que me sostuvo la mirada, con el pretexto
de pedirle fuego y le pregunté si estaba desocupada. Me dio un sí lánguido, la
llama del encendedor iluminó brevemente su boca y después de mi primera
bocanada, sin dejar de observarnos, nos aferramos las puntas de los dedos a
manera de presentación.-“Elena”-dije.-“Malva”- respondió. Enseguida comenzamos
a caminar juntas hacia su departamento, un edificio altísimo, una torre muda y
cuadrada. Entramos en silencio al palier del edificio mirándonos. La chica, no
tendría treinta, cuerpo de mulata, vestida sólo con minifalda y transparencias,
había aumentado el ritmo de mis latidos y la frecuencia de mi respiración.
Fingía despreocupación masticando un chicle, pero igual advertí que estaba tan
turbada como yo. Cuando cerramos las puertas del ascensor, de hermético acero,
la sentí, jadeaba. Se quitó el chicle, lo tiró en un recipiente para residuos,
un cubo, también de acero, al costado de la puerta, yo tiré mi cigarrillo como
estaba y nos besamos. Las dos temblábamos
de deseo. Creo que sólo le di tiempo y espacio para que pudiera extraer su llave
de la cartera, abriera la puerta del departamento y la volviera a cerrar detrás
de nosotras antes de que cayéramos en su cama de dos plazas o mas, verifiqué
ese detalle; por fin habíamos encontrado algo muelle y blando para refugiarnos.
Estábamos enloquecidas, encendidas, apasionadas. No obstante, como cuadra a dos
mujeres, nos permitimos ir quitándonos la ropa lentamente, con toda la
delicadeza de la que fuimos capaces, mientras nos propinábamos pequeñísimos
besos en distintas porciones de nuestros cuerpos. Había un gran ventanal; exhibía
los contrastes de luz y oscuridad de la noche porteña un poco más abajo del
piso en el que estaba el departamento, seguramente bastante alto, quizá en el
número veinte o más. Me sentí en el paraíso y en ningún momento pensé en vos.
Sí, después, cuando concluimos nuestra fiesta erótica y Malva me ofreció
compartir un porro. Nos dejamos deleitar por el humo. Nos penetró mucho más allá de los pulmones,
por supuesto. La habitación estaba en penumbras, nosotras iluminadas, irradiábamos.
Nos sentamos apoyando nuestras espaldas en el respaldo y nos miramos muchas
veces y nos volvimos a besar otras tantas, entregadas a nuestras ganas y a
jugar sin límites a satisfacernos, aunque nos detuviéramos cada tanto para
cambiar palabras, gestos, sonrisas. Sentimos en nuestros cuerpos desnudos e
inocentes, como si fuéramos animales sin memoria, el amor que practicamos en
ese momento, y no estuvo hecho de abstracciones ni recuerdos. Me pregunté cuándo
volvería a la realidad. También, un poco alarmada y con culpa, qué me
diferenciaba en ese momento de los chicos de la villa en los momentos en que
quedan con los ojos hacia dentro y la imaginación vacía después de aspirar
Paco.
Malva me sacó de la
elucubración saliendo ella de la cama y tomándome de la mano.
-Vení – me dijo – vamos a
tomarnos algo rico ¿Qué querés?
- Después de esto creo que me
vendría bien algo fuerte.
-¿Algo cómo…?
-Whisky ¿Podría ser?
- Podría ser.-
Malva caminó conmigo en medio
de extraños objetos hechos de vidrios y metales que despedían destellos hasta
un barco de madera lustrada en un rincón de un living grande con piso de mármol
sobre el que había pintada la superficie del mar, como si fuera una gigantesca
fotografía; impresionaba, parecía que quien pisaba se fuera a hundir. Bajo la
borda del galeón estaban depositados las botellas y los vasos en un
compartimiento de cristal iluminado, de modo que los diferentes colores de los
líquidos producían un irisado destello. Sacó todo de la barriga lustrosa
preñada de luces e iridiscencias del bajel, lo apoyó sobre la barra borda y
comenzó a sacudir el pico de la botella que contenía el líquido color miel
sobre el cristal tallado del vaso ancho y chato. Lo llenó hasta la mitad. Me
acompañó ella también con un escocés.-
- Y, contáme, Elena, estás
sola?
- ¿Y vos?
- A mi me dejaron.
- A mí también.-
- ¿Quién, un novio, una novia?
- Una novia. ¿Y a vos?
- Es una historia larga. ¿Y a
vos tu novia, hace mucho, poco, cómo fue?
- Mirá que sos curiosa. Hace
poco. Ella es casada.
-¿Conocés al marido?
- Sí, es un amigo.
- ¡Jodido! ¿No?
- Jodidísimo.
- ¿Y ahora?
- Ahora nada.
- Bueno, si no querés no me
cuentes.-
No quería. Se me habían
terminado las ganas de hablar. La miré, le sonreí y la volví a besar con suavidad.
Cuando dimos fin a los whiskies
nos despedimos con ánimo de volver a vernos e intercambiamos los teléfonos. Nos
llamaríamos cuando las dos o alguna de las dos tuviéramos ganas y veríamos.
Llegué a mi departamento a la madrugada y pasé por una panadería abierta para
comprarme cuatro facturas. Me las comí enseguida, vorazmente, con el paquete
apenas abierto sobre la mesada de fórmica clara, que ya reflejaba las
estridencias luminosas de la mañana, para enseguida echarme sobre las sábanas
de mi cama y, luego de desnudarme, dormirme profundamente y sin sueños.
Como sigo viviendo sola, y la
perspectiva de encontrar otra aventura me estimuló, no me costó mucho la noche
siguiente seguir saliendo de cacería. Buenos aires está lleno de mujeres solas,
prostitutas o simplemente despistadas, y de zonas rojas, por lo menos en estos
pocos años que lleva el siglo veintiuno. La segunda noche no tuve la misma
suerte que la primera. Deambulé sin demasiado éxito. Esta vez llegué hasta
Avenida Las Heras, bastante oscura. Me sedujo cruzar el enorme parque en el que
antes estuvo, hace muchísimos años, la penitenciaria y que, de día, sirve para
que la gente tome sol liviana de ropas y los paseadores de perros lleven a los
caniles que hay allí los ejemplares de las distintas razas que se aburren a
morir en los departamentos de la zona y ladran, roncos y monótonos,
ásperamente, como para tratar de raspar o erosionar la indiferencia de los
humanos que los convierten en sus mascotas. Observé, a esa hora de la noche,
una noche con luna, algunas parejas sobre los bancos; las chicas a caballito
sobre los muslos de los muchachos, pegados en un abrazo un tanto gomoso y en
besos que supuse igualmente húmedos. Parecían marionetas de trapo y hule
patinadas por luces y sombras. Pero esta vez no hubo alguna mujer especial que
se fijara en mí o yo en ella. Las pocas que crucé parecían distraídas o, cuando
no, abismadas tal vez en sus propias desgracias, meditándolas o, muy burda y
provocativamente, las del oficio mas antiguo, mirando a los paseantes para
obtener algún dividendo de su trashumante profesión. Extrañé un poco a Malva y
a su living oceánico. Al extraño galeón que nos había devuelto a tierra después
de nuestro amor, intenso como una aventura de Ulises.
En la atmósfera había un olor
pesado y maloliente, como a aliento de borracho, o a milanesa cuando, ya pasada,
está comenzando a podrirse. Un aroma de
noche de verano, pero desagradable, a flores fétidas, a cuerpos que hubieran
transpirado en demasiadas oportunidades sin bañarse, a sábanas muy usadas o a
catinga, antigua y misteriosa palabra que escuché en boca de mi abuelo y me
explicaron que aludía al fuerte olor a cuerpos sucios de la gente de color.
Entonces comencé a tomar conciencia de lo mugrienta que podía resultar una
ciudad tan trajinada como Buenos Aires. Bolsas de basura de polietileno negro,
de consorcio, abiertas como vientres de delgadísima piel, dejando escapar sus
contenidos estomacales o intestinales de hedores rancios, derrumbadas sobre
veredas húmedas y oscuras, husmeadas por perros hambrientos, se veían en las
calles mal iluminadas y en las avenidas. No sólo la villa estaba atravesada por
el humo de las quemas de basura, según había visto y olido en mis caminatas
contigo, Negra; también los barrios más pulidos de la ciudad podían abrirse y
corromperse como cadáveres.
Huí, literalmente espantada,
hacia un café en la esquina de Coronel Díaz y Juncal, un sitio agradable,
limpio y bien iluminado, como en un célebre cuento de Hemingway. Me senté a una
mesita con mantel verde, a la vera de un gigantesco ventanal que daba a la
avenida y pedí un café. Quería mantenerme despierta, así que encendí un
cigarrillo. Últimamente, si podía, evitaba fumar. Había que predicar con el
ejemplo. En la villa, la comisión de vecinos que habíamos conformado se
proponía entre otras metas combatir y, si era posible, acabar con las
adicciones. Pero, qué se podía hacer; las adicciones nacen de las desilusiones
y los fracasos, surgen de la imposibilidad constante de cumplir con los sueños
y los deseos. Esa necesidad tan humana de consumir lo que las publicidades
ofrecen tan estética y seductoramente, dirigiéndose, impiadosamente y por
igual, a los que pueden y a los que no pueden.
