miércoles, 18 de septiembre de 2013

Las valvas abiertas




Los recuerdos estaban en el viento, en su movilidad, en el ágil manoseo transparente de las hojas incipientes de las copas de las acacias que comenzaban a poblarse de ese reverdecer y que decoraban la vereda y los frentes iluminados de los comercios en cuyas entradas y vidrieras pululaba el gentío como un enjambre. Le producía un ligero escozor ver cómo las mujeres subían las solapas de sus tapados de paño, pero ya dejaban ver lo ebúrneo y apetitoso de sus pantorrillas a través de las medibachas porque abandonaban las calzas y los pantalones. Acaso Guadalupe no había sido esa mujer misteriosa y apetecible, esa sirena que él había pescado; una Afrodita recién salida de las valvas de las olas. Ramón la había conocido en Villa Gessell hacia más de treinta años, se la había arrebatado al mar nadando vigorosamente y sacándola de una situación de ahogo. Entonces había sido un joven membrudo y orgulloso. Hoy ya no lo era, peinaba canas. Justamente como las que veía detrás del parabrisas de su automóvil. Esas ráfagas frías que agredían los pelos blancos de los ancianos que se atrevían a no llevar gorras y que, deshilachados, flameaban como débiles telarañas. El viento se propagaba más allá de él mismo, sentado en el interior tibio de su automóvil, y lo llevaba a una retahíla o caravana de imágenes conforme a las que iba componiendo acciones posibles para sus seres queridos en ese momento. Para su padre, nonagenario y enérgico, que no estaría a la intemperie y repasaría sus colecciones de grabaciones de tangos, tomaría mates amargos y andaría, aunque en pantuflas y piyama por su departamento, seguramente por las galerías de sus propios recuerdos, todavía más lejanos que los suyos, para espantar a la dichosa muerte rondándonos a todos desde siempre. Su madre, octogenaria, también a cubierto en sus quehaceres domésticos, tratando de escalar la mañana y de domar la reticencia de su árbol respiratorio, asediado a lo largo de su vida por el asma y, en los inviernos, además, por las patologías que afectaban los bronquios y que, según el pneumonólogo, se debían al EPOC, siglas que cifraban la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Después estaban los hijos o antes en el orden de sus afectos, repartidos por el mundo y las circunstancias, activos, veloces, desangelados por sus urgencias;consecuencias humanas de su mujer y de sí mismo. También los nietos.
Ellos sin duda, a su turno, enarbolarían en un futuro desconocido, detrás de sus trayectorias temporales indetenibles, recuerdos, remembranzas, informándoles y formateándoles los sentimientos, pero ya cercados o connotados por otros elementos ¿Cuáles? Era obvio: videos, blogs, escritos, fotografías. Sus tataranietos podrían reconstruír su vida actual y la de sus antepasados. Estarían, ya como estaba él ahora pero en mucha mayor proporción, rodeados de testimonios, vestigios, huellas elocuentes acerca de modos, maneras, detalles de  sus vidas presentes que para ellos serían pasado. 
La luz de la mañana se echaba sobre él a través del parabrisas y las ventanillas del automóvil. Su mujer, aquélla apetecible sirena, hoy una dama de pelo recogido y maneras recatadas, había entrado en la farmacia y él esperaba que saliera cuando de pronto se desencadenaron los hechos, como en una película. Un muchacho, no tendría treinta años, salió agitado, corriendo, de un edificio con enormes vidrieras que ocupaba la esquina y mas o menos veinte metros de la acera junto a la cual estaba Ramón dentro de su automóvil. Tenía la cabeza cubierta con un gorro de lana negra con aberturas en los ojos . Vestía vaqueros celestes y una campera roja y blanca de lona y en la mano blandía una pistola. Otro salió detrás de él. Sostenía una bolsa en una mano, como en una rama quieta desprendida de su fijeza desesperada, seguramente conteniendo el dinero que habrían sacado de la caja. Habían intrusado un comercio de ropa femenina de bastante renombre y que ocupaba toda la esquina. La gente se quedaba detenida,  como paralizada, al verlos, todos como árboles, como las mismas acacias de la vereda. Una mujer se tapó la boca, un hombre se quitó los anteojos, otro cayó sentado sobre la vereda como si lo hubieran empujado. Dos chicas gritaron histéricas. El destino quiso que quedaran frente a frente con los asaltantes. Estos vacilaban, parecían no saber hacia dónde dirigirse. De pronto, el que llevaba la pistola pareció señalarle un rumbo al otro y apuntó con el arma hacia el coche en el que Ramón estaba estacionado.
Ramón tragó saliva, sus evocaciones se borraron y quedó anhelante, aterrado, convertido en puro presente dentro de su cubículo tibio, sintiéndose como en una caracola, aguardando el golpe que rompería su momentáneo aislamiento, su carcaza. Los asaltantes abrieron la portezuela y le ordenaron que descendiera inmediatamente. El que llevaba la pistola le apoyó la punta en la sien. Ramón bajó, casi cayéndose¿Se derramaba, acaso? Trastabilló y no atinó a decir nada. La llave estaba puesta en el arranque así que los maleantes arrancaron y en un instante doblaban y desparecían por la misma esquina de la tienda que habían asaltado. Pero un instante antes él había mirado las dos puertas abiertas de su pequeño automóvil y había sentido que eran las valvas abiertas y vacías por las que se filtraba el infinito. Varias personas que habían sido testigos de lo ocurrido se le acercaron y Ramón, que había quedado sentado sobre el cordón, no intentó todavía siquiera moverse; era él mismo el cuerpo de un molusco desnudo. Era un hombre de sesenta años y sintió en ese momento el peso de sus años, toda su vulnerabilidad, la viscosa masa expuesta de su miedo. Su mente había permanecido en blanco y regresaba, lentamente, a la circunstancia. Podría haber muerto en ese segundo fatal. Al rato vio venir hacia él a Guadalupe.  Había salido de la farmacia un poco atribulada por las exclamaciones y el agolpamiento de la gente hacia donde ella sabía que Ramón la aguardaba. El galope de su corazón se le aceleraba en el pecho pero cuando lo vio sentado, vivo, aparentemente tranquilo, la calma comenzó a espaciar sus latidos.
- Ramón, amor, ¿qué pasó, estás bien?
- Sí, estoy bien, tranquila ¿Sabés que se llevaron el coche?
- Sí, bueno, lo principal es que no te hayan golpeado o disparado.
El taxi los llevó al edificio de departamentos en el que vivían desde que vendieran la casa en El Palomar, la que los había albergado por años, en la que habían vivido los hijos desde que nacieron. Ahora, entraban tomados del brazo, aferrándose, en ese casi mediodía del todavía invierno y Ramón sentía que eran dos náufragos, dos criaturas vulnerables y expuestas, dos miedos tratando de fortalecerse, sumados, apoyándose. El viento seguía aumentando su inquietud y se hacía oír en las hojas de las copas de los paraísos que acusaban sus manejos. El cielo se había cubierto y un trueno prorrumpía en la distancia. El automóvil se recuperara o no, el seguro lo pagaría, tendría ese sentido de caracola vacía, de valvas abiertas sin nadie y él lo vería siempre como una parte de esa mañana por la que se filtraba el infinito, una más en su vida.