En fin, me vi soplando una
larga viga de humo blanco contra la negrura que servía de fondo infinito tras
el cristal del ventanal, expuesta, junto a otros parroquianos trasnochados y
noctámbulos allí sentados, frente a los ojos, a veces curiosos, de los escasos
paseantes. Recordé el cuadro de un plástico neoyorquino cuyo tema es un bar y
un tipo solo sentado a la barra. Es también de noche y una luz cenital
proveniente, suponemos, de tubos fluorescentes invisibles pero encendidos en el
centro del ámbito encerrado por la barra, donde un barman hace girar un
repasador en el interior de un vaso largo, crea en quien mira el cuadro un
agobiante sentimiento de soledad y abandono que sugiere algo así como una infinita
nada voraz a su alrededor; ese vacío, por supuesto, inmediatamente nos alcanza
como espectadores. Siempre fui aficionada a la plástica y el acordarme del
planteo escénico de esa tela me llevó, por asociación, a las de Giorgio de
Chirico, aquéllas en las que no hay persona acompañando la soledad, sino que de
Chirico nos la muestra desnuda en la ciudad iluminada y, a la vez, asombrada,
por la luna.- Un griego, testigo de una Atenas abandonada por el tiempo.-
Negra querida. Yo entraba en
vos como en un cuadro o como en el océano o como en el viento. Siempre de una
manera física y fluida, casi infinita, sin pensar. Jamás quise, ni creo tampoco
vos, ofender a Alejandro.
Hoy me llamaste, después de
que anotara en esta carta o diario lo que había sentido ayer noche sentada en
el bar. Quisiste verme y hablarme. Te recibí, por supuesto, hablamos y, por lo
ocurrido creo, te seguiré escribiendo esta larga carta o epístola, casi bíblica
para mí, dirigida a tu ausencia, hasta que ya no quiera recordarte.
Vuelvo a la tarea. Reproduzco,
o trataré de hacerlo, nuestra inútil y decepcionante entrevista. Cruzaste el
marco de mi puerta, el pasillo de mi departamento estaba casi en penumbras y el
palier igual, apenas iluminado, de ese modo no alcancé a ver la expresión de tu
cara, sólo cerré la puerta rozándote el cuerpo, conmovida, habiendo respirado
ya ese vago olor a lluvia que siempre te anticipa. Nos abrazamos y quise
besarte en la boca, entrar en su espesura, pero me la sacaste. Sentí de nuevo
una rugosa piedra que no terminaba de pasar por mi garganta cuando tragué
saliva, y el corazón se me desmayó un poco. Otra vez el brillo de tus ojos
negros huía y tu cabello partido en largos mechones mostraba tu boca
compungida. Estabas con ese vestidito de gasa negra. Te lo había regalado; destacaba tus formas de
muchacha y la belleza resplandeciente de tu mirada, tus labios, tu pelo, daba
también luz a tu expresión, mezcla de humildad y deseo. Bruscamente, después de
haberme recién rechazado, me tomaste por el cuello, me acariciaste la nuca con
tus dos manos, te colgaste de mí como otras veces, nos besamos.
- Señora Pantera de los ojos
verdes, señora Elena – me dijiste como tantas otras veces cuando bromeábamos. Nos quitamos la ropa, un poco sin saber qué
haríamos ya que, compungida y a la vez sonriente, llorabas reprimiendo los
sollozos y el agua de tu llanto descendía sobre tus mejillas morenas, bañándolas
en una pátina de luz.
- Te quiero, señora Pantera de
los ojos verdes – repetiste nuevamente.
- ¿Qué te pasa? Estás llorando – interrumpí parándote en
seco, como bien se dice, deteniéndote. Me desconcertabas.
- Tuve una pesadilla, algo
horrible – dijiste por fin, mientras no cesabas de apretarme.
- ¿Qué ocurría en tu sueño?
¡Contame, por favor!
Te soltaste, caíste sobre el
diván de gobelinos que tanto te gustaba, desnuda como habías quedado, frustrado
nuestro intento de amarnos, llevaste tu mano a la frente y esta vez tu cuerpo
se dobló en una arcada. Te tomé de la cabeza, corrimos las dos al baño. Agarraste los bordes del inodoro que habías
fregado tantas veces con tus pequeñas manos morenas, vomitaste. Después, cuando
conseguí que te calmaras, me contaste:
- En mi pesadilla Alejandro
nos veía en la cama, desnudas, haciéndonos el amor. Yo me quedaba muda,
desconcertada, sólo le decía, ¡Alejandro, Alejandro! El retrocedía, estaba
blanco como un fantasma. En una mano tenía un objeto oscuro que no alcanzaba a
reconocer enseguida. Por fin vi que era un revolver. Lo apuntaba contra su
corazón, disparaba, su corazón estallaba y su sangre me daba en los ojos.
Desperté empapada en transpiración, aterrada, gritando.
- ¿Tu pesadilla fue, por
casualidad, la noche antes del día en que Alejandro le pagó al oficial de
justicia y yo te llevé la bicicleta?
- Sí ¿Cómo te diste cuenta?
- Ese día no me diste ni cinco
de pelota.
- Ahora vine a decírtelo,…y no
quiero verte mas, disculpame – concluiste. De pronto habías quedado seca, sin
llanto, aliviada.
No supe responder enseguida.
Me tomé una mano con la otra y me dejé caer sobre el asiento del diván. Te
alcancé el vestido negro de encaje.
- Ponételo – ordené y
obedeciste sin chistar
Seguí sin saber qué hacer y menos qué decir.
Comencé a sollozar, de manera involuntaria, por supuesto. Fui incapaz de
contener mis convulsiones; me llegaban del estómago, del diafragma, del pecho y
sobre todo, creo, del corazón acongojado e impotente. Quisiste consolarme. Te
acercaste y procuraste contenerme en un abrazo. Te rechacé, soy consciente de
que te empujé. Me sentía lastimada, indignada.-
- Está bien, andate – dije.
Insististe en acercarte. Me incorporé entonces y te tomé de un brazo y te
obligué a caminar hasta la puerta, la abrí, te empujé afuera y cerré. Di las
dos vueltas a la llave. Te escuché llamarme en el palier, vos también llorabas.
Cerré mis oídos, te odié, pero sentía que me desgarraba. A la mañana siguiente
comencé a escuchar la estridente intermitencia de los timbres del teléfono y,
en mi celular, las románticas primeras notas, ahora ridículas, del concierto
número Uno de Tchaikovsky. Apagué el celular y descolgué el teléfono de línea.-
Sabía que eras vos pero nada quedaba para decirnos.-“
Amilcar Luis Blanco
lunes, 28 de julio de 2014
SEGUNDO CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"
LAS WALKYRIAS.- Por Amílcar Luis Blanco.-
2
- Ya te lo dije – concluyó la pequeña de pelo del color de la noche, según
la veía el chico a su lado.
-
Contámelo de nuevo – insistió el chico que se llamaba Tomás y era su hermano.
Estaban sentados sobre el piso de mosaicos rosas y verde agua del patio de
invierno de su casa en Trenque Lauquen, Provincia de Buenos Aires.
- Bueno – accedió Malva y alzó las pequeñas
manos regordetas. Tenía siete años y a su lado descansaba la muñeca de tela
rellena de estopa que ella llamaba Petrona.
-
Hicieron así – dijo. Puso a Petrona de espaldas contra un mosaico rosa, le alzó
las patitas y apoyó la curvatura de la muñeca de su brazo sobre el mosaico, y
la palma y los dedos, como escalándola, sobre la entrepierna y el torso de
Petrona.
-
Petrona es mamá y Gustavo es mi mano…
-
¿Y de verdad estaban desnudos? – preguntó Tomás.
-
Sí.
Los
dos se quedaron callados. Tomás se paró y corrió adentro. Malva encontró raro
que lo hiciera y se sintió después muy triste a partir, - esto no lo recordaba
muy bien-, o de la partida de Tomás hacia el interior de la casa o de haberla
visto a su mamá en la cama con el antipático y asqueroso Gustavo. Por supuesto
que no se animó a denunciar su silenciosa permanencia en el dormitorio en el
momento en que presenció lo que le había contado a Tomás. No alcanzaba a
precisar ahora lo que había sentido entonces, pero, había sido algo así como
cuando se paró en un arroyo en las sierras de Córdoba, en las vacaciones
anteriores, debajo de una cascada. El frío y la fuerza del agua, que se
deslizaba veloz entre sus piernas, la lisa dureza de las piedras que se
superponían y ocultaban, chatas, sobre y bajo la corriente transparente y
mansa, la hicieron recelar y sentir miedo y escapó, no obstante cautelosa,
eligiendo cada piedra que pisaba para no resbalar. Así lo hizo, porque sintió
algo parecido aquélla mañana, desde el dormitorio hasta el patio. Se fue
pisando despacito en la semipenumbra para no provocar ningún ruido que pudiera
delatarla. Después le sobrevino un desconsolado llanto y se escondió en los
fondos de su casa, entre el ligustro y la higuera, donde sabía que no podrían
encontrarla. Confió a la tarde sólo en Tomás. Ella sabía que nunca contaba
nada.
Y
aunque Tomás no contó nada, a partir de aquélla tarde, la vida cambió para
ambos. Sobre todo en el trato con su madre que se volvió menos confiado y
cordial. Pero entre Tomás y Malva ahondaron en una intimidad más cómplice. Se
alternaron para compartir sus camas, donde no paraban de conversar bajo las
sábanas hasta que el sueño los vencía. Tomás se hizo huraño y cauteloso, Malva
observadora e impulsiva, a veces irritable y desobediente. Coincidieron sin
embargo en demostraciones de cariño, en ocasiones desmesuradas, hacia su padre,
don José Gervasio Chávez, el infatigable don Pepe, como lo apodaron siempre,
que pasaba la casi integridad de sus días en el taller mecánico y comenzaron a
acompañarlo. Querían estar con él y trataban de ayudarlo en lo que podían.
Malva
creció aprendiendo de todo. Desde desenroscar tuercas para cambiar neumáticos,
colocar con la herramienta especial las bujías, manipular diferentes tipos de
crickets, espiar los secretos de cilindros y pistones antes de la rectificación
de un motor, manejar el soplete para soldar, etcétera, etcétera, hasta
participar, junto con su hermano, en todos los asados organizados por los
mecánicos. Con Lucas, el hijo de uno de ellos, amigo también de Tomás, cuando
tuvo once años y su primer período menstrual, accedió a quitarse la bombacha
para demostrárselo. El muchacho, de la misma edad, tuvo después que cumplir su
parte en el trato. Masturbarse delante de ella hasta que le saltase el semen.