Amílcar Luis Blanco ("El pescador y la sirena" por Frederick Leighton)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Filosofía del alcohol




"Creer es entregarte, no le creas nada a nadie" - me decía la abuela cuando ya estaba pasada. Al rato decía lo contrario: "Nena, no podés vivir sin creer en alguien o en algo". Enseguida ponía la botella, ya sin ginebra, sobre la mesada de loza carcomida color cáscara de naranja y el Toby, el perro que teníamos, le olfateaba la mano que ella dejaba colgando y después se la lamía para que se despertara un poco y lo viera y nos viera. Éramos muy pendejos y estábamos todos desparramados por la cocina. Mi hermana con la sartén cocinaba, nos freía huevos batidos con un pedazo de queso en el medio, omelettes. Mi hermano Juan ponía la mesa, desparramaba los cubiertos y los platos sobre el hule verde, iluminado por la bombita opaca y sucia que daba una luz amarillenta. Federico, mi hermano más grande, sentado en la cabecera, se rompía los ojos tratando de leer el diario antes de irse a trabajar de sereno. Comíamos pan que me regalaban en la panadería de lo que sobraba. Todos nos quedábamos con hambre pero mi hermano Federico más. La abuela estaba siempre muy borracha y no comía casi nada. Cuando nos quejábamos de la poca comida, a veces no había huevos ni queso y hervíamos fideos que pedíamos por la vecindad y lo sazonábamos con un poco de aceite, mi abuela nos decía que tener hambre era sano y que la gente que comía mucho se moría joven.
La noche que salí con Bruno, un amigo de Federico que siempre me elogiaba las piernas y me preguntaba si las podía tocar, la noche que salí con él con la idea de dejárselas tocar porque al fin me había enamorado de sus ojos verdes y me hice la ilusión de que nos casáramos y nos fuéramos a vivir juntos, me llevó a un albergue transitorio y lo hice al amor por primera vez. Si dijera que no sentí nada mentiría. Bruno se portó tierno y considerado conmigo. Me besó con suavidad y después que terminamos de hacerlo, al amor, me recosté en su pecho y él me acarició el pelo y estuvimos así bastante tiempo. Sentí felicidad, sentí que le importaba, que querría verlo de nuevo al día siguiente y al otro y al otro y al otro.
La verdad, terminamos viviendo juntos en una casilla que era de un tío de él que estaba preso. Él trabajaba con Federico de sereno en el supermercado. Eran ellos dos solos. Quedé embarazada al poco tiempo de estar con Bruno. Me di cuenta porque empecé a sentir mareos y a vomitar todo lo que comía, nada me quedaba en el estómago. La que me dijo que eso era un síntoma fue mi abuela. Iba recién por su primer trago. Me dijo:
- Nena, querida, ¿no te das cuenta?
- De qué abuela
- De que estás embarazada
El mundo se me ennegreció un poco. De nuevo un vahído, un vacío, se me acomodó en la panza, adentro la cabeza se me puso en blanco y me desmayé. Mi abuela, que todavía no estaba borracha, me ayudó a sentarme. No me había golpeado porque había caído en su falda.
Cuando se lo conté a Bruno me miró fijamente, como atontado.
- ¿En serio? - me preguntó
No le contesté, lo miré a los ojos, le sonreí y él salió de su expresión de tonto y me sonrió también. Entonces supe que él se había alegrado con la noticia y me tranquilicé. Sí, porque desde el desmayo y la conversación con la abuela hasta ese momento  había sentido mucho miedo.
Mi hermana Mariana, la mayor, la que nos freía los huevos con el queso, me enseñó a cocinar algunas comidas y me trajo una revista con un artículo con fotografías titulado "Todo sobre el bebé". Cuando quedé embarazada tenía catorce y el año anterior había terminado el séptimo grado y Mariana me había ayudado mucho. Nosotros la teníamos a ella y a Federico y después a la abuela, pero la abuela era como una pendeja más que había que cuidar.
A la clínica fui con ella porque Bruno dormía durante el día. Nos atendió una enfermera gorda y una doctora flaca y nariguda. Era la ginecóloga de la salita. Me quité la bombacha y me hizo sentar en una camilla con las piernas muy abiertas, las rodillas bien separadas, me dijo, le obedecí y vi que se ponía unos guantes. Muy suavemente metió dos dedos dentro de mi vagina:
- ¿Cuánto hace que no te viene el período, querida?
- Tres meses
- Bueno, tenés un embarazo de dos semanas, ¿tus padres?
- Son fallecidos
- ¿Tu novio?
- Sí, vivo con él, en pareja vio?
- Sí, sí, vi y toqué. Bueno, nena, ya está, parate y vestite.
Eso fue todo o casi todo. La doctora estuvo después dándonos recomendaciones a mi hermana Mariana y a mí.
Regresamos a la casilla. Sobre la mesa había una botella de ginebra que Federico había comprado para la abuela.
- Vas a ser mamá, festejemos- dijo de pronto Mariana. Me sonreía y los ojos le brillaban
- Bueno, claro que sí - dije. Me sentía muy animada.-
Total que empezamos a tomar. A la madrugada cuando Bruno llegó nos encontró desnudas y borrachas, revolcándonos. Estuvo serio durante muchos días y aunque le expliqué y le repetí lo que había pasado y le pedí que me perdonara no se volvió atrás. Finalmente me pelié del todo con él y estoy de vuelta con la abuela, Mariana,  Federico, mis demás hermanos y el Toby, pero con la panza. Estoy muy triste y lo único que he podido hacer por ahora es escribirlo para empezar a curarme esta tristeza. Me lo pidió usted, la psicoterapeuta de la salita, y me recomendó que pusiera todo. Bueno, aquí está y se lo voy a llevar hoy mismo que me toca, que ahora que empecé a cocinar para afuera con Mariana puedo pagar el bono y la voy a ver una vez a la semana. Espero que esté bien así, doctora, o licenciada, no se bien cómo llamarla, disculpe.

Amílcar Luis Blanco (Obra plástica de Egon Schielle) 

domingo, 1 de septiembre de 2013

EL CORAZÓN DE LA VIGILIA




                               Estaban en una Corte de Justicia, la Corte Suprema de los Estados Unidos de América. Todos tenían puestas sus togas negras. Se habían parado detrás de sus asientos de respaldos altos en la alta sala y un ujier o secretario había proclamado con voz solemne que la corte entraba en sesión y que quienes tuvieran reclamos para hacer los hicieran, o algo así. Estaban frente a la pantalla del televisor de cincuenta y dos pulgadas que era como un cine. Estaban sentados, Mara y él. Él había dejado su whisky sobre la mesa transparente. Se había acomodado para contemplar más cómodamente, la redundancia valía, la película. Un abogado joven personificado por Andy García había ingresado como nuevo juez al  supremo tribunal federal para reemplazar a otro y decidir el veredicto final sobre un caso de aborto en el que el Estado de Alabama había condenado a la mujer que abortó por homicidio premeditado. Los abogados de la mujer habían demandado al Estado de Alabama. El pronunciamiento abarcaría y decidiría varias cuestiones. Ernesto trataba de concentrarse cada vez más en los diálogos pero el alcohol y el trasiego del día, lo que había cenado, todo, se precipitaba sobre sus párpados, los ojos se le cerraban y aunque Mara a su lado no pudiera verlo, detrás de sus anteojos, él caía y caía en el sopor. Se desconectaba, caminaba sobre una playa de canto rodado manchada por la sombra y una luz ferruginosa. Sus pies se hundían en los pulidos cantos produciéndole una sensación de suave masajeo que lo metía aún más en lo placentero de su ensoñación.
                             A ratos conseguía abrir brevemente los ojos y contemplar a los togados que conversaban entre ellos pero enseguida, nuevamente, caía en el invencible sopor. Su cuerpo vagaba por esa playa de sombras y era el de un pescador ebrio, muy pobremente cubierto con ropas gastadas y la conciencia de tener que llegar a una mísera casucha, tras los médanos, seguramente su hogar. Cuando iba a trasponer la última colina de arena sintió que su cuerpo se elevaba y también que las notas de una campana sostenían su vuelo. Pero un martilleo que comenzó a sonar cada vez con más intensidad y provenía, en la película, del viejo que presidía el tribunal volvió a despertarlo y ponerlo en la contemplación absorta de los togados. El más joven de ellos detrás del púlpito comenzaba a hablar acerca de la vida. Era el personaje interpretado por Andy García, de grave voz y concentrada fisonomía. Trató de entender las palabras y las frases pero sintió que se extraviaba e internaba en los significados sin poder relacionarlos. En realidad no importaba, cada palabra tenía su propio ámbito, su valor y la potencia evocadora suficiente como para volverlo a ese suelo sobre el que había volado y ahora descendía. Ingresaba ya en la cabaña, mucho más allá de los médanos, en el centro de un bosque y su hijo lo esperaba. Era Andy García y lo esperaba  cómodamente sentado en un espacioso living, le decía:
- ¿Estas listo?
- Sí, sí, lo estoy.- De pronto se sentía fuerte, sólido, bien plantado y hasta aguerrido.
- He sabido, vos no lo ignorás, que de la primera aventura erótica de mamá con vos, un hermano o hermana mía quedó en proyecto, o sea que permitiste que abortara.
Él sentía que una espada lo había tocado y la estocada había sido fuerte. La frase de su hijo había llegado a su costado como una punta y filo de acero cortante, así que cayó herido. Varias voces a su alrededor, muchas caras, muchas manos, se le plantaron sobre el cuerpo y entre todos lo llevaron en andas. Escuchó a su hijo diciendo: "Llévenlo al hospital, esto es sólo un juicio ..." Las voces, las manos, se perdieron y él se despertó y sus ojos volvieron a la pantalla y sus oídos al audio pero ya sin entender lo que veía y escuchaba porque los sollozos lo sacudían y una montaña de pena transparente e intensa caía sobre el corazón de su vigilia.

Amilcar Luis Blanco  ("La familia" por Egon Schielle)


martes, 13 de agosto de 2013

Lo que él vio de ella, lo que no vio y algunas cosas más ...