Un día, Malva, le pidió que la dejara hacérselo y Lucas le puso como condición
que lo dejara a él también meterle el dedo índice, la punta, en la entrada de
su vulva. Le aclaró que tenía las uñas bien cortadas y las manos bien lavadas y
que lo haría despacito, sin que a ella le doliera. Que al contrario, que le iba
a gustar.
El
taller mecánico estaba en las afueras y ellos se alejaron todavía más, a un
lugar escondido. Malva sentía la yema del índice de Lucas rozándola con
suavidad. Le pidió que la presionara apenas sobre el rojizo botón del clítoris,
inmediatamente atrás, en la cima de la comisura vertical de la que partían los
labios vulvares. Los había observado largamente, así como la totalidad de sus
genitales externos, valiéndose de un espejo, comparándolos con los de una
lámina en colores de un grueso tomo robado de la rala biblioteca de don Pepe.
Mientras aferraba la muñeca de Lucas para que no apretara más de lo debido, y
sin poder evitar abandonarse a la sensación de placer y cosquilleo que la
manipulación despertaba en todo su cuerpo, no dejaba de observar también cómo
se nublaban los ojos de su compañero y cómo se desplegaban flojos sus labios,
mientras ella, al mismo tiempo, apretaba, subía y bajaba su mano sobre el pene
endurecido de Lucas, elástico y suave al tacto como una seda. Estuvieron así
hasta que las gotas tibias despedidas por el asediado órgano fueron atrapadas
por las dos manos juntas de Malva, que ascendieron a su cima anticipándose,
cuando ella pudo presentir la eyaculación en el estertor que la precedió. En
ese momento también ella buscó con su hendidura genital que el dedo la
penetrase, pero él se aflojó y se retrajo, abandonándose, y empujó las dos
manos de ella alejándolas de su sensibilizado miembro. Ella lo soltó pero se
recostó contra su pecho y le pidió que la besara. El aceptó después de un rato,
al principio desganado pero enseguida entusiasmado con el entusiasmo de ella,
repetir lo que habían hecho.
Una
siesta de verano de un día feriado en la que pudieron escaparse temprano
llegaron a hacerlo hasta cuatro veces. Terminaron entrada la noche y diciéndose
que se amaban. Entonces, en el tercer encuentro, y según Malva lo había
premeditado, como el heráldico estertor se demoraba, ella quitó la mano de
Lucas de su clítoris y se hincó, acaballándose, sobre el pene, metiéndoselo
hasta el fondo en la vagina. Sintió un tirón, un pinchazo y un aumento de
líquido en el interior de su conducto. Supo que había sido desvirgada pero al
mismo tiempo el cosquilleo se le transformó en estertor como el de su amigo y
el amargor de su garganta en contracción placentera, y, al acabar éste, casi
enseguida, el estertor se hizo convulsión que la arqueó y la sacudió como si el
cuerpo se le partiera y una descarga de electricidad sagrada la pateara para
dejarla caer de nuevo, blandamente, sobre sus genitales empapados y calientes
como sobre una laguna. Un placer sin límites la recibía. Un destino de gozo
infinito se abría para ella. Siguió besando a Lucas y retuvo el pene quieto en
el interior de su vagina mientras besaba a su dueño en la boca suavemente,
lentamente, esperando que despertara y creciera de nuevo en la empapada cavidad
de su bajo vientre, hasta que consiguió por fin llevarlo después de regodearse
ella misma en voluptuosidad y placer, a la última y cuarta explosión, la
segunda para ella.
Amilcar Luis Blanco
martes, 22 de julio de 2014
PRIMER CAPITULO DE MI NOVELA "LAS WALKYRIAS"
LAS WALKYRIAS.- Por Amílcar Luis
Blanco.-

Fueron kilos y kilos de sí mismo bajando del
colectivo por la estrecha puerta, pisando sobre el estribo, el pie calzado en
el mocasín de cuero legítimo de color apagado, mate, ocre, marrón militar, a
veces rojizo, que ella, Elena, le regalaba para las fiestas y que a su padre,
Toribio Marchanta, tanto le gustaban y lo enorgullecían; kilos que llegarían a
ser toneladas si se multiplicaran por los días y días que este señor, un tanto
grueso, subía y bajaba de ida y de
vuelta de la esquina en la que lo tomaba, del barrio en el que está todavía su departamento, Palermo, hasta la esquina en
la que se bajaba en su trabajo, Once. Así lo evoca ahora ella, sentada a la
mesa de su mate y sus diarios matutinos, después del vacío físico que le ha
dejado su partida definitiva. Y a su madre, Elena Koniatowska, flaca, el rostro
todavía juvenil pese a las arrugas, el cuello largo, el pelo blanquísimo y con
el esbozo de un diminuto asombro dibujado en sus facciones, una colegiala
sorprendida:“-Elena ¡Cuídate hija!.- Sí mamá.- Elena, poné la pava para el mate
de tu padre. – Sí, mamá.- - Elena, hija, te quería preguntar ¿Qué pasó anoche
con la negrita? Te escuché hablar con ella ¿Lloraba?- Peleó con su marido, nada
importante mamá”.- “Menos mal que estás vos para consolarla, hija…”. Elena
Marchanta, hija, siente que su madre la mira desde adentro del espejo, con su
imaginación recurrente viajando al inmediato pasado, como si la estuviera
viendo peinarse y dirigirle en voz alta las preguntas para que le llegaran
hasta su cama en la habitación vecina.- Las palabras se pierden en el living
vacío, en el departamento ahora lleno de luz y huecos, ocupado por nadie. Es
decir por ella, Elena, y por la ausencia de sus padres. Se incorpora del mate y
de la silla y de la mesa de sus padres, como si se levantara miles de veces en
una secuencia fílmica que apilara y mostrara los fotogramas que ascienden desde
la silla hasta su posición de parada. No ha comido nada. Deambula, va de la
cocina al living, a su dormitorio, al de ellos, al baño, al lavadero y se
pregunta por qué el destino nos separa de las personas que amamos. Hace calor,
y hay humedad. Tiene puesta sólo la bombacha. Sobre el pequeño escritorio en su
pieza yace, abierto, un ejemplar de “La Odisea ”. Ha estado releyendo pasajes de las
aventuras de Ulises sentada sobre el inodoro, envidiándole su condición de
varón. Un vago deseo de viajar, como un dolor incontenible, la inunda; se parece
a la mezcla de presión y vacuidad que produce en el vientre la descompostura
estomacal o intestinal que precede a las evacuaciones; en la cotidianidad todo
se mezcla, Ulises Laertíada y la lejana isla de Itaca con los contenidos de las
ingestas que se expulsan por las mañanas del verano inminente en los baños de
los departamentos porteños. Todo tiene un raro tinte universal. Hay también ese
descubrir que nunca estamos cuando tenemos que estar, como si hubiéramos
desayunado con fantasmas, que casi nunca nos abrazamos cuando sentimos esa
necesidad de que nos contengan, esa apetencia de amor, esa zona baldía. Lo
piensa por sí misma y por los sí mismos que fueron sus padres cuando los tres
estaban conviviendo, todavía juntos. Pero más lo siente que lo piensa ahora, en
el instante, aunque no quiera tocarla con los ojos de la evocación, respecto de
esa mujer que le parece haber perdido para siempre, era su amor y amaba el diván de gobelinos sobre el que tantas
veces se habían acostado para disfrutarse juntas, acariciándose, besándose.
Finalmente se sienta y comienza a teclear en la computadora. Las palabras se
van dibujando sobre el fondo blanco de la pantalla y ella relee.
“Esta carta es para vos,
Negra, aunque no te la mande nunca. Ayer, cuando nos despedimos, sentí que la
magia, el imán que había entre nosotras, se había extraviado como el norte
entre dos brújulas rotas.”
Se
detiene después de esta frase. Se aprieta los puños alternativamente, de a uno,
hasta hacer sonar suavemente los huesos. Una de sus pretensiones fue siempre la
de llegar a ser escritora. Una escritora de verdad, cuentista, poeta,
novelista. “Los seres se nos atraviesan sin ser nunca nosotros y uno jamás
consigue ser el otro. Hay barreras invisibles, nos disuelven” – piensa. Vuelve
a posar sus yemas sobre los circulitos del teclado y continúa.
“ Supe que ya no iríamos la
una hacia la otra con la misma avidez, el parejo deseo, la alegría inocente,
que nos habían animado siempre, hasta aquella reunión fatídica de ayer a la que
había llegado en la bicicleta que te regalé, temiendo que me asaltasen, sorteando de todo mientras pedaleaba por las
calles y las veredas, para desembocar en el caserío desparejo de viviendas
chatas, de cartón o chapas, con veredas
y calzadas de escombros y tierras
endurecidas, peladas por el sol, la lluvia y la dejadez de los servicios
municipales, sólo sirvientes de los barrios ricos.”
Describir
es recordar, volver a un lugar para meterse en lo que quiere narrar, en este
caso, además, cuenta algo que le sucede o, peor, le sucedió. Siente que en una
obra literaria, desde Homero en adelante, sólo se dialoga con la conciencia,
con la interioridad de uno mismo, con las evocaciones. En realidad con
fantasmas.