Lo que Miguel vio de ella, de Magdalena, la cabellera rizada, la pequeña boca de labios bien dibujados, de grosor justo, las cejas golondrinas, los enormes ojos aceitunados algo oblicuos, el largo y terso cuello - quiero mencionar todo lo que lo impresionó- la estatura, la rotundez de hombros, senos, la fina cintura, las caderas y glúteos torneados, las largas y excelsas piernas, le hizo imaginarse una gioconda actual, pasada quizás por los gimnasios, la natación, los pilates, buenos odontólogos para sus dientes tan cuidados, pero y sobre todo, a sus setenta años, lo mejor conservados que pudo, luego de los by pass, él,  ese envejecido hombre amigo de su padre,  se enamoró a primera vista y , por supuesto, descartó que ella pudiera darle siquiera la hora.
Lo que Miguel no vio de ella fue su sentimiento de derrota, frustración, su depresión. La bellísima Magdalena que aparentaba treinta pero tenía cuarenta y dos años se sentía además dolorida. Los novios que habían pasado por su vida, incluido el último, jamás la habían respetado. Todos terminaban persiguiéndola, disconformándose y abandonándola, cuando no era por miedo, cobardía ante su belleza, ocurría que la dejaban por inseguridad o desconfianza. El último había llegado a golpearla y se jactaba de que sólo así, dominándola en forma posesiva podría domarla.
Pero héte aquí, no obstante, una cena de los tres mediante, es decir , ella, su padre y Miguel, y enterada ella de la soledad de él, de la operación, de la viudez, de la nobleza de su desempeño como médico cirujano hasta que tuvo pulso y vista para intervenir gratuitamente a mucha gente a la que le salvó la vida, se conmovió y comenzó a verle las canas y las pocas arrugas con las bellezas, los esfuerzos para mostrarse elegante, ser y aparecer discreto, considerado, caballeroso, todo ello motivó que de su conmoción pasase a la curiosidad y el respeto y, de ahí, toda vez que su último festejante hacía gala de unos celos, una tozudez y unas faltas de respeto materializadas en golpes, sacudones, fuertes pellizcones que la dejaban con moretones y cardenales por toda su preciosísima anatomía y con su autoestima muy lastimada, como tuviera que refugiarse de esa sórdida persecución del desmañado otelo, una tarde de verano,  lo hizo en el departamento del amigo de su padre, y del respeto y la curiosidad pasó a experimentar la ternura y delicadeza con que él la acogió y le permitió pernoctar en su hábitat.
Esa noche jugaron pero ella fugó, se escabulló y evaporó de tanto maltrato. Frente a un enorme balcón abierto que mostraba la espaciosa y misteriosa Avenida Nueve de Julio de Buenos Aires, desde el piso quince del edificio en torre, después de beberse dos botellas de buen vino tinto, apartaron los sillones, corrieron la alfombra y bailaron los compases de la cumparsita oficiando él de profesor. En una sentadita en la que los labios de ella quedaron a merced de los labios de él y sus poderosas nalgas sobre sus muslos, mirándola en sus pupilas del color del jade, algo oscurecidas por el atardecer, Miguel le dijo:
- Me enamoré de vos.
Ella se sorprendió con su propia respuesta, evidentemente había volado con él, le contestó:
- Yo también te quiero, llegué a quererte, pero no sé, no creo estar enamorada... Ahora me siento culpable de no poder amarte y de que vos me ames.
Sus últimas palabras habían expresado sus oscuridades, sus dudas. Además él le dijo:
- Entonces. ¿Por qué no parás de seducirme?
Magdalena,  se puso muy seria, los músculos de su rostro se contrajeron en una amarga mueca. Se incorporó de la sexual posición un poco avergonzada, erguida ya se acomodó la falda, dio media vuelta y se dirigió a la puerta, la abrió y la cerró con fuerte estrépito detrás de ella.
Habían estado jugando. A la mañana regresó ante un Miguel que bostezó desaliñado y somnoliento frente a ella, pero sobre todo sorprendido, después de haber abierto la puerta y haberla visto en el palier con la misma ropa y el rimel corrido y la pintura de ojos ennegreciéndole los párpados de modo que sus pupilas brillaban salvajemente.
- Estuve en lo de papá, abajo, vine a decirte que únicamente pararé de seducirte cuando tengas un plan para siempre conmigo. No necesitás responderme ahora, tenés mi teléfono, llamáme - le dijo. Volvió a girar sobre sus talones y a marcharse tan súbitamente como había llegado.
¿Podía él, un oscuro médico jubilado de setenta años, ofrecerle algo a esta impetuosa joven que no pasaba los treinta? Él bajó entonces como estaba hasta la casa del padre de Magdalena y sin contestarse la pregunta que se había hecho tocó a la puerta, salió ella y él le dijo:
- Me dijiste que te sentís culpable de no amarme y reconociste que no parás de seducirme y que seguirás seduciéndome si no tengo un plan para los dos.
- Sí
- Pero entonces, si no me amás, ¿por qué no pararías de seducirme?
- ¿Tal vez para que vos no dejes de tratar de enamorarme?
- ¿Y con un plan para los dos te enamoraría?
- No se por qué pienso que sí, que esa determinación tuya me enamoraría.
- Te amo, te ofrezco entonces que nos casemos, que nos casemos ya, ese es mi plán. ¿Aceptás?
Los ojos de ella se iluminaron, sus mejillas se encendieron, su corazón se aceleró. Un milagro con semblante de hombre arrugado, canoso, osado y desafiándose a sí mismo, le mostró a ella que la vida se le abría nuevamente hacia un horizonte desconocido.

Amílcar Luis Blanco

miércoles, 31 de julio de 2013

AVENTURA DE UNA NOCHE DE VERANO



Pensó que estaba solo y que Martha estaba sola y que la mayoría de los transeuntes, escasos a esa hora, que veía estaban también solos. Anduvo por la Avenida Libertad y venía de haber caminado por la Peralta Ramos. Mar del Plata de noche y con lluvia y en el mes de marzo y el regreso al departamentito y la especulación sempiterna sobre la vida de los marplatenses en el invierno. Luces de neón, Plaza España, su arboleda, los hoteles, los coches estacionados. La esquina de un bar suntuoso. Montecatini en Luro y cenar por pocos pesos.Pero no, a Martha no le gustaba cenar afuera, prefería preparar ella lo que llamaba minutas. La milanesa o el bife, el huevo y las papas fritos, la ensalada de lechuga y tomate. El haber aprovechado la mañana o la tarde o ambas el culo contra la arena, el viento proveniente del vasto océano de ráfagas frías pegándole en la cara, bien sureras las putas brisas pensaba él, un adjetivo de su gusto, aunque el astro rey, Febo, asomara más que en la marcha de San Lorenzo. Mar del Plata no era de ahora, era de siempre. Las minas que lo perturbaban con sus culos, sus torsos, sus muslos, sus espaldas bronceadas, tendidas sobre la arena o caminando por la rambla, despampanantes. No sabía qué lo cansaba más de los veraneos ¿Cuánto hacía que estaba con Martha? Nueve años, nueve, ¡la mierda, cómo pasan los años! Y ella empeñada con sus minutas, siempre sin ganas de cojer. Había bajado del departamento con el pretexto de comprar media docena de huevos para las minutas pero lo estaba aprovechando para deambular y fumar, mirar las minas que lo miraran. A lo mejor ligaba y se podía levantar alguna. Eso hubiera sido lo mejor, una aventura, algo para romper la monotonía. Esa monotonía del joging, el buzo, las zapatillas, el short, las ojotas. Transportar la carpa y las sillas plegables a la playa a la mañana desde el departamento. Oler los bronceadores y desear las pibas, mujeres de cuerpos de yeguas. En fin, poder hacer algo distinto...
- ¿Me das fuego, lindo?
Una mulata le había hecho el pedido, una parda infernal de ojos gatunos aparecida de pronto desde la sombra de las copas que el viento balanceaba, enfundada en una pollerita que apenas contenía unas ancas y una cola impresionantes, ajustada a una pequeña cintura. Senos que le desbordaban la blusa. Labios carnosos fucsias. Uñas postizas de igual color. Todo lo vio, todo lo relojeó Anibal.¿Sería un travesti o una mina de verdad? Se llevó la mano al jean, introdujo sus dedos en el apretado bolsillo y le costó extraer el encendedor. Lo accionó y acercó la llama
- ¿Te gusta la noche? - le dijo la mulata clavándole los ojos gatunos de brillo ámbar casi amarillento.
- A mi sí, ¿y a vos?
- También ¿Y la ciudad, te gusta?
- Vine muchas veces
- Entonces la conocés bien, pero ¿te gusta o no?
- Bueno, a veces me gusta, a veces me aburre ¿Qué importa éso? ¿Vos sos de acá?
- Hace dos meses estoy acá
- ¿Y antes dónde estabas?
- Bueno, soy de Buenos Aires, ¿y vos?
- También ¿De qué barrio?
- ¿Importa?
- No mucho, es un tema para conversar
- ¿Qué querrías hacer conmigo? Digo, en vez de conversar
- ¿La verdad?
- La verdad
- Cojerte
- ¡Jajaja! ¡Qué directo que sos!
- ¿Cuánto?
- ¿Cuánto qué?
- Dinero, guita, por cojerte.
- Bueno, depende ¿Cuánto me pagarías?
- No se, poné vos la cifra
- Ponela vos querido, al fin sos vos el que la vas a poner, o no? Jajaja