“Allí, en esa reunión de
vecinos, Alejandro había pagado los dos fajos de billetes que juntamos entre
todos para contribuir a cancelar una deuda ajena con la esperanza de que se
levantara el gravamen, la hipoteca que pesaba sobre el local de “Lucha y
Esperanza”, la sociedad de fomento perteneciente a la desdichada población que
conformamos- me siento unida a ustedes aunque viva en un departamento-,y te
noté extraña, pálida y alejada, con tus oscuros cabellos abiertos y tus ojos
mas negros que nunca, como si miraran hacia dentro de vos misma. Sentí también
que aunque me abrazaste, me agradeciste la bicicleta que tanto necesitabas y
lloraste, después del llanto tu abrazo fue evasivo. Abandonaste el apretón de
mis manos, que querían darle abrigo y refugio a las tuyas, como si te diera
asco o vergüenza que te tocara.”
Quizás
esta última frase sea algo melodramática, no del todo exacta. A veces rehuimos
el contacto con otro cuerpo no por asco o vergüenza sino por un urgente y
poderoso deseo de soledad. De todos modos Elena está decidida a entrar en
materia o en lo misterioso y desconocido del sentimiento que le despertó ese
rechazo de su amiga. Sigue entonces.
“No es fácil, ya lo se, esto
de que seamos lesbianas y nos hayamos enamorado. Esto de tropezar cada día
frente a los otros, que son como espejos que nos miran desde una vertiente de
nosotras mismas que creíamos superada, pero que está ahí siempre, como un
personaje que nos observara, nos vigilara y se riera de nosotras, esperándonos,
preguntándonos cuándo retornaremos a él, o a ellos, como si fuéramos un ser de
numerosísimas cabezas que acordonara la tierra misma; como si fuéramos la
humanidad, la gente, el total de la gente, el mundo, siempre iguales o parecidas
a nosotras mismas y a los otros, con una curiosa e impenetrable homogeneidad,
la que nos confiere el hecho de que los demás sean mayoría aunque no los
conozcamos y supongamos que sí ¿Qué se yo?”
Interrumpe
el tipeo, empuja con su cola para correr la silla en la que está sentada,
estira los músculos, se despereza. Ha ingresado en la selva de sus preguntas.
Piensa que es buen momento para encender un cigarrillo. Se para, va hasta su
cuarto y retira el paquete, el cenicero y el encendedor de su mesa de luz, se
lleva el cigarrillo a los labios, lo enciende. Se mira brevemente en el espejo
del tocador los senos y los pezones y una expresión de ansiedad en el rostro.
Regresa con todos los elementos recogidos a la mesita del living en la que está
la computadora, los deja al costado del mouse. Se sienta nuevamente y vuelve a
la posición anterior, acomoda la silla, coloca sus dos manos en leve contacto
con el teclado en actitud rampante. Prosigue.
“Cuando miré a los ojos a
Alejandro, en el momento que entregó el dinero al oficial de justicia y las dos
sollozamos, mi súbito lagrimeo, que quise contener y no pude, fue porque él
comenzó a hablarle al funcionario, con ese tuteo improvisado que emplea para
hacerse simpático, para tratar de evitar la desgracia que desde que nació
amenaza su vida de pobre y la del matrimonio que forma con vos. Le tomó la mano
que se había apoderado de los billetes y le dijo:
- Hermano, que lleguen a
destino es lo único que pido, vos sabes – hizo un silencio hondo en el que
respiró -, vos sabés – repitió y ahí sí la voz se le quebró – lo que nos costó
a nosotros, a todos los que estamos aquí, reunirlo.-
Después ya no dijo más y la
mano que se había desprendido de los billetes que habíamos ensobrado en dos
bolsitas de polietileno se dirigió al ceño de su cara compungida y atrapó con
pudor ese instante de desoladora angustia, tristeza y amargura que lo invadió y
que a mí, y creo también a vos, me contrajo el interior del estómago y la
garganta como si tragara de golpe una piedra.-
No se, pero creo estar segura
de que a partir de ese segundo fatídico comencé a sentir el escaso o casi nulo
sentido de nuestra relación. Vos, aunque estuvieras a su lado con la cabeza
gacha, sosteniendo tu bicicleta como si fuera un animal extraño, no ajena a la
decepción que sentíamos todos, quizá ya puesta a la altura y respirando, también, el aire de esa depresión, cotidiana
para los que viven en un estado de miseria crónica, supongo que comenzaste a
sentir lo mismo, es decir, añadiste a la desesperanza el descubrir que ya no me
amabas, me parece, ojalá no fuera así. Por
todo eso y quizá por muchas cosas mas escribo esta carta sin destino, nunca pienso enviártela, es una carta para olvidarte. La escribo para mi sola,
tal vez para dejar testimonio de mi soledad y mi angustia. Para dejar de
condolerme al ver las mañanas, las tardes y las noches, porfiando por encima y
por debajo de mi misma y decorando un tiempo que no deja de pasar, absurdamente,
con lluvias, soles, nublados, vientos, programas de radio o televisión
escuchados o vistos distraídamente, sin prestar atención a lo dicho o hecho,
metida en recuerdos y fantasías, alimentando a veces imposibles esperanzas de
que vuelvas y me quieras…”
“¿Es
verdad esto? ¿Estoy realmente esperando que la Negra Edelmira vuelva y me
quiera o estoy harta de ella?” No habría que aclarar que Elena se ha detenido y
ha mirado el techo por un rato tratando de relajar los músculos de su cuello.
De pronto precipita de nuevo sus manos como una pianista sobre el pequeño
teclado.
“De que te me acerques como lo hacías antes,
Negra mía, cuando los ojos te brillaban de deseo y curiosidad, cuando tu piel
me comunicaba la palpitación de parpadeo o la trepidación volcánica de tu
cuerpo conmovido. Entonces nos besábamos y acariciábamos, ya sin aguantarnos la
tremenda y agotadora abstinencia que solíamos imponernos ambas y que duraba
días, semanas, meses, para que por fin, nuestra impaciencia triunfara y
volviera a regalarnos la convicción de que habíamos nacido para vivir juntas,
para no separarnos jamás.- Vos, viviendo en la villa y yo en el departamento de
clase media que me dejaron mis padres después del fallecimiento súbito en ese
accidente de mierda que me desgarró el alma, al que no fuiste ajena en tu condición de doméstica
para ellos, de pleno amor para mí.
Hoy me desperté temprano y
desvelada como estaba pensé que transformaría esta carta en diario y que lo
escribiría hasta que tuviera fuerza o ganas. Así que después de lavarme la cara
y sin desayunar todavía porque me sentía con energía me senté frente a la
pantalla de la computadora, activé el Word y me puse a escribir.- No estoy
limitada por ningún propósito fijo. Puedo atrasar hacia mis recuerdos de
infancia, adolescencia, temprana juventud o contar lo que hice ayer o
inmediatamente antes o inmediatamente después de haberme sentado a escribir.”
Amilcar Luis Blanco (Continuará)
Amilcar Luis Blanco (Continuará)
domingo, 6 de julio de 2014
Los pequeños quijotes ilustrados
En el fondo de mi siempre tengo la sensación o convicción de ser un pequeño quijote ilustrado, un quijote más, así, con minúscula, perteneciente a esa clase media ilustrada con primario, secundario y título en una universidad pública que emprende batallas solitarias, desconectadas de las de otros pequeños quijotes ilustrados, perdidas de antemano. En mi caso son las de esos escritores mediocres cuyos escritos no interesan a nadie, o a casi nadie o a muy pocos pero en los que procuro, sin éxito alguno, textualizar y hacer oír impresiones, críticas, opiniones, sucesos que me parecen ejemplarizadores y que están siempre pretenciosamente dirigidos a cambiar el mundo, a defender o establecer una ética que podría salvarnos de tanta decadencia formal a veces y otras decididamente material en la que suelo ver volcados y revolcados a mis congéneres, con una soberbia de mi parte, digámoslo, digna quizá de mucha mejor causa.
En esos momentos, siempre, como telón de fondo, la honda impresión de ser una especie de vagabundo loco, como aquél grandioso y aparentemente ficcional manchego imaginado por Cervantes, me asalta. Me hace de coro de conciencia y no me abandona ¿Estaba loco Alonso Quijano o el mundo estaba loco y él lo cabalgaba con toda su cordura a cuestas? Esos destellos constantes de una cordura sempiterna y doméstica que él hacía descender en forma de retórica coloquial desde su púlpito, la cabalgadura sobre el lomo de su Rocinante, hacia la ramplona y sencilla de Sancho Panza montado sobre su humilde borrico.
En un mundo en el que nadie o casi nadie nos escucha o lee y en el que, cuando alguno nos responde para coincidir o disentir, enseguida advertimos que se trata de alguien que está tan solo y aislado como nosotros, a mí por lo menos, no me queda otro remedio que pensarme como un pequeño juguete, un muñequito, un soldadito de plomo, un mordillo de bebé, una pelota olvidada o cualquier adminículo que apenas se levanta sobre el suelo del mundo como un objeto de escasa o nula importancia.
Sin embargo en este recorrido filosófico, metafísico y últimamente estético de intentar percibirme a mí mismo y delinear mi contorno en el mundo, no puedo dejar de entronizarme un poco, de conferirme cierta categoría, al considerarme un pequeño quijote ilustrado. Como aquel diccionario Larrousse, siempre a mano, de uso doméstico, cotidiano, que nos alcanzábamos hasta nuestro menesteroso entendimiento para desentrañar o sorprender el misterioso significado de las palabras.