- No se, cincuenta
- ¿Te parece que valgo tan poco?
- No se, ¿qué sabés hacer?
Finalmente, después del parloteo previsible, insustancial, cerraron en cien pesos, ella lo invitó a un hotel a dos cuadras.  Lo llevó de la mano y Anibal se sintió como un chico. Mientras caminaban el viento se pronunció con fuerza desde el mar. La mulata se ajustó una campera color cobre de tela sintética patinada por la llovizna sobre su blusa y Anibal se fijó en la prenda que amarilleaba, amostazaba igual que su mirada. Comenzó a llover con fuerza. Martha se estaría preguntando por su tardanza. Pero valía la pena. Le diría cualquier cosa, lo que se le ocurriera, ya vería.
Entraron al vestíbulo del hotel con el aguacero ya en plena descarga. Ella le sonreía y lo besó con un poco de olor en su aliento a alcohol y cigarrillo. Anibal pensó que era el olor de la aventura. Lo excitaron sus pechos y el aroma un poco más tibio de la piel de la mulata, algo de su transpiración mezclada con un perfume barato y quizás también con alguna secreción femenina que él mismo podría haberle provocado y que provendría de su bajo vientre. La idea de que pudiera ser así hizo que ni mirara el ascensor y sólo viera el reflejo rojizo de un cartel luminoso tiñendo las sábanas de la cama que la mulata dejó al descubierto. Contribuyó también a una poderosa erección y a que la penetrara antes de ningún juego. Sintió la mojadura de su sexo y  le entró sin condón. Pensó que era una imprudencia. Bueno, pero si vamos a andar siempre con tantos remilgos ¿Hay algo más hermoso que una mujer excitada, verdaderamente excitada? Porque pese a ser una profesional a él no le cabía en el cuerpo el orgullo de haberla excitado ¿Qué importaba pagarle cien pesos? Le hubiera doblado la cantidad por la satisfacción que le estaba dando, por lo que estaba recibiendo de ella.
Era verdaderamente ardiente, ardiente y húmeda. Y fuerte, lo levantaba en sus muslos y era flexible. Se alzó de nalgas y llevó sus rodillas hacia atrás como si estuviera desarticulada, como si fuera una contorsionista. Además gemía y suspiraba. Olía a magnolias que estuvieran creciendo bajo la lluvia y a la lluvia misma. Y besaba, besaba como un cono de terciopelo aspirante, como una suave boa que se lo estuviese tragando, succionaba blanda y segura a la vez. No dudó en confiarle su tallo, su vástago, ponérselo dentro de la boca y permitir que lo succionara y rodeara con la lengua.
Cuando todo terminó Anibal se dio cuenta de lo bella que era esa mujer desnuda. Digna de una pintura, de una foto artística para colgar en una galería, en el Museo de Bellas Artes.
- ¿Qué vas a hacer ahora? - le preguntó ella desde el centro de toda su belleza
- ¿Vos?
- Pensé que podríamos pasar la noche aquí, juntos, disfrutar del aguacero.
Anibal se quedó en silencio mirando el letrero rojo que los  sangraba e iluminaba a los dos.
- ¿Sos casado? - volvió a preguntar
La ciudad seguía. La lluvia crepitaba, crujía, respiraba con la noche. Las gotas cayendo podían imaginarse y verse. Así como él y ella dentro de la pieza de hotel y Martha dentro del departamento esperándolo, mirando la lluvia a través de la ventana y fumando. Los edificios, las calles, el borde del océano y las olas yendo y viniendo. Pensó que estaba solo y que Martha estaba sola y que ahora eran  tres soledades, palpables, necesitadas,  indeterminadas, múltiples e invisibles soledades.

                                                                 II

                                                                   


- Mirá, soy casado, bajé a comprar huevos para que mi mujer los fría. Me está esperando en el departamento. Me encantaría pasar la noche con vos, aquí, ¿qué excusa se te ocurre para mi aburrida mujer?
- ¿Tenés tu celular con vos?
- No, lo dejé en el departamento.
- Entonces ya está. No la pudiste llamar para avisarle. Llegás a la madrugada, tipo nueve, le decís que una brigada policial te comprometió para que salieras de testigo de un allanamiento por drogas en un boliche de por aquí y listo.
- ¿Y tanto tarda un trámite de esos?
- ¿Qué te parece? Tuviste que ir después del allanamiento a la comisaría y esperar a que levantaran las actas. Le decís que encontraron merca, que hubo tres detenidos, etcétera, lo que se te ocurra campeón
Dijo "campeón" y enlazó a Anibal poniéndole los muslos sobre las caderas. El rojo del cartel resbaló sobre la oscuridad de su piel y él la vio satinada, satinada y oscura. Pensó en una mezcla de sombra y sangre y en Martha esperándolo en el departamento, cada vez más nerviosa, cada vez más confundida. Abriría sus ojos asombrados y enormes y también sus labios quedarían separados y en suspenso mientras Anibal le contara.
No importaba, el tiempo hervía afuera, la lluvia goteaba, tamborilleaba, parecía freir las porciones de oscuridad que se divisaban sobre los techos, contra los edificios, los asfaltos. De vez en vez un coche producía su chasquido de neumaticos sobre la calzada mojada en el alrededor invisible, pero audible. La soledad atravesaba, esa soledad de todos, el espíritu, el pulmón de la lluvia que se extendía. Los labios de la mulata estaban calientes, su sexo resbaloso, húmedo y tibio, como si resguardara la vida misma protegiéndola del frío exterior. Entró en la complacencia de los besos, de estrecharla y sentir sus senos abundantes, bajó su boca a un pezón y lo sorbió y aspiró rodeándolo con su lengua ¿No era acaso regresar al seno materno pero ya sin tabúes ni represiones, habilitado por ese cuerpo magnífico que contenía lo más íntimo del verano, la opulencia de la primavera y la leve memoria de lo urbano en el vago aroma del tabaco y el alcohol en el cuerpo de esa mulata joven? Tomó su nuca, su suave nuca, el leve peso de su pequeña cabeza, y pensó en África, en esa película con Meryl Streep en el que un rozagante alemán, el que hacía el papel de su esposo ¿Cómo se llamaba? No podía recordarlo, los besos de la mulata lo envolvían y también,a medida que su pene se contoneaba, entraba y salía, de su vagina mojada que lo ceñía, a medida que se dejaba arrastrar por el torbellino que su cuerpo y el de ella se proponían, olvidaba, olvidaba, no podía recordar a ese actor alemán, pero si recordaba en cambio que él se había amancebado con una mujer negra, una mujer negra que lo enfermó. Valía la pena, valía la pena enfermarse y todo si era el perfume de las magnolias, el salado olor de las secreciones de ambos lo que lo transportaba en ese momento al nirvana, al sitio sin nadie de las puras sensaciones, al lugar de las rosas y claveles, al campo extendido y extenuante y grandioso de los cuerpos transpirando, acariciándose, besándose, hundiéndose el uno en el otro, como la espléndida noche de lluvia sumiendo a la ciudad y sumiéndose en sí misma.