En nuestro vertiginoso ahora, cruzado por los medios masivos de difusión de hechos, ideas y pensamientos, avivado por los seres y mundos virtuales, en los que las relaciones se han vuelto líquidas o rápidamente liquidables y prevalecen y predominan los "contactos" entre los seres mucho más que los vínculos profundos y reales, que décadas atrás nos comprometían humanamente y determinaban que nos jugáramos por causas a las que conseguíamos poner en acción y movimiento, las luchas contra los molinos de viento, la liberación de los galeotes cautivos de cárceles donde se los tortura, como Guantánamo por ejemplo, del hambre que hincha los vientres de los niños africanos, de mujeres que son brutalmente golpeadas y maltratadas por hombres cuyas mentalidades, pueriles y siniestras a la vez, alimentadas por mitos enceguecedores y supersticiones siempre redivivas, son como las cabezas de una gorgona en multiplicación y crecimiento permanentes, la liberación también de los obnubilados por prejuicios de poderíos fantásticos, llevados adelante por megalómanos genocidas que no vacilan en hablar de paz y bombardear con misiles, los enmascaramientos constantes de los personajes de una realidad o un mundo siempre novelesco y rocambolesco, las aventuras de quienes escribimos y pensamos resultan conmovedoras andanzas de locos además esterilizados, absolutamente impotentes, sumidos en el anonimato más radical y cerril del que se tenga memoria.
Este mismo discurso que estoy hilvanando ahora me parece una quijotada, algo sin verdadero sentido o penetración para influir en alguien en modo alguno. Sin embargo lo escribo igualmente porque hasta el absurdo se rebela en mi interior y procura salir desde mí como un ademán, un gesto, como palabras impregnadas, ni siquiera del sonido y la furia de aquel personaje debido a la pluma de William Faulkner, Quentin, remake del Shakespeare que fuera contemporáneo de nuestro Cervantes, durante aquel agitado siglo XVII en el que el final del medioevo se codeaba con los comienzos de la modernidad, sino en cambio pronunciadas como una variación dentro del bochinche reinante que por su delirante desmesura nos ha ensordecido tanto que ya se ha transformado en silencio.
Amílcar Luis Blanco (Ilustración de Gustave Doré)
viernes, 27 de junio de 2014
En la isla


En la isla, hasta que cambiaron las cosas, sólo había silencio y soledad. Además, claro, estaban el mar, el cielo y la selva interminable en su centro. Al fondo se veían las faldas y las cumbres escarpadas de las montañas pero hasta la orilla en que se alzan las primeras palmeras, la linea de frondosidad verde que marca el comienzo de la fauna y la flora, únicamente la arena amarillenta y ocre, ennegrecida en la proximidad de la tierra por un humus acostumbrado a las lluvias interminables, se propaga y difunde como dibujándole una holanda, una especie de festoneado orillo zigzagueante al encresparse blanco de espumas de las olas verdes, azules y ambarinas, entrando y saliendo con un rumor hondo, salvaje y monocorde.
Estaba allí para una misión especial según me habían dicho. Me habían dejado desde un helicóptero con equipo y víveres en una pequeña vega anterior al ascenso de las cuestas más oblicuas y alzadas; un parapeto o mirador sobre el que está construido el chalet de dos plantas que me serviría de vivienda en los próximos tres meses.
Durante esos días debería observar la fauna y la flora y hacer anotaciones. Me habían dotado de un equipo que incluía botas hasta la entrepierna reforzadas que son aptas para protegerme de las picaduras de las alimañas que pululan en este medio, desde zancudos y tábanos, hasta arañas y víboras.
Soy biólogo, botánico, zoólogo pero también entomólogo. Para cualquiera que no sea yo mi vida es bastante aburrida y aunque busqué amigos para que me acompañaran en la aventura ninguno se prestó. Todos me desearon la mejor de las suertes pero se apartaron con diferentes excusas.
Trabajo para una revista científica que se haría cargo de todos mis gastos durante la estadía. Disfrutaba verme libre de la tiranía de teléfonos y celulares porque, aunque había llevado mi celular sólo me serviriría para comunicarme con el helipuerto en Valparaiso pero ya no con Buenos Aires, ni siquiera con mi novia. Y esto de los celulares lo pensaba porque cuando trabajaba en Buenos Aires me interrumpían a cada momento en la redacción o la biblioteca para consultas. Había quienes estaban todo el día dándole a las diminutas teclitas, chateando sin ton ni son. Usaban el adminículo como una suerte de bastón anímico, estaban siempre conectados en un estado de comunicación superficial y aleatorio, más bien ilusorio. La realidad está afuera, a la intemperie, al aire libre, es la de las plantas y los animales. El ámbito cultural de la ciudad me ha parecido siempre un remedo de la naturaleza, ese hábitat natural sólo de nuestra especie plagado de caminos equívocos.
El primer día en la isla caminé mucho, bajé desde la vega hasta la playa, distante unos tres kilómetros una de otra y cuando llegué, fatigado, me senté sobre una salencia de roca y estuve contemplando el mar.
Por un momento pensé que sería interesante que, en vez de observar y anotar los hábitos de los animales y las particularidades de la abigarrada arborescencia y estudiar los insectos, se hubiesen instalado en lugares estratégicos de la isla cámaras de video, protegidas como ojos, para espiar mi propia vida en el lugar; la de un hombre solitario que no es ni se siente un náufrago porque tiene todo lo necesario a mano. Claro, hacer esto sin que yo me entere, para que mis comportamientos tuviesen la autenticidad y la inocencia de lo espontáneo.-Para lo que más tarde ocurrió hubiera sido útil, indispensable, pero no quiero adelantarme.
Lo cierto fue que después de este pensamiento me sorprendí a mi mismo considerando que nunca había hecho nada en mi vida sin la sensación de que alguien me estuviese observando. De modo que aunque no supiese que hubieran puesto cautelosas cámaras, incluso micrófonos para registrar hasta mis exclamaciones, toses, etcéteras, igual me comportaría como si las hubieran puesto.
Me dije que entonces jamás había estado solo o me había sentido solo, que por más que, como en ese momento, hubiese empezado a anochecer en un lugar que no era ni Buenos Aires ni Valparaiso y eso me determinara a comenzar mi regreso por el camino andado para encontrarme de nuevo en el chalet antes de que la noche cubriera la isla, la soledad, el silencio plagado de sonidos de pájaros y alimañas, eran ilusiones.
Y me atreví a pensar osadamente que hasta la isla misma podía ser ilusoria no obstante la obviedad de su accidentada naturaleza.
Después tuve que prodigarme tanto, transpirar, detenerme para que la fatiga no me venciera, aplastar zancudos contra mi cuello, huir a toda carrera sospechando que un jabalí me perseguía o que un puma se movía con celeridad y sigilosamente a mi costado que, cuando por fin cerré detrás de mi la puerta del chalet y encendí la luz, olvidé esa peregrina suposición, tan delirante como utópica o imposible, y consideré que estuvo inspirada en mi falta de interlocutores reales. Exploré la casa y encontré en el placard del dormitorio ropa de mujer. Después, examinando papeles, supe que mi antecesora en el lugar había sido una mujer que tuvo que ser transportada de urgencia a Valparaiso por una picadura de víbora. Me dije que cuando regresara de la isla averiguaría qué había pasado con ella y tuve por seguro que ella no había vuelto allí para buscar su ropa. Se habría sentido sola o habría considerado como yo que la soledad era una ilusión.
Además esa soledad, ilusoria o real, se terminó al tercer día de haber llegado. Había caminado de nuevo hasta la playa, me había sentado y puesto a contemplar la línea del horizonte y el vuelo de las gaviotas cuando de pronto la cresta blanca de una ola lejana comenzó a crecer. A los pocos segundos pareció otra cosa. Sospeché que pudiera tratarse de una ballena o una orca, lo confieso, un poco esperanzado, pero no, no fue una ballena ni una orca lo que vi sino una embarcación, un velero. Al poco tiempo pude contarle las velas. Cuatro, eran cuatro, la más grande en el centro, dos un poco más pequeñas hacia la proa y una decididamente pequeña en la popa. El velero se acercó bastante de modo que se podía ver al timonel y a un hombre de cuerpo atlético, color cobre, que relumbraba al sol con pelo abundante y completamente blanco. A su lado me pareció ver una mujer extendida en una loneta blanca sobre la borda. Distinguí el largo de su cabello, su figura de mayor delicadeza y sus formas femeninas. Era cerca del mediodía y antes de mi descubrimiento y excitación por la proximidad de ese barco planeaba regresar al chalet para cocinarme algo; un trozo de vacío que había sacado del freezer. Pero, claro, me quedé. El hombre agitó su mano saludándome y le respondí el saludo. Me hizo una seña con la palma de su mano, pidiéndome que lo esperara y se zambulló. Tenía puesta una gorra con visera que me permitió pese al sol encandilante observar cómo nadaba. Lo hacía vigorosamente, como un experto nadador. Tanto que a los pocos minutos lo contemplé caminando hacia mí con la rompiente estrepitosa detrás e inclinando la cabeza de un lado hacia el otro como para desagotar el agua que seguramente le había quedado en las orejas. En dos o tres zancadas estuvo frente a mí, me tendió su mano y la estreché feliz de tener delante un congénere.
- Encantado, Marcelo Ruiz- se presentó.
- Mucho gusto, soy Luis Dávila ¿Anda navegando?
- Sí, navego en ese velero - Señaló la embarcación.-
-¿Es suyo?
- Sí, es un yate velero clásico de cincuenta y dos pies para cuatro personas, muy confortable.
Parecía querer disimular el orgullo, pero se le notaba.
- ¿Lo que habrá costado?
- No mucho, dos millones
- ¿De pesos?
-¿Está bromeando? Dos millones de dólares
- Entonces usted es rico
- No puedo quejarme
- ¿Cuál es su negocio, si puede decirlo?
- Puedo, por supuesto. La hojalata. Fabrico envases para cerveza, soy proveedor de dos o tres marcas muy conocidas.
- ¿Únicamente para cervezas? Las latas, digo.
- No, no, también para tomates, arvejas y otras legumbres
- Qué bien, lo felicito por su . . . prosperidad.
- Bueno, le agradezco, pero qué le parece si cambiamos de tema
- Como usted quiera.
- ¿Qué hace en esta isla, está solo?
- Hago observaciones y anotaciones para una revista científica y sí, estoy solo
- Y ¿cuánto hace que está aquí y por cuánto tiempo se quedará?
- Hace recién dos días, me estoy aclimatando y me quedaré tres meses.
- Mire, yo se lo preguntaba porque me quedaré aquí también, pero por una semana. Estoy con mi mujer y tal vez, algunas mañanas y tardes bajemos a la playa.-
- Está bien, muy bien. Me sentiré acompañado. A veces la soledad se hace un poco cansadora.
- Bueno, nos haremos compañía entonces ¿Sabe nadar?
- No es lo que hago mejor pero me defiendo.
- Le decía, porque si no sabe o no se anima podría venir a buscarlo con el gomón e invitarlo a que almorzara con nosotros. Tengo a bordo un chef excelente y hoy preparó un plato de pescado exquisito.
Dudé un momento pero finalmente y como tenía un trozo de carne que había sacado del freezer esperándome, que si no lo ponía al horno se echaría a perder, le dije que no. Le agradecí y le expliqué la razón que me impedía ir a comer con ellos con la promesa de que le aceptaría una próxima invitación. Pareció contrariado pero aceptó. Dijo que me invitaría para otro día.
- Discúlpeme pero me tomó de sorpresa. Si no hubiese sacado esa carne del frío . . .
- Está bien, está bien, no se aflija que no faltará ocasión
Nos volvimos a estrechar las diestras y el hombre se marchó como había venido.
A la tarde el cielo se oscureció y las nubes se agruparon, se levantó un viento muy fuerte y las copas de los árboles comenzaron a inclinarse bajo el peso del viento y de una lluvia descomunal. Tuve que meterme dentro del chalet y cerrar puertas y ventanas. Tenía leña al lado del hogar y encendí fuego porque la temperatura había bajado bruscamente. Los troncos pronto comenzaron a arder y dejaron escuchar pequeñas estampidas y detonaciones. El cielo, igual que la módica hoguera de mi reciente casa, destellaba y dejaba oír desmoronamientos un poco más recios, como de rocas, y los crujidos y chasquidos de los rayos parecían rajar y quebrar la tierra y los árboles. Anocheció casi enseguida. Explotaban ruidos de todo tipo; el alrededor parecía desmembrarse y despegar partes de la selva y lanzarlas a volar. Aún al cabo de algunas horas el meteoro no cedía y escuché algo así como tambores pero no provenían de la tormenta, tampoco de los troncos que ya ardían con llamas elevadas.- Era algo más que la tormenta y el suave susurro de la leña respirando su oxígeno; golpes secos y cortos que se repetían, pero como de nudillos, no demasiado fuertes, un poco histéricos, que daban contra la puerta. Tuve un presentimiento y no porque estuviera pensando en mujeres aunque el momento se prestara y mi novia estuviese lejos. Abrí la puerta con el vendaval azotando y sí, era una mujer, joven, no pasaría demasiado de los treinta, el pelo largo y revuelto, los ojos, que me parecieron negros o azul oscuro, enfebrecidos y la mandíbula machucada, hinchada, con un hematoma amarronado y tenía también un ojo en compota. Enfundada en una malla enteriza de un color azul tornasolado que destacaba sus volúmenes sinceramente encantadores; los de una silueta fina, como de ecuyere, trapecista o bailarina, estaba frente a mi con la expresión descompuesta y completamente empapada. La apuré para que entrara y cerré la puerta con llave, volví a echar el cerrojo porque la fuerza de la tormenta, los truenos y relámpagos, la violencia del viento y la lluvia, arreciaban y envolvían con un atronador zumbido, como de turbina de avión, los oídos; amenazaban además con echar todo abajo.
La mujer entró hipnotizada, temblorosa, y pese a que respiraba agitada, tiritaba. Durante unos primeros momentos, en los que le acerqué un toallón y una frazada para que se secara y tapara, no hubo palabra ninguna entre nosotros. Ella respiraba fuertemente, como si se fuera a ahogar y emitía un gemido, una exclamación de auxilio y temí que literalmente el corazón se le saliera por la boca porque sus temblores se habían transformado en convulsiones que la sacudían y se veía que no los podía dominar. En un impulso la tomé de las manos, enseguida de las muñecas y ella se abrazó a mi cuerpo sollozante, agitándose y desesperada.
- Cálmese, cálmese, aquí está a salvo.
- ¡Ay,ay, estoy desesperada, discúlpeme!
Se apartó de mi bruscamente como si me hubiera faltado el respeto.
- No tiene por qué disculparse ¿Que le ocurrió?
- Mi marido . . . es un hombre violento. Discutimos y me agredió. Me escapé con la tormenta, me tiré al agua y un poco nadando y otro poco empujada por las olas llegué a la playa y caminé hasta llegar acá. Vi la luz de su casa. Seguramente cuando amaine la tormenta saldrá a buscarme, quizás mañana, ahora no porque estará completamente borracho y dormido.
- No se preocupe, no se aflija, puede quedarse acá.-
- Le agradezco tanto, mañana le prometo que me iré, antes de que él venga.
- ¿Y a dónde va a ir?
- No lo se, no se ni dónde estoy
- Mire, por ahora usted puede quedarse aquí, escondida . . .
- El me buscará, imaginará que estoy acá y usted no sabe de lo que es capaz.
- Que venga, yo le diré que no la he visto, que ni siquiera la conozco. Mire, acá hay un lugar en el que puede esconderse. Es un sótano debajo de la despensa.
- El va a abrir la tapa y va a bajar a buscarme
- El sótano no tiene tapa. Está disimulada, sólo yo la conozco. Además tenemos otra ventaja
- ¿Cuál es?
- Le explico, esta es una isla volcánica, tiene cuevas, grutas, que se abren hacia el fondo rocoso en distintos lugares de la isla, incluso en una parte de la costa que es acantilada. Estudié todas las características geológicas antes de aceptar venir y, aunque no estuve personalmente en esas cavernas porque no soy espeleologo, podría intentar convencer a su marido para que oriente la investigación de su paradero por ese lado, que se interne un poco en esas cuevas. Mientras tanto podría comunicarme por radio o con el celular si tengo señal con la estación de helicópteros y hacer llegar uno para que usted lo tome y pueda irse y hacer la denuncia. Aunque los celulares son para mí como bastones anímicos en esta ocasión resultarán útiles.
Pareció aliviarse. Suspiró.
- Gracias, gracias ¿Podrá hacer eso por mí?
- Por supuesto que sí. Tranquilícese ¿Comió?
- Gracias, pero no me pasaría un bocado por la garganta.
- ¿Y un trago?
Me miró, ahora más serenamente y me sonrió y las comisuras de sus labios mostraron una dentadura blanca y pareja, la de una sonrisa enorme e iluminadora.
- Bueno, un trago sí
- Qué prefiere, tengo whisky, cognac, un buen vino tinto.
- Creo que un cognac no me vendría mal.
Fui al bargueño y saqué la botella y dos copas panzonas y las serví. La invité para que se sentara frente al hogar a leña que había encendido hacía poco tiempo y le alargué una copa. Ya las llamas azules y rojizas se alzaban y daban al ámbito una temperatura y luminosidad acogedora, alegre. La mujer se sentó y se envolvió en la frazada, sacó una mano, tomó la copa y me dirigió una mirada y una sonrisa agradecidas.
- ¿Quizás hubiera preferido un te?
Por toda respuesta ella bebió un largo trago.
- Ahora me siento mejor
- ¿Pasó el susto?
- Pasó
- ¿Cómo se llama?
- Lidia, Lidia Martinez ¿y usted?
- Luis, Luis Dávila.-
Hubo una pausa y los dos nos contemplamos como si estuviéramos reconociéndonos.Al cabo de un momento que habrá durado medio minuto pero que me pareció más prolongado la curiosidad siguió desbordándome y entonces le pregunté:
- ¿Es la primera vez que le pasa?
- ¿Qué, que me pegue mi marido o que escape de él desesperada?
- Bueno, no se, dígame usted.
- El muy hijo de puta me ha pegado ya con ésta no se si por décima vez, creo que por décima vez sí porque aunque no lo crea las voy contando. Al principio, las primeras veces, hasta la quinta vez, creo, lo justifiqué siempre, siempre le encontré una explicación y lo comprendí. Lo hice ir a Alcohólicos Anónimos, pero fue tres veces seguidas y después no fue más. Ahora estoy cansada, harta, es la primera vez que escapo. Con tormenta y todo me tiré al mar. Sentí más asco y miedo de estar con él que de que me fulmine un rayo o me coma un tiburón.
Cuando me dijo esto último sus ojos despedían llamas. Pensé en una pantera rugiente y acorralada y sentí, muy acusadamente que en su vida no había nada ilusorio. Sentí que la realidad se habría echado sobre ella cotidianamente, abatiéndola.
- ¿Tienen hijos?
- Gracias a Dios no, no tenemos.
Volvió a beber y agotó de un trago el resto del cognac.- Me alargó la copa y se la llené nuevamente hasta la mitad. Pensé que le haría bien y le permitiría dormir y no me equivoqué porque al rato, después de beber algunos tragos más, comenzó a bostezar y a estirar sus extremidades bajo la frazada.
- Mire, allá está el dormitorio. Acuéstese que yo dormiré en este sofá.
- Faltaba más, yo dormiré aquí
- Escúcheme, no le ofrezco mi cama sólo por caballerosidad. El ventanal de este living, aún enrejado y con cortinas, da al exterior. Supongamos, Dios no lo permita, que su marido llegase por la mañana antes de que nos despertemos, espiase a través del ventanal y la viese . . .
- ¿Qué, su dormitorio no tiene ventana al exterior?
- No, tiene en el techo una claraboya de vidrio opaco o translúcido.
- Ya veo.
Mis argumentos la convencieron y accedió a acostarse en mi cama. Una vez que lo hizo yo mismo me acosté en el sofá frente al fuego, bebí el resto del cognac y entré en un sueño profundo sin pedir permiso a ningún escrúpulo o preocupación.