Amílcar Luis Blanco

viernes, 19 de julio de 2013

Intervista a Nino Manfredi

Eso fue todo



Ella entró confiada a buscar algo que había olvidado en el departamento de él la noche anterior y descubrió que él estaba con otra. Eso fue todo. La vio a la otra desnuda sobre la cama tapándose con una sábana con expresión de niña sorprendida en una travesura y a él con el pelo desordenado, la boca abierta y la bata puesta; la de seda con arabescos bordó y fondo rosa que ella le había regalado y que lo hacía parecer un demonio . Desde luego desde ahí se dedujo, derivó, procedió, emanó, salió, se desprendió todo lo demás.
Es decir, antes aclaremos que era inesperado para él que ella fuera a esa hora, que hubiera abandonado su departamento distante, en otro barrio, para buscar éso; pudo haberlo llamado. Aún cuando era inminente que se mudara con él, hubieran pasado ya varias noches juntos en ese departamento e incluso lo hubieran redecorado. Pero de haberlo visto justamente allí, con la otra, en esa circunstancia, se derivó, ocurrió, todo lo demás . Porque a partir de ahí ella salió corriendo o caminando, despacio o mas o menos rápido del departamento de él, pero aturdida, eso sí, muy aturdida. Vio las paredes del living con ese verde tenue tan buscado por los dos, las reproducciones de los cuadros de Egon Schiele, Gustave Klimt, de las épocas azul y rosa de Picasso, con sus payasos, ecuyeres, equilibristas, etcétera; todo lo que les había gustado tanto siempre. Vio o entrevió o apenas advirtió, en una luz nublada, siempre como en un estado de sopor, el palier. Ingresó en silencio al ascensor. Lo recuerda bien eso porque su silencio contrastaba con el silencio de los demás rostros y cuerpos trajeados y vestidos de calle, a esa hora de la mañana cuando la gente se dirige a trabajar. Incluso ella iba a retirar, a traerse con ella ese algo que había ido a buscar que era su bolsita con cosméticos; un sobrecito plástico en el que llevaba el rouge, el lápiz delineador, el colorete, todo eso, y con eso precisamente dentro de su cartera iba después, como todos los demás que iban con ella en ese elevador ,a bajar a la calle para ir a trabajar como todos los días lo hacía. Y pensó que tampoco debería o podría dejar de hacerlo ese día; ir a trabajar porque de lo que le pagaban por su trabajo vivía y se mantenía y podía sostener su relativa independencia, tan importante. Importante más que nada desde su divorcio de Rafael.
De modo que lo hizo, fue a trabajar como si nada le hubiese pasado. Se sentó en su escritorio frente a la computadora,el teléfono, la pila de carpetas, en cuyos papeles debía entrar en búsqueda incesante para después calificar, testeándolo en la computadora, el puntaje entre uno y cien que merecían las distintas empresas proveedoras que hacían sus ofertas para las diferentes autopartes que componían los automóviles que se fabricaban en los establecimientos de su empleadora.
Su gigantesca empleadora, además de propietaria de los establecimientos, incluido el edificio de veinte pisos, en cuyo séptimo, estaba su pequeña oficina, era también dueña de los aproximadamente tres mil seres humanos que trabajaban diariamente para que la producción de vehículos no decreciera. El metabolismo burocrático que precedía al trabajo mecanizado y computarizado y manual especializado que precedía a la salida por fin del automóvil al mercado era absorbente, aunque respondiera a parámetros,  códigos y protocolos siempre iguales, requería de toda su concentración, de una atención meticulosa ya que de esa escrupulosa ejecución,  que se concatenaba con todas las demás, dependía el éxito del producto final.
Si bien a Ella las exigencias de su labor la distrajeron durante las dos primeras horas del día, la intensidad y fuerza del cachetazo, del golpe anímico que había recibido por parte de él, vestido con su bata de arabescos bordó, y que emocionalmente debía apenarla, hacerla sufrir y producirle una catarata de llantos que contuvo, el recio y brutal golpe se trasladó a su cuerpo, particularmente a su cabeza en forma de espantoso dolor, de relámpago hiriente y sostenido. Así que se desvaneció y cuando volvió en sí y unos ojos celestes curiosos bajo cejas renegridas en el rostro de una compañera de trabajo que la apantallaba enfocaron los suyos, toda la escena del departamento regresó a su memoria como si siempre hubiera estado allí, como si fuera el único trasfondo, el único proscenio, la insuperable decoración, el alrededor último e infranqueable de toda su vida.
Entonces fue cuando sintió que debería atravesarlo, que, de alguna manera no sabía cual, debería franquearlo, transponerlo, superarlo, hacer que desapareciera, se esfumara, evaporara, para poder seguir ella con su vida adelante.
Por eso del trabajo no se dirigió a su departamentito de soltera como le habían pedido que hiciera sus compañeras de trabajo, el médico y la enfermera que la atendieron y también su jefe, pese a prometerles que lo haría, sino que volvió con paso rítmico y apurado al departamento de él. No sabía exactamente qué iba a hacer, cómo procedería, con qué se encontraría.
Él trató de alejarla de la puerta hacia el palier, de que no ingresara al departamento. Había abierto desprevenidamente la puerta pensando que, como había transcurrido un tiempo más que razonable, no sería ella la que regresaba. Pero era ella. Entonces la empujó de modo que ella cayó ridículamente sobre las cerámicas enceradas del palier, las piernas abiertas hacia arriba, la pollera se le rajó, se vio a si misma como una marioneta desarticulada y la otra salió en enagua con el mate en la mano justo para presenciar su traste en ángulo, sus piernas hacia arriba. La otra gritaba, prorrumpía en exclamaciones, como una gallina a la que hubieran corrido. Entonces ella simplemente se paró, se compuso, no atendió al ridículo reciente ni a las explicaciones que él le daba y supo que ya nada le importaría. Sintió que su silencio para siempre con él sería la mejor respuesta, se marchó y eso fue todo.