A la mañana siguiente fortísimos golpes sobre la puerta me despertaron. En un primer momento no recordé lo que había ocurrido la noche anterior. Sólo cuando tambaleándome, medio atontado todavía, grité "espéreme ya voy" porque había escuchado la voz del hombre llamándome, diciéndome "soy Ruiz, ábrame" en tono impertinente e imperativo, recordé a la asustada Lidia que estaba conmigo y entré a mi dormitorio. La encontré ya vestida y temblorosa y la conduje hasta el sótano. Enseguida fui a abrirle a su endemoniado consorte.-
- ¿Qué pasa?
- No se haga el desentendido ¿Quiero saber si está aquí?
- ¿Quién?
- Mi esposa
- Aquí no hay nadie, sólo yo
Ruiz estaba armado, llevaba un rifle y no hizo caso de mis palabras. Ingresó a todas las habitaciones con otros dos hombres y revisó y puso todo patas arriba. Finalmente comprobó que no la encontraría y entonces se dirigió a mi nuevamente como una fiera. Ya no era el mismo hombre que había conocido en la playa. Estaba transformado, transpirado y rojizo
- Necesito saber dónde pudo esconderse. Abreviemos, aunque usted no la conozca ni la haya visto dígame si hay aquí escondrijos, lugares donde alguien pueda guarecerse de una tormenta y esconderse.
Lo miré con fingida perplejidad.
- Están las cuevas
- ¿Cómo es eso?
Desarrollé entonces mi plan. Le expliqué que había cavernas que se extendían desde la costa rocosa hacia el interior de la isla y lo orienté hacia las entradas diciéndole, con cierto lujo de detalles, cómo podía llegar. Le mostré un plano de la isla donde estaban las entradas y le dije que se lo podía llevar a condición de que me lo devolviese. Me agradeció y se fue con los dos hombres llevándose el plano. Cuando comprobé que se había alejado envié un mensaje desde mi celular al piloto del helicóptero.- Después levanté la tapa del sótano y Lidia salió. Le conté lo que había hecho.-
- No soy muy amigo de los celulares, pero para estas emergencias resultan útiles. El piloto me contestó. Estará aquí en media hora y la llevará a Valparaiso ¿Podrá arreglárselas? Le daré algo de dinero y si quiere puede vestirse porque aquí, en el placard, hay ropa de mujer que, aunque no le vaya a medida, le puede servir.
- No sabe cuánto le agradezco. Además coincido con usted en lo que se refiere a los celulares. A veces son sólo bastones anímicos. El mío quedó en el velero ¿Y la ropa, de quién es?
- La ropa es de una mujer que vivió aquí un tiempo, una científica que fue picada por una víbora y hubo que trasladar de urgencia
- ¿Se salvó?
- No se, es algo que tengo que averiguar cuando pise de nuevo el continente. De lo que pasó me enteré hace poco, descubrí su ropa y a partir de ahí revisando papeles encontré hasta una libreta con sus partes diarios, una memoria.
Cuando el helicóptero se alejaba con ella a bordo y el millonario de las hojalatas se convertía en espeleologo sin vocación pensé que había contribuido a que la ilusión se hiciese realidad para alguien y a que la realidad se transformase en ilusión para otro y me sentí satisfecho.-
Amilcar Luis Blanco

(Hylas and the Nymphs por John William Waterhouse)
Además esa soledad, ilusoria o real, se terminó al tercer día de haber llegado. Había caminado de nuevo hasta la playa, me había sentado y puesto a contemplar la línea del horizonte y el vuelo de las gaviotas cuando de pronto la cresta blanca de una ola lejana comenzó a crecer. A los pocos segundos pareció otra cosa. Sospeché que pudiera tratarse de una ballena o una orca, lo confieso, un poco esperanzado, pero no, no fue una ballena ni una orca lo que vi sino una embarcación, un velero. Al poco tiempo pude contarle las velas. Cuatro, eran cuatro, la más grande en el centro, dos un poco más pequeñas hacia la proa y una decididamente pequeña en la popa. El velero se acercó bastante de modo que se podía ver al timonel y a un hombre de cuerpo atlético, color cobre, que relumbraba al sol con pelo abundante y completamente blanco. A su lado me pareció ver una mujer extendida en una loneta blanca sobre la borda. Distinguí el largo de su cabello, su figura de mayor delicadeza y sus formas femeninas. Era cerca del mediodía y antes de mi descubrimiento y excitación por la proximidad de ese barco planeaba regresar al chalet para cocinarme algo; un trozo de vacío que había sacado del freezer. Pero, claro, me quedé. El hombre agitó su mano saludándome y le respondí el saludo. Me hizo una seña con la palma de su mano, pidiéndome que lo esperara y se zambulló. Tenía puesta una gorra con visera que me permitió pese al sol encandilante observar cómo nadaba. Lo hacía vigorosamente, como un experto nadador. Tanto que a los pocos minutos lo contemplé caminando hacia mí con la rompiente estrepitosa detrás e inclinando la cabeza de un lado hacia el otro como para desagotar el agua que seguramente le había quedado en las orejas. En dos o tres zancadas estuvo frente a mí, me tendió su mano y la estreché feliz de tener delante un congénere.
- Encantado, Marcelo Ruiz- se presentó.
- Mucho gusto, soy Luis Dávila ¿Anda navegando?
- Sí, navego en ese velero - Señaló la embarcación.-
-¿Es suyo?
- Sí, es un yate velero clásico de cincuenta y dos pies para cuatro personas, muy confortable.
Parecía querer disimular el orgullo, pero se le notaba.
- ¿Lo que habrá costado?
- No mucho, dos millones
- ¿De pesos?
-¿Está bromeando? Dos millones de dólares
- Entonces usted es rico
- No puedo quejarme
- ¿Cuál es su negocio, si puede decirlo?
- Puedo, por supuesto. La hojalata. Fabrico envases para cerveza, soy proveedor de dos o tres marcas muy conocidas.
- ¿Únicamente para cervezas? Las latas, digo.
- No, no, también para tomates, arvejas y otras legumbres
- Qué bien, lo felicito por su . . . prosperidad.
- Bueno, le agradezco, pero qué le parece si cambiamos de tema
- Como usted quiera.
- ¿Qué hace en esta isla, está solo?
- Hago observaciones y anotaciones para una revista científica y sí, estoy solo
- Y ¿cuánto hace que está aquí y por cuánto tiempo se quedará?
- Hace recién dos días, me estoy aclimatando y me quedaré tres meses.
- Mire, yo se lo preguntaba porque me quedaré aquí también, pero por una semana. Estoy con mi mujer y tal vez, algunas mañanas y tardes bajemos a la playa.-
- Está bien, muy bien. Me sentiré acompañado. A veces la soledad se hace un poco cansadora.
- Bueno, nos haremos compañía entonces ¿Sabe nadar?
- No es lo que hago mejor pero me defiendo.
- Le decía, porque si no sabe o no se anima podría venir a buscarlo con el gomón e invitarlo a que almorzara con nosotros. Tengo a bordo un chef excelente y hoy preparó un plato de pescado exquisito.
Dudé un momento pero finalmente y como tenía un trozo de carne que había sacado del freezer esperándome, que si no lo ponía al horno se echaría a perder, le dije que no. Le agradecí y le expliqué la razón que me impedía ir a comer con ellos con la promesa de que le aceptaría una próxima invitación. Pareció contrariado pero aceptó. Dijo que me invitaría para otro día.
- Discúlpeme pero me tomó de sorpresa. Si no hubiese sacado esa carne del frío . . .
- Está bien, está bien, no se aflija que no faltará ocasión
Nos volvimos a estrechar las diestras y el hombre se marchó como había venido.
A la tarde el cielo se oscureció y las nubes se agruparon, se levantó un viento muy fuerte y las copas de los árboles comenzaron a inclinarse bajo el peso del viento y de una lluvia descomunal. Tuve que meterme dentro del chalet y cerrar puertas y ventanas. Tenía leña al lado del hogar y encendí fuego porque la temperatura había bajado bruscamente. Los troncos pronto comenzaron a arder y dejaron escuchar pequeñas estampidas y detonaciones. El cielo, igual que la módica hoguera de mi reciente casa, destellaba y dejaba oír desmoronamientos un poco más recios, como de rocas, y los crujidos y chasquidos de los rayos parecían rajar y quebrar la tierra y los árboles. Anocheció casi enseguida. Explotaban ruidos de todo tipo; el alrededor parecía desmembrarse y despegar partes de la selva y lanzarlas a volar. Aún al cabo de algunas horas el meteoro no cedía y escuché algo así como tambores pero no provenían de la tormenta, tampoco de los troncos que ya ardían con llamas elevadas.- Era algo más que la tormenta y el suave susurro de la leña respirando su oxígeno; golpes secos y cortos que se repetían, pero como de nudillos, no demasiado fuertes, un poco histéricos, que daban contra la puerta. Tuve un presentimiento y no porque estuviera pensando en mujeres aunque el momento se prestara y mi novia estuviese lejos. Abrí la puerta con el vendaval azotando y sí, era una mujer, joven, no pasaría demasiado de los treinta, el pelo largo y revuelto, los ojos, que me parecieron negros o azul oscuro, enfebrecidos y la mandíbula machucada, hinchada, con un hematoma amarronado y tenía también un ojo en compota. Enfundada en una malla enteriza de un color azul tornasolado que destacaba sus volúmenes sinceramente encantadores; los de una silueta fina, como de ecuyere, trapecista o bailarina, estaba frente a mi con la expresión descompuesta y completamente empapada. La apuré para que entrara y cerré la puerta con llave, volví a echar el cerrojo porque la fuerza de la tormenta, los truenos y relámpagos, la violencia del viento y la lluvia, arreciaban y envolvían con un atronador zumbido, como de turbina de avión, los oídos; amenazaban además con echar todo abajo.
La mujer entró hipnotizada, temblorosa, y pese a que respiraba agitada, tiritaba. Durante unos primeros momentos, en los que le acerqué un toallón y una frazada para que se secara y tapara, no hubo palabra ninguna entre nosotros. Ella respiraba fuertemente, como si se fuera a ahogar y emitía un gemido, una exclamación de auxilio y temí que literalmente el corazón se le saliera por la boca porque sus temblores se habían transformado en convulsiones que la sacudían y se veía que no los podía dominar. En un impulso la tomé de las manos, enseguida de las muñecas y ella se abrazó a mi cuerpo sollozante, agitándose y desesperada.
- Cálmese, cálmese, aquí está a salvo.
- ¡Ay,ay, estoy desesperada, discúlpeme!
Se apartó de mi bruscamente como si me hubiera faltado el respeto.
- No tiene por qué disculparse ¿Que le ocurrió?
- Mi marido . . . es un hombre violento. Discutimos y me agredió. Me escapé con la tormenta, me tiré al agua y un poco nadando y otro poco empujada por las olas llegué a la playa y caminé hasta llegar acá. Vi la luz de su casa. Seguramente cuando amaine la tormenta saldrá a buscarme, quizás mañana, ahora no porque estará completamente borracho y dormido.
- No se preocupe, no se aflija, puede quedarse acá.-
- Le agradezco tanto, mañana le prometo que me iré, antes de que él venga.
- ¿Y a dónde va a ir?
- No lo se, no se ni dónde estoy
- Mire, por ahora usted puede quedarse aquí, escondida . . .
- El me buscará, imaginará que estoy acá y usted no sabe de lo que es capaz.
- Que venga, yo le diré que no la he visto, que ni siquiera la conozco. Mire, acá hay un lugar en el que puede esconderse. Es un sótano debajo de la despensa.
- El va a abrir la tapa y va a bajar a buscarme
- El sótano no tiene tapa. Está disimulada, sólo yo la conozco. Además tenemos otra ventaja
- ¿Cuál es?
- Le explico, esta es una isla volcánica, tiene cuevas, grutas, que se abren hacia el fondo rocoso en distintos lugares de la isla, incluso en una parte de la costa que es acantilada. Estudié todas las características geológicas antes de aceptar venir y, aunque no estuve personalmente en esas cavernas porque no soy espeleologo, podría intentar convencer a su marido para que oriente la investigación de su paradero por ese lado, que se interne un poco en esas cuevas. Mientras tanto podría comunicarme por radio o con el celular si tengo señal con la estación de helicópteros y hacer llegar uno para que usted lo tome y pueda irse y hacer la denuncia. Aunque los celulares son para mí como bastones anímicos en esta ocasión resultarán útiles.
Pareció aliviarse. Suspiró.
- Gracias, gracias ¿Podrá hacer eso por mí?
- Por supuesto que sí. Tranquilícese ¿Comió?
- Gracias, pero no me pasaría un bocado por la garganta.
- ¿Y un trago?
Me miró, ahora más serenamente y me sonrió y las comisuras de sus labios mostraron una dentadura blanca y pareja, la de una sonrisa enorme e iluminadora.
- Bueno, un trago sí
- Qué prefiere, tengo whisky, cognac, un buen vino tinto.
- Creo que un cognac no me vendría mal.
Fui al bargueño y saqué la botella y dos copas panzonas y las serví. La invité para que se sentara frente al hogar a leña que había encendido hacía poco tiempo y le alargué una copa. Ya las llamas azules y rojizas se alzaban y daban al ámbito una temperatura y luminosidad acogedora, alegre. La mujer se sentó y se envolvió en la frazada, sacó una mano, tomó la copa y me dirigió una mirada y una sonrisa agradecidas.
- ¿Quizás hubiera preferido un te?
Por toda respuesta ella bebió un largo trago.
- Ahora me siento mejor
- ¿Pasó el susto?
- Pasó
- ¿Cómo se llama?
- Lidia, Lidia Martinez ¿y usted?
- Luis, Luis Dávila.-
Hubo una pausa y los dos nos contemplamos como si estuviéramos reconociéndonos.Al cabo de un momento que habrá durado medio minuto pero que me pareció más prolongado la curiosidad siguió desbordándome y entonces le pregunté:
- ¿Es la primera vez que le pasa?
- ¿Qué, que me pegue mi marido o que escape de él desesperada?
- Bueno, no se, dígame usted.
- El muy hijo de puta me ha pegado ya con ésta no se si por décima vez, creo que por décima vez sí porque aunque no lo crea las voy contando. Al principio, las primeras veces, hasta la quinta vez, creo, lo justifiqué siempre, siempre le encontré una explicación y lo comprendí. Lo hice ir a Alcohólicos Anónimos, pero fue tres veces seguidas y después no fue más. Ahora estoy cansada, harta, es la primera vez que escapo. Con tormenta y todo me tiré al mar. Sentí más asco y miedo de estar con él que de que me fulmine un rayo o me coma un tiburón.
Cuando me dijo esto último sus ojos despedían llamas. Pensé en una pantera rugiente y acorralada y sentí, muy acusadamente que en su vida no había nada ilusorio. Sentí que la realidad se habría echado sobre ella cotidianamente, abatiéndola.
- ¿Tienen hijos?
- Gracias a Dios no, no tenemos.
Volvió a beber y agotó de un trago el resto del cognac.- Me alargó la copa y se la llené nuevamente hasta la mitad. Pensé que le haría bien y le permitiría dormir y no me equivoqué porque al rato, después de beber algunos tragos más, comenzó a bostezar y a estirar sus extremidades bajo la frazada.
- Mire, allá está el dormitorio. Acuéstese que yo dormiré en este sofá.
- Faltaba más, yo dormiré aquí
- Escúcheme, no le ofrezco mi cama sólo por caballerosidad. El ventanal de este living, aún enrejado y con cortinas, da al exterior. Supongamos, Dios no lo permita, que su marido llegase por la mañana antes de que nos despertemos, espiase a través del ventanal y la viese . . .
- ¿Qué, su dormitorio no tiene ventana al exterior?
- No, tiene en el techo una claraboya de vidrio opaco o translúcido.
- Ya veo.
Mis argumentos la convencieron y accedió a acostarse en mi cama. Una vez que lo hizo yo mismo me acosté en el sofá frente al fuego, bebí el resto del cognac y entré en un sueño profundo sin pedir permiso a ningún escrúpulo o preocupación.
A la mañana siguiente fortísimos golpes sobre la puerta me despertaron. En un primer momento no recordé lo que había ocurrido la noche anterior. Sólo cuando tambaleándome, medio atontado todavía, grité "espéreme ya voy" porque había escuchado la voz del hombre llamándome, diciéndome "soy Ruiz, ábrame" en tono impertinente e imperativo, recordé a la asustada Lidia que estaba conmigo y entré a mi dormitorio. La encontré ya vestida y temblorosa y la conduje hasta el sótano. Enseguida fui a abrirle a su endemoniado consorte.-
- ¿Qué pasa?
- No se haga el desentendido ¿Quiero saber si está aquí?
- ¿Quién?
- Mi esposa
- Aquí no hay nadie, sólo yo
Ruiz estaba armado, llevaba un rifle y no hizo caso de mis palabras. Ingresó a todas las habitaciones con otros dos hombres y revisó y puso todo patas arriba. Finalmente comprobó que no la encontraría y entonces se dirigió a mi nuevamente como una fiera. Ya no era el mismo hombre que había conocido en la playa. Estaba transformado, transpirado y rojizo
- Necesito saber dónde pudo esconderse. Abreviemos, aunque usted no la conozca ni la haya visto dígame si hay aquí escondrijos, lugares donde alguien pueda guarecerse de una tormenta y esconderse.
Lo miré con fingida perplejidad.
- Están las cuevas
- ¿Cómo es eso?
Desarrollé entonces mi plan. Le expliqué que había cavernas que se extendían desde la costa rocosa hacia el interior de la isla y lo orienté hacia las entradas diciéndole, con cierto lujo de detalles, cómo podía llegar. Le mostré un plano de la isla donde estaban las entradas y le dije que se lo podía llevar a condición de que me lo devolviese. Me agradeció y se fue con los dos hombres llevándose el plano. Cuando comprobé que se había alejado envié un mensaje desde mi celular al piloto del helicóptero.- Después levanté la tapa del sótano y Lidia salió. Le conté lo que había hecho.-
- No soy muy amigo de los celulares, pero para estas emergencias resultan útiles. El piloto me contestó. Estará aquí en media hora y la llevará a Valparaiso ¿Podrá arreglárselas? Le daré algo de dinero y si quiere puede vestirse porque aquí, en el placard, hay ropa de mujer que, aunque no le vaya a medida, le puede servir.
- No sabe cuánto le agradezco. Además coincido con usted en lo que se refiere a los celulares. A veces son sólo bastones anímicos. El mío quedó en el velero ¿Y la ropa, de quién es?
- La ropa es de una mujer que vivió aquí un tiempo, una científica que fue picada por una víbora y hubo que trasladar de urgencia
- ¿Se salvó?
- No se, es algo que tengo que averiguar cuando pise de nuevo el continente. De lo que pasó me enteré hace poco, descubrí su ropa y a partir de ahí revisando papeles encontré hasta una libreta con sus partes diarios, una memoria.
Cuando el helicóptero se alejaba con ella a bordo y el millonario de las hojalatas se convertía en espeleologo sin vocación pensé que había contribuido a que la ilusión se hiciese realidad para alguien y a que la realidad se transformase en ilusión para otro y me sentí satisfecho.-
Amilcar Luis Blanco

(Hylas and the Nymphs por John William Waterhouse)
